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La
larga vida de San José de Calasanz ocupa prácticamente la segunda mitad
del siglo XVI y toda la primera parte del XVII. Persona abierta a la
realidad circundante, recibió el impacto de las ideas y problemas que le
rodeaban, y con su compromiso personal contribuyó al progreso de las ideas
y a la solución de los problemas. Se puede afirmar que, junto con otros de
sus contemporáneos, fue protagonista -aunque poco conocido- de la
transición del renacimiento a la modernidad.
En
la formación espiritual de Calasanz mucho influyeron las corrientes
renovadoras del siglo XVI en España, personificadas en algunos autores
ascéticos y místicos como García de Cisneros y Juan de Ávila, Bernardino
de Laredo y Francisco de Osuna, Luis de Granada y Teresa de Jesús, Antonio
Cordeses y Andrés Capilla.
La
huella de algunos de estos autores se refleja en la enseñanza espiritual
del Santo, años más tarde, cuando propone a los religiosos de su Orden un
camino espiritual basado en el propio conocimiento como paso inicial e
indispensable para la progresiva identificación con Jesucristo; y la
práctica de la oración interior, como medio necesario para progresar tanto
en el conocimiento personal como en la intimidad con el Señor. Los autores
antes citados recomiendan dos tiempos fuertes de meditación: el de la
mañana, dedicado a la pasión de Cristo, y el de la noche, al propio
conocimiento, partiendo de los novísimos. Esta práctica la estableció
Calasanz diariamente como fundamental en su Orden desde los orígenes.
En
las Constituciones que escribió el Santo para sus religiosos, en
sus cartas y en otros documentos redactados por él después de la fundación
de las Escuelas Pías, proyecta y encarna esta experiencia interior en el
compartir diario de la comunidad fraterna y en la entrega diligente al
ministerio específico de la educación. Y como consecuencia de ello, en los
escolapios, tanto la práctica de las virtudes evangélicas y el empeño
ascético como el compromiso apostólico de toda vida cristiana, quedan
coloreados de manera peculiar por el carisma recibido que integra y
unifica todos los aspectos de su vocación.
Fue
precisamente a partir de la dedicación de Calasanz a la educación de los
hijos de las clases populares en Roma, en los años de transición del siglo
XVI al XVII, cuando fue elaborando de modo explícito su pensamiento
pedagógico, fruto de su personal itinerario espiritual y social.
Precedentemente algunos pensadores humanistas como Juan Luis Vives, Erasmo
y el mismo Lutero habían teorizado sobre la educación de niños y jóvenes.
Incluso algunos fundadores religiosos anteriores, como Jerónimo Emiliani,
Antonio M. Zaccaria e Ignacio de Loyola, habían iniciado obras
asistenciales y educativas muy meritorias. Sin embargo, el pensamiento y
la acción de Calasanz significaron una ruptura respecto a la cultura
pedagógica anterior por el interés práctico demostrado en favor de la
educación de las clases populares desde los primeros años y por la
orientación científica dada a la enseñanza, además de la tradicional
humanística.
En
diversos escritos fundacionales, Calasanz hace un planteamiento teórico
claro de lo que pretende con la obra iniciada: contribuir a la reforma de
la sociedad y a la felicidad temporal y eterna de las personas, educando a
los niños en la fe cristiana y en las letras humanas, por medio de
escuelas pías , es decir, populares y cristianas. Esta filosofía fue
llevada a la práctica por Calasanz durante cincuenta años hasta su muerte
Y organizó no menos de treinta colegios en diversos estados europeos,
dotándolos de educadores preparados, estructuras adecuadas y reglamentos
escritos por él mismo. Para Calasanz, la figura del educador es elemento
fundamental en la consecución de los objetivos pedagógicos y sociales de
su obra. En su persona confluyen una vocación religiosa y una vocación
educativa que se integran en una identidad propia.
De
ahí que el pensamiento espiritual y pedagógico de Calasanz se exprese de
manera singular cuando escribe, con matices diversos en toda ocasión,
sobre la figura ideal o perfil de este educador que podemos llamar
calasancio; será un hombre entregado a la educación evangelizadora de los
niños, formado cultural y metodológicamente de manera continua, viviendo
en comunidad sus compromisos de religioso y practicando las virtudes
características de su carisma: confianza en Dios, amor a Jesucristo,
devoción a María, pobreza y humildad, caridad y paciencia, entrega y
abnegación, esperanza y alegría...
El
pensamiento espiritual y pedagógico de San José de Calasanz, y la práctica
del mismo propuesta a sus primeros compañeros en Roma al comenzar el siglo
XVII, dio origen en la Iglesia a una espiritualidad pedagógica y a una
pedagogía espiritual de rasgos característicos que son una de las primeras
manifestaciones de la espiritualidad y de la pedagogía modernas.
Esquemáticamente, así se podría redactar ser una síntesis del pensamiento
espiritual y pedagógico de San José de Calasanz:
Todo camino espiritual se inicia por el propio conocimiento y continúa con
el proceso de identificación con Cristo, obra del Espíritu, mediante la
creación y la entrega personal.
La vida escolapia es una forma adecuada y directa de seguir
evangélicamente al Señor en cuerpo y alma.
Esta forma de vida integra la consagración por medio de los votos, la vida
fraterna en común y la dedicación al ministerio específico.
Es un proyecto de vida que implica acrecentar progresivamente la docilidad
al Espíritu, la confianza en María -madre y educadora- y el sentido
eclesial.
Requiere, además, el constante cultivo de las virtudes evangélicas y
pedagógicas características del carisma escolapio.
En la vida espiritual lo fundamental es dejar obrar a Dios, pero también
se debe colaborar con el propio empeño.
La identidad del educador calasancio es ser Cooperador de la Verdad , o
sea, vivir y servir simultáneamente a Cristo en la misión.
Del ministerio escolapio depende la felicidad futura de cada educando y la
reforma de la sociedad.
La educación impartida ha de ser completa, integrando las letras y
ciencias con la doctrina y piedad cristianas, siendo ésta última
prioritaria.
En el ministerio educativo hay que atender principalmente a los pobres y a
los niños desde los primeros años.
La enseñanza ha de preparar para la vida, incluyendo humanidades pero
también ciencias o matemáticas y habilidades prácticas (caligrafía,
música...).
El método didáctico ha de ser breve, sencillo y eficaz para que los niños
aprendan en poco tiempo.
La escuela debe ser graduada y ha de constar, al menos, de cuatro grados
en la enseñanza elemental y de otros cuatro para las humanidades y
ciencias. Cada alumno pasa individualmente al grado superior cuando esté
preparado para ello.
Todas las escuelas pías tienen un plan educativo común. Pero cada una de
ellas tendrá las estructuras educativas adecuadas, según las
circunstancias, y un reglamento propio que determinará las funciones
diversas y las obligaciones de los alumnos, maestros, directivos, padres
de familia, autoridades civiles, etc.
A. MIRÓ |