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De sobra conocemos todos
refranes que afirman la variedad de gustos. ¿Quién, para zanjar una
cuestión que traía con alguien de distinto parecer sobre cosa opinable y
difícilmente objetivable, no ha dicho en alguna ocasión "de gustos no hay
nada escrito", o "en gustos, todo cabe", o "en materia de gustos, cada
cual tiene el suyo", o bien "gustos y colores, los que cada uno prefiere
son los mejores"?
¿Y quién no recuerda aquellos
versos de las Doloras de Campoamor:
"Y es que en el mundo traidor / nada
hay verdad ni mentira: / «todo es según el color / del cristal con que se
mira.»"?
Naturalmente, no sostenemos un
relativismo total, cosa que es a todas luces un absurdo; sin embargo, sí
nos parece que en algunas parcelas de la realidad y de los saberes hay que
terminar con los dogmatismos.
Es ésta la postura que, a
propósito de la belleza, adopta fray José María de la Cruz Moliner OCD en
su libro Arte y vida, Burgos, El Monte Carmelo, 1949, en que se
recogen quince artículos sobre los problemas más palpitantes de la
estética actual y la de antaño, como escribe en el prólogo. Defiende
el carmelita descalzo en diversos capítulos (v. gr. los que llevan por
título "Del ritmo en la pintura y de su belleza", "El relativismo del
color", "Dos litigios entre lo barroco y lo clásico") cómo, siendo la
percepción de la obra de arte absolutamente individual, las sensaciones de
agrado o desagrado que se produzcan, las cuales permitirán juzgar de la
belleza o la fealdad de tal obra, habrán de venir influenciadas por todo
el bagaje intelectual, educacional, sensitivo del sujeto, lo que
necesariamente lleva a la relatividad de estos juicios.
Copiamos seguidamente el
capítulo "La belleza de Adán" (págs. 27-34). La frase que lo cierra
("bello es todo lo que agrada") nos invita a liberarnos del peso de las
opiniones ajenas y a respetarlas, y a gozar del arte sin los prejuicios con que nos oprimen
los corsés de escuela.
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"Et ait Deus: Faciamus hominem ad
imaginem et similitudinem nostram."
"Y dijo el Señor:
Hagamos el hombre a nuestra imagen y semejanza"
Génesis
Quién más y quién menos todos
hemos visto muchos Adanes con mayúscula en libros y pinacotecas, en
reproducciones y en frescos de iglesias y monasterios. Adán es el tipo
elegido con más frecuencia para poner un pretexto cuando se quiere hacer
un alarde de la anatomía varonil y el artista no es aficionado a los Apolos y a los Adonis por despreciar la mitología o aborrecer lo clásico.
Es manía de los que quieren manifestar el ideal, el "summum" de la belleza
humana, que ellos guardan en la subconsciencia, utilizar al primer hombre,
ya que según una larga tradición, Adán fue el varón más perfecto y
más armónico, y por lo tanto, así dicen ellos, el más bello.
Sin embargo, recorriendo estas representaciones adámicas ¡qué variedad
encuentra uno!; ¡qué diferencia del Adán de Van Eick al de Miguel Ángel,
del Adán de Gossaert al de Vargas, del que se ve en el sarcófago de Tolosa
al de la sillería de la catedral de León! ¡quién diría que todos esos
personajes han salido del intento de representar al mismo modelo y al
mismo ideal! Sin embargo, estas diferencias no son nada si se comparan uno
de estos adanes occidentales con los orientales.
El Meschía de los persas, el Brahma de los indios o el Osiris de los
egipcios son completamente opuestos en los caracteres somáticos, en las
facciones y en las formas a los adanes europeos. Entre todos ellos ¿cuál
es el verdadero? Que del
protoparente nacieron las cinco razas que hay hoy dispersas por la tierra
es opinión fortalecida por la fe y apoyada por los mejores historiadores y
antropólogos; así que, este primer ser pertenecía a una de estas cinco
razas o por lo contrario, era como un resumen, como un cogollo de todas
ellas. Si es verdadera la hipótesis primera, tendremos que los otros
cuatro tipos humanos que no han dimanado de Adán correctamente, sino que
han sufrido modificaciones de color, encefálicas, etc., son feos porque en
nada se parecen al tipo inmutado que es bello.
Si por lo contrario, la suposición segunda es la que goza de la verdad y
Adán era completamente distinto a los hombres de las cinco razas actuales,
la fealdad es patrimonio de todos, pues nos hemos apartado de la belleza
adámica, del modelo primitivo, a no ser que se suponga que Dios creó al
primer hombre feo y poco a poco nos hemos ido hermoseando nosotros.
No nos damos cuenta que al ver pintado un Adán europeo según el canon
griego, con todas las facciones y formas clásicas, y aceptarle como el
tipo hermoso por excelencia hay trescientos chinos que reniegan de él y
nos pintan a un ser amarillo, de ojos rasgados y
dentadura crecida, como
el ideal de la belleza; no advertimos que cada pueblo tiene su ideal y en
África los hombres gustarán más de la mujer númida que de la inglesa, y
que en el Polo verán los esquimales en sus mujeres más encantos que en las
españolas, y que la blanca y rubia alemana será horrible para los hombres
caribes. Por lo tanto, acusar a la raza blanca como la más bella es un
egoísmo optimista con ribetes de idealismo para sacar de quicio al más
flemático que no sea del albo color.
El canon de Policleto, el de Vinci, el de Durero, son arbitrarios en el
campo calológico, marcan en cierto modo las medidas que hoy suele tener el
hombre occidental, nada más. A
esta perplejidad sobre la belleza humana, hay que añadir el hecho
innegable de la evolución. Según los antropólogos el hombre prehistórico
tenía el frontal más rebajado que el hombre actual, los arcos de las cejas
muy desarrollados, mandíbulas muy robustas y armadas de fuertes dientes,
nariz muy deprimida en su nacimiento y al final ancha, bajo de estatura,
pero ancho y fuerte. Estos
caracteres somáticos distintos de los del hombre actual, no demuestran una
evolución substancial, que es bajo el aspecto científico y ortodoxo
insostenible, sino un cambio lento, accidental.
Todos los seres vivos han sufrido más o menos metamorfosis profundas,
animales que tenían dedos son adígitos, otros que eran alados hoy carecen
de alas: el piojo, lo sostienen sabios de talla, por sus disposiciones
somáticas las tuvo en su tiempo. Habría que verle balancearse por el aire
como un ruiseñor, y hoy tiene que caminar lentamente. Estas
transformaciones vienen al cabo de muchos años, por el ambiente en que
viven y las necesidades que experimentan. La carencia de ejercicio atrofia
los órganos y a veces los suprime.
El hombre primitivo tenía ese aspecto y esa constitución física tan
resistente, porque se las tenía que haber con una tierra áspera y
primitiva, con una vegetación exuberante, propia de un mundo nuevo y
pletórico de vitalidad, y si su aspecto no nacía de esto, provendría de
otros fenómenos; pero el hecho es hoy admitido por todos.
Según estos datos, si al principio éramos feos y hoy no lo somos tanto, es
de suponer que dentro de tres o cuatro mil años, tengas todos que romper
los espejos para no llenarse de vanidad, porque la evolución lenta hay que
seguirla suponiendo.
Pero que vayamos a una mejora de la raza o a un decaimiento, no interesa
para este estudio: el caso es que al proponer como ideal humano a tal o
cual Adonis de nuestros días, olvidamos que sería un monstruo para los
trogloditas y otro en sentido inverso para los habitantes de nuestro
planeta cuando este se haya añadido unos cuantos miles de años.
Si los brazos de los hombres prehistóricos tenían algunos centímetros más
y nos hacían recordar al chimpancé, a los hijos de nuestros hijos que los
tendrán quizá más cortos les causaremos cierta gracia, porque todavía
serán excesivos según ellos. Y así en todos los miembros y todas las
partes del cuerpo, con cortas diferencias, pero las suficientes para
volver a un hombre extraño y feo. Y el resultado de esto no es sino la
relatividad de la belleza, su dependencia de la costumbre y del ambiente.
Si Dios nos hubiese colocado las orejas en el lugar de los ojos, y en el
puesto de estos los órganos auditivos, prescindiendo de la utilidad ¿por
qué no íbamos a ser tan hermosos como en el estado actual? La simetría no
se hubiera perdido, la proporción era la misma, sólo había variado la
ubicación. Y ¿es tan necesario a la estética que seamos así? ¿No es la
costumbre, el hábito, el habernos visto a nosotros y a nuestros semejantes
de la misma manera siempre, lo que al contemplarnos de otro modo nos haría
parecer feos?
Esta costumbre unida al ambiente y al temperamento personal y a otros
datos esporádicos cuya enumeración sería larga de hacer, forman y modelan
nuestro gusto estético, y las cosas nos aparecen hermosas, el hombre, en
nuestro caso, nos parece bello cuando se conforma con este nuestro gusto.
En ese maridaje y adecuación, pues, consiste la hermosura. Como del objeto
y la potencia nace la verdad, "ex objecto et potentia paritur notitia",
así del objeto y del gusto estético nace la belleza, "ex objecto et gusto
aesthetico paritur pulchritudo".
La belleza no está en mí ni fuera de mí, brota de los dos elementos, de la
conjunción de ambas cosas, de mi gusto y de las cualidades de las cosas;
bello es todo lo que agrada. |