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Inquietaba hace veinte años
–nihil novum sub sole–
el rendimiento escolar. Y no sólo el escolar
–éste se limita a una
evaluación de los conocimientos adquiridos, en la que únicamente entran
componentes conceptuales y se reduce a medir el grado en que el alumno ha
seguido el itinerario formal que ofrece el sistema educativo–, sino
también el humano, pues al fracaso aquel va asociado muchas veces un
fracaso en la dimensión humana del estudiante. Exactamente como sucede
hoy: todos hemos comprobado cómo se suceden los estudios, las
estadísticas, el arbitrio de soluciones imposibles que se traduce en
nuevos planes de estudios
–escándalo de siglas– y,
nuevamente, estudios, estadísticas, etc. que ponen de manifiesto cómo nos
alejamos cada vez más de la que pueda considerarse tasa ideal de éxito
escolar y –¿lo diremos?– humano.
Como muestra de esa inquietud,
dedicaba Actualidad docente,
revista editada por la Confederación Española de Centros de Enseñanza (CECE),
su número 106,
correspondiente al mes de septiembre de 1987, al fracaso
escolar. En ella, junto a diversos informes y entrevistas, con el título
de "Entorno familiar y fracaso" se incluía una colaboración del psicólogo
y pedagogo Bernabé Tierno, a quien es ocioso presentar. Ofrecemos este
artículo, que se puede encontrar en las páginas 34 y 35 de la citada
revista, a los lectores de Miscelánea Calasanz en la seguridad de
que puede ser de gran provecho
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Sin
pretender analizar los casos concretos de fracaso escolar, ni contemplar
todas las variables que intervienen en que unos chicos sean buenos
alumnos y otros no, sí voy a establecer dos grupos o tipos de familias
en las que, en líneas generales, suelen darse éxito o fracaso
escolar.
Cualquier educador
experimentado que haya tenido la constancia y curiosidad de observar a sus
alumnos con éxito o con fracaso escolar, teniendo como referencia el clima
familiar que rodeaba a unos y otros, coincidirá conmigo en que, salvo en
contadas excepciones, mediante la conducta de nuestros alumnos es bastante
fácil averiguar el tipo de atmósfera familiar que "respiran".
A nadie se le oculta que,
salvo en los casos de una clara limitación de las aptitudes intelectuales,
deficiente escolaridad, profesorado incompetente o aburrido, etc., la
principal variable interviniente en el fracaso escolar es el tipo de
atmósfera que rodea al alumno.
A continuación expongo las
características o notas dominantes del clima familiar que favorece el
éxito en los estudios y del clima familiar que genera el fracaso escolar.
clima familiar que genera el
fracaso escolar
Continua pugna y desacuerdo
entre los padres
Hay una lucha por ostentar el
mando familiar. El padre desacuerda lo que dice la madre y la madre lo que
dice el padre.
Los hijos, desde pequeñitos,
viven en un estado permanente de ansiedad pues no saben a quién hacer caso
o a qué carta quedarse sin herir a uno de sus padres.
La permanente situación de
inestabilidad nerviosa y emocional que generan estos padres no es el
clima más favorable para el aprovechamiento de los estudios.
Madres "madrazas"
permisivas en exceso
Estas madres lo toleran todo.
No establecen jamás una línea de control en los hijos. Les dejan
abandonados a sus caprichos y veleidades porque no han logrado comprender
que la autoridad y la firmeza pueden hacerse compatibles con el cariño y
la ternura.
Padres inestables en el
humor y en la conducta
Como la violencia genera
violencia, la inestabilidad de los padres en el humor y la conducta
produce en sus hijos desasosiego, irritabilidad y malhumor habitual que
hace prácticamente imposible un trabajo intelectual eficaz.
Padres hipersensibles, con
los nervios a flor de piel
Producen en los hijos efectos
similares a los anteriores. Cualquier situación, palabra o gesto por
inocente e insignificante que sea, puede ser interpretado como ofensivo y
malicioso desencadenando una "tormenta" familiar. Estos padres son como
vasos siempre rebosantes que cualquier "gota" por pequeña que sea puede
hacer que se "desborden".
Gritos, amenazas, gestos y
actitud violenta
De los padres entre sí y con
sus hijos, privan a éstos del aprendizaje de un diálogo sereno en el que
sea posible "escucharse" a sí mismos y "escuchar" a los demás.
El trato infantil y la
superprotección del niño
Hasta la pubertad e incluso
posteriormente, dificulta o impide el desarrollo de la personalidad y de
la autonomía necesaria que hacen posible encarar con decisión y coraje el
esfuerzo de cada día en las tareas escolares.
Las críticas destructivas y
las actitudes negativistas y derrotistas
De los hechos de los padres
que sofocan en sus primeros intentos el desarrollo de la naciente
confianza y de la seguridad en sí mismo del niño, con lo cual, la
autoestima, que es imprescindible para acometer con entusiasmo el trabajo
intelectual, se debilita en grado sumo o muere, acarreando un fracaso tras
otro en cadena.
clima familiar que favorece el
éxito en los estudios
Autoridad coordinada y
compartida "a dúo" entre los
padres
Pero conservando cada cual su
personalidad e identidad. Ésta es la base más firme y más propicia en que
puede asentarse el éxito escolar. Educar presentando a los hijos una línea
de actuación conjunta, definida, firme y coherente.
Madres que
saben dosificar convenientemente la dulzura y el cariño, con la autoridad
y la firmeza
Sin recurrir a cada paso a las
consabidas frases: "ya verás cuando venga papá", "si no me obedeces se lo
diré a tu padre", etc.
La madre es quien marca con su
conducta el grosor, la consistencia y la firmeza de los cimientos de la
personalidad del niño y, en buena medida, su éxito o su fracaso en los
estudios.
Calma, equilibrio y diálogo
en conductas, gestos y actitudes
Que cuando se convierten en
algo habitual en el hogar suelen transmitirse o
"contagiarse" como por
ósmosis psíquica a los hijos facilitando la estructuración de un trabajo
intelectual prolongado y profundo a la vez.
Respeto al criterio de cada
miembro de la familia alentándole a que sepa mantenerlos, pero respetando
a su vez el criterio de los demás
Esto no significa, por
supuesto, tolerar las conductas caprichosas y tiránicas de niños mimados
que no conocen límites en sus exigencias. Cuando el niño pase los límites
de lo razonable, debe imponerse la norma con autoridad y firmeza.
Conciliar de forma adecuada
la autoridad y la tolerancia
Este equilibrio es bastante
difícil lograrlo de una forma conjunta por el padre y la madre. Sus
efectos educativos son de incalculable valor y trascendencia.
Los padres deben procurar
los medios a su alcance
Para que aumente
progresivamente la seguridad en sí mismos de sus hijos y con ello la
autoestima.
La regla de oro es no
facilitarles demasiado las cosas a los niños. La seguridad en sí mismos
aumenta en la medida y grado en que se van superando dificultades día a
día por los propios medios.
Demos a nuestros hijos la
posibilidad de demostrarse a sí mismos que pueden lograr dar un paso más
hacia el éxito.
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