SOBRE EL RELATIVISMO DE LA BELLEZA

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noviembre 06

 

De sobra conocemos todos refranes que afirman la variedad de gustos. ¿Quién, para zanjar una cuestión que traía con alguien de distinto parecer sobre cosa opinable y difícilmente objetivable, no ha dicho en alguna ocasión "de gustos no hay nada escrito", o "en gustos, todo cabe", o "en materia de gustos, cada cual tiene el suyo", o bien "gustos y colores, los que cada uno prefiere son los mejores"?

¿Y quién no recuerda aquellos versos de las Doloras de Campoamor: "Y es que en el mundo traidor / nada hay verdad ni mentira: / «todo es según el color / del cristal con que se mira.»"?

Naturalmente, no sostenemos un relativismo total, cosa que es a todas luces un absurdo; sin embargo, sí nos parece que en algunas parcelas de la realidad y de los saberes hay que terminar con los dogmatismos.

Es ésta la postura que, a propósito de la belleza, adopta fray José María de la Cruz Moliner OCD en su libro Arte y vida, Burgos, El Monte Carmelo, 1949, en que se recogen quince artículos sobre los problemas más palpitantes de la estética actual y la de antaño, como escribe en el prólogo. Defiende el carmelita descalzo en diversos capítulos (v. gr. los que llevan por título "Del ritmo en la pintura y de su belleza", "El relativismo del color", "Dos litigios entre lo barroco y lo clásico") cómo, siendo la percepción de la obra de arte absolutamente individual, las sensaciones de agrado o desagrado que se produzcan, las cuales permitirán juzgar de la belleza o la fealdad de tal obra, habrán de venir influenciadas por todo el bagaje intelectual, educacional, sensitivo del sujeto, lo que necesariamente lleva a la relatividad de estos juicios.

Copiamos seguidamente el capítulo "La belleza de Adán" (págs. 27-34). La frase que lo cierra ("bello es todo lo que agrada") nos invita a liberarnos del peso de las opiniones ajenas y a respetarlas, y a gozar del arte sin los prejuicios con que nos oprimen los corsés de escuela.

 

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    "Et ait Deus: Faciamus hominem ad imaginem et similitudinem nostram."

       "Y dijo el Señor: Hagamos el hombre a nuestra imagen y semejanza"

Génesis

Quién más y quién menos todos hemos visto muchos Adanes con mayúscula en libros y pinacotecas, en reproducciones y en frescos de iglesias y monasterios. Adán es el tipo elegido con más frecuencia para poner un pretexto cuando se quiere hacer un alarde de la anatomía varonil y el artista no es aficionado a los Apolos y a los Adonis por despreciar la mitología o aborrecer lo clásico.

Es manía de los que quieren manifestar el ideal, el "summum" de la belleza humana, que ellos guardan en la subconsciencia, utilizar al primer hombre, ya que según una larga tradición, Adán fue el varón más perfecto y  más armónico, y por lo tanto, así dicen ellos, el más bello.

Sin embargo, recorriendo estas representaciones adámicas ¡qué variedad encuentra uno!; ¡qué diferencia del Adán de Van Eick al de Miguel Ángel, del Adán de Gossaert al de Vargas, del que se ve en el sarcófago de Tolosa al de la sillería de la catedral de León! ¡quién diría que todos esos personajes han salido del intento de representar al mismo modelo y al mismo ideal! Sin embargo, estas diferencias no son nada si se comparan uno de estos adanes occidentales con los orientales.

El Meschía de los persas, el Brahma de los indios o el Osiris de los egipcios son completamente opuestos en los caracteres somáticos, en las facciones y en las formas a los adanes europeos. Entre todos ellos ¿cuál es el verdadero?

Que del protoparente nacieron las cinco razas que hay hoy dispersas por la tierra es opinión fortalecida por la fe y apoyada por los mejores historiadores y antropólogos; así que, este primer ser pertenecía a una de estas cinco razas o por lo contrario, era como un resumen, como un cogollo de todas ellas. Si es verdadera la hipótesis primera, tendremos que los otros cuatro tipos humanos que no han dimanado de Adán correctamente, sino que han sufrido modificaciones de color, encefálicas, etc., son feos porque en nada se parecen al tipo inmutado que es bello.

Si por lo contrario, la suposición segunda es la que goza de la verdad y Adán era completamente distinto a los hombres de las cinco razas actuales, la fealdad es patrimonio de todos, pues nos hemos apartado de la belleza adámica, del modelo primitivo, a no ser que se suponga que Dios creó al primer hombre feo y poco a poco nos hemos ido hermoseando nosotros.

No nos damos cuenta que al ver pintado un Adán europeo según el canon griego, con todas las facciones y formas clásicas, y aceptarle como el tipo hermoso por excelencia hay trescientos chinos que reniegan de él y nos pintan a un ser amarillo, de ojos rasgados y Adán, por Miguel Ángel. Fresco de la Capilla Sixtina. Fragmentodentadura crecida, como el ideal de la belleza; no advertimos que cada pueblo tiene su ideal y en África los hombres gustarán más de la mujer númida que de la inglesa, y que en el Polo verán los esquimales en sus mujeres más encantos que en las españolas, y que la blanca y rubia alemana será horrible para los hombres caribes. Por lo tanto, acusar a la raza blanca como la más bella es un egoísmo optimista con ribetes de idealismo para sacar de quicio al más flemático que no sea del albo color.

El canon de Policleto, el de Vinci, el de Durero, son arbitrarios en el campo calológico, marcan en cierto modo las medidas que hoy suele tener el hombre occidental, nada más.

A esta perplejidad sobre la belleza humana, hay que añadir el hecho innegable de la evolución. Según los antropólogos el hombre prehistórico tenía el frontal más rebajado que el hombre actual, los arcos de las cejas muy desarrollados, mandíbulas muy robustas y armadas de fuertes dientes, nariz muy deprimida en su nacimiento y al final ancha, bajo de estatura, pero ancho y fuerte.

Estos caracteres somáticos distintos de los del hombre actual, no demuestran una evolución substancial, que es bajo el aspecto científico y ortodoxo insostenible, sino un cambio lento, accidental.

Todos los seres vivos han sufrido más o menos metamorfosis profundas, animales que tenían dedos son adígitos, otros que eran alados hoy carecen de alas: el piojo, lo sostienen sabios de talla, por sus disposiciones somáticas las tuvo en su tiempo. Habría que verle balancearse por el aire como un ruiseñor, y hoy tiene que caminar lentamente. Estas transformaciones vienen al cabo de muchos años, por el ambiente en que viven y las necesidades que experimentan. La carencia de ejercicio atrofia los órganos y a veces los suprime.

El hombre primitivo tenía ese aspecto y esa constitución física tan resistente, porque se las tenía que haber con una tierra áspera y primitiva, con una vegetación exuberante, propia de un mundo nuevo y pletórico de vitalidad, y si su aspecto no nacía de esto, provendría de otros fenómenos; pero el hecho es hoy admitido por todos.

Según estos datos, si al principio éramos feos y hoy no lo somos tanto, es de suponer que dentro de tres o cuatro mil años, tengas todos que romper los espejos para no llenarse de vanidad, porque la evolución lenta hay que seguirla suponiendo.

Pero que vayamos a una mejora de la raza o a un decaimiento, no interesa para este estudio: el caso es que al proponer como ideal humano a tal o cual Adonis de nuestros días, olvidamos que sería un monstruo para los trogloditas y otro en sentido inverso para los habitantes de nuestro planeta cuando este se haya añadido unos cuantos miles de años.

Si los brazos de los hombres prehistóricos tenían algunos centímetros más y nos hacían recordar al chimpancé, a los hijos de nuestros hijos que los tendrán quizá más cortos les causaremos cierta gracia, porque todavía serán excesivos según ellos. Y así en todos los miembros y todas las partes del cuerpo, con cortas diferencias, pero las suficientes para volver a un hombre extraño y feo. Y el resultado de esto no es sino la relatividad de la belleza, su dependencia de la costumbre y del ambiente.

Si Dios nos hubiese colocado las orejas en el lugar de los ojos, y en el puesto de estos los órganos auditivos, prescindiendo de la utilidad ¿por qué no íbamos a ser tan hermosos como en el estado actual? La simetría no se hubiera perdido, la proporción era la misma, sólo había variado la ubicación. Y ¿es tan necesario a la estética que seamos así? ¿No es la costumbre, el hábito, el habernos visto a nosotros y a nuestros semejantes de la misma manera siempre, lo que al contemplarnos de otro modo nos haría parecer feos?

Esta costumbre unida al ambiente y al temperamento personal y a otros datos esporádicos cuya enumeración sería larga de hacer, forman y modelan nuestro gusto estético, y las cosas nos aparecen hermosas, el hombre, en nuestro caso, nos parece bello cuando se conforma con este nuestro gusto.

En ese maridaje y adecuación, pues, consiste la hermosura. Como del objeto y la potencia nace la verdad, "ex objecto et potentia paritur notitia", así del objeto y del gusto estético nace la belleza, "ex objecto et gusto aesthetico paritur pulchritudo".

La belleza no está en mí ni fuera de mí, brota de los dos elementos, de la conjunción de ambas cosas, de mi gusto y de las cualidades de las cosas; bello es todo lo que agrada.

 

miscelánea calasanz

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