LA FE DE MAURIAC

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noviembre 06

 

En 1952 le es otorgado a François Mauriac el Premio Nobel "por su profunda agudeza espiritual y por la elaborada intensidad con que ha penetrado, a través de sus novelas, en el drama de la existencia humana". Y, ciertamente, el interés de la obra de Mauriac está centrado en lo psicológico, o mejor aún en lo religioso. El drama humano, el problema del pecado, que se mueve entre la condenación y la gracia es el tema por excelencia de la obra del autor de Thérèse Desqueyroux.

Nacido en Burdeos en 1885 y muerto en París en 1970, Mauriac, salido de una familia de la alta burguesía católica, tradicionalista, cuya descripción lleva a cabo en sus obras, es hombre de acendrada fe que traspasa toda su producción.

Es en 1962, septuagenario ya, pues, cuando escribe Ce que je crois (Lo que yo creo), que ve la luz ese mismo año en París. Se trata. como él mismo dice, de «responder de la forma más simple y más sencilla a la pregunta: "¿Por qué ha permanecido usted fiel a la religión en la que ha nacido?"». Hacemos entrega de las últimas páginas del capítulo IX y penúltimo de este libro, que lleva por título "Plegaria para tener fe". No importa la edad que tengas ni cuál sea tu ocupación, amable lector. Es seguro que puedes, al menos si eres sincero, levantar a los montes junto con Mauriac tu plegaria.

Citamos a través de la traducción de Javier Hoz y María Paz García-Bellido, Madrid, Taurus, 1963, págs. 105-108.

 

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Dios mío, soy un escritor, y Vos sois el tema de mi libro, y seré pagado por haberlo escrito. "El escritor, el asesino y la prostituta...", ese apunte de Paul Claudel, está grabado en el secreto de mi ser como por un hierro al rojo, pero a ese escritor Vos le habéis amado desde su infancia. Entrasteis en su corazón, la mañana del 12 de mayo de 1896, mientras voces angélicas cantaban "Tabernáculo temible" y "El Cielo ha visitado la Tierra". Veo bien ahora que el abandonarme nunca se ha planteado para Vos, sea cual fuere lo que yo haya hecho. Entreveo que todo juicio es temerario, y no menos el que de nosotros mismos tenemos. No nos conocemos. Nos hacemos cargos a nosotros mismos como para desalentar de antemano vuestra justicia. No hay en nosotros un movimiento que no sea torpe, que no oculte un cálculo oscuro, ni un gesto que no responda a una actitud que nos parece conveniente sostener delante de Vos o ante nuestra propia conciencia, a los ojos de los demás hombres.

¿Qué queda en mí de lo que pueda prevalerme? Ninguna otra cosa sino, en la trama de la infidelidad que constituye una larga vida, ese hilo que corre desde el principio, al que nada nunca pudo romper; y he aquí que todo el resto del paño está en jirones, y permanece ese hilo que Vos sujetáis, y permanece unido a él este corazón del que nadie en el mundo cuenta ya los latidos, este corazón que no es ya más que una petrificación de viejos pecados, un peso muerto de sedimentos: eso que deja detrás de sí la marea, la espuma de una juventud interminable, lo que está perdonado, pero no puede no haber sido. Estamos esculpidos para siempre: ninguno de nuestros rasgos podría en adelante ser destruido.

Creo que estoy perdonado. No es ésta, entre todas las cosas que he creído, la más fácil de creer. Y, sin embargo, es de ésta de la que debería estar más persuadido, puesto que heme aquí en esta época del declinar, habiendo adquirido costumbres que eran las de Retrato de François Mauriac (1885-1970)mi madre cuando tenía la edad que yo he alcanzado ahora. Heme aquí en la misma que ella con el alba negra del invierno o en la luz de una mañana de estío, heme aquí lleno del mismo silencio que debería bastar para librarnos de toda inquietud y para abandonar nuestra vida pasada a la misericordia viva en nosotros y que sois Vos mismo, ¡oh Pan de vida!

Sin embargo, cedo a un último escrúpulo: lo que llamamos vida interior, vida con Vos, se une con ese replegarse sobre sí mismo, esa atención maniática y constante que el escritor concentra sobre su propia persona, única materia de su obra. La exigencia de salvación se convierte en disfraz de ese culto al yo que un maestro me enseñaba a los veinte años, y ennoblece con un pretexto demasiado bello mi indiferencia hacia los otros.

Si es la gracia la que se sirve para sus proyectos de lo peor de nosotros o si es nuestro demonio el que desvía para su provecho las aportaciones de la gracia en nosotros, no lo sé bien. Quizá es en el nudo de esta contradicción donde nuestro destino ha tomado forma, donde nuestra figura de rasgos irregulares y contrastados se fija para siempre. He aquí por qué Os pido, Dios mío, este último favor: que mi vida con Vos desemboque al fin en mis hermanos, que se desborde sobre ellos, pero no para abatirles y aplastarles. Es increíble, y sin embargo cierto, que haya alimentado en mí la combatividad alegre del polemista, que remacha su clavo contra el adversario, y no intenta ganarle, convencerle, sino superarle. Dios mío, Os pido este último milagro de hacerme abordar a mi pesar en la caridad, puesto que soy incapaz de llegar a ella por propia voluntad, puesto que los dones que de Vos he recibido, la vocación que he creído era la mía,, todo me compromete en un debate que demasiado a menudo degenera en disputa, y puesto que todo cede irresistiblemente en el escritor al deseo de brillar y de dominar.

Dios mío, dulce y humilde corazón, enseñadme esa dulzura, esa humildad que ciertamente soy capaz de concebir, yo que tanto he amado la dulzura en los seres, que de tal forma la he esperado e incluso exigido de ellos, que casi nunca la he encontrado... Sin embargo, ¡qué despiadado fui yo mismo! En Vos se resuelve esta contradicción de mi naturaleza, ¡oh fuente reencontrada de una dulzura dorada desde la infancia, y perdida!

Os pido, en fin, la fuerza y el coraje de permanecer en vuestra presencia, de no apartarme cuando estéis ahí, de no buscar el escape en el sueño, en las imaginaciones vanas, como es mi costumbre. Incluso a nosotros que pretendemos amaros, todo nos parece bien. Con tal de no permanecer con Vos. Nos parecemos a aquellos judíos que temían morir y se escabullían ante vuestro rostro. Haced, Dios mío, que me recoja en la paz de vuestra presencia, para que cuando mi hora sea venida, pase por una transición casi insensible, de Vos a Vos, de Vos, Pan vivo, Pan de los hombres, a Vos amor vivo ya poseído por aquellos de mis seres queridos que se han dormido antes que yo en vuestro amor.

Amén

 

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