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Escudriñando en la oscuridad
de la unidad ce, nos hemos dado de frente con el articulito que
seguidamente incluimos aquí. Estaba allí, agazapado, en una carpeta metida
dentro de otra carpeta que a su vez estaba en..., bueno, en la zona más
oscura de "Mis documentos".
Había ya conocido la luz que
da la tinta sobre papel hace unos años, cuando apareció en la revista
colegial. ¿Adónde habrán ido a parar los más de aquellos ejemplares?
¿Habrán vuelto, por fortuna, a los rodillos de alguna imprenta? ¿O estarán
acaso abonando la tierra de algún vertedero, hechos cenizas, prestos a
reintegrarse a la naturaleza que les dio el ser? Lo que de ellos haya sido
sólo Dios lo sabe. A nosotros no nos queda más que soñarlos en nuevas
vidas.
Pero si aquellas revistas
pasaron, el artículo sobrevive y revive nuevamente en estas páginas
electrónicas, pues una vez más recordamos que hay una intolerancia, una
santa intolerancia.
* * * *
* * *
Mi voz no es alfeñique que paladeen quienes gustan
de regalarse edulcoradamente. Es garfio, esparo, falce que taja, traspasa,
desgarra los oídos y, con ellos, los corazones. No es mi voz almíbar, sino
acíbar. No gasa, sino escalpelo. No torunda, sino trépano. Pica, chuzo,
aguijón: eso es mi voz. ¿Que no quieres oírla? No eres tú, sino tu mala
conciencia. Quien quiera vivir plácidamente, no venga a mí. Mas, quien
prefiera la guerra que vivifica a la paz que mata, oiga. Porque en verdad
hay una paz que mata, que es muerte, que es la paz de los muertos vivos.
¿Que no entiendes lo que te digo? ¿Que no sabes de qué hablo? Mírate. ¿Te
reconoces? ¡Y qué ufano que caminas por el mundo tan seguro de tu valía!
¡Eres tan comprensivo, tan respetuoso, tan tolerante! Has hecho de la
tolerancia regla áurea. Crees vivir en paz y no te das cuenta de que estás
muerto. Y yo te digo que por todas estas cosas serás
llevado a juicio.
Tú, muy siglo XXI, has puesto en la tolerancia la suprema virtud, sin
hacer ulteriores distingos. Y, sin embargo, no toda tolerancia es buena.
Que hay una tolerancia que mata al individuo y corrompe la sociedad. Y si
no lo crees, escucha a Pío XII: “La caridad y la misericordia, cuando
existen motivos equitativos, no contradicen al deber de una recta
administración de la justicia, pero sí la imprudente tolerancia” (Pío XII,
Radiomensaje de Navidad de 1949).
Por ello hoy vengo a predicarte la santa intolerancia. No, no se trata de
sofisterías. Son verdades como puños.
¿Te escandalizas? Pues, oye, hijo, y atiende.
Mira cómo se expresa tu conterráneo Menéndez Pelayo en su Historia de
los heterodoxos españoles: “La llamada tolerancia es virtud fácil;
digámoslo más claro: es enfermedad de épocas de escepticismo o de fe nula.
El que nada cree, ni espera en nada, ni se afana y acongoja por la
salvación o perdición de las almas, fácilmente puede ser tolerante. Pero
tal mansedumbre de carácter no depende sino de una debilidad o eunuquismo
de entendimiento”. Y casi en los mismos términos se expresa Jaime Balmes
en su Protestantismo comparado con el Catolicismo, cap. XXXIV,
cuando señala que se debe la tolerancia a “blandura de ánimo”.
¡Ah, ya te veo a la ofensiva! ¿Me hablarás del hundimiento de nuestras
ciencias por causa de la intolerancia? Pues te contestaré hablándote de
Calderón, nuestro más alto dramaturgo, “el poeta de todas las
intolerancias e intransigencias católicas”, como le apellidó D. Marcelino
en su celebrado Brindis del Retiro. ¿De la expulsión de los judíos,
de la Inquisición, de los moriscos? Te responderé, con tu paisano, que
aquélla fue “una noble y salvadora intolerancia”.
¿Dirás que la Iglesia es tolerante y predica esta virtud? De acuerdo. Sin
embargo, escucha al presbítero Fernández Montaña defendiendo el
Syllabus de Pío IX: “cuando los hombres malos y extraviados resisten
[...] su dulzura proverbial se convierte en intolerancia con los errores y
también con las personas.”
¿Qué más? ¿Que Cristo predica la tolerancia? Sí, ya lo sé. Pero, ¿por qué
no relees al apóstol Juan? Y haciendo de cuerdas como un azote, los
echó a todos del templo, y las ovejas, y los bueyes, y arrojó por tierra
el dinero de los cambistas, y derribó las mesas.
¿Me contestas afirmando que la intolerancia produce daños? Convengo.
Empero, ¿a mí qué se me da de ello, si a los males han de seguir bienes
infinitos? ¿Que no entiendes lo que te digo? ¿No oíste cómo canta en la
Vigilia Pascual el Exultet: O felix culpa, quae talem ac tantum
meruit habere Redemptorem!? Así, pues, bendita intolerancia la de los
judíos, que nos dio a Cristo como hostia. Y bendita intolerancia, también,
la de aquellos que otorgaron el lauro del martirio a Justa y Rufina, a
Vicente, a Emeterio y Celedonio, a Fructuoso, Augurio y Eulogio, a Justo y
Pastor, a Félix de Zaragoza...
Y no me interrumpas más, que ya termino.
El profesor de la Universidad de Munich Romano Guardini, en su Ética,
dedica un capítulo a la tolerancia. Y lo abre señalando el problema
insoluble que presenta, toda vez que se fundamenta en la tensión entre la
verdad y el respeto a la libertad ajena.
Y tú, ¿qué quieres? ¿Pretendes anteponer la libertad a la verdad? Pues
recuerda que el Cristo se llamó a sí mismo la Verdad. Y que es ésta
la que nos hará libres. Juzga tú mismo.
Y ahora, atiende y respóndeme: ¿tu tan cacareada tolerancia no será
tu muerte espiritual?
Ramón
Cubillas |