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La Fortuna ha dejado en mis
manos recientemente un librito. Se trata de una edición, la octogésima
concretamente, de El Mensajero del Corazón de Jesús, de la obra Control
cerebral y emocional del padre Narciso Irala, S.J. El libro llega a
mí tras casi cuarenta años de su publicación (esta edición corregida y
aumentada es de 1969). Sin embargo, poco o nada ha perdido de su
vigor, valor y vigencia.
Busca el padre Irala remediar
el vacío, la desdicha, la falta de plenitud del
hombre moderno que derivan de profundos cambios en su modo de pensar, así
como en su vida afectiva y volitiva. Como el autor afirma en el prólogo a
esta 80ª edición, el libro va dirigido a los que ya sufren
psíquicamente, a los sanos y a los educadores y a los
directores de almas. Y, como queda señalado en el mismo lugar,
pretende ser práctico, accesible y que ahorre tiempo a
los lectores. Este
modesto manual de higiene mental, como gusta llamarlo el padre Irala,
se va desarrollando en capítulos como "Sentimientos y emociones", "Control
de las emociones", "Saber descansar", "Utilizar la voluntad", "Educar el
instinto sexual", "Gobernar la afectividad", "Dominar la ira" y otros del
mismo tenor. En una época en que tanto se habla de inteligencia emocional,
y tanto se teoriza sobre ella, este libro es una verdadera joya.
Reproducimos seguidamente el epígrafe "Sentimiento de inferioridad", que
forma parte del capítulo "Superar el temor". Puede encontrarse este texto
en las páginas 221 y ss. de la edición que manejamos.
En otro lugar, incluimos las recomendaciones del padre Irala para "Evitar
el cansancio de la voz".
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Mal muy extendido
Una
investigación entre 270 estudiantes de una universidad norteamericana dio
240 con sentimiento de frustración o deficiencia: incapacidad física,
presencia poco simpática, amores contrariados, escasa aptitud para el
estudio o para el trato social, remordimientos, etc.
Se ven alumnos con brillantes composiciones en el examen escrito, a
quienes el miedo a los examinadores turba y desluce en el oral. Noveles
oradores o poetas con magníficas piezas retóricas o poéticas, o músicos
habilidosos, a quienes la vista de un auditorio exigente hace temblar,
palidecer, balbucear y aun olvidar lo que llevaban bien aprendido, a
quienes las críticas demasiado severas de sus colegas en sus primeras
actuaciones cortan las alas para toda la vida. Hombres bien preparados
que, al fracasar en un negocio o empleo, se juzgan ya ineptos para nuevas
empresas. Personas, en fin, de amena conversación y trato delicado, a
quienes un interlocutor dejó un día malparadas, las vemos reconcentrarse
en un mutismo cada vez mayor, sonrojarse al tener que intervenir en
sociedad y finalmente convertirse en misántropos solitarios.
Dactilógrafos, pianistas, niños o jóvenes de habilidades extraordinarias,
en privado o en familia, semejan nulidades ante otras personas.
Esta timidez, que no hay que confundir con la humildad, puesto que con
frecuencia nace del amor propio desordenado, causa a sus víctimas no pocos
sufrimientos, desde el rubor, temblores, palpitaciones, tartamudeos, etc.,
que aparecen y desaparecen con ella sin más consecuencias, hasta las
fobias o la inhibición psíquica, que paraliza o entorpece los músculos
cuando el miedo llega a las fronteras de la emoción-choque.
La humildad no deprime: es la verdad, y lleva a dios y a la confianza.
La timidez, con frecuencia, aumenta la soberbia, o es causada por ella.
Cohete dirigido
Al cohete hay que darle la dirección y, si está bien
hecho, irá a donde le dirigen. Nuestro organismo es un cohete dirigido
perfectísimo como creado por Dios. La dirección para que reacciones con
seguridad o cobardía en cada circunstancia, se la damos nosotros: es el
concepto que de nosotros tenemos ante esa circunstancia. Si me imagino
temblando, sudando o colorado porque en caso semejante temblé, sudé o me
ruboricé mi organismo reproducirá esos síntomas.
Si, por el contrario, logro imaginarme sereno, y conservo este concepto de
mí hasta el momento de actuar, actuaré con serenidad. El sentimiento y
complejo de inferioridad se deben a un concepto falso de sí. Descubramos
cómo se ha formado. Causas
Suele originarse la timidez o cobardía, hasta
degenerar en sentimiento y aun en complejo de inferioridad:
1.º Por falta de expresión de seguridad o de personalidad en la
infancia o
adolescencia.
Como cuando una educación demasiado proteccionista le evitó toda
dificultad o peligro, quitándole así la posibilidad de superarla, o cuando
otros decidían por él sin haberse acostumbrado a tomar responsabilidades
por sí mismo. 2.º Por
vivencias de temor, no contrarrestadas en seguida por pensamientos
positivos. Entonces queda en la subconsciencia a manera de inseguridad o
tendencia a temer o inquietarse.
3.º Por un concepto falso de su inferioridad, a causa de un fracaso
cuyas consecuencias y proporciones centuplicó el amor propio herido.
4.º Origínase la timidez por un defecto real o incapacidad en un ramo que
la imaginación extiende a otros.
5.º Por un exceso de ambición o pretensiones que al no ser
satisfechos deprimen; o por buscar sólo, o principalmente el éxito
humano en nuestra actuación, sin dar importancia al éxito divino.
Quiero decir que quien en sus acciones busca y se complace en realizar la
voluntad de Dios, o el ideal de la Sabiduría Infinita, sentirá en sólo
esto plena satisfacción, aunque le falle el éxito humano; ya que Dios por
sus altísimos designios puede querer el fracaso en empresas de su gloria y
que se obtenga lo que Él pretende, no por el éxito de nuestra acción, sino
por la santificación obtenida por nuestra humillación o por otros medios
sobrenaturales. 6.º Por un
pánico irracional al qué dirán o al ridículo. Si ponemos en un
platillo de la balanza el no querer ser criticados, y en el otro la
timidez, ésta subirá a medida que pese más el primero. Por eso, el saberse
reír uno se sí mismo o mejor, de todo lo ridículo que pasa por él, y el
aceptar que otros se rían de eso, es el secreto del buen humos y fuente de
salud y de aceptación en sociedad.
7.º Por compararse a los demás. Sobre todo si le toca actuar entre
gente mejor preparada o superdotada.
Pensemos, en cambio, que cada uno tiene sus cualidades y aptitudes y de
ellas dará cuenta al Señor. Que quien recibió diez talentos y ganó diez no
será más estimado que el que tuvo uno y ganó otro.
Hay que desarrollar la propia personalidad y no copiar servilmente la de
los otros. La grandeza del hombre no está en su apariencia física, sino en
su valor moral. Con frecuencia, tras un cuerpo enfermizo y contrahecho se
esconde un alma noble y heroica.
Remedio preventivo
Ante todo no infundir tal sentimiento en los niños o
jóvenes exagerándoles o recordándoles continuamente sus defectos. No
infundirles ni por broma temores de fantasmas, de muertos, de la
oscuridad, de los animales, porque probablemente continuarán activos en
lo inconsciente aun después, cuando mayores. Por el contrario, hay que
animarlos y mostrarles sus posibilidades de progreso. Hay que hacerles
triunfar y sobresalir en algo. Que enfrenten las dificultades y las
superen poco a poco. Hay que enseñarlos a usar bien de su libertad y
dársela cada vez más y que tomen decisiones y responsabilidades por sí
mismos. Si tienen fracasos o temores ayudarles cuanto antes a superarlos,
convencidos de que no deben desalentarse, sino aprovecharlos para aprender
a levantarse y desarrollar mayor fortaleza.
Remedio curativo
Quien tuviere ya esta timidez;
1.º Procure desarrollar el sentimiento contrario con actos de valor o
heroísmo, con pensamientos optimistas, con actitud de seguridad.
2.º Examine serenamente, por sí o por otros, sus cualidades y
posibilidades y sus deficiencias.
3.º Saque a flote y concrete los pensamientos y los motivos que le
desaniman, y, quitadas las deducciones exageradas del subconsciente,
procure afianzarse en la verdad. Haga el examen por escrito y muéstrelo a
su director espiritual o consejero psíquico.
4.º Sabiendo que no hay razón para acobardarse, que todos los hombres
somos iguales, que en la materia en que uno se especializa es superior a
casi todos, que las medianías abundan y los genios saben disimular las
deficiencias y descubrir las cualidades etc., etc.; empápese de estas
ideas, resúmalas en fórmulas sugestivas y repítalas con frecuencia, sobre
todo cuando aparecieren las señales de timidez.
5.º Con esta convicción y sugestión acometa las dificultades, empezando
por las más fáciles, y anímese con cada victoria repitiendo muchas veces:
"Voy triunfando", "cada día tengo más ánimo", etc. Nunca emplee fórmulas
negativas o que recuerden la fobia o los síntomas que le molestan. Así,
son contraproducentes: "No me pongo colorado, no tiemblo, no tartamudeo".
6.º Suelen los tímidos recordar tenazmente sus derrotas y olvidar
fácilmente sus triunfos. Así, pues, para modificar esta memoria negativa,
harán bien en no pensar voluntariamente en ningún fracaso y, en cambio,
les convendría escribir los éxitos de cada día y aun los de la vida
pasada. Al sentirse más desalentados leerán con fruto sus notas..
7.º Remedio sobrenatural. Avivar la fe en Dios que nos
aprecia y nos quiere y puede ayudarnos y, sacar la consecuencia: "Humilde,
sí, tímido, no, porque todo lo puedo en Aquel que me conforta".
Aceptemos también nuestras limitaciones. Todos somos barro y somos
espíritu, seres caídos en Adán, pero levantados por Cristo hasta llamarnos
y ser, en verdad, "Hijos adoptivos de Dios".
8.º Como tratamiento somático se recomienda cualquier tónico o
fortificante del sistema nervioso, los deportes o ejercicios físicos
moderados, entre ellos la respiración completa, y la seguridad en la
mirada: no que aparezca escrutadora o provocativa, ni hundiéndola en
los ojos de su interlocutor, sino que se pose dignamente en el
comienzo de la nariz, entre los dos ojos.
Si tiene fotofobia, si la luz le molesta, colóquese a contraluz o use
gafas ahumadas, o mejor, cure la fotofobia por los baños de sol en los
ojos. |