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Con dolor hemos constatado, una y otra vez, que, si bien no se aprecian,
por lo común, síntomas, en nuestros alumnos, de desfallecimiento de la fe,
sin embargo sí se nota una grave y triste falta de conocimiento de la
doctrina. En modo alguno se piense es esto una queja de su vida cristiana,
si entendemos por ésta la que tenga como modelo a Jesucristo y sus
enseñanzas en su proyección exterior: en este aspecto en verdad estamos
satisfechos. Sin embargo...
Las causas de este estado no vamos ahora a indagarlas. Probablemente se
trata de una tendencia general, nacida del Vaticano II, por la cual se
atiende, de manera especialísima, a la vida de la fe, a la concienciación
del papel que le toca al cristiano en el mundo, a la socialización –en el
más noble sentido de la palabra– del hombre regenerado, y que, como
contrapartida –seguro que nunca deseada– ha traído en consecuencia el
abandono del estudio de los fundamentos doctrinales de la misma fe.
Cuéntese con que, también, en los tiempos que corremos, a pesar de los
importantes logros alcanzados en el orden de la ciencia y la tecnología –tal vez, a causa de ellos mismos–, hay un movimiento comúnmente extendido
por el que cuanto no sea acción, cuanto no sea actividad, queda relegado,
es menospreciado: de ahí que la vida reflexiva, la vida del hombre consigo
mismo –y esto implica, entre otras muchas cosas, el conocimiento y
análisis de las propias creencias–, se haya devaluado. Pero, como decimos,
no estamos en este momento para buscar razones, sino para aportar
soluciones.
No queremos primar ninguna de las facetas que componen al hombre: todo él
es uno y valioso, como salido de la mano de Dios y hecho a imagen y
semejanza suyas (Gén 1,26). Ni es tampoco ahora el momento de enfrentar a
Pablo (non iustificatur homo ex operibus Legis nisi per fidem Iesu
Christi, Gál 2,16) y Santiago (fides sine operibus mortua est,
2,26), que ya lo hicieron, erróneamente y con fatal desenlace, nuestros
hermanos protestantes. Lo que afirmamos es que no nos libera, en absoluto,
el obrar bien del creer bien.
Y, por otro lado, de ninguna manera puede el hombre capaz de conocer
justificarse mostrando su asentimiento a lo que enseñe la Iglesia y, a la
vez, cerrando los ojos. Obligado está a interesarse por su doctrina, a
estudiar sus enseñanzas, a apropiarse intelectualmente de su dogma, que es
su fe. Conseguirá así dos cosas: ser más hombre, en tanto cumple con su
ser racional, y ser mejor cristiano, en la medida en que lo que es
adhesión cordial lo es también del entendimiento.
Además, somos cristianos por el agua del bautismo, pero quien nos acoge en
sus brazos maternales es Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana. Y esto
no debemos dejarlo a un lado como si de cosa de poca entidad se tratara:
tiene sus principios y obligaciones que no podemos soslayar. Y la primera
obligación es conocer sus principios.
Esto es lo que nos mueve a ofrecer aquí la doctrina de la Iglesia: paliar
un desconocimiento que se nos antoja perjudicial y contrario a la misma
Iglesia, toda vez que de mala manera se puede estar con quien no se
conoce. Y... qui non est mecum, contra me est (Mt 12,30)
Entregamos, pues, esta doctrina de la Iglesia. Y lo hacemos a través de
los textos del Magisterio. Con esto, creemos que cumplimos con una
obligación que sentimos interiormente.
Sinceramente deseamos que este trabajo que hoy emprendemos sirva para el
aumento de la fe de los alumnos y, por otro lado, resulte útil al
profesor.
Dios nos asista en esta empresa.
* * * * * * *
Siguiendo a Justo Collantes, dividimos esta exposición como sigue:
Capítulo I
Fe y razón
Capítulo II Las fuentes de la revelación
Capítulo III
Dios Creador
Capítulo IV
Cristo Salvador
Capítulo V
María en la obra de salvación
Capítulo VI Dios revelado por Cristo
Capítulo VII La Iglesia de Cristo
Capítulo VIII La gracia
Capítulo IX Los sacramentos de la Iglesia
Capítulo X Las realidades últimas
De la muchedumbre de textos que el Magisterio nos ofrece, hemos hecho una
selección –esperamos que haya sido acertada– guiándonos por diversos
criterios: unas veces ha sido la claridad en la exposición; otras, la
brevedad y concisión; aquí, el hecho de que se recogiera la doctrina
anterior, por no originar una sobrecarga que resultaría perjudicial; allí,
la antigüedad de la declaración, la autoridad humana del declarante, etc.
Cuanto aquí aparece, y mucho más, puede el lector curioso encontrarlo en
la obra de Justo Collantes (cit. C), La fe de la Iglesia Católica,
Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1995. En alguna ocasión, y por
habernos parecido más claro el texto, hemos recurrido al ya clásico de
Enrique Denzinger (cit. D), El Magisterio de la Iglesia, Barcelona,
Herder, 1963. Damos entre paréntesis el número que corresponde en la obra
de estos autores. Nuestro no es nada, ni podría serlo, dado que somos
ignorantes.
* * * * * * *
CAPÍTULO I
FE Y RAZÓN
1.- Defensa de la razón
1. El razonamiento puede probar con certeza la existencia de Dios y la
inifinidad de sus perfecciones. La fe, don del cielo, supone
[es posterior a] la revelación; de ahí que no se pueda alegar
correctamente a un ateo como prueba de la existencia de Dios. (C 1)
2. La prueba tomada de los milagros de Jesucristo, sensible e
impresionante para los testigos oculares, no ha perdido su fuerza y su
fulgor para las generaciones siguientes. Esta prueba la hallamos con toda
certeza en la autenticidad del Nuevo Testamento, en la tradición oral y
escrita de todos los cristianos. Por esta doble tradición debemos
demostrar la revelación a aquellos que la rechazan o que, sin admitirla
todavía, la buscan. (D 1624)
3. No hay derecho a esperar de un incrédulo que admita la resurrección de
nuestro divino Salvador, sin haberle suministrado pruebas ciertas de ella;
y estas pruebas se deducen [de la misma tradición] por el razonamiento. (C
4)
4. El razonamiento puede probar con certeza la existencia de Dios, la
espiritualidad del alma y la libertad del hombre. La fe es posterior a la
revelación; por consiguiente, no es correcto alegarla como prueba de la
existencia de Dios a un ateo, ni como prueba de la espiritualidad o
libertad del alma racional a uno que no admite el orden sobrenatural, o a
un fatalista. (C 12)
2.- Limitaciones de la razón
5. Con una argumentación de los más retorcido y falaz, no cesan de apelar
a la fuerza y excelencia de la razón humana, exaltándola contra la santa
fe cristiana, y andan diciendo que ésta se opone a aquélla. No puede uno
imaginarse ni pensar nada menos sensato, más impío y más contrario a la
misma razón. Porque aun cuando la fe está por encima de la razón, sin
embargo, no puede darse jamás entre ellas ninguna disensión o conflicto
real, puesto que ambas proceden de la misma y única fuente de verdad
eterna e inmutable: Dios óptimo máximo. De este modo, más bien se prestan
mutua ayuda, de forma que la recta razón manifiesta, conserva y defiende
la verdad de la fe; la fe, por su parte, libra de todo error a la razón, y
la ilumina, la confirma y la perfecciona maravillosamente con el
conocimiento de las cosas divinas. (C 15)
6. En particular hay que reprobar y condenar con la mayor energía el papel
de maestra que se atribuye inconsideradamente a la razón humana y a la
filosofía, siendo así que en materias de religión no pueden en absoluto
señorear, sino prestar un servicio. De este modo se trastruecan las cosas
que deben permanecer inconmutables: tales son la distinción entre la
ciencia y la fe, la inmutabilidad de la fe, que siempre permanece una e
idéntica a sí misma, mientras que la filosofía y las ciencias humanas no
siempre están de acuerdo, ni exentas de múltiples y diversos errores. (C
23)
7. La razón humana es el único juez de lo verdadero y lo falso, del bien y
el mal, sin referencia ninguna a Dios. Ella es ley para sí misma, y su
capacidad natural basta para proveer al bien de los hombres y de los
pueblos. (C 27) (Proposición condenada)
8. Todas las verdades religiosas derivan de la capacidad natural de la
razón; por consiguiente, la razón es norma soberana con la cual puede y
debe alcanzar el hombre toda la verdad de cualquier género que sea. (C 28)
(Proposición condenada)
9. La revelación divina es imperfecta y, por tanto, sujeta a continuo e
indefinido progreso en consonancia con el progreso de la razón humana. (C
29) (Proposición condenada)
10. La fe cristiana contradice a la razón; la revelación divina no sólo no
sirve para nada, sino que menoscaba la perfección humana. (C 30)
(Proposición condenada)
11. Como la razón humana se equipara a la religión, en consecuencia, deben
tratarse las disciplinas teológicas exactamente igual que las filosóficas.
(C 31) (Proposición condenada)
12. Todos los dogmas de la religión cristiana son indiscriminadamente
objeto de la ciencia natural o filosofía; y la razón humana, con sus
propias fuerzas y sus propios principios y con una suficiente cultura
histórica, puede alcanzar una verdadera ciencia de los dogmas, aun los más
recónditos, con tal de que éstos se le propongan como objeto de su
consideración. (C 32) (Proposición condenada)
3.- Fe y razón
13. Si alguno dijere que el único y verdadero Dios, Creador y Señor
nuestro, no puede ser conocido con certeza a través de las cosas creadas,
sea anatema. (C 42)
14. Si alguno dijere que el hombre no puede ser elevado por Dios a un
conocimiento y a una perfección superior a la que le es natural, sino que
el hombre puede y debe por sí mismo llegar finalmente a la posesión total
de la verdad y del bien por un continuo progreso, sea anatema. (C
44)
15. Puesto que el hombre depende totalmente de Dios como de su Creador y
Señor, y la razón creada debe estar sometida a la Verdad increada, estamos
obligados, en el supuesto de que Dios revele algo, a prestarle, por medio
de la fe, una total sumisión de entendimiento y voluntad. Esta fe, que es
el principio de la salvación humana, es, según la profesión de la Iglesia,
una virtud sobrenatural por la que, atraídos y ayudados por la gracia
divina, creemos ser verdaderas las cosas que Dios ha revelado. Y esto, no
por la verdad intrínseca percibida con la luz natural de la razón, sino
por la autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede engañarse ni
engañarnos. (C 45)
16. Por cierto, debe creerse con fe divina y católica todo aquello que
está contenido en la palabra de Dios escrita [Escritura] o transmitida
[Tradición] y se propone por la Iglesia para que sea creído como revelado
por Dios, bien por una definición solemne, bien por el magisterio
ordinario y universal. (C 48)
17. Si alguno dijere que la razón humana es tan independiente que Dios no
puede exigir de ella la fe, sea anatema. (C 52)
18. Si alguno dijere que no puede darse ningún milagro y que, por tanto,
todas las narraciones que los mencionan, aun las contenidas en la Sagrada
Escritura, hay que relegarlas como fábulas o mitos; o que los milagros
nunca pueden conocerse con certeza ni mediante ellos probarse eficazmente
el origen divino de la religión cristiana, sea anatema. (C 55)
19. La Iglesia católica ha sostenido siempre y sostiene con unánime
consenso que existen dos órdenes de conocimiento, distintos no sólo por su
origen, sino también por su objeto. Por su origen, porque en uno es la
razón natural la que nos hace conocer; en el otro es la fe divina. Por su
objeto, porque aparte de aquellas verdades que puede alcanzar la razón
natural, se proponen como objeto de la fe ciertos misterios escondidos en
Dios, que si no fueran revelados por Dios no podrían ser conocidos. (C 58)
20. Si alguno dijere que las ciencias humanas han de tratarse con una
libertad tal que sus afirmaciones, aun en el caso de que se opusieran a la
enseñanza revelada, haya que tenerlas por verdaderas y no puedan ser
condenadas por la Iglesia, sea anatema. (C 65)
21. Si alguno dijere que, siguiendo el progreso de la ciencia, puede
suceder alguna vez que a los dogmas propuestos por la Iglesia se tenga que
dar un sentido distinto del que hasta ahora ha entendido y entiende la
Iglesia, sea anatema. (C 66)
22. La revelación que constituye el objeto de la fe católica no quedó
cerrada con los apóstoles. (C 70) (Proposición condenada)
23. Los dogmas que la Iglesia propone como revelados, no son verdades de
origen divino, sino una cierta interpretación del hecho religioso, que la
mente humana ha conseguido con un laborioso esfuerzo. (C 71) (Proposición
condenada)
24. Cristo no enseñó un determinado cuerpo de doctrina válido para todos
los tiempos y todos los hombres; más bien lo que hizo fue iniciar un
movimiento religioso adaptado o que debería adaptarse a los diversos
tiempos y lugares. (C 75) (Proposición condenada)
25. Yo, N..., acepto sinceramente la doctrina de la fe transmitida desde
los apóstoles hasta nosotros por los Padres ortodoxos, siempre con el
mismo sentido y el mismo parecer; por esta razón rechazo de plano la
herética ficción de la evolución de los dogmas, según la cual podrían
éstos pasar de un sentido a otro diferente, diverso del que primero había
profesado la Iglesia. (C 80) (Del Juramento antimodernista)
26. Por tanto, mantengo firmísimamente, y la mantendré hasta el último
aliento de mi vida, la fe de los Padres acerca del carisma cierto de la
verdad que está, ha estado y estará siempre en la sucesión del
episcopado, a partir de los apóstoles; no para que se mantenga lo que
parezca mejor y más adaptado a la cultura de cada edad, sino para que la
verdad absoluta e inmutable, predicada desde el principio por los
apóstoles, jamás se crea de un modo diferente, jamás se entienda
de un modo diverso. (C 88) (Del Juramento antimodernista)
27. Es cosa bien sabida la estima que la Iglesia tiene de la razón, en lo
que toca a poder demostrar con certeza la existencia de un Dios personal;
y a verificar por medio de los signos divinos los fundamentos de la fe
cristiana, de modo que no deje lugar a dudas; a expresar rectamente la ley
que el Creador grabó en el alma humana; y, finalmente, a conseguir alguna
inteligencia de los misterios, muy útil por cierto. Esta función no la
podrá desempeñar como conviene y sin peligro, a no ser que esté
debidamente cultivada; es decir, empapada en aquella juiciosa filosofía
que ya es como un patrimonio heredado de las anteriores generaciones
cristianas. Por tanto, tiene una autoridad superior, ya que el mismo
magisterio de la Iglesia ha sopesado sus principios y principales
afirmaciones en la balanza de la revelación: esos principios y
afirmaciones que han sido esclarecidos y definidos con sosiego por hombres
de gran entendimiento. Esta filosofía, reconocida y aceptada en la
Iglesia, defiende el verdadero y auténtico valor del conocimiento humano,
y los principios metafísicos inquebrantables, como son el de razón
suficiente, el de causalidad y finalidad y, finalmente, la posibilidad de
conseguir una verdad cierta e inmutable. (C 90)
28. Es muy de lamentar que una filosofía que ha sido aceptada y reconocida
por la Iglesia se desprecie hoy por algunos, que la acusan descaradamente
como anticuada en la forma y racionalística, como dicen, en el proceso del
pensamiento. Repiten, en efecto, que nuestra filosofía mantiene
equivocadamente la posibilidad de una metafísica absolutamente verdadera;
mientras ellos afirman categóricamente que las realidades, sobre todo las
realidades trascendentes, no pueden ser mejor expresadas que por medio de
doctrinas diversas que se complementan mutuamente, aun cuando sean en
cierto modo opuestas entre sí. [...] De este modo parecen insinuar, que
cualquier filosofía, cualquier modo de pensar, con algunas modificaciones
o complementos, si fuera preciso, puede compaginarse con el dogma
católico. Esto es absolutamente falso; ningún católico puede ponerlo en
duda. Sobre todo, cuando se trata de sistemas como el "inmanentismo", o el
"idealismo", o el "materialismo", ya sea el histórico o el dialéctico.
Incluso el "existencialismo", si profesa el ateísmo, o si niega el valor
del razonamiento metafísico. (C 98)
29. Cuando Dios revela, hay que prestarle una obediencia de fe (Rom
16,26; cf. Rom 1,5; 2 Cor 10,5-6); con ella se entrega el hombre entera y
libremente a Dios, ofreciéndole "una total sumisión de entendimiento y
voluntad", y asintiendo libremente a lo que Dios revela. Para dar este
asentimiento de fe, es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos
ayuda, juntamente con el auxilio interior del Espíritu Santo. (C 105)
30. El hombre percibe y reconoce los imperativos de la ley divina mediante
su conciencia; y tiene obligación de seguirla fielmente en toda su
actividad para llegar a Dios, que es su fin. Por tanto, no se le puede
forzar a obrar contra su conciencia. Ni tampoco se le puede impedir que
obre según ella, principalmente en materia religiosa. Porque el ejercicio
de la religión, por su propia índole, consiste sobre todo en los actos
internos voluntarios y libres, por los que el hombre se ordena
directamente a Dios: actos de este género no pueden ser mandados ni
prohibidos por una potestad meramente humana. La naturaleza social del
hombre exige que éste manifieste externamente los actos internos de
religión, que se comunique con otros en materia religiosa, que profese su
religión de forma comunitaria. (C 109)
SÍNTESIS
1.- La razón humana
La razón puede conocer con certeza la existencia de Dios y
otras verdades naturales de orden religioso [1 4 13 26].
Este conocimiento es adquirido a través de las creaturas [13].
La razón puede también conocer con certeza el origen divino
de la revelación sobrenatural [1-3 18].
Sin embargo, es incapaz de comprender los misterios divinos
[8 19].
2.- La revelación sobrenatural
La revelación sobrenatural es posible [14].
Más aún, dadas las presentes condiciones del género humano,
es moralmente necesaria para conocer fácilmente y sin error el conjunto
de verdades religiosas, incluso de orden natural; en cambio, si se trata
de verdades de orden sobrenatural, es absolutamente necesaria [7 19].
El contenido de la divina revelación es inalterable [9
21-26] y ha sido entregado a la Iglesia para su fiel custodia [16 41 52].
3.- Relaciones entre la razón y la revelación
Tanto una como otra son fuente de conocimiento para el
hombre [19].
Puesto que ambas tienen a Dios como origen, no puede haber
contradicción entre ellas [5 20].
Más aún, ambas pueden ayudarse mutuamente [5].
4.- Respuesta del hombre a la revelación divina
El hombre está obligado a inquirir la verdad religiosa [16
30].
Una vez cerciorado del hecho de la revelación divina, está
obligado a creer a Dios que se revela [15-17].
Esta fe es una entrega de la voluntad y entendimiento a
Dios, que no puede engañarse ni engañarnos [15 29].
Es distinta del conocimiento puramente filosófico [11].
Es obra de la gracia [1].
Es necesaria para la salvación [15].
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