¿EUTANASIA? EL EJEMPLO DE PAPINI

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Cuando se habla en defensa de la eutanasia esgrimiendo razones que van desde la supuesta libertad de todo hombre a hacer con su cuerpo lo que le venga en gana, a una mal entendida compasión hacia el doliente, pasando por una errónea interpretación de la dignidad humana; cuando se habla de la eutanasia ocultando lo que en verdad es, senda ancha hacia la muerte espiritual; cuando el crimen y la desesperación se llevan a las pantallas de nuestros cines abogando por una falsa revolución progresista, como si de verdaderos logros sociales se tratara, la serena actitud de G. Papini, con un cuerpo lacerado, ante su propio dolor, es todo un ejemplo de auténtica hombría, de verdadera dignidad humana, de elevación espiritual.

En 1956, ya septuagenario (había nacido en 1881), el florentino Giovanni Papini, polemista de voz rotunda, da a la estampa, bajo el título de La felicità dell'infelice una serie de artículos periodísticos que habían ido apareciendo en el periódico Corriere della Sera. A la cabeza de todos ellos figura el que aquí reproducimos: un contraejemplo de máximo valor contra todos aquellos que ante los estragos de la enfermedad, ante un cuerpo rendido, defienden la engañosa liberación que proporciona el cloruro de potasio.

Tomamos el texto que transcribimos de Giovanni Papini, La felicidad del infeliz, Madrid, Escelicer, 1957.

 

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Me asombran, a veces, aquellos que se asombran de mi calma en el estado miserable al que me ha reducido la enfermedad. He perdido el uso de las piernas, de los brazos, de las manos y he llegado a ser casi ciego y casi mudo. No puedo, por consiguiente, Retrato de Papini (1881-1956)caminar ni estrechar la mano de un amigo, ni escribir ni siquiera mi nombre; no puedo ya leer y me resulta casi imposible conversar y dictar. Son pérdidas irremediables y renuncias tremendas, sobre todo, para uno que tenía la continua manía de caminar con pasos rápidos, de leer a todas horas y de escribir todo por sí mismo, cartas, apuntes, pensamientos, artículos y libros.

Pero no hay que tener en menos estima lo que me ha quedado, que es mucho y es mejor.

Es muy cierto que las cosas y las personas se me aparecen como formas indeterminadas y empañadas, casi fantasmas a través de un velo de niebla cenicienta, pero también es cierto que no estoy condenado a la tiniebla total: todavía logro gozar una alegre invasión de sol y la esfera de luz que se irradia de una lámpara. Puedo, además, entrever, cuando están muy próximas al ojo derecho, las manchas coloreadas de las flores y los rasgos de un rostro. Con todo, estos indicios últimos de la visión abolida le parecen milagros gozosos a un hombre que desde hace más de veinte años vive en el terror de la oscuridad perpetua.

No basta: siempre tengo la alegría de poder escuchar las palabras de un amigo, la lectura de una bella poesía o de una bella historia, puedo sentir un canto melodioso o una de esas sinfonías que dan un calor nuevo a todo el ser.

Y todo esto no es nada comparado con los dones todavía más divinos que Dios me ha dejado. He salvado, bien que al precio de guerras diarias, la fe, la inteligencia, la memoria, la imaginación, la fantasía, la pasión de meditar y de razonar y esa luz interior que se llama intuición o inspiración. He salvado también el afecto de los familiares, la amistad de los amigos, la facultad de amar incluso a los que no conozco en persona y la felicidad de ser amado por aquellos que me conocen solamente a través de las obras. Y todavía puedo comunicar a los demás, si bien con torturante lentitud, mis pensamientos y mis sentimientos.

Si yo pudiera moverme, hablar, ver y escribir, pero tuviese la mente confusa y obtusa, la inteligencia torpe y estéril, la memoria con lagunas y tarda, la fantasía disipada y escasa, el corazón árido e indiferente, mi desventura sería infinitamente más terrible. Sería un alma muerta dentro de un cuerpo inútilmente vivo. ¿De qué me valdría tener un idioma inteligible si no tuviera nada que decir? Siempre he sostenido la superioridad del espíritu sobre la materia: sería un estafador y un bellaco si ahora, llegado al momento de la prueba, hubiera cambiado de opinión bajo el peso de mis sufrimientos. Pero yo siempre he preferido el martirio a la imbecilidad.

Y ya que estoy en vena de confesiones, quiero ir más allá de lo inverosímil y avanzar hacia lo increíble. Los signos esenciales de la juventud son tres: la voluntad de amar, la curiosidad intelectual y el espíritu agresivo. No obstante mi edad, a despecho de mis males, yo siento muy fuerte la necesidad de amar y de ser amado, tengo el deseo insaciable de aprender cosas nuevas en todos los dominios del saber y del arte y no rehúyo la polémica y el asalto cuando se trata de la defensa de los supremos valores.

Por mucho que pueda parecer risible delirio, tengo la temeridad de afirmar que me siento aún hoy alzado, en el inmenso mar de la vida, por la alta marea de la juventud.

 

miscelánea calasanz

revista electrónica al servicio de la educación

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