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CAPÍTULO II
LAS FUENTES DE LA REVELACIÓN
1.- El canon de la Sagrada Escritura
31. [La Sacrosanta Iglesia
Romana...] Profesa que el autor del Antiguo y del Nuevo Testamento, es
decir, de la ley y los Profetas y del Evangelio, es el mismo y único Dios:
puesto que los santos de uno y otro Testamento han hablado inspirados por
el mismo Espíritu Santo. (C 115)
32. Por eso condena el
despropósito de los maniqueos que establecieron dos principios últimos del
ser: uno de las cosas visibles y otro de las invisibles, y afirmaban que
uno era el Dios del Nuevo Testamento y otro el del Antiguo. (C 116)
33. Decreto primero... (sobre
el canon) [El sacrosanto... concilio] estimó oportuno añadir a este
decreto el índice de los libros sagrados para que nadie pueda tener duda
de cuáles son los que recibe el mismo concilio. Éstos son los que a
continuación se enumeran: del Antiguo Testamento: Génesis, Éxodo,
Levítico, Números, Deuteronomio; Josué, Jueces, Rut, cuatro de los Reyes,
dos de Paralipómenos, el primero de Esdras y el segundo que se llama de
Nehemías, Tobías, Judit, Ester, Job, el Salterio davídico de 150 salmos,
Parábolas, Eclesiastés, Cantar de los Cantares, Sabiduría, Eclesiástico,
Isaías, Jeremías con Baruc, Ezequiel, Daniel, los doce Profetas menores,
es decir, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahún, Habacuc,
Sofonías, Ageo, Zacarías, Malaquías; el primero y el segundo de Macabeos.
(C 117)
34. Nuevo Testamento: Cuatro
Evangelios, según Mateo, Marcos, Lucas, Juan; los Hechos de los Apóstoles,
escritos por el evangelista Lucas, catorce cartas de Pablo, Romanos, dos a
los Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, dos a los
Tesalonicenses, dos a Timoteo, Tito, Filemón, Hebreos; dos del apóstol
Pedro, tres del apóstol Juan, una del apóstol Santiago, una del apóstol
Judas, y el Apocalipsis del apóstol Juan. (C 118)
35. Si alguno no admitiera
como sagrados y canónicos estos mismos libros en su integridad, con todas
sus partes, tal y como se han leído tradicionalmente en la Iglesia
católica y se contienen en la antigua edición vulgata latina, y
despreciare a sabiendas y pertinazmente las tradiciones predichas, sea
anatema. (C 119)
36. Decreto segundo... Además,
considerando el sacrosanto concilio que sería de no poca utilidad para la
Iglesia de Dios el establecer cuál haya de ser tenida por auténtica entre
todas las ediciones latinas de los libros sagrados que por ahí corren,
establece y declara, que esta misma antigua edición vulgata, aprobada por
el uso de tantos siglos en la misma Iglesia, sea tenida como la auténtica
en las lecciones públicas, disputas, predicaciones y explicaciones; y que
nadie, bajo ningún pretexto, se atreva o presuma rechazarla. (C 120)
37. Además, con objeto de
moderar a los espíritus indóciles, decreta que, cuando se trata de cosas
de fe y costumbres pertinentes a la edificación de la vida cristiana,
nadie se atreva a interpretar la Sagrada Escritura de forma que, fiado de
su propia ciencia fuerce el sentido de la misma hacia su propio sentir, en
contra de la interpretación que dio y da la santa madre Iglesia, a quien
pertenece el derecho de juzgar del verdadero sentido e interpretación de
las sagradas escrituras. Tampoco se atreva a interpretar la Escritura
contra el sentir unánime de los Santos Padres. Y todo lo dicho se
entiende, aun cuando esas interpretaciones no hubieran de ser publicadas.
(C 121)
2.- La tradición
38. Confesamos mantener y
predicar la fe original dada por nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo a
los santos apóstoles y predicada por ellos en el mundo entero. La fe que
los santos padres han confesado, explicado y transmitido a las santas
iglesias, de un modo particular aquellos que tomaron parte en los cuatro
santos concilios que seguimos en todo y por todo... y, por consiguiente,
todo aquello que está conforme con lo que estos cuatro santos concilios
mencionados han definido como verdadera fe, lo abrazamos; todo aquello que
no está de acuerdo con lo que los dichos concilios han definido como fe
verdadera,... lo juzgamos contrario a la piedad, lo condenamos y
anatematizamos. (C 122)
39. Si alguno, en conformidad
con los santos padres, no confiesa con toda exactitud y verdad, de palabra
y de corazón, hasta el último detalle, todo lo que ha sido transmitido y
predicado a la santa Iglesia de Dios, católica y apostólica, lo mismo que
lo enseñado por los santos padres y por los cinco venerables concilios
ecuménicos, sea condenado. (C 124)
40. Según la fe de la Iglesia
universal, afirmada por el santo concilio de Trento, esta revelación
sobrenatural se contiene en los libros escritos y en las tradiciones no
escritas que, recibidas por los apóstoles de los mismos labios de Cristo,
o transmitidas como de mano en mano por los apóstoles bajo el dictado del
Espíritu Santo, han llegado hasta nosotros. (C 127)
41. Y puesto que algunos han
expuesto torcidamente el decreto que provechosamente dio el concilio de
Trento sobre la interpretación de la Sagrada Escritura, en el que moderaba
los espíritus indóciles, nosotros renovamos el mismo decreto y declaramos
que su mente es la siguiente: que en materias de fe y costumbres
pertinentes a la edificación de la vida cristiana, hay que sostener como
verdadero sentido de la Sagrada Escritura el sentido que sostuvo y
sostiene la santa madre Iglesia, que es la que tiene el derecho de juzgar
del verdadero sentido e interpretación de las Sagradas Escrituras; y, por
tanto, nadie debe interpretar la Escritura sagrada contrariamente a ese
sentido ni tampoco contra el sentir unánime de los Padres. (C 128)
3.- Nuevos problemas
42. El intérprete católico
debe, pues, considerar como un deber capital y sagrado el interpretar del
mismo modo aquellos pasajes cuyo sentido ha sido ya auténticamente
declarado; bien sea que esta declaración haya sido hecha por los mismos
autores sagrados inspirados por el Espíritu Santo, como es el caso de
numerosos pasajes del Nuevo testamento, bien por la Iglesia asistida del
mismo espíritu Santo cuando emite un juicio solemne o cuando enseña en
su magisterio ordinario y universal. Pruebe con evidencia con los
medios que usa en el terreno de su propia ciencia que, según las leyes de
una sana hermenéutica, sólo aquella interpretación puede ser
satisfactoria. (C 130) 43. ...
Los Santos Padres que fueron "después de los apóstoles quienes plantaron,
regaron, edificaron, pastorearon y alimentaron la Iglesia", tienen una
autoridad suma cuando unánimemente explican un texto bíblico como
perteneciente a la doctrina de fe y costumbres. (C 132)
44. El conocimiento de las ciencias naturales le prestará un buen servicio
al profesor de Sagrada Escritura. Le ayudará a descubrir y refutar más
fácilmente los sofismas que se levantan contra os libros santos. A la
verdad, no podría haber ningún desacuerdo entre el teólogo y el
científico, mientras ambos se mantengan dentro de su propio terreno,
absteniéndose. según el aviso de san Agustín, "de dar irreflexivamente
como sabido lo que no se conoce". Pero si estuvieran en desacuerdo, el
mismo Agustín da resumidamente la norma de conducta para el teólogo: "Todo
aquello que puedan demostrar acerca de la naturaleza con pruebas
fehacientes, demostremos que no contradice a nuestras Escrituras. Pero
cuanto alegaren en sus libros como contrario a nuestras Escrituras, es
decir, a la fe católica, o mostrémoslo de alguna manera, o creamos sin
dubitación que es absolutamente falso". Para comprender la rectitud de
esta norma, consideremos, en primer lugar, que los escritores sagrados, o
más exactamente "el Espíritu que hablaba por ellos, no pretendían enseñar
a los hombres estas cosas sin utilidad para su salvación"
–es decir, la estructura interna de las realidades sensibles–. Más bien
que pretender una investigación en regla de la naturaleza, ellos describían
y trataban ocasionalmente las cosas. Y esto lo hacían unas veces en
lenguaje figurativo y otras usando el modo de hablar corriente en su
tiempo. Exactamente igual que hoy sobre muchas materias lo usan lo usan en
su vida ordinaria aún los hombres más científicos. El lenguaje popular
expresa primaria y propiamente aquello que afecta a los sentidos. El autor
sagrado no procede de otro modo (y lo notó el Doctor Angélico): "se
refiere a las apariencias sensibles", o sea, a lo que Dios mismo expresó
de un modo humano, acomodado a su capacidad, cuando hablaba a los
hombres... (C 135)
45. Porque todos los libros que la Iglesia
recibe como sagrados y canónicos, en su integridad, con todas sus partes,
han sido escritos bajo el dictado del Espíritu Santo. Y tan lejos está la
inspiración divina de la posibilidad de caer en error alguno, cuanto que
por ella no sólo se excluye toda suerte de error, sino que lo excluye y lo
rechaza con la misma necesidad con la que Dios, soberana Verdad, no puede
ser autor de una falsedad cualquiera que sea. (C 138)
46. ... Por eso, es absolutamente fuera de
propósito alegar que el Espíritu Santo se ha servido de hombres, como de
instrumento, para escribir, con lo cual no sería al autor principal, sino
a los escritores inspirados a quienes se les podría escapar algún error.
Porque él mismo fue quien con su virtud sobrenatural les impulsó y movió a
escribir; él quien les asistió mientras escribían, de tal modo que, en su
mente concibieran con exactitud y quisieran escribir con fidelidad y
expresaran justamente con infalible verdad todo y sólo aquello que él les
ordenaba escribir. Si esto no fuera así, él no sería autor de la totalidad
de la Sagrada Escritura... (C 139)
47. Los que creen que Dios es realmente el
autor de la Sagrada Escritura, demuestran una simplicidad e ignorancia
excesiva. (C 147) (Proposición condenada)
48. Los evangelios se fueron aumentando con
adiciones y correcciones continuas, hasta que se hizo un canon definitivo;
así, pues, apenas queda en ellos un rastro ligero y poco seguro de la
doctrina de Cristo. (C 153) (Proposición condenada)
49. Si el concilio de Trento determinó que la
Vulgata latina fuera la traducción "que todos debían usar como oficial",
todos saben que esto atañe solamente a la Iglesia latina y al uso público
de la Escritura; pero en ningún modo disminuye la autoridad ni el valor de
los textos originales. Además, que no se trataba entonces de los textos
originales, sino de las versiones latinas que circulaban en aquel tiempo,
entre las cuales estimó con razón el Concilio que había que preferir
aquella "que estaba aprobada en la misma Iglesia por el uso de tanto
siglos". La privilegiada autoridad de la Vulgata, o como dicen, su
carácter oficial, no fue decretado por razones principalmente críticas,
sino más bien por su uso legítimo en las iglesias, en el transcurso de
tanto siglos. Y es por este uso por el que se demuestra que tal como la ha
entendido y la entiende la Iglesia, está absolutamente exenta de error en
lo que se refiere a la fe y las costumbres. Y, por consiguiente, puede
citarse en las discusiones, en las clases y en la predicación, con toda
seguridad y sin peligro de error, como lo atestigua y lo confirma la misma
Iglesia. Se trata, pues, de una autenticidad que no es
primariamente crítica, sino jurídica. (C 170)
50. Desde luego, no se excluye de la Sagrada
Escritura todo sentido espiritual. Porque las palabras y los hechos del
Antiguo Testamento están ordenados y dispuestos maravillosamente por Dios
de tal suerte, que lo pasado significaba de antemano, de un modo
espiritual, lo que había de realizarse en el Nuevo Testamento de la
gracia. Por eso el exegeta, a la par que debe investigar y exponer el
sentido que llaman literal, es decir, el significado que les dio y expresó
el autor sagrado, debe también exponer el sentido espiritual, siempre que
conste debidamente que es el dado por Dios. Porque solamente Dios es quien
puede conocer este sentido espiritual y revelárnoslo. Ahora bien, en los
santos evangelios nos indica y enseña este sentido el divino Salvador; los
apóstoles también lo manifiestan en sus palabras y escritos a ejemplo del
Maestro; la tradición constante de la Iglesia lo muestra; finalmente, lo
declara el antiguo uso de la liturgia, cada vez que puede aplicarse
debidamente el adagio tan conocido: "La norma de orar es norma de creer".
Así, pues, los exegetas católicos deben manifestar y exponer el sentido
espiritual dispuesto y pretendido por Dios, con el cuidado que exige la
palabra divina. Pero guárdense religiosamente de no presentar como genuino
sentido de la Sagrada Escritura lo que son significaciones traslaticias.
(C 173)
51. Así, pues, el intérprete, con todo
empeño y sin descuidar luz alguna que hayan aportado las investigaciones
modernas, esfuércese por averiguar cuál fue el carácter y condición de
vida del escritor sagrado, en qué edad floreció, qué fuentes utilizó ya
escritas ya orales y qué formas de decir empleó. Porque así podrá conocer
más plenamente quién haya sido el hagiógrafo y qué haya querido significar
al escribir. Porque a nadie se le oculta que la norma suprema de la
interpretación es aquella por la que se averigua y define qué es lo que el
escritor intentó decir, como egregiamente lo advierte San Atanasio: «Aquí,
como conviene hacerlo en todos los otros pasajes de la Sagrada Escritura,
hay que observar con qué ocasión habló el Apóstol; hay que atender
cuidadosa y fielmente cuál es la persona y cuál el asunto que le movió a
escribir, no sea que ignorándolo o entendiendo otra cosa distinta, nos
descaminemos de su verdadero sentir».
Por otra parte, cuál sea el sentido literal, no está muchas veces tan
claro en las palabras y escritos de los antiguos orientales, como en los
escritores de nuestra época. Y efectivamente, qué quisieron ellos dar a
entender con sus palabras, no se determina solamente por las leyes de la
gramática y de la filología, ni sólo por el contexto del discurso; sino
que es de todo punto necesario que el intérprete se traslade, como si
dijéramos, mentalmente a aquellos remotos siglos de Oriente a fin de que,
debidamente ayudado por los recursos de la historia, de la arqueología, de
la etnología y de otras disciplinas, discierna y claramente vea qué
géneros literarios, como dicen, quisieron usar y de hecho usaron los
escritores de aquella vetusta edad. Porque los antiguos orientales no
siempre empleaban, para expresar sus conceptos, las mismas formas y el
mismo estilo que nosotros hoy, sino más bien aquellas que se usaban entre
los hombres de su tiempo y de su tierra. Cuáles fueran esas formas, el
exegeta no lo puede establecer como de antemano, sino solamente por la
cuidadosa investigación de las antiguas literaturas de Oriente. Ahora
bien, esta investigación, llevada a cabo en estos últimos decenios con
mayor cuidado y diligencia que antes, ha manifestado con más claridad qué
formas de decir se usaron en aquellos antiguos tiempos, ora en la
descripción poética de las cosas, ora en el establecimiento de las normas
y leyes de la vida, ora, en fin, en la narración de los hechos y
acontecimientos. Esta misma investigación ha probado lúcidamente que el
pueblo israelítico se aventajó singularmente entre las demás naciones de
Oriente a escribir bien la historia tanto por su antigüedad, como por la
fiel relación de los hechos, lo cual, a la verdad, se deduce del carisma
de la divina inspiración y del fin peculiar de la historia bíblica que
pertenece a la religión. Sin embargo, que también en los escritores
sagrados, como en los demás antiguos, se hallan artes determinadas de
exponer y de narrar, idiotismos especiales, propios particularmente de las
lenguas semíticas, las que se llaman aproximaciones, determinadas
hipérboles de lenguaje, y hasta a veces también paradojas con que las
cosas se imprimen mejor en la mente, cosa es que no puede ciertamente
sorprender a quienquiera sienta rectamente de la inspiración bíblica.
Porque ninguna de aquellas maneras de hablar de que entre los antiguos, y
señaladamente entre los orientales, se valía el lenguaje humano para
expresar el pensamiento, es ajena a los Libros Sagrados, con la condición,
sin embargo, que el género de decir empleado no repugne en modo alguno a
la santidad ni a la verdad de Dios, como lo advierte con su peculiar
sagacidad el mismo Angélico Doctor con estas palabras: «En la Escritura,
las cosas divinas se nos dan al modo como suelen usar los hombres». Porque
a la manera como el Verbo sustancial de Dios, se hizo semejante a los
hombres en todo «excepto el pecado», así las palabras de Dios expresadas
por lenguas humanas, se han hecho en todo semejantes a humano lenguaje,
excepto en el error; y esto fue lo que ya San Juan Crisóstomo exaltó con
suma alabanza como una
συγκατάβασις o condescendencia
de Dios providente, y afirmó que se da una y muchas veces en los Libros
Sagrados.
Por esto, para satisfacer debidamente a las necesidades actuales de la
ciencia bíblica en la exposición de la Sagrada Escritura y en la
demostración y comprobación de su inmunidad de todo error, válgase también
prudentemente el exegeta católico del subsidio de averiguar hasta qué
punto la forma de decir o género literario empleado por el hagiógrafo,
pueda contribuir a su verdadera y genuina interpretación; y persuádase que
no puede descuidar esta parte de su oficio sin gran menoscabo de la
exégesis católica. Porque no raras veces –para no tocar más que este
punto– cuando algunos en son de reproche cacarean que los autores
sagrados se descarriaron de la fidelidad histórica o que contaron las
cosas con menos exactitud, se averigua no tratarse de otra cosa que de los
acostumbrados y originales modos de hablar y narrar que corrientemente
solían emplearse en el mutuo trato humano y que de hecho se empleaban por
lícita y general costumbre. Conocidas, pues, y exactamente apreciadas las
maneras y artes de halar de los antiguos, podrán resolverse muchas
dificultades que se objetan contra la verdad y fidelidad históricas de las
Divinas Letras, y no menos aptamente conducirá tal estudio a un más pleno
y luminoso conocimiento de la mente del Autor sagrado. (D 2294)
52. Algunos se atreven a tergiversar el sentido de la definición del
concilio Vaticano, que proclama a Dios autor de la Sagrada Escritura; y
renuevan la opinión condenada muchas veces, según la cual la inerrancia de
los libros sagrados sólo se extiende a la doctrina sobre Dios y sobre
materias morales y religiosas. Es más; hablan sin razón de un sentido
humano de la Sagrada Escritura bajo el cual se ocultaría el sentido
divino, el único que admiten ser infalible. En la interpretación de la
Sagrada Escritura no quieren que se tenga en cuenta la analogía de la fe
ni de la tradición de la Iglesia; de forma que las enseñanzas de los
Santos Padres y del magisterio sagrado haya que sopesarlo en la balanza de
la Sagrada Escritura, interpretada por los exegetas de una manera
puramente humana y no más bien exponer la Sagrada Escritura según el
espíritu de la Iglesia a quien Cristo el Señor constituyó guardiana e
intérprete de todo el depósito de la verdad divinamente revelada. (C 181)
53. El exegeta, si quiere establecer como es debido la solidez del
contenido de los evangelios, debe examinar con toda atención las tres
etapas de la tradición por las cuales han llegado hasta nosotros la
doctrina y la vida de Jesús.
Cristo, el Señor, se rodeó de unos discípulos elegidos, que le
siguieron desde el principio, que vieron lo que hizo, y oyeron sus
palabras, y, de este modo, estuvieron capacitados para ser testigos de su
vida y sus enseñanzas. El Señor utilizaba el modo de pensar y de exponer
corriente en su tiempo cuando exponía su doctrina oralmente. Así se
acomodaba a la mentalidad de sus oyentes y hacía que lo que enseñaba se
imprimiera fuertemente en la mente de los discípulos y lo retuvieran
fácilmente en su memoria. Los discípulos comprendieron bien los milagros y
los otros sucesos de la vida de Jesús, como hechos realizados o dispuestos
con el fin de que los hombres, movidos por ellos, creyeran en Cristo y
abrazaran en la fe la doctrina de la salvación. (C 185)
54. Los apóstoles, dando testimonio de Jesús, anunciaban, en primer
lugar, la muerte y la resurrección del Señor, exponían fielmente su vida y
sus palabras, teniendo en cuenta, en su manera de predicar, las
circunstancias en las que sus oyentes se encontraban. Una vez que Jesús
resucitó de entre los muertos y que su divinidad fue claramente conocida,
no por eso borró la fe el recuerdo de los sucesos acaecidos, sino que más
bien lo fortaleció; puesto que la fe se basaba en los hechos y enseñanzas
de Jesús. Ni hay que decir que, por razón del culto con el que desde
entonces veneraban los discípulos a Jesús como Señor e Hijo de Dios, fue
éste transformado en una persona "mítica" y fue deformada su doctrina. No
hay razón para negar que los apóstoles transmitieron a sus oyentes lo que
el Señor había dicho y hecho realmente, con una comprensión más profunda;
comprensión de la que gozaban por la ilustración del Espíritu de verdad,
después de haber sido instruidos por los sucesos gloriosos de Cristo. De
aquí procede que, como el mismo Jesús después de su resurrección "les
interpretaba" las palabras del Antiguo Testamento y las suyas propias,
ellos, a su vez, también interpretaron sus palabras y sus acciones, según
exigían las necesidades de los oyentes. "Asiduos en el ministerio de la
palabra", ellos predicaron, adoptando diferentes modos de expresión, según
exigía la finalidad que perseguían y la mentalidad de los oyentes: porque
se debían "tanto a los griegos como a los bárbaros, a los sabios como a
los ignorantes". Hay, pues, que distinguir y analizar bien los diversos
modos que emplearon los heraldos que anunciaron a Cristo: catequesis,
narraciones, testimonios, himnos, doxologías, oraciones y otras formas
literarias parecidas, usuales en la Sagrada Escritura, y empleadas
corrientemente por los hombres de aquel tiempo. (C 186)
55. Los autores sagrados, para utilidad de las iglesias, siguiendo
un método adaptado al fin que cada uno se había propuesto, consignaron en
los cuatro evangelios esta primitiva predicación, que primero se había
transmitido oralmente y después por escrito; porque pronto ocurrió que
muchos se esforzaron en "ordenar los relatos de los sucesos" que
concernían al Señor Jesús. Seleccionaron algunos materiales de los muchos
que había en la tradición, otros los resumieron, otros los desarrollaron,
teniendo en cuenta la situación de las iglesias; se esforzaron por todos
los medios para que los lectores conocieran la solidez de las verdades en
las que habían sido instruidos. Porque, en efecto, los autores sagrados
seleccionaron, entre sus materiales recibidos, aquello, sobre todo, que
era más útil a las circunstancias de los fieles y al fin que se proponían;
y esto lo narraban del modo que correspondía a esas circunstancias y al
fin que se habían fijado. Puesto que el sentido de un enunciado depende
también del contexto, cuando los evangelistas presentan contextos
distintos al referir las palabras y los hechos del Salvador, esto lo
hicieron para utilidad de los lectores. Por esto debe el exegeta indagar
qué es lo que el evangelista pretendía al exponer un dicho o un hecho, de
este modo y en este contexto. En realidad de verdad, no se opone a la
verdad del relato el hecho de que los evangelistas relaten los dichos o
los hechos del Señor en un orden distinto; ni consignen a la letra sus
palabras, sino con cierta diversidad, aunque conservando el sentido. (C
187)
4.- Síntesis del Vaticano II
56. ... Para que el Evangelio se conservara íntegro y vivo en la Iglesia,
los apóstoles dejaron como sucesores suyos a los obispos, "entregándoles
su propio cargo de magisterio". Por consiguiente, esta sagrada Tradición y
la Sagrada Escritura de ambos Testamentos son como un espejo en el que la
Iglesia peregrina en la tierra contempla a Dios, de quien todo lo recibe,
hasta que le sea concedido el verlo cara a cara, tal como es. (C 188)
57. Esta Tradición, que deriva de los apóstoles, progresa en la Iglesia
con la asistencia del Espíritu Santo puesto que va creciendo en la
comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas, ya por la
contemplación y el estudio de los creyentes que las meditan en su corazón;
ya por la percepción íntima que experimentan de las cosas espirituales; ya
por el anuncio de aquellos que con la sucesión del episcopado recibieron
el carisma cierto de la verdad. Es decir, la Iglesia, en el decurso de los
siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta que
en ella se cumplan las palabras de Dios. (C 190)
58. Así, pues, la sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están
íntimamente unidas y compenetradas. Porque ambas manan de la misma fuente,
se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin. Ya que la Sagrada
Escritura es la palabra de Dios en cuanto se consigna por escrito bajo la
inspiración del Espíritu Santo, y la sagrada Tradición transmite
íntegramente a los sucesores de los apóstoles la palabra de Dios, a ellos
confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo para que, con la luz del
Espíritu de la verdad, la guarden fielmente, la expongan y la difundan con
su predicación; de donde se sigue que la Iglesia no saca solamente de la
Sagrada Escritura su certeza acerca de todas las verdades reveladas. Por
eso se han de recibir y venerar ambas con un mismo espíritu de piedad. (C
192)
59. Pero el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios
escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al magisterio vivo de la
Iglesia cuya autoridad se ejerce en nombre de Jesucristo. Este Magisterio,
evidentemente, no está por encima de la palabra de Dios, sino a su
servicio, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato
divino y con la asistencia del Espíritu Santo, lo oye devotamente, lo
guarda celosamente y lo expone con fidelidad, y de este único depósito de
la fe saca lo que propone como verdad revelada por Dios para ser creída.
Es evidente, por tanto, que la sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y
el magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo de Dios, están
entrelazados y unidos de tal forma que no tienen consistencia el uno sin
los otros, y que juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del único
Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas. (C
193)
60. La santa Madre Iglesia, firme y constantemente, ha mantenido y
mantiene que los cuatro referidos evangelios, cuya historicidad afirma sin
vacilar, comunican fielmente lo que Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los
hombres, hizo y enseñó realmente para la salvación ellos, hasta el día en
que fue elevado. Los apóstoles ciertamente después de la ascensión del
Señor predicaron a sus oyentes lo que Él había dicho y obrado, con aquella
crecida inteligencia de que ellos gozaban, amaestrados por los
acontecimientos gloriosos de Cristo y por la luz del Espíritu de verdad.
(C 198)
SÍNTESIS
1.- El depósito de la revelación divina
La revelación sobrenatural se contiene en la Sagrada Escritura y en la
Tradición como en un único depósito sagrado [38-40 56-58]
2.- La Sagrada Escritura
Está integrada por el canon de los libros sagrados [31-37 40 41]
Estos libros, con todas sus partes, están inspirados por Dios [31-32 40
46-47 52]
Por consiguiente, no pueden contener error alguno [40 48 52]
No puede haber contradicción entre la Sagrada Escritura y las ciencias
naturales [44 46]
Los libros sagrados han sido confiados a la Iglesia, como garante, para su
fiel custodia y su recta interpretación [37 40-41 43 49 52 59]
Una recta exégesis ha de tratar siempre la Sagrada Escritura como palabra
de Dios, y debe guiarse por el sentido cristiano de la Tradición [37 41];
pero ayudándose de los progresos de las ciencias modernas [44 50-51 53-55]
3.- La Tradición
Es parte integrante del depósito de la revelación [38 40 56-58]
Las enseñanzas universales de los Santos Padres y, sobre todo, el
magisterio universal de la Iglesia son canal seguro de la Tradición [16
38-39 43 56-58]
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