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Aquí la
envidia y mentira
me tuvieron
encerrado;
dichoso el
humilde estado
del sabio que
se retira
de aqueste
mundo malvado,
y con pobre
mesa y casa
en el campo
deleitoso,
con solo Dios
se compasa
y a solas su
vida pasa,
ni envidiado
ni envidioso.
¿Recuerdas estos versos? De seguro que sí.
Desengañado del mundo, fray Luis, que conoce los rigores de los calabozos
del Santo Oficio a causa de envidias claustrales, los escribe en 1576.
Pues, mira en qué cifra el fraile agustino la dicha del hombre: en vivir
a solas, apartado del trato humano, en unión con Dios, ni
envidiado ni envidioso.
Ni envidiado ni envidioso. ¡Ah, la envidia! He
aquí el gran pecado del hombre: la envidia, polilla del alma, gangrena
del pensamiento, tizón de los corazones, como la llama san Cipriano.
¡Y de cuántos vástagos es ella madre! De ella nacen
el engaño y la
difamación, el fingimiento y la murmuración, el fraude y la maledicencia,
así como de primer parto.
Y detrás, el resto de los males que señorean la tierra, que no en vano
dice de ella san Agustín que es la raíz de todos los males. Y el
Espíritu, que lo es de Verdad, escribe por mano del autor inspirado: por envidia del diablo entró la muerte en el mundo.
¿Que no? Por envidia asesinó Caín a Abel.
Vendieron a José, hijo de Jacob, sus hermanos, y lo hicieron porque la
envidia devoraba sus entrañas. Y como cantaban las mujeres en coro: "Saúl mató sus mil, pero David sus
diez mil", lanzó Saúl su lanza contra David, que tocaba el arpa.
¿Y no fue por
dar contento a su marido el rey Ajab, por lo que Jezabel hizo matar a Nabot,
de cuya viña estaba envidioso el rey? Y prestando oídos a los sátrapas, que
andaban ínvidos de Daniel, hizo Darío que arrojaran al profeta al foso
de los leones. ¿Y qué sino la envidia movió a los sacerdotes y fariseos a
entregar al Redentor? ¿Te son
suficientes los ejemplos? ¿Que quieres otros? Pues, aquí los tienes. Que por envidia murió Clito a manos de Alejandro, Glabrión
por orden de Domiciano, o María Estuardo por deseo de su prima Isabel. Y
la envidia de Antifilos llevó a prisión a Apeles, bajo la acusación de
haber provocado una revuelta contra el rey egipcio Ptolomeo IV. Mas
no quiero cansarte, que pretendo que consideres otros aspectos de este
flagro de la humanidad.
Y es que los daños que provoca no paran en la catástrofe del
envidiado.¿Has observado al envidioso, que no tiene un minuto de sosiego, para quien
no existe el descanso, que no encuentra en nada gozo alguno? Se
muestra hostil, cuando no huidizo; se presenta inquieto, nervioso, turbado
el juicio, estragado el entendimiento, triste por el bien ajeno, pesaroso
de la felicidad del prójimo. Pues, si atiendes a su físico verás que el
color no sube a su rostro, siempre ceniciento, que sus carnes son enjutas
como que nada le alimenta, y que su mirada lancinante enseña la
perversidad de su corazón –nequam est oculus lividi dice el autor
sagrado–. Y así, su vida toda es permanente zozobra y
tribulación, un no
vivir que con cosa alguna se satisface, puesto que es el más desgraciado
de los hombres, pues no le basta sufrir sus propias desgracias, sino que
ha de padecer los triunfos ajenos. De este modo, la
envidia se vuelve en primer lugar contra el envidioso, como enseña el
padre Granada: La envidia abrasa el corazón, seca las carnes, fatiga el
entendimiento, roba la paz de la conciencia, hace tristes los días de la
vida, y destierra del ánima todo contentamiento y alegría. Y el ya
mencionado san Cipriano escribe: Para los envidiosos no es sabrosa la
comida ni grata la bebida. Siempre están suspirando, gimiendo y
doliéndose; y como quienes son víctimas de la envidia procuran no
exteriorizarla, su pecho es atormentado día y noche sin intermisión.
Así, pues, ya ves cuál es el lucro de la envidia.
¿Se te ocurre vicio más contrario a la naturaleza? Mira
cómo los demás pecados se presentan con algún asomo, aunque
engañoso, de provecho, bien o delectación. Sin embargo, ¿cuál es el
triunfo de la envidia? Ninguno, si no es un íntimo tormento que nunca,
nunca se
apaga. Ceden las pasiones todas cuando se consuman; y descansa el ladrón
tras su latrocinio, y el homicida tras la muerte de su enemigo, y el
rijoso una vez que adulteró. Pero no encuentra término la envidia. De todos los
males, sólo ella jamás se ahíta, ni sabe de
más o menos ni de bueno o malo: se envidia al mayor porque a él no alcanza
el envidioso, al menor porque éste hasta él se levanta, al igual porque
con él compite; se envidian los bienes y los males, las honras tanto como
las afrentas, la prosperidad junto con la miseria. Y la envidia nunca dice
¡basta!
Y ahora, juzga tú, que venías hablando de los pecadillos de
envidia. ¿Te parecen cosa de nada los males que se siguen de ella? ¿No ves
cómo dañas a tu hermano y cómo a ti mismo te infliges padecimientos sin
cuento? Pues, recuerda que ni tan siquiera lo tuyo es tuyo, que todo se te
dio en depósito. Y recuerda, igualmente, que el Señor, el único que
legítimamente se puede llamar dueño, dominus, de cuanto hay,
reparte sus dones liberalmente y que no tienes tú carta de crédito que te
otorgue derecho alguno. ¿O has olvidado ya la parábola de los trabajadores de
la viña que Mateo nos trae en el capítulo veinte? Examínate y libérate de
la esclavitud de la envidia y di tú ¡basta!, no sea que venga el
Hijo del Hombre y te pregunte: An oculus tuus nequam est, quia ego bonus sum?
Ramón Cubillas |