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Sucede con Shakespeare, mutatis mutandis, lo mismo que con
Cervantes.
El Cervantes poeta es mal conocido y poco estudiado. La fama, justísima,
que alcanzó, incluso en su mismo tiempo, como prosista; junto con que
no tenga una obra que pueda puramente calificarse de poética, dado que la
mayor parte de su poesía se halla diseminada bien en sus novelas, bien en
sus comedias; así como la estrechez a la hora de interpretar aquellos
versos (Viaje del Parnaso, I, vv. 25-27) en que habla de sí mismo
como falto de la vena poética:
Yo, que siempre trabajo y me desvelo
por parecer que tengo de poeta
la gracia que no quiso darme el
cielo,
por
más que en otras partes hable en un tono muy distinto, titulándose "raro
inventor" o "Adán de los poetas"; todas estas cosas –decimos– le han
eclipsado injustamente como poeta.
En el caso de Shakespeare encontramos algo semejante: aunque, como poeta,
merezca un lugar en el Parnaso de las letras inglesas; aunque, por otro
lado, fueran los poemas la única parte de su obra publicada con su
consentimiento y, en algunos casos, revisados por él mismo; lo cierto es
que la altísima calidad que alcanza su dramaturgia ha oscurecido la que
tiene su poesía –hablamos especialmente de sus sonetos–, relegando al Shakespeare poeta a un segundo lugar.
Aparecieron los Sonetos publicados en 1609, cuando ya está más que
avanzada la carrera del poeta, formando la colección un total de 154
piezas. Ni todos tienen la misma calidad, presentándose algunos nada más
que como meros ejercicios de poesía de corte petrarquista, ni todos
obedecen a la misma inspiración. Más bien parece que se trata de una
recopilación hecha en última instancia para la publicación, con
independencia del tiempo en que fueron compuestos, así como del asunto que
en ellos se trata.
Aun con esto, parece encontrarse algún criterio
unificador, claro está que surgido a posteriori. Así, los poemas
iniciales (I al XIX) están dirigidos a un noble, al que se le aconseja el
matrimonio junto con una larga vida a través de la fama que le dará la
poesía. Hasta el CXXVI –esto es, la mayor parte de los poemas– el
destinatario es un misterioso Mr. W. H., acerca del cual los estudiosos
han conjeturado hasta la saciedad sin llegar a conclusión alguna que pueda
tenerse por firme, a quien muestra diversos afectos –amistad, celos,
rivalidad, alejamiento– que resultan, en más de una ocasión, extraños. Los
poemas restantes (CXXVII al CLIV) están dedicados mayoritariamente a una,
también desconocida, mujer que muestra sentimientos encontrados y
mudables. De cualquier forma que quieran interpretarse, no se puede
aventurar mucho, sobre todo en lo que afecta a relacionar las pasiones
aquí mostradas con episodios de la vida del poeta. De este modo, muchos de
los secretos que encierran los poemas quedarán para siempre oscuros.
Damos aquí, en versión original, el soneto LX. A ésta la acompañan dos
traducciones al español: de Concepción Vázquez de Castro, una, y de Luis
Astrana Marín, la otra, para su cotejo. El alumno, por su parte, podrá
aventurar una más.
Hemos tomado las traducciones de los libros que ahora citamos y hemos
consultado: Derek Traversi, Shakespeare,
Barcelona, Labor, 1951, y Shakespeare, Obras completas, México, Aguilar, 1991.
El texto inglés, de Shakespeare, The Complete Works, Aurora
Publishing, Unit 9, Bradley Fold Trading Estate, Radcliffe Moor Road,
Bradley Fold, Bolton BL2 6RT, England, s.a.
Like as the waves make towards the pebbled shore,
So do our minutes hasten to
their end;
Each changing place with that which goes before,
In sequent toil all forwards do contend.
Nativity, once in the main of light,
Crawls to maturity, wherewith being crown'd,
Crooked eclipses 'gainst his
glory fight,
And Time that gave doth now his gift confound.
Time doth transfix the flourish set on youth
And delves the parallels in beauty's brow,
Feeds on the rarities of nature's truth,
And nothing stands but for his scythe to mow:
And yet to times in hope my verse shall stand,
Praising thy worth, despite his cruel hand.
He aquí la versión de Vázquez de Castro
Lo mismo que las olas a playas pedregosas se dirigen,
así nuestros minutos a su fin se apresuran,
cambiando cada uno de lugar con el que le precede,
todos hacia delante en ordenado esfuerzo compitiendo.
El nacer, una vez a plena luz salido,
se encamina, arrastrándose, hacia la madurez, y de ésta coronado,
contra su gloria, eclipses torvos luchan
y el tiempo que antes dio, confunde ahora sus dádivas.
El tiempo sobrepasa las florecidas galas de la juventud,
y surca paralelas en la frente de la hermosura,
se nutre de las rarezas de la naturaleza ,
y nada permanece que no haya de segar la hoz:
y, sin embargo, mi verso se alzará en tiempos de esperanza,
alabando tu mérito, a pesar de su mano cruel.
Y la de Astrana Marín:
Como las olas se dirigen hacia la pedregosa playa, así
nuestros minutos se precipitan a su fin; cambiando cada
una de sitio con la que le precede, todas tienden al
avance en su trabajo sucesivo.
La infancia, una vez en la inmensidad de la luz, trepa
hasta la madurez, donde, al recibir su corona, insidiosos
eclipses luchan contra su esplendor, y el Tiempo, que la
había auxiliado, destruye ahora sus dones.
El Tiempo desfigura el florido conjunto de la juventud y
surca de paralelas la frente de la hermosura, se nutre de
los portentos de la fidelidad de la Naturaleza, y nada
subsiste sino para sucumbir al filo de su guadaña.
Y, sin embargo, mis versos vivirán en edades que aún
son una esperanza, elogiando tus prendas, a despecho
de su mano cruel. |