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En el anterior número de
Miscelánea Calasanz iniciamos la serie de "Los horrores de la guerra"
con el saco de Roma por las tropas
del emperador Carlos. Hoy damos un salto de varios siglos en la historia
para contemplar la aniquilación de una ciudad: Hiroshima.
En ese mismo número, con el
título de
El nacimiento de la
edad atómica, insertábamos un texto del padre Jaime María del Barrio
en que se relataba cómo se había llevado a cabo la primera explosión
nuclear en Alamogordo. Entonces dijimos que apartábamos la vista
con horror de la segunda parte de la historia atómica: la escrita con
dolor y llanto en Hiroshima. Sin embargo, hoy la traemos a estas páginas
para vergüenza de esta humanidad nuestra –humanidad doliente– que parece
no poder caminar adelante si no es sucumbiendo a las tentaciones del
maligno.
¿Comentaremos nosotros algo?
Lo cierto es que toda palabra nuestra empequeñece el valor del
testimonio del excepcional testigo de visu, el testimonio del padre Arrupe. Preferiríamos entregar las
palabras del jesuita sin ninguna por parte nuestra. Con todo, aun a riesgo
de desdorar su relato...
El 6 de agosto de 1945
–marcaban los relojes las 8:15–,
la tripulación del bombardero "Enola Gay", cumpliendo órdenes, lanzó
–no quiero de ninguna manera
utilizar un eufemístico "dejó caer"– sobre la ciudad nipona de Hiroshima
la primera bomba atómica con fines bélicos. Fue una acción de guerra dirigida contra la población
civil. No cabe en modo alguno disfrazarlo hablando de "daños colaterales",
ni pensamos quepa justificarlo con argumentos, que sólo podrían ser
espurios ("se adelantó el final de la guerra", "se ahorraron víctimas"). Y
la bomba estalló en el cielo de Hiroshima, a seiscientos metros, sobre una
pueblo descuidado e inerme que asistía a sus faenas diarias. ¿El
resultado? Cifras demasiado altas para el cómputo del corazón.
Otras dos cosas no podemos menos que
señalar. Son el sarcasmo
–ludibrio cruel hecho a la
humanidad entera– de dar a tal mortífera arma el nombre de "Little boy" y
recordar las palabras alegres de Truman, que recibe a bordo del crucero
Augusta la noticia del lanzamiento: «¡Muchachos,
les hemos endosado un adoquín de 20 000 toneladas de TNT!».
Unos versos se nos vienen a la
mente en estos momentos. Son los de aquella elegía que Tibulo, con ocasión
de tener que acompañar a Mesala a la expedición de Oriente, compone
lamentándose del destino, quejándose de quien inventó las armas y
abominando de la guerra:
Quis fuit horrendos primus qui protulit enses?
Quam ferus, et vere ferreus ille fuit!
Versos que Norberto Pérez del
Camino tradujo:
¿Quién la horrenda segur forjó el primero?
¡Artífice feroz, pecho de acero!
y Ricardo Catarineu:
¿Quién inventó las armas destructoras?
¡Qué feroz, qué cruel, qué vengativo
Y cuán de hierro verdaderamente!
Pero dejemos ya que hable el
padre Arrupe, quien tuvo a bien
–después de catorce
meses pronunciando por Europa y América conferencias acerca del Japón, la
misión católica allí y la situación y perspectivas en el país tras el
desastre de Hiroshima– ,
una vez de regreso en su Japón amado, tuvo a bien, digo, poner por escrito
–se editó en México en 1965–
lo que en tantas salas había declarado de viva voz, y todo ello con una sola
intención: decir a todo el mundo "Este es el momento de conquistar el
Japón para Cristo". Nos conformamos nosotros ahora con que sirvan
estas líneas a acrecentar el rechazo a las guerras. Hemos seleccionado los textos
que siguen en esta obra del padre Pedro Arrupe, S. I., Yo viví la bomba
atómica, Bilbao, Mensajero, 1991, págs. 52 y ss.
*
* * * * * *
En la mañana del 6 de agosto
Sin
embargo, el 6 de agosto ocurrió algo que rompió la monotonía de los meses
anteriores. A eso de las ocho menos cinco de la mañana apareció otro
bombardero B-29. La señal de alarma no nos produjo la menor impresión a
los que estábamos acostumbrados a ver pasar sobre nuestras cabezas a
escuadras de más de cien aviones.
En realidad parecía que
teníamos razón para no preocuparnos. Diez minutos después terminó la señal
de peligro, indicando que el enemigo estaba fuera de la ciudad. Con esto
nos dispusimos a trabajar con toda paz.
Estaba yo en mi cuarto con
otro Padre, a las ocho y cuarto de la mañana, cuando de repente vimos una
luz potentísima, como un fogonazo de magnesio, disparado ante nuestros
ojos. Naturalmente, extrañados, nos levantamos para ver lo que sucedía, y
al ir a abrir la puerta del aposento
–éste daba hacia la ciudad–
oímos una explosión formidable, parecido al mugido de un terrible huracán,
que se llevó por delante puertas, ventanas, cristales, paredes
endebles..., que hechos añicos, iban cayendo sobre nuestras cabezas.
Nos tiramos o fuimos tirados al
suelo. Y digo fuimos tirados, porque un padre alemán de más de 90 kilos de
peso se hallaba apoyado en la ventana de su cuarto y se encontró de pronto
sentado en el pasillo, a varios metros de distancia, leyendo un libro.
Seguía sobre nosotros la lluvia
de tejas, ladrillos, trozos de cristal... tres o cuatro segundos que nos
parecieron mortales, porque cuando se teme que una viga se caiga en la
cabeza y le aplaste a uno el cerebro, el tiempo se hace muy largo.
¿Una bomba en
el jardín?
[...] Estábamos recorriendo los
campos de arroz que circundan nuestra casa para encontrar el sitio de la
bomba, cuando, pasado un cuarto de hora, vimos que por la parte de la
ciudad se levantaba una densa humareda, entre la que se distinguían,
claramente, grandes llamas.
Subimos a una colina por ver
mejor, y desde allí pudimos distinguir en donde había
estado la ciudad,
porque lo que teníamos delante era una Hiroshima completamente arrasada.
Como las casas eran de madera,
papel y paja, y era la hora en que todas las cocinas preparaban la primera
comida del día, con ese fuego, y los contactos eléctricos, a las dos horas
y media de la explosión toda la ciudad era un enorme lago de fuego.
"Pika-don"
Y cortando aquí la narración de
lo que nosotros vimos y experimentamos en Nagatsuka, vamos a trasladarnos
con la imaginación hasta Hiroshima, para ver lo que allí había sucedido.
A las ocho y cuarto de la
mañana, un avión americano B-29 arrojó una bomba que hizo explosión en el
aire a una altura de 1500 metros. El ruido fue muy pequeño y le acompañó un
fogonazo, parecido al de magnesio, que fue el que nosotros vimos desde
nuestra casa a seis kilómetros de distancia.
Durante unos momentos, algo,
seguido de una roja columna de llamas, cayó rápidamente y estalló de
nuevo. Esta vez terriblemente, a una altura de 570 metros sobre la ciudad.
La violencia de esta segunda explosión es indescriptible. En todas
direcciones fueron disparadas llamas de color azul y rojo, seguidas de
espantoso trueno y de insoportables olas de calor, que cayeron sobre la
ciudad arruinándolo todo: las materias combustibles se inflamaron, las
partes metálicas se fundieron, todo en obra de un solo momento...
Al siguiente, una gigantesca
montaña de nubes se arremolinó en el cielo; en el centro mismo de la
explosión apareció un globo de terrorífica cabeza. Además, una ola
gaseosa, a una velocidad de quinientas millas por hora, barrió una
distancia de seis kilómetros de radio. Por fin, a los diez minutos de la
primera explosión, una especie de lluvia negra y pesada cayó en el
noroeste de la ciudad.
Los japoneses, que no sabían
que había explotado la primera bomba atómica, con esa prodigiosa armonía
imitativa de su lenguaje, designaron este nuevo fenómeno con la palabra
Pika-Don. "Pika" era para ellos el fogonazo, y "don" el ruido de la
explosión. Aun ahora, al hablar de la bomba atómica, muchos siguen
llamándola el Pika-Don.
Estadísticas
Nosotros, sin podernos explicar
tampoco qué había pasado allí, intentamos entrar en la ciudad; pero era
imposible: aquello era un mar de fuego sobre una ciudad reducida a
escombros.
[...] Apenas se podía avanzar
entre tanta ruina. Pero otra de las causas que
entorpecía nuestra marcha
era la cantidad sin número de personas que iban saliendo penosamente de
aquel infierno. Huían a duras penas, sin correr, como hubieran querido,
para escapar de aquel infierno cuanto antes, porque no podían hacerlo a
causa de las espantosas heridas que sufrían.
Nunca se me olvidará, porque
fue una de mis impresiones primeras de la bomba atómica, aquel grupo de
muchachas jóvenes, de dieciocho a veinte años, que venían agarradas unas a
otras, arrastrándose. Una de ellas tenía una ampolla que le ocupaba todo
el pecho. Tenía además la mitad del rostro quemado y un corte producido
por la caída de una teja, que, desgarrándole el cuero cabelludo, dejaba
ver el hueso, mientras gran cantidad de sangre le resbalaba por la cara. Y
así la segunda, la tercera... en una progresión que si se continúa hasta
150 000 nos dará una idea aproximada del cuadro de Hiroshima. [...]
En el teatro
de la tragedia
Por fin pudimos entrar en la
ciudad. Como ocurre siempre en los grandes incendios, se desarrolló una
cantidad enorme de vapor de agua que terminó por condensarse en lluvia
torrencial. Así se apagó, al menos, la parte superior de los escombros.
Eran las cinco de la tarde.
Ante los ojos espantados un espectáculo sencillamente indescriptible;
visión dantesca y macabra imposible de seguir con la imaginación. Teníamos
delante una ciudad completamente destruida, por lo que íbamos avanzando
sobre loes escombros cuya parte inferior estaba aún llena de rescoldos.
Cualquier descuido podía sernos fatal.
Pero mucho más terrible era la
visión trágica de aquellos miles de personas heridas, quemadas, pidiendo
socorro. Como aquel niño con quien me tropecé que tenía un cristal clavado
en la pupila del ojo izquierdo, o aquel otro que tenía clavada en los
intercostales, como si fuese un puñal, una gruesa astilla de madera.
Sollozando gritaba:
–¡Padre, sálveme que no puedo
más!
O aquel otro cogido entre dos
vigas y con las piernas completamente calcinadas hasta la rodilla.
Así íbamos avanzando, cuando
vimos de pronto venir hacia nosotros a un joven corriendo como loco,
mientras pedía socorro: hacía ya veinte minutos que oía las voces de su
madre, sepultada viva entre los escombros de su casa. Las llamas estaban
ya calcinando su cuerpo y en tanto él hacía imposibles esfuerzos para
separar las grandes vigas de madera que la tenían aprisionada.
Más impresionantes eran
aún los gritos de los niños llamando a sus padres. Otros habían perecido,
como las doscientas alumnas de un colegio. El tejado se les había
derrumbado encima sin que una sola se escapase de las llamas.
En la orilla
del río
A eso de las diez de la noche
pudimos, por fin, encontrar a nuestros Padres de la Residencia. Los cinco
estaban heridos. El P. Schiffer, sin estarlo gravemente, se hallaba
moribundo. Tenía una herida en la cabeza, y para cortar la hemorragia,
como no encontraban a mano otra cosa, le hicieron un gran turbante de
papeles de periódicos y una camisa. Pero no se habían dado cuenta de otra
herida que tenía detrás del pabellón de la oreja: un trozo de cristal le
había cortado una pequeña arteria y estaba desangrándose poco a poco.
Fabricando con una madera sin
cepillar, y unos bambúes, una camilla, nos dispusimos a llevarlo a
Nagatsuka.
Él, haciendo un gesto de dolor,
pero sonriendo a la japonesa, me dijo:
–Padre Arrupe, ¿podría mirarme
la espalda? Debo tener algo en ella.
Lo volvimos boca a bajo y a la
luz de una antorcha vimos que, en efecto, estaba completamente acribillado
con trozos de cristal.
Con una navaja de afeitar
–¡quién pensaba entonces en bisturí!– le saqué más de cincuenta
fragmentos. Después de esta operación, avanzando lentamente a través de la
ciudad, a oscuras, comenzamos el viaje hacia el Noviciado.
Cada cien metros teníamos que
parar para descansar un poco nosotros y él. En uno de estos altos forzados
sentimos cerca de nosotros ayes lastimeros, como de un moribundo. No
conseguíamos encontrar el sitio de donde provenían, cuando uno, aguzando
el oído, dijo:
–Es debajo donde está gritando.
Efectivamente, nos habíamos
detenido sobre un tejado derruido. Apartando las tejas nos encontramos a
una anciana con medio cuerpo quemado. Allí había estado sepultada todo el
día y ya apenas tenía un hilito de vida. La sacamos de allí y falleció al
momento.
Aún nos faltaban por ver muchas
escenas de horror aquella noche. Al llegar al río el espectáculo era
terrorífico: huyendo del fuego y aprovechando la marea baja, la gente
había llenado ambas orillas; pero a media noche había comenzado a subir la
marea y los heridos, agotadas sus fuerzas y medio hundidos en el fango, no
podían moverse: los alaridos de aquellos que ya sentían el agua al cuello
sin salvación posible jamás se me olvidarán. [...]
¿Y los niños?
Al tiempo de la Bomba Atómica
la mayoría de ellos [los niños] se encontraban en las
clases ordinarias de
sus respectivos colegios. Por ello al producirse la explosión miles de
niños quedaron separados de sus padres, muchos heridos, tirados por la
ciudad y sin poder valerse por sí mismos.
Nosotros recogimos a todos los
que pudimos, y trasladándolos a Nagatsuka comenzamos en seguida a curarlos
para prevenir en lo posible las infecciones y las fiebres.
Carecíamos en absoluto de
anestésicos y algunos de los niños estaban horriblemente heridos: uno, a
consecuencia de una teja que le cayó en la cabeza, tenía un corte de oreja
a oreja. Los labios de la herida tenían centímetro y medio de ancho:
separado el cuero cabelludo del hueso, estaba lleno de barro y trozos de
cristal.
Los gritos de la pobre criatura
al ser curada ponían en vilo a toda la casa, por lo cual no tuvimos más
remedio que atarle con una sábana a un carrito y llevárnoslo a la cumbre
de una colina que había junto a la casa. Aquel lugar se convirtió en
quirófano, en donde podríamos trabajar y el niño podría gritar gusto
sin poner nerviosos a los demás. [...]
Muertes
misteriosas
Sin embargo, en medio de todas
estas impresiones encontradas, un hecho nos tenía desconcertados. Y es que
muchas personas que estaban en la ciudad en el momento de la explosión no
habían sufrido herida alguna, y, sin embargo, pasados unos cuantos días,
se sentían débiles y venían a nosotros diciendo que se abrasaban por
dentro, que quizá habían respirado un gas venenoso... y al poco tiempo
morían.
El primer caso me ocurrió
cuando estaba curando a un anciano que tenía dos profundas heridas en la
espalda. Se me presentó un señor que me dijo:
–Por favor, Padre, venga a mi
casa, porque mi hijo dice que le duele mucho la garganta.
Viendo que el anciano a quien
estaba curando estaba gravísimo, le contesté:
–Probablemente será un catarro,
dele un poco de aspirina y hágale sudar; ya verá cómo se cura.
A las dos horas fallecía el
niño. ¿Qué había pasado?
Después vino llorando una
muchacha de trece años que me dijo:
–Padre, mire lo que me pasa.
Y abriendo la boca me enseñó
las encías ensangrentadas; tenía toda la fosa bucal llena de heridas
pequeñas y una faringitis aguda; agarrándose, además, los cabellos, se
quedaba con ellos en las manos. A los dos días murió.
Haciendo investigaciones y
estudiando diversos casos, nos encontramos con los siguientes síntomas:
destrucción de los órganos hematopoyéticos, médula, bazo, ganglios
linfáticos y los bulbos capilares; es decir, una caso típico de ataque
radioactivo. Sabiendo ya la causa, por medio de transfusiones de sangre,
etc., pudimos ayudar a estas pobres víctimas y salvar algunas otras vidas.
Varias son las estadísticas
publicadas acerca del número de víctimas: parece ser que al principio se
dieron números inferiores a la realidad. Los oficiales no incluyeron al
principio los soldados y personal militar, sino solamente la población
civil.
Las que hoy exhiben en el
Information Center de Hiroshima, son las siguientes:
Muertos... ... ... ... ... ...
... ... 260 000
Heridos y desaparecidos
... 163 293
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