EL SAQUEO DE ROMA POR LAS TROPAS IMPERIALES

_____________________________________________________

septiembre 07

 

Para conocer algo más el alma humana en su miseria, para huir de toda condescendencia con algunos de los males que las guerras acarrean, para ver más de cerca aquellos aspectos de la historia  del hombre que difícilmente se encuentran en los libros de texto que la hiel es componente constante de nuestras actividades–, para fortalecernos y prevenirnos contra el empleo de medios –por más que puedan ser lícitos– que no sean los de la paz y el diálogo en la solución de conflictos, para todo ello traemos a estas páginas de Miscelánea Calasanz esta miniserie que hoy iniciamos de "Los horrores de la guerra".

Fiera es la condición del hombre que se abandona a sus pasiones. Y esa fiereza se manifiesta especialmente en tiempos de guerra. La perversión del orden social que los señorea determina que no haya sujeción a más ley que la de la guerra –cuando existe– y que el hombre, mudando radicalmente los valores que rigen en la paz, se deje arrastrar, cegado por los más bajos impulsos, a los albañales de la humanidad. Acompaña, pues, al desbaratamiento de la sociedad, el descalabro del individuo. Y el hombre viene verdaderamente a ser el plautino lobo.

Hecho el hombre carnicero del hombre, se degrada hasta la animalidad y envilece cuanto sus manos alcanzan, sin perdonar abuso ninguno, por atroz y abyecto que sea. A la vista, pues, de los extremos a los que se llega cuando se vive el azote de la guerra, con absoluto desprecio de la dignidad humana, las flagelaciones con cordeles emplomados y escorpiones, los desgarramientos de la carne con peines de hierro, los descoyuntamientos sobre el potro que se leen en las actas de los mártires, casi, casi nos parecen disculpables; pues a aquellos paganos anolinos, gayos y dacianos, feroces sirvientes de los emperadores que ponían en ejecución tan bárbaros tormentos, al menos los movía lo que en su ceguera se les representaba como conveniente para la restitución del orden social; en tanto que no se halla justificación ninguna cuando al hombre no le mueve más que el lucro personal, la exhibición orgullosa y vana de la propia fuerza, la ganancia fácil, la satisfacción grosera de los sentidos o, sin más, el menosprecio del enemigo vencido, a quien se despoja de su dignidad.

Mas no se piense que esta barbarie se mueve en un solo sentido: desde el vencedor hacia el vencido. Oportunidad tendremos de ver los efectos que origina la disolución de la sociedad entre la población sometida, sitiada, acuciada por la necesidad y el hambre y olvidada de su humanidad, y de contemplar cómo la madre no conocerá al hijo, ni el hijo a la madre, ni el hermano conocerá al hermano.

* * *

No entraremos en si en este o este otro caso se trataba de una guerra justa, ni vamos a considerar cuál era en tal ocasión el estado del derecho de guerra o hasta qué grado se habían ya dulcificado las costumbres. Tampoco queremos juzgar desde nuestra perspectiva del siglo veintiuno, humanizado altamente y en extremo sensible, hechos que serán muchas veces muy distantes en el tiempo; pues constituiría esto un grave error. Sólo ponemos a la vista del lector lo que la historia nos ofrece.

Probablemente, una de las acciones más infames que ejércitos de españoles hayan llevado a cabo sea el saco de Roma en el año 1527. La crueldad de que entonces hicieron gala, la inhumanidad que en todo momento mostraron, la demasía a que sin ningún freno se entregaron son palmarias y causan dolor y espanto al lector. No nos extraña, pues, en absoluto que el historiador de quien tomamos el texto que sigue se resista a dar traslado de algunos detalles, innecesarios, por otro lado, para la inteligencia de la historia. Sin embargo, animados nosotros de otro espíritu que el de Ludwig von Pastor (1854-1928), queremos ofrecer al lector, por delante y por más que nos resulte repugnante, un fragmento del relato que de primera mano hace el filósofo, historiador y político Guicciardini (1483-1540) de los hechos que ahora nos ocupan, relato que, por razones que no es necesario declarar, dejamos en su lengua italiana:

Chi fussi andato allora per le strade di Roma, o di notte o di giorno, avrebbe sempre sentito in ogni casa e in ogni ridotto, non sospiri nè lacrimosi lamenti, ma misere voci e urla delli sventurati prigioni; perchè non altrimenti si dolevano, urlando, che se si fussino trovati nel toro di Falari rinchiusi; e quanto più nobili, più ricchi e più vezzosi prelati, cortigiani, mercanti, terrazzani erono nelle mani loro, più crudelmente e con meno rispetto e con più sete di maggior taglia li straziavono: per che la speranza di diventare ricchissimi li faceva più atrocemente tormentare. Imperò che molti erono tenuti più ore del giorno sospesi da terra per le braccia; molti tirati e legati stranamente per le parti vergognose; molti per un piè impiccati sopra le strade, o sopra l'acque, con minacci di tagliare le corde; molti villanamente battuti e feriti; non pochi incesi con ferro affogato in più luoghi della persona; certi patirono estrema sete; altri insopportabil sonno; a chi, per più crudele ma più sicura pena, fu cavato de' denti migliori; a chi fu dato mangiare i propri orecchi, o il naso, o i suoi testicoli arrostiti; e altri con stranii e e inauditi martirii, che troppo mi commuovono a pensarli, non che a uno a uno scriverli...

Demos, por fin, ya paso a la narración que del saqueo de Roma trae el profesor de Historia en la Universidad de Innsbruck Ludovico Pastor en su Historia de los Papas, tomo IV, volumen IX,  versión de la cuarta edición alemana por el R. P. Ramón Ruiz Amado de la Compañía de Jesús, Barcelona, Gustavo Gili, 1911, págs. 323 y ss.

 

*  *  *  *  *  *  *

 

En la mañana del 7 de mayo ofrecía Roma un espectáculo que apenas puede describirse con palabras. Era, como escribía Francisco Gonzaga, una vista capaz de mover a compasión las piedras. Por todas partes la más espantosa desolación; por todas partes robos y asesinatos. El aire resonaba con los alaridos de las mujeres, los lloros de los niños, los ladridos de los perros, los relinchos de los caballos, el choque de las armas y el crujido de las casas que ardían y se derrumbaban. Todas las relaciones, aun las españolas, convienen expresamente en que ninguna edad ni sexo, ningún estado ni nación, ni españoles ni alemanes, ni las iglesias y hospitales, fueron perdonados.

En primer lugar sacaron los soldados, de las casas y palacios, todos los objetos de valor; luego impusieron a sus despojados poseedores, así hombres como mujeres y niños, y aun a la servidumbre, el pago de un rescate; y el que no pudo aprontarlo fue primero cruelmente atormentado y por fin muerto. Pero tampoco el pago del rescate aprovechaba a las infelices víctimas; pues no hacía sino conducir a nuevas vejaciones y tormentos. Cuando la casa estaba totalmente despojada, acababan con frecuencia por pegarle fuego. "El infierno es nada, comparado con el espectáculo que ofrece al presente Roma; se dice en la Saqueo de Roma, por Francisco J. Amérigo (1842-1912)relación de un veneciano, de 10 de mayo de 1527". Las calles se hallaban en muchos parajes formalmente cubiertas de cadáveres; entre ellos principalmente muchos niños de menos de diez años, que los soldados habían arrojado por las ventanas.

Todavía fue más terrible la suerte que cupo a las indefensas mujeres y doncellas: ni la delicada flor de juventud, ni el respeto de la edad, ni el prestigio de la nobleza, pudieron librar a las infelices víctimas, de la deshonra y de los más brutales tratamientos. Muchas fueron violadas y asesinadas ante los ojos de sus maridos y padres; y hasta a las hijas del rico Domenico Massimi, cuyos hijos fueron muertos y su palacio incendiado, cupo esta misma suerte. Las atrocidades de los vándalos, de los godos y de los turcos, quedaron sobrepujadas, dicen varios contemporáneos; y aconteció que algunas doncellas, desesperadas por la afrenta que se les había hecho, se arrojaron al Tíber; otras fueron muertas por sus propios padres, para librarlas de peores daños. Españoles, alemanes e italianos anduvieron entre sí a porfía en la brutal inhumanidad contra los desventurados habitantes de Roma; sin embargo, todas las relaciones convienen en que los soldados españoles, entre los cuales se hallaban muchos judíos y "marranos", manifestaron mayor inventiva para sonsacar los tesoros y excogitar martirios; en lo cual, por lo demás, no les fueron en zaga los italianos, especialmente los de Nápoles. Con aterradora viveza y verdad se manifiesta la inexplicable miseria de los habitantes de Roma, en una carta del veneciano Juan Barozzi, dirigida a su hermano a 12 de mayo de 1627. "Estoy prisionero de los españoles, se dice allí; los cuales me han impuesto un rescate de mil ducados, so pretexto de que soy empleado; luego me han atormentado dos veces, y, finalmente, me han puesto fuego bajo las plantas de los pies. Desde hace seis días no se me ha dado sino un poco de pan y agua. Hermano querido, no me dejes morir tan miserablemente. Reúne, aunque sea mendigando, mi rescate. ¡Por amor de Dios no me abandones! Si no pago el rescate, que ahora se ha rebajado a 140 ducados, dentro del término de 26 días, me harán pedazos. ¡Por amor de Dios y de la Santísima Virgen, auxíliame! Todos los romanos están prisioneros y el que no paga sufre la muerte. El saqueo de Génova y de Rodas fueron juegos de niños respecto del nuestro. ¡Socórreme, Antonio mío; ayúdame por amor de Dios, y que sea lo más presto posible!". Los tormentos que aquí se describen no fueron en manera alguna los más terribles. El médico francés Juan Cave nota, en su relación acerca del sacco, que ninguna clase de martirio se dejó de emplear, y da, para probarlo, algunos ejemplos, que la pluma se resiste a describir. Todavía refiere cosas más repugnantes Luis Guicciardini. Parece haber sido procedimiento favorito de los españoles, el de atar a los prisioneros y dejarlos perecer lentamente de hambre.

Aunque por ventura no con tan exquisita crueldad, sino con más torpe inhabilidad y brutal vandalismo, se encrudelecieron los lansquenetes alemanes: como matones borrachos y despilfarradores tahúres, totalmente desconocedores del país y del idioma, se dejaron engañar ordinariamente por los astutos españoles, que supieron escoger para sí las casas más ricas; y también en algunos casos su inexperiencia hizo que se contentaran con un rescate menor. Adornados de un modo ridículo, cubiertos con vestidos de seda ricamente bordados, con cadenas de oro al cuello y piedras preciosas entrelazadas en las barbas, aquellos salvajes bárbaros, de rostro ennegrecido por el humo de la pólvora, andaban vagando por la Ciudad sin perdonar ni siquiera a sus propios compatriotas, y como la mayor parte de los lansquenetes eran luteranos, no desperdiciaron la ocasión de colmar de Castillo de Sant'Angeloburlas y escarnios al aborrecido Papado. Engalanándose con rojos capelos cardenalicios, y vestidos con los largos ropajes de los príncipes de la Iglesia, cabalgaban en asnos por las calles, ejecutando todos los imaginables escarnios. Un capitán bávaro, Guillermo von Sandizell, llegó hasta disfrazarse de Papa y hacer que los soldados, disfrazados de cardenales, le besaran los pies y las manos; dábales la bendición con un vaso de vino, a lo cual respondían sus acompañantes con sendos tragos. Luego se dirigió aquella horda, con música de pífanos y tambores, a la ciudad leonina, y proclamó allí Papa a Lutero, de manera que pudo oírse desde el castillo de Sant-Angelo. De un lansquenete, por nombre Grünwald, se refiere que gritó al castillo de Sant-Angelo en alta voz: tenía ganas de comérsele al Papa una tajada de sus carnes, porque había prohibido la palabra de Dios. Otro clavó un crucifijo en la punta de su pica y lo paseó algún tiempo, acabando finalmente por hacerlo pedazos.

Los asolamientos y sacrilegios que ejecutaron los lansquenetes en los templos del Señor, apenas pueden concebirse; pero tampoco en esto les fueron muy a la zaga los españoles e italianos. Todos los templos, aun las iglesias nacionales de los españoles y alemanes, fueron saqueados; todo cuanto la liberalidad y piedad de muchos siglos había acumulado, en preciosos ornamentos, sagrados vasos y obras de arte, fue arrebatado en pocos días por la brutal soldadesca, derrochado en la taberna y en el juego, o vendido a los judíos. Arrancáronse los preciosos engarces de las reliquias, y aun se llegó en muchos casos a quebrantar las sepulturas, revolviéndolas en busca de tesoros. Hasta contra el mismo Santísimo Sacramento del Altar se extendió la furia, arrojándole por el suelo y profanándole de mil maneras. "Los infieles, dice una relación española, no hubieran podido acampar aquí más perniciosamente". Cuenta una tradición, que ciertos soldados condujeron a la iglesia un asno revestido de obispo, y pretendieron forzar a un sacerdote a ofrecerle incienso y darle la sagrada Hostia; y habiéndose el sacerdote negado, le hicieron pedazos.

La profanación de las iglesias se llevó a su colmo, convirtiéndolas en cuadras, y esta suerte cupo aun a la misma iglesia de San Pedro. También aquí se robaron las sepulturas, entre otras la de Julio II; la cabeza de san Andrés fue arrojada por tierra; el sudario de la santa Verónica, objeto de tan gran veneración durante toda la Edad Media, fue robado y vendido en una taberna de Roma. Un famoso crucifijo, colocado en uno de los siete principales altares de San Pedro, lo cubrieron con el traje de un lansquenete, y se llevaron innumerables reliquias y preciosidades. Un lansquenete alemán clavó en su pica el hierro de la Santa Lanza y se fue por el Borgo haciendo burla. Hasta la tumba del Príncipe de los Apóstoles fue profanada, por más que, el sepulcro de san Pedro propiamente dicho quedó incólume. La capilla del Sancta Sanctorum, cuya inscripción la ensalza como el más santo Capilla del Sancta Sanctorumlugar de la tierra, fue saqueada; pero felizmente quedó intacto el propio tesoro de la capilla, defendido por sus enormes cerrojos de hierro.

Con especial crueldad se procedió contra todas las personas de estado eclesiástico; gran parte de los clérigos y religiosos que cayeron en manos de los soldados, fueron muertos; muchos otros, públicamente vendidos como prisioneros de guerra, y con otros, a quienes se disfrazó de mujeres, se ejecutaron repugnantes escarnios. Los españoles atendían principalmente a sacar dinero de los eclesiásticos; mas los lansquenetes declararon por su parte haber prometido a Dios que matarían a todos los curas, y obraron en conformidad. Patriarcas, arzobispos, obispos, protonotarios y abades, fueron maltratados, despojados y muertos, y hasta acometieron a sacerdotes cuya ancianidad misma imponía respeto. El octogenario obispo de Potenza, por no haber podido pagar el rescate que se le exigió, fue muerto inmediatamente; el nonagenario obispo de Terracina, que no se hallaba en estado de aprontar los 30.000 ducados que se le pedían, fue públicamente puesto a la venta, con un manojo de paja en la cabeza, como si fuera una bestia; a otros eclesiásticos les cortaron las narices y las orejas, y les forzaron a desempeñar los más bajos servicios.

Todavía fueron más horribles las penalidades que hubieron de sufrir las vírgenes consagradas al Señor. Muchas de ellas habían conseguido a última hora ocultarse en lugares seguros; en San Lorenzo en Paneperna habíanse refugiado más de 160 monjas, en un monasterio que una sección de soldados protegió, por dinero, contra sus propios camaradas. Una de las monjas de San Cosimato in Trastevere, todas las cuales se habían refugiado en este lugar, describe en su crónica la mortal angustia que tuvieron que pasar, ella y sus compañeras, las más de ellas de nobles familias; y esta misma crónica traza también una viva descripción del asolamiento de la rica iglesia de San Cosimato, donde llegaron hasta a hacer pedazos un Niño Jesús de madera. Pero, ¿qué significa esto, respecto de la suerte que cupo a aquellos monasterios cuyas religiosas no habían tenido ya tiempo de huir, como por ejemplo, las monjas de Santa María in Campo Marzo, Santa Rufina y otras? Los horrores que allí se ejecutaron no pueden describirse, por razones fáciles de comprender. Y aun pudieron tenerse por dichosas las víctimas de la ferocidad a quienes, después de habérseles robado todo, les quitaron la vida; pues las que sobrevivieron, sufrieron por lo general un destino más duro que la muerte. ;medio desnudas, o cubiertas por befa con ropas de los cardenales, fueron arrastradas por las calles a las casas de prostitución, o vendidas en los mercados por dos ducados cada una, o menos todavía. También en este respecto ejecutaron los españoles grandes abominaciones. Lansquenete con su mujer, aguafuerte de HopferLos lansquenetes alemanes se contentaban al principio, las más de las veces, con exigir rescates y arrebatar los objetos preciosos, llegando en algún caso hasta a amparar a la inocencia perseguida; pero es cierto que luego imitaron el ejemplo de los demás soldados, y aun se esforzaron en muchas maneras por sobrepujar sus atrocidades.

Desde el principio, empero, y generalmente, los lansquenetes, entre los cuales se halaban numerosos luteranos, no tuvieron compasión ninguna con los eclesiásticos y príncipes de la Iglesia; los cuales no por eso salieron bien librados de la crueldad de los españoles. Aun los cardenales adictos al Emperador no escaparon al más escandaloso despojo, a los malos tratamientos y crueles mofas. Por ocho días se perdonó a los palacios de los cardenales Piccolomini, Valle, Enkevoirt y Soderini, situados en el Rione S. Eustaquio, porque los habían tomado bajo su protección ciertos capitanes españoles; los cuales declararon no querer exigir nada a los cardenales, pero exigieron grandes sumas a los numerosos fugitivos que en aquellos palacios se refugiaban. Al principio pidieron 100.000 ducados por cada palacio; pero luego se contentaron con 45.000 de Soderini, 40.000 de Enkevoirt, 35.000 de Valle, y otros tanto de Piccolomini. Estas cantidades debían pagarse en ducados de buena ley, sin admitirse cualquier otra moneda, ni tampoco piedras preciosas. Pero luego quisieron también los lansquenetes acometer aquellos palacios, y por fin declararon los españoles que ya no podían prestarles ulterior garantía. En primer lugar, atacaron los lansquenetes el palacio del cardenal Piccolomini, el cual se creía enteramente seguro, porque su familia desde antiguos tiempos había tenido amistosas relaciones con el Emperador y los alemanes. Después de una lucha de cuatro horas, el palacio fue conquistado y saqueado, y el cardenal, que tuvo que pagar 5.000 ducados, fue sacado de su casa con la cabeza descubierta y conducido entre golpes y empujones al Borgo. En vista de esto, los cardenales Soderini, Valle y Enkevoirt no se creyeron ya seguros, y se refugiaron en el palacio Colonna; y apenas habían abandonado sus moradas, principió también allí el saqueo y asolamiento. No contentos los lansquenetes con el gran botín que allí recogieron, impusieron asimismo a todos los romanos que se habían acogido a aquellos palacios cardenalicios un alto rescate; a pesar de que las 390 personas que se hallaban en el palacio Valle, habían sido ya sometidas a contribución a 8 de mayo por Fabricio Maramaldo, capitán del ejército imperial. El cardenal y su servidumbre fueron en aquella ocasión tasados en 7.000 escudos; y los demás fugitivos, cada uno según su fortuna; llegando la suma total que se exigió en aquel palacio de un cardenal adicto al Emperador, a 34.455 ducados.

También los cardenales Cayetano y Ponzetta fueron encadenados y llevados por las calles con burlas y malos tratamientos; Ponzetta, que pertenecía asimismo al partido imperial, tuvo que pagar un rescate de 20.000 ducados, y murió por efecto de los malos tratamientos sufridos. Al cardenal franciscano Numai, que se hallaba gravemente enfermo, Los cinco lansquenetes, aguafuerte de Daniel Hopfer (1470-15536)lleváronle los lansquenetes por la ciudad en un féretro cantando los himnos de difuntos; condujéronle luego a una iglesia donde parodiaron las exequias, y amenazaron con echarle a una sepultura si no se rescataba; después de lo cual, le llevaron a sus amigos a quienes obligaron a responder por él. Cristóbal Marcello, arzobispo de Corfú, fue obligado a pagar un rescate de 6.000 ducados, y como no pudo hacerlo, le enviaron como prisionero a Gaeta, amenazándole de muerte.

También al embajador de Portugal, íntimamente relacionado con Carlos V, le exigieron un cuantioso rescate, y como se hubiera negado a pagarlo, saquearon su palacio, en el cual, por haber depositado allí sus haciendas muchos banqueros, se apoderaron los soldados de un botín por extremo copioso. El banquero florentino Bernardo Bracci fue llevado por los españoles al banco de los Welser, donde debía pagar su rescate de 8.206 ducados. Al pasar por el Ponte Sisto se topó con el capitán La Motte, que había sido nombrado gobernador de la ciudad; el cual amenazó con con hacer arrojar a Bracci al Tíber, si no le daba además otros 600 ducados. Bracci pagó y pudo así salvar la vida. Hasta el mismo Pérez, secretario de la embajada imperial, estuvo a pique de perder la vida a manos de feroces lansquenetes, y padeció sensibles pérdidas en sus bienes y hacienda. El procurador del Emperador, Jorge Sauermann, fue tan enteramente despojado, que tuvo que andar pidiendo limosna, y murió en las calles consumido por el hambre. Ningún sitio ofrecía seguridad; pues no se perdonó ni a los hospitales, ni entre ellos al mismo de los alemanes.

El embajador veneciano Domenico Veniero, los enviados de Mantua, Ferrara y Urbino, habíanse refugiado en el gran palacio que habitaba, cerca de los Santos Apóstoles, Isabel de Mantua, retrato de Tizianola marquesa Isabel de Mantua. Esta noble princesa había además ofrecido asilo en aquella morada, parecida a una fortaleza, a gran número de nobles señoras y varones; y todavía corrió allá por la noche Ferrante Gonzaga, hijo de la Marquesa, para protegerla; pero no pudo estorbar que los refugiados en el palacio tuvieran que pagar como rescate 60.000 ducados, y por más que desde aquel momento quedó el palacio custodiado por una guardia de españoles y lansquenetes, continuó, sin embargo, amenazado por las feroces hordas. La Marquesa pasó una angustia mortal, y el 13 de mayo huyó a Civitavecchia, acompañándola disfrazado de mozo para sus equipajes el embajador de Venecia. En la carta en que Veniero daba cuenta al Dux de la manera como se había salvado, hacía notar que la destrucción de Jerusalén no pudo ser mas horrible que aquella de Roma.

Pompeyo Colonna se había presentado el 10 de mayo en la Ciudad Eterna, hallando su palacio saqueado y las calles cubiertas de cadáveres. El espectáculo cruel de tanta desolación, bastó para conmover aun a aquel hombre duro, hasta hacerle derramar lágrimas. Giovio refiere que Colonna se esforzó afanosamente para aliviar tanta calamidad, y ofreció protección a muchos fugitivos; pero con él habían entrado también en la ciudad algunos millares de labradores de las cercanías, con el fin de robar lo que hubiera escapado a la codicia de los soldados. Aun las rejas de hierro, y hasta los clavos, arrancaron de las paredes de las casas; y asimismo la villa que tenía el Papa en el Monte Mario, fue entonces entregada a las llamas.

El francés Grolier, refugiado en casa de un obispo español, describe con palabras conmovedoras el espectáculo que ofrecía a los ojos, desde lo alto de su asilo, la Ciudad asolada por el hierro y el fuego: "Por todas partes clamores, fragor de armas, alaridos de mujeres y niños, estallar de llamas y crujir de techos que se desplomaban; así estábamos yertos de terror, y mirábamos, como si nosotros solos hubiéramos sido reservados por el destino para contemplar la ruina de la patria".

Por fin, apenas quedó en Roma una casa incólume; aun las miserables cabañas de los aguadores y mozos de cordel (facchini), no fueron perdonadas. "En toda la Ciudad, se dice en una relación, nadie quedó, mayor de tres años, que no tuviera que redimirse". Algunos fueron sometidos a rescate dos y hasta tres veces, y otros tan atormentados, que preferían una pronta muerte a seguir sufriendo aquellos suplicios.

Difícilmente será nunca posible determinar con exactitud el número de los muertos: sólo en el Borgo y n el Trastevere, parece haber sido arrojados al Tíber 2.000 cadáveres, Clemente VII, retrato de Sebastiano del Piomboy enterrados otros 9.800. El botín de los soldados fue inconmensurable, y según la más baja estimación, debió ascender a más de un millón de ducados en oro y objetos preciosos, y otros tres o cuatro millones cobrados por rescates. Clemente VII calculaba el dato total en unos diez millones en oro. Algunos soldados habían robado tal cantidad de oro, que les era de todo punto imposible llevárselo; y hasta los mozos de los bagajes habían reunido tantos ducados, que cada uno podía llenar con ellos su gorra.

Con una frialdad despiadada, que causa horror, refiere el guerrero protestante Sebastián Schertlin von Burtenbach, en su autobiografía, la calamidad de los romanos que enriqueció a los vencedores: "En el año de 1527, a 6 de mayo, tomamos a Roma por asalto, matando unos 6.000 hombres, saqueando toda la ciudad y tomando cuanto encontramos en todas las iglesias y en el país, incendiando una buena parte de la ciudad, maltratándola extrañamente, y rasgando y destruyendo todos los archivos de copias, registros, cartas y documentos de la Curia".

En estas últimas palabras se toca un aspecto del sacco, que impresiona de una manera especialmente dolorosa al historiados; es a saber: la destrucción de los documentos históricos y tesoros literarios. La biblioteca del monasterio de Santa Sabina, las colecciones privadas de más precio, y los manuscritos de muchos hombres eruditos, fueron dispersados o quemados. A Giovio le destruyeron seis libros de su obra histórica; el cardenal Accolti perdió todos sus libros; y las extrañas lagunas que se advierten en los archivos romanos privados y monásticos, y sobre todo la pobreza del archivo capitolino, son indudablemente efecto de la destrucción que sufrieron entonces. Varios narradores dicen expresamente que andaban tirados por las calles los documentos pontificios y manuscritos de bulas, o se empleaban para hacer cama a los caballos. El cardenal Trivulzio refiere particularmente el Monumento del cardenal Trivulzio, en Santa Maria del Popolo, Romaasolamiento de la Cámara Apostólica, donde muchos tomos de registros fueron destrozados, y las bulas de plomo se fundieron para hacer balas. El mismo Clemente VII dice que todas las actas de la Cancillería secreta cayeron en manos de los soldados. Y por poco, la más preciosa colección de manuscritos del mundo, la biblioteca Vaticana, no fue destruida, debiendo su salvación sólo a la circunstancia de haber establecido Filiberto de Orange su cuartel general en el Vaticano; a pesar de esto, sufrió muy sensibles pérdidas.

El de Orange se instaló en las habitaciones del Papa, y tenía sus caballos muy cerca de sí, para que no se los robaran; los más hermosos aposentos del Vaticano, aun la capilla Sixtina, fueron convertidos en cuadras para los caballos, y es indudable que también fueron destruidas o arrebatadas muchas obras de arte, principalmente estatuas de mármol.

Las famosas antigüedades del Vaticano, así como los bronces del Capitolio, las obras maestras de Rafael, de Miguel Ángel y de otros artistas del Renacimiento, no sufrieron por dicha notables quebrantos; lo cual se explica por ventura, porque los Vaticano, Castillo de Sant'Angelo, 1575soldados no pusieron generalmente las manos en las obras de arte sino cuando los excitaron a ello los adornos de oro, plata y piedras preciosas. Ésta fue la causa de que el sacco produjera irreparables pérdidas en las numerosas obras de joyería y platería. Entonces fueron robadas la cruz de oro de Constantino, la rosa de oro ofrecida por Martín V a la iglesia de San Pedro, y la tiara de Nicolao V.

Las noticias que menos duración conceden al sacco, dicen que se ejercieron los robos y asesinatos sin freno por ocho días enteros; pues una orden dictada el tercer día para suspender el saqueo quedó absolutamente inobservada. La falta de disciplina de los soldados derramados en el saqueo era de suerte, que si el ejército de la Liga hubiera acudido con presteza, apenas habría encontrado seria resistencia; pues ni siquiera estaban guarnecidas las puertas de la Ciudad. Nominalmente ejercitaba el mando superior Filiberto de Orange, y era gobernador de la ciudad La Motte; pero cuando este mismo empleaba amenazas de muerte para exigir dinero, fácil es imaginarse que también sus subordinados continuarían imponiendo contribuciones de guerra a los prisioneros. Las penalidades parecían no haber de tener fin; algunos hubieron de rescatarse hasta seis veces; la sed de sangre se había saciado, pero continuaba viva la sed de dinero, y se escudriñaron hasta las cloacas; a pesar de lo cual, todavía escaparon a los salteadores algunos ocultos tesoros.

En medio de los cadáveres comidos por los perros, se regocijaban los soldados jugando y bebiendo. En el Ponte Sisto, en el Borgo y en el Campo de' Fiori, refiere un notario romano, se vendía el botín del saqueo: vestidos de seda y de terciopelo bordados de oro, telas de lana y de lino, sortijas, perlas y otras preciosidades en confuso montón. Roma, 1575Algunas mujeres alemanas tenían sacos llenos de tales objetos, que se cotizaban a bajos precios; pero pronto volvía todo a ser robado. Los bribones y mendigos se hicieron ricos, y los ricos quedaron pobres. . "Yo, concluye el narrador, fui, con mi mujer, apresado por españoles y hube de pagar cien ducados. Después de haber perdido toda mi hacienda, hui por de pronto hacia Tívoli, y desde allí a Palestrina". A millares de personas cupo la misma suerte; medio desnudas salieron de la Ciudad las infelices víctimas del saqueo (entre ellas romanos que poco tiempo antes tenían todavía diez caballos en su cuadra), para buscar en las cercanías el medio de acallar el hambre.

Muchos soldados se marcharon asimismo cuanto antes con su presa, dirigiéndose hacia Nápoles; otros se lo jugaron todo en muy poco tiempo, según les había vaticinado Brandano, el profeta de Siena, puesto en libertad por los imperiales: "que vomitarían de nuevo el botín de la guerra y los bienes de los curas". Con voces de amenaza exigían entonces sus pagas. A 17 de mayo se manifestaron ya algunos casos de peste, y como habían destruido de la manera más insensata todas las subsistencias, amenazaba, al propio tiempo, declararse el hambre: los comestibles se pagaban a peso de oro; un huevo costaba un julio, y un pan un ducado; a lo cual se agregaba, además, que las reyertas sangrientas entre los españoles y lansquenetes eran cosa cotidiana. Esparcido por toda la Ciudad estaba el ejército próximo a dispersarse completamente, y en caso de alarma tenían los capitanes que andar de casa en casa procurando reunir su gente.

[Aquí dejamos el relato, que concluye con la capitulación de Clemente VII]

 

miscelánea calasanz

revista electrónica al servicio de la educación

colegio calasanz. padres escolapios. santander

si deseas colaborar con nosotros puedes enviar tus trabajos

si, a la vista del contenido de estas páginas, cualquiera se sintiera ultrajado en sus derechos, le rogamos nos lo haga saber a fin de que tal contenido sea excluido