|
Dos razones nos impulsan a dar
traslado aquí de los textos de Menéndez Pelayo que siguen. La primera es
por razón del contenido. La segunda se debe a la forma.
De seguro que no alcanza
Menéndez Pelayo, como orador, la altura de Donoso Cortés, o de Aparisi y
Guijarro, o de los Nocedal –Cándido y Ramón–, por no citar sino a algunos
de los oradores parlamentarios más destacados en el siglo XIX, y
representantes de la España eterna, que vale tanto como decir católica;
sin embargo, el primero de los discursos que reproducimos bien puede ser
modelo de oratoria circunstancial, y así figura en la Antología de
oratoria universal de Gutiérrez Andrés, S. J., Santander, Sal Terrae,
1959.
Por cuanto respecta al
contenido, estamos ante un discurso rico en ideas, verdadera síntesis del
valor de lo genuino español: filosofía, historia, teología, literatura,
compendiadas en unas pocas líneas, y comprendidas en modo unitario. El
lector podrá valorarlo y juzgarlo.
Otra razón hace que sea
merecedor de llegar a estas páginas: su lectura nos manifiesta la grandeza
espiritual, el profundo catolicismo, el compromiso intelectual y religioso
del ilustre montañés; más valiosos aún, si cabe, si tenemos presente la
situación política que reinaba en España cuando fue pronunciado.
* * * * * * *
Se habían sucedido diversos
actos académicos y conferencias con motivo del bicentenario de Calderón.
El mismo Menéndez Pelayo había pronunciado ocho conferencias en torno al
dramaturgo. Con el fin de agasajar a cuantos desde el extranjero y las
provincias habían llegado a Madrid, los catedráticos de la Universidad
Central ofrecieron un banquete en el Retiro. Era el 30 de mayo de 1881.
Contaba, a la sazón, don Marcelino 24 años. La celebración corría por
cauces muy lejanos de lo que Calderón representaba. Con el final del
banquete llegó el momento de los brindis. Menéndez Pelayo, rogado por
muchos, también brindó. Todos los periódicos lo publicaron. Resonancia,
polvareda, injurias... siguieron al brindis.
El segundo discurso que
transcribimos encontró su momento unos días después en el Círculo de Unión
Católica.
Ambos discursos los hemos
tomado del t. III de los Estudios de crítica histórica y literaria,
Santander, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1941, págs.
385 y ss.
Leámoslos.
* * * * * * *
Yo no
pensaba hablar; pero las alusiones que me han dirigido los señores que han
hablado antes, me obligan a tomar la palabra. Brindo por lo que nadie ha
brindado hasta ahora: por las grandes ideas que fueron alma e inspiración
de los poemas calderonianos. En primer lugar, por la fe católica,
apostólica, romana, que en siete siglos de lucha nos hizo reconquistar el
patrio suelo, y que en los
albores del Renacimiento abrió a los
castellanos las vírgenes selvas de América, y a los portugueses los
fabulosos santuarios de la India. Por la fe católica, que es el
substratum, la esencia y lo más grande y lo más hermoso de nuestra
teología, de nuestra filosofía, de nuestra literatura y de nuestro arte.
Brindo, en segundo lugar, por
la antigua y tradicional monarquía española, cristiana en la esencia y
democrática en la forma, que durante todo el siglo XVI vivió de un modo
cenobítico y austero; y brindo por la casa de Austria, que con ser de
origen extranjero y tener intereses y tendencias contrarios a los
nuestros, se convirtió en porta-estandarte de la Iglesia, en gonfaloniera
de la Santa Sede durante toda aquella centuria.
Brindo por la nación española,
amazona de la raza latina, de la cual fue escudo y valladar firmísimo
contra la barbarie germánica y el espíritu de disgregación y de herejía
que separó de nosotros a las razas septentrionales.
Brindo por el municipio
español, hijo glorioso del municipio romano y expresión de la verdadera y
legítima y sacrosanta libertad española, que Calderón sublimó hasta las
alturas del arte en El Alcalde de Zalamea, y que Alejandro
Herculano ha inmortalizado en la historia.
En suma, brindo por todas las
ideas, por todos los sentimientos que Calderón ha traído al arte;
sentimientos e ideas que son los nuestros, que aceptamos por propios, con
los cuales nos enorgullecemos y vanagloriamos nosotros, los que sentimos y
pensamos como él, los únicos que con razón, y justicia, y derecho, podemos
enaltecer su memoria, la memoria del poeta español y católico por
excelencia; el poeta de todas las intolerancias e intransigencias
católicas; el poeta teólogo; el poeta inquisitorial, a quien
nosotros aplaudimos, y festejamos, y bendecimos, y a quien de ninguna
suerte pueden contar por suyo los partidos más o menos liberales,
que en nombre de la unidad centralista, a la francesa, han ahogado y
destruido la antigua libertad municipal y foral de la Península, asesinada
primero por la casa Borbón y luego por los Gobiernos revolucionarios de
este siglo.
Y digo y declaro firmemente que
no me adhiero al centenario en lo que tiene de fiesta semi-pagana,
informada por principios que aborrezco y que poco habían de agradar a tan
cristiano poeta como Calderón, si levantase la cabeza.
Y ya que me he levantado, y que
no es ocasión de traer a esta reunión fraternal nuestros rencores y
divisiones de fuera, brindo por los catedráticos lusitanos que han venido
a honrar con su presencia esta fiesta, y a quienes miro y debemos mirar
todos como hermanos, por lo mismo que hablan una lengua española, y
que pertenecen a la raza española; y no digo ibérica, porque
estos vocablos de iberismo y de unidad ibérica tienen no sé
qué mal sabor progresista. (Murmullos). Sí: española, lo
repito, que españoles llamó siempre a los portugueses Camoens, y aun en
nuestros días Almeida-Garret, en las notas de su poema Camoens,
afirmó que españoles somos y que de españoles nos debemos preciar todos
los que habitamos en la Península Ibérica.
Y brindo, en suma, por todos
los catedráticos aquí presentes, representantes de las diversas naciones
latinas que, como arroyos, han venido a mezclarse en el grande Océano de
nuestra gente romana.
* * * * * * *
Señores:
No hallo términos con que expresar a la Unión Católica la gratitud que
siento al ver el franco, noble y espontáneo entusiasmo con que se ha
asociado a un acto mío, que, con valer poco en sí, ha tenido inusitada
resonancia y me está valiendo estos días la animadversión, el encono y las
más feroces detracciones de los revolucionarios de todos los colores. No
quiero repetir la historia, puesto que todos la sabéis. ¿Ni qué mérito
contraje en hacer lo que hice? ¿No es deber de todo católico confesar
públicamente coram hominibus su fe, en viéndola atacada? ¿Quién de
vosotros no hubiera hecho lo mismo, con igual o mayor energía y con una
elocuencia de que yo carezco?
Imaginaos una reunión en su
mayor parte hostil a todo lo que sentimos y creemos, librepensadora y
racionalista en gran parte.
Tened presente el espíritu que
allí reinaba de libertad del pensamiento, de emancipación de la razón,
unido al insensato empeño de sumar ideas heterogéneas y
contradictorias. Recordad que hubo quien osó (sin protesta de nadie)
brindar por Julio Ferry, el autor de las leyes de instrucción
anticatólicas, el perseguidor de las Comunidades religiosas en Francia, el
sacrílego debelador de crucifijos.
¿Quién de vosotros, provocado a
hablar en tal ocasión, hubiera dejado de hacerlo? ¿Quién de vosotros, ya
tomada la palabra, hubiera dejado de hablar como yo hablé, ensalzando
todas las grandes ideas del siglo de Calderón y volviendo por la honra del
gran poeta que servía de pretexto a tales profanaciones? ¿Quién hubiese
dejado de acentuar más y más las frases recias y aun ásperas de su
discurso, a medida que se hacían más violentos los murmullos, las
interrupciones y las muestras de desaprobación?
Espectáculo hermoso el que esta
noche me ofrece la Unión Católica, adhiriéndose tan de corazón a mi
brindis, a despecho de las cuestiones incidentales que pueden separarnos
en materias opinables. Todos estáis conformes conmigo en la proclamación
de la unidad católica, que hizo nuestra grandeza en el Siglo de Oro. Todos
lo estáis en la glorificación de la España antigua, y en que sus
principios santos y salvadores tornen a informar la España moderna. Por
algo nos llamamos "Unión Católica".
Bastan vuestro cariño y vuestra
simpatía a hacerme olvidar del todo la lluvia de dicterios, injurias y
menosprecios de todo género con que estos días me ha regalado la prensa
periódica que alardea de liberal y tolerante. Desde los más conservadores
hasta los más radicales, pocos o ninguno han dejado de tirar su piedra
contra mí.
Si no temiera pecar de soberbio
os diría que esas injurias me animan y hasta me enorgullecen. Pero como
católico, os diré sólo que perdono de todo corazón a sus autores y
entiendo que nacen sus ataques más bien de extravío del entendimiento,
cegado por falsas doctrinas, que de malicia de voluntad, y que más bien
que a mi persona, oscura e insignificante, se dirigen a la santa verdad,
de la cual he sido indigno intérprete en esta ocasión.
¿Y qué otra fuerza que la de la
verdad pudo obligarme a hablar y a desafiar tales iras, cuando todos
sabéis que yo, por mis condiciones físicas, nada aptas para la oratoria,
por la índole paciente y sosegada de mis estudios e investigaciones y
hasta por mi carácter, no busco desatentadamente el ruido, la notoriedad y
el escándalo, y rara vez tomo la palabra en público?
En suma, os doy las gracias por
la simpatía cordialísima que me habéis manifestado, y os declaro que estoy
satisfecho de haber hecho lo que hice, con la satisfacción que produce el
deber cumplido, y que confirmo y ratifico en todas sus partes el brindis,
cuyas ideas capitales había yo expuesto antes muchas veces, sobre todo en
La Ciencia Española y en la Historia de los Heterodoxos. |