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Para conocer algo más el alma
humana en su miseria, para huir de toda condescendencia con algunos de los
males que las guerras acarrean, para ver más de cerca aquellos aspectos de
la historia del hombre que difícilmente se encuentran en los libros
de texto
–que la hiel es
componente constante de nuestras actividades–,
para fortalecernos y prevenirnos contra el empleo de medios
–por más que puedan ser
lícitos– que no sean los de la paz y el diálogo
en la solución de
conflictos, para todo ello traemos a estas páginas de Miscelánea
Calasanz esta miniserie que hoy iniciamos de "Los horrores de la guerra".
Fiera es la condición del
hombre que se abandona a sus pasiones. Y esa fiereza se
manifiesta especialmente en tiempos de guerra. La perversión del orden
social que los señorea determina que no haya sujeción a más ley que la
de la guerra
–cuando existe– y que el hombre,
mudando radicalmente los valores que rigen en la paz, se deje arrastrar, cegado por los más bajos impulsos,
a los albañales de la humanidad. Acompaña,
pues, al desbaratamiento de la sociedad, el descalabro del individuo. Y el hombre viene
verdaderamente a ser el plautino lobo.
Hecho el hombre carnicero del
hombre, se degrada hasta la animalidad y envilece cuanto sus manos
alcanzan, sin
perdonar abuso ninguno, por atroz y abyecto que sea. A la vista, pues, de los extremos a
los que se llega cuando se vive el azote de la guerra, con absoluto
desprecio de la dignidad humana, las flagelaciones con cordeles emplomados
y escorpiones, los
desgarramientos de la carne con peines de hierro, los descoyuntamientos
sobre el potro que se leen en las actas de los mártires, casi, casi nos
parecen disculpables; pues a aquellos paganos anolinos, gayos y dacianos,
feroces sirvientes de los emperadores que ponían en ejecución tan bárbaros
tormentos, al
menos los movía lo que en su ceguera se les representaba como conveniente
para la restitución del orden social; en tanto que no se halla justificación ninguna cuando al hombre
no le mueve más que el lucro personal, la exhibición orgullosa y vana de la
propia fuerza,
la ganancia fácil, la
satisfacción grosera de los sentidos o, sin más, el menosprecio del
enemigo vencido, a quien se despoja de su dignidad.
Mas no se piense que esta
barbarie se mueve en un solo sentido: desde el vencedor hacia el vencido.
Oportunidad tendremos de ver los efectos que origina la disolución de la
sociedad entre la población sometida, sitiada, acuciada por la necesidad y
el hambre y olvidada de su humanidad, y de contemplar cómo la madre no conocerá al hijo, ni
el hijo a la madre, ni el hermano conocerá al hermano.
* * *
No entraremos en si en este o
este otro caso se trataba de una
guerra justa, ni vamos a considerar cuál era en tal ocasión el estado del
derecho de guerra o hasta qué grado se habían ya dulcificado las costumbres. Tampoco queremos juzgar desde nuestra
perspectiva del siglo veintiuno, humanizado altamente y en extremo
sensible, hechos que serán muchas veces muy distantes en el tiempo; pues
constituiría esto un grave error. Sólo ponemos a la vista del lector lo que
la historia nos ofrece.
Probablemente, una de las
acciones más infames que ejércitos de españoles hayan llevado a cabo sea
el saco de Roma en el año 1527. La crueldad de que entonces hicieron gala,
la inhumanidad que en todo momento mostraron, la demasía a que sin ningún
freno se entregaron son palmarias y causan dolor y espanto al lector. No
nos extraña, pues, en absoluto que el historiador de quien tomamos el
texto que sigue se resista a dar traslado de algunos detalles,
innecesarios, por otro lado, para la inteligencia de la historia. Sin
embargo, animados nosotros de otro espíritu que el de Ludwig von Pastor
(1854-1928), queremos
ofrecer al lector, por delante y por más que nos resulte repugnante, un
fragmento del relato que de primera mano hace el filósofo, historiador y
político Guicciardini (1483-1540) de los hechos
que ahora nos ocupan, relato que, por razones que no es necesario
declarar, dejamos en su lengua italiana:
Chi fussi
andato allora per le strade di Roma, o di notte o di giorno, avrebbe
sempre sentito in ogni casa e in ogni ridotto, non sospiri nè lacrimosi
lamenti, ma misere voci e urla delli sventurati prigioni; perchè non
altrimenti si dolevano, urlando, che se si fussino trovati nel toro di
Falari rinchiusi; e quanto più nobili, più ricchi e più vezzosi prelati,
cortigiani, mercanti, terrazzani erono nelle mani loro, più crudelmente e
con meno rispetto e con più sete di maggior taglia li straziavono: per che
la speranza di diventare ricchissimi li faceva più atrocemente tormentare.
Imperò che molti erono tenuti più ore del giorno sospesi da terra per le
braccia; molti tirati e legati stranamente per le parti vergognose; molti
per un piè impiccati sopra le strade, o sopra l'acque, con minacci di
tagliare le corde; molti villanamente battuti e feriti; non pochi incesi
con ferro affogato in più luoghi della persona; certi patirono estrema
sete; altri insopportabil sonno; a chi, per più crudele ma più sicura
pena, fu cavato de' denti migliori; a chi fu dato mangiare i propri
orecchi, o il naso, o i suoi testicoli arrostiti; e altri con stranii e e
inauditi martirii, che troppo mi commuovono a pensarli, non che a uno a
uno scriverli...
Demos, por fin, ya paso a la
narración que del saqueo de Roma trae el profesor de Historia en la
Universidad de Innsbruck Ludovico Pastor en su Historia de los Papas,
tomo IV, volumen IX, versión de la cuarta edición alemana por el R.
P. Ramón Ruiz Amado de la Compañía de Jesús, Barcelona, Gustavo Gili,
1911, págs. 323 y ss.
*
* * * * * *
En la
mañana del 7 de mayo ofrecía Roma un espectáculo que apenas puede
describirse con palabras. Era, como escribía Francisco Gonzaga, una vista
capaz de mover a compasión las piedras. Por todas partes la más espantosa
desolación; por todas partes robos y asesinatos. El aire resonaba con los
alaridos de las mujeres, los lloros de los niños, los ladridos de los
perros, los relinchos de los caballos, el choque de las armas y el crujido
de las casas que ardían y se derrumbaban. Todas las relaciones, aun las
españolas, convienen expresamente en que ninguna edad ni sexo, ningún
estado ni nación, ni españoles ni alemanes, ni las iglesias y hospitales,
fueron perdonados.
En primer lugar sacaron los
soldados, de las casas y palacios, todos los objetos de valor; luego
impusieron a sus despojados poseedores, así hombres como mujeres y niños,
y aun a la servidumbre, el pago de un rescate; y el que no pudo aprontarlo
fue primero cruelmente atormentado y por fin muerto. Pero tampoco el pago
del rescate aprovechaba a las infelices víctimas; pues no hacía sino
conducir a nuevas vejaciones y tormentos. Cuando la casa estaba totalmente
despojada, acababan con frecuencia por pegarle fuego. "El infierno es
nada, comparado con el espectáculo que ofrece al presente Roma; se dice en
la
relación de un veneciano, de 10 de mayo de 1527". Las calles se
hallaban en muchos parajes formalmente cubiertas de cadáveres; entre ellos
principalmente muchos niños de menos de diez años, que los soldados habían
arrojado por las ventanas.
Todavía fue más terrible la
suerte que cupo a las indefensas mujeres y doncellas: ni la delicada flor
de juventud, ni el respeto de la edad, ni el prestigio de la nobleza,
pudieron librar a las infelices víctimas, de la deshonra y de los más
brutales tratamientos. Muchas fueron violadas y asesinadas ante los ojos
de sus maridos y padres; y hasta a las hijas del rico Domenico Massimi,
cuyos hijos fueron muertos y su palacio incendiado, cupo esta misma
suerte. Las atrocidades de los vándalos, de los godos y de los turcos,
quedaron sobrepujadas, dicen varios contemporáneos; y aconteció que
algunas doncellas, desesperadas por la afrenta que se les había hecho, se
arrojaron al Tíber; otras fueron muertas por sus propios padres, para
librarlas de peores daños. Españoles, alemanes e italianos anduvieron
entre sí a porfía en la brutal inhumanidad contra los desventurados
habitantes de Roma; sin embargo, todas las relaciones convienen en que los
soldados españoles, entre los cuales se hallaban muchos judíos y
"marranos", manifestaron mayor inventiva para sonsacar los tesoros y
excogitar martirios; en lo cual, por lo demás, no les fueron en zaga los
italianos, especialmente los de Nápoles. Con aterradora viveza y verdad se
manifiesta la inexplicable miseria de los habitantes de Roma, en una carta
del veneciano Juan Barozzi, dirigida a su hermano a 12 de mayo de 1627.
"Estoy prisionero de los españoles, se dice allí; los cuales me han
impuesto un rescate de mil ducados, so pretexto de que soy empleado; luego
me han atormentado dos veces, y, finalmente, me han puesto fuego bajo las
plantas de los pies. Desde hace seis días no se me ha dado sino un poco de
pan y agua. Hermano querido, no me dejes morir tan miserablemente. Reúne,
aunque sea mendigando, mi rescate. ¡Por amor de Dios no me abandones! Si
no pago el rescate, que ahora se ha rebajado a 140 ducados, dentro del
término de 26 días, me harán pedazos. ¡Por amor de Dios y de la Santísima
Virgen, auxíliame! Todos los romanos están prisioneros y el que no paga
sufre la muerte. El saqueo de Génova y de Rodas fueron juegos de niños
respecto del nuestro. ¡Socórreme, Antonio mío; ayúdame por amor de Dios, y
que sea lo más presto posible!". Los tormentos que aquí se describen no
fueron en manera alguna los más terribles. El médico francés Juan Cave
nota, en su relación acerca del sacco, que ninguna clase de martirio se
dejó de emplear, y da, para probarlo, algunos ejemplos, que la pluma se
resiste a describir. Todavía refiere cosas más repugnantes Luis
Guicciardini. Parece haber sido procedimiento favorito de los españoles,
el de atar a los prisioneros y dejarlos perecer lentamente de hambre.
Aunque por ventura no con tan
exquisita crueldad, sino con más torpe inhabilidad y brutal vandalismo, se
encrudelecieron los lansquenetes alemanes: como matones borrachos y
despilfarradores tahúres, totalmente desconocedores del país y del idioma,
se dejaron engañar ordinariamente por los astutos españoles, que supieron
escoger para sí las casas más ricas; y también en algunos casos su
inexperiencia hizo que se contentaran con un rescate menor. Adornados de
un modo ridículo, cubiertos con vestidos de seda ricamente bordados, con
cadenas de oro al cuello y piedras preciosas entrelazadas en las barbas,
aquellos salvajes bárbaros, de rostro ennegrecido por el humo de la
pólvora, andaban vagando por la Ciudad sin perdonar ni siquiera a sus
propios compatriotas, y como la mayor parte de los lansquenetes eran
luteranos, no desperdiciaron la ocasión de colmar de
burlas y escarnios al
aborrecido Papado. Engalanándose con rojos capelos cardenalicios, y
vestidos con los largos ropajes de los príncipes de la Iglesia, cabalgaban
en asnos por las calles, ejecutando todos los imaginables escarnios. Un
capitán bávaro, Guillermo von Sandizell, llegó hasta disfrazarse de Papa y
hacer que los soldados, disfrazados de cardenales, le besaran los pies y
las manos; dábales la bendición con un vaso de vino, a lo cual respondían
sus acompañantes con sendos tragos. Luego se dirigió aquella horda, con
música de pífanos y tambores, a la ciudad leonina, y proclamó allí Papa a Lutero, de manera que pudo oírse desde el castillo de Sant-Angelo. De un
lansquenete, por nombre Grünwald, se refiere que gritó al castillo de Sant-Angelo
en alta voz: tenía ganas de comérsele al Papa una tajada de sus carnes,
porque había prohibido la palabra de Dios. Otro clavó un crucifijo en la
punta de su pica y lo paseó algún tiempo, acabando finalmente por hacerlo
pedazos.
Los asolamientos y sacrilegios
que ejecutaron los lansquenetes en los templos del Señor, apenas pueden
concebirse; pero tampoco en esto les fueron muy a la zaga los españoles e
italianos. Todos los templos, aun las iglesias nacionales de los españoles
y alemanes, fueron saqueados; todo cuanto la liberalidad y piedad de
muchos siglos había acumulado, en preciosos ornamentos, sagrados vasos y
obras de arte, fue arrebatado en pocos días por la brutal soldadesca,
derrochado en la taberna y en el juego, o vendido a los judíos.
Arrancáronse los preciosos engarces de las reliquias, y aun se llegó en
muchos casos a quebrantar las sepulturas, revolviéndolas en busca de
tesoros. Hasta contra el mismo Santísimo Sacramento del Altar se extendió
la furia, arrojándole por el suelo y profanándole de mil maneras. "Los
infieles, dice una relación española, no hubieran podido acampar aquí más
perniciosamente". Cuenta una tradición, que ciertos soldados condujeron a
la iglesia un asno revestido de obispo, y pretendieron forzar a un
sacerdote a ofrecerle incienso y darle la sagrada Hostia; y habiéndose el
sacerdote negado, le hicieron pedazos.
La profanación de las iglesias
se llevó a su colmo, convirtiéndolas en cuadras, y esta suerte cupo aun a
la misma iglesia de San Pedro. También aquí se robaron las sepulturas,
entre otras la de Julio II; la cabeza de san Andrés fue arrojada por
tierra; el sudario de la santa Verónica, objeto de tan gran veneración
durante toda la Edad Media, fue robado y vendido en una taberna de Roma.
Un famoso crucifijo, colocado en uno de los siete principales altares de
San Pedro, lo cubrieron con el traje de un lansquenete, y se llevaron
innumerables reliquias y preciosidades. Un lansquenete alemán clavó en su
pica el hierro de la Santa Lanza y se fue por el Borgo haciendo burla.
Hasta la tumba del Príncipe de los Apóstoles fue profanada, por más que,
el sepulcro de san Pedro propiamente dicho quedó incólume. La capilla del
Sancta Sanctorum, cuya inscripción la ensalza como el más santo
lugar de
la tierra, fue saqueada; pero felizmente quedó intacto el propio tesoro de
la capilla, defendido por sus enormes cerrojos de hierro.
Con especial crueldad se
procedió contra todas las personas de estado eclesiástico; gran parte de
los clérigos y religiosos que cayeron en manos de los soldados, fueron
muertos; muchos otros, públicamente vendidos como prisioneros de guerra, y
con otros, a quienes se disfrazó de mujeres, se ejecutaron repugnantes
escarnios. Los españoles atendían principalmente a sacar dinero de los
eclesiásticos; mas los lansquenetes declararon por su parte haber
prometido a Dios que matarían a todos los curas, y obraron en conformidad.
Patriarcas, arzobispos, obispos, protonotarios y abades, fueron
maltratados, despojados y muertos, y hasta acometieron a sacerdotes cuya
ancianidad misma imponía respeto. El octogenario obispo de Potenza, por no
haber podido pagar el rescate que se le exigió, fue muerto inmediatamente;
el nonagenario obispo de Terracina, que no se hallaba en estado de
aprontar los 30.000 ducados que se le pedían, fue públicamente puesto a la
venta, con un manojo de paja en la cabeza, como si fuera una bestia; a
otros eclesiásticos les cortaron las narices y las orejas, y les forzaron
a desempeñar los más bajos servicios.
Todavía fueron más horribles
las penalidades que hubieron de sufrir las vírgenes consagradas al Señor.
Muchas de ellas habían conseguido a última hora ocultarse en lugares
seguros; en San Lorenzo en Paneperna habíanse refugiado más de 160 monjas,
en un monasterio que una sección de soldados protegió, por dinero, contra
sus propios camaradas. Una de las monjas de San Cosimato in Trastevere,
todas las cuales se habían refugiado en este lugar, describe en su crónica
la mortal angustia que tuvieron que pasar, ella y sus compañeras, las más
de ellas de nobles familias; y esta misma crónica traza también una viva
descripción del asolamiento de la rica iglesia de San Cosimato, donde
llegaron hasta a hacer pedazos un Niño Jesús de madera. Pero, ¿qué
significa esto, respecto de la suerte que cupo a aquellos monasterios
cuyas religiosas no habían tenido ya tiempo de huir, como por ejemplo, las
monjas de Santa María in Campo Marzo, Santa Rufina y otras? Los horrores
que allí se ejecutaron no pueden describirse, por razones fáciles de
comprender. Y aun pudieron tenerse por dichosas las víctimas de la
ferocidad a quienes, después de habérseles robado todo, les quitaron la
vida; pues las que sobrevivieron, sufrieron por lo general un destino más
duro que la muerte. ;medio desnudas, o cubiertas por befa con ropas de los
cardenales, fueron arrastradas por las calles a las casas de prostitución,
o vendidas en los mercados por dos ducados cada una, o menos todavía.
También en este respecto ejecutaron los españoles grandes abominaciones.
Los lansquenetes alemanes se contentaban al principio, las más de las
veces, con exigir rescates y arrebatar los objetos preciosos, llegando en
algún caso hasta a amparar a la inocencia perseguida; pero es cierto que
luego imitaron el ejemplo de los demás soldados, y aun se esforzaron en
muchas maneras por sobrepujar sus atrocidades.
Desde el principio, empero, y
generalmente, los lansquenetes, entre los cuales se halaban numerosos
luteranos, no tuvieron compasión ninguna con los eclesiásticos y príncipes
de la Iglesia; los cuales no por eso salieron bien librados de la crueldad
de los españoles. Aun los cardenales adictos al Emperador no escaparon al
más escandaloso despojo, a los malos tratamientos y crueles mofas. Por
ocho días se perdonó a los palacios de los cardenales Piccolomini, Valle,
Enkevoirt y Soderini, situados en el Rione S. Eustaquio, porque los habían
tomado bajo su protección ciertos capitanes españoles; los cuales
declararon no querer exigir nada a los cardenales, pero exigieron grandes
sumas a los numerosos fugitivos que en aquellos palacios se refugiaban. Al
principio pidieron 100.000 ducados por cada palacio; pero luego se
contentaron con 45.000 de Soderini, 40.000 de Enkevoirt, 35.000 de Valle,
y otros tanto de Piccolomini. Estas cantidades debían pagarse en ducados
de buena ley, sin admitirse cualquier otra moneda, ni tampoco piedras
preciosas. Pero luego quisieron también los lansquenetes acometer aquellos
palacios, y por fin declararon los españoles que ya no podían prestarles
ulterior garantía. En primer lugar, atacaron los lansquenetes el palacio
del cardenal Piccolomini, el cual se creía enteramente seguro, porque su
familia desde antiguos tiempos había tenido amistosas relaciones con el
Emperador y los alemanes. Después de una lucha de cuatro horas, el palacio
fue conquistado y saqueado, y el cardenal, que tuvo que pagar 5.000
ducados, fue sacado de su casa con la cabeza descubierta y conducido entre
golpes y empujones al Borgo. En vista de esto, los cardenales Soderini,
Valle y Enkevoirt no se creyeron ya seguros, y se refugiaron en el palacio
Colonna; y apenas habían abandonado sus moradas, principió también allí el
saqueo y asolamiento. No contentos los lansquenetes con el gran botín que
allí recogieron, impusieron asimismo a todos los romanos que se habían
acogido a aquellos palacios cardenalicios un alto rescate; a pesar de que
las 390 personas que se hallaban en el palacio Valle, habían sido ya
sometidas a contribución a 8 de mayo por Fabricio Maramaldo, capitán del
ejército imperial. El cardenal y su servidumbre fueron en aquella ocasión
tasados en 7.000 escudos; y los demás fugitivos, cada uno según su
fortuna; llegando la suma total que se exigió en aquel palacio de un
cardenal adicto al Emperador, a 34.455 ducados.
También los cardenales
Cayetano y Ponzetta fueron encadenados y llevados por las calles con
burlas y malos tratamientos; Ponzetta, que pertenecía asimismo al partido
imperial, tuvo que pagar un rescate de 20.000 ducados, y murió por efecto
de los malos tratamientos sufridos. Al cardenal franciscano Numai, que se
hallaba gravemente enfermo,
lleváronle los lansquenetes por la ciudad en
un féretro cantando los himnos de difuntos; condujéronle luego a una
iglesia donde parodiaron las exequias, y amenazaron con echarle a una
sepultura si no se rescataba; después de lo cual, le llevaron a sus amigos
a quienes obligaron a responder por él. Cristóbal Marcello, arzobispo de
Corfú, fue obligado a pagar un rescate de 6.000 ducados, y como no pudo
hacerlo, le enviaron como prisionero a Gaeta, amenazándole de muerte.
También al embajador de
Portugal, íntimamente relacionado con Carlos V, le exigieron un cuantioso
rescate, y como se hubiera negado a pagarlo, saquearon su palacio, en el
cual, por haber depositado allí sus haciendas muchos banqueros, se
apoderaron los soldados de un botín por extremo copioso. El banquero
florentino Bernardo Bracci fue llevado por los españoles al banco de los
Welser, donde debía pagar su rescate de 8.206 ducados. Al pasar por el
Ponte Sisto se topó con el capitán La Motte, que había sido nombrado
gobernador de la ciudad; el cual amenazó con con hacer arrojar a Bracci al
Tíber, si no le daba además otros 600 ducados. Bracci pagó y pudo así
salvar la vida. Hasta el mismo Pérez, secretario de la embajada imperial,
estuvo a pique de perder la vida a manos de feroces lansquenetes, y
padeció sensibles pérdidas en sus bienes y hacienda. El procurador del
Emperador, Jorge Sauermann, fue tan enteramente despojado, que tuvo que
andar pidiendo limosna, y murió en las calles consumido por el hambre.
Ningún sitio ofrecía seguridad; pues no se perdonó ni a los hospitales, ni
entre ellos al mismo de los alemanes.
El embajador veneciano
Domenico Veniero, los enviados de Mantua, Ferrara y Urbino, habíanse
refugiado en el gran palacio que habitaba, cerca de los Santos Apóstoles,
la marquesa Isabel de Mantua. Esta noble princesa había además ofrecido
asilo en aquella morada, parecida a una fortaleza, a gran número de nobles
señoras y varones; y todavía corrió allá por la noche Ferrante Gonzaga,
hijo de la Marquesa, para protegerla; pero no pudo estorbar que los
refugiados en el palacio tuvieran que pagar como rescate 60.000 ducados, y
por más que desde aquel momento quedó el palacio custodiado por una
guardia de españoles y lansquenetes, continuó, sin embargo, amenazado por
las feroces hordas. La Marquesa pasó una angustia mortal, y el 13 de mayo
huyó a Civitavecchia, acompañándola disfrazado de mozo para sus equipajes
el embajador de Venecia. En la carta en que Veniero daba cuenta al Dux de
la manera como se había salvado, hacía notar que la destrucción de
Jerusalén no pudo ser mas horrible que aquella de Roma.
Pompeyo Colonna se había
presentado el 10 de mayo en la Ciudad Eterna, hallando su palacio saqueado
y las calles cubiertas de cadáveres. El espectáculo cruel de tanta
desolación, bastó para conmover aun a aquel hombre duro, hasta hacerle
derramar lágrimas. Giovio refiere que Colonna se esforzó afanosamente para
aliviar tanta calamidad, y ofreció protección a muchos fugitivos; pero con
él habían entrado también en la ciudad algunos millares de labradores de
las cercanías, con el fin de robar lo que hubiera escapado a la codicia de
los soldados. Aun las rejas de hierro, y hasta los clavos, arrancaron de
las paredes de las casas; y asimismo la villa que tenía el Papa en el
Monte Mario, fue entonces entregada a las llamas.
El francés Grolier, refugiado
en casa de un obispo español, describe con palabras conmovedoras el
espectáculo que ofrecía a los ojos, desde lo alto de su asilo, la Ciudad
asolada por el hierro y el fuego: "Por todas partes clamores, fragor de
armas, alaridos de mujeres y niños, estallar de llamas y crujir de techos
que se desplomaban; así estábamos yertos de terror, y mirábamos, como si
nosotros solos hubiéramos sido reservados por el destino para contemplar
la ruina de la patria".
Por fin, apenas quedó en Roma
una casa incólume; aun las miserables cabañas de los aguadores y mozos de
cordel (facchini), no fueron perdonadas. "En toda la Ciudad, se dice en
una relación, nadie quedó, mayor de tres años, que no tuviera que
redimirse". Algunos fueron sometidos a rescate dos y hasta tres veces, y
otros tan atormentados, que preferían una pronta muerte a seguir sufriendo
aquellos suplicios.
Difícilmente será nunca
posible determinar con exactitud el número de los muertos: sólo en el
Borgo y n el Trastevere, parece haber sido arrojados al Tíber 2.000
cadáveres,
y enterrados otros 9.800. El botín de los soldados fue
inconmensurable, y según la más baja estimación, debió ascender a más de
un millón de ducados en oro y objetos preciosos, y otros tres o cuatro
millones cobrados por rescates. Clemente VII calculaba el dato total en
unos diez millones en oro. Algunos soldados habían robado tal cantidad de
oro, que les era de todo punto imposible llevárselo; y hasta los mozos de
los bagajes habían reunido tantos ducados, que cada uno podía llenar con
ellos su gorra.
Con una frialdad despiadada,
que causa horror, refiere el guerrero protestante Sebastián Schertlin von
Burtenbach, en su autobiografía, la calamidad de los romanos que
enriqueció a los vencedores: "En el año de 1527, a 6 de mayo, tomamos a
Roma por asalto, matando unos 6.000 hombres, saqueando toda la ciudad y
tomando cuanto encontramos en todas las iglesias y en el país, incendiando
una buena parte de la ciudad, maltratándola extrañamente, y rasgando y
destruyendo todos los archivos de copias, registros, cartas y documentos
de la Curia".
En estas últimas palabras se
toca un aspecto del sacco, que impresiona de una manera
especialmente dolorosa al historiados; es a saber: la destrucción de los
documentos históricos y tesoros literarios. La biblioteca del monasterio
de Santa Sabina, las colecciones privadas de más precio, y los manuscritos
de muchos hombres eruditos, fueron dispersados o quemados. A Giovio le
destruyeron seis libros de su obra histórica; el cardenal Accolti perdió
todos sus libros; y las extrañas lagunas que se advierten en los archivos
romanos privados y monásticos, y sobre todo la pobreza del archivo
capitolino, son indudablemente efecto de la destrucción que sufrieron
entonces. Varios narradores dicen expresamente que andaban tirados por las
calles los documentos pontificios y manuscritos de bulas, o se empleaban
para hacer cama a los caballos. El cardenal Trivulzio refiere
particularmente el
asolamiento
de la Cámara Apostólica, donde muchos tomos de registros fueron
destrozados, y las bulas de plomo se fundieron para hacer balas. El mismo
Clemente VII dice que todas las actas de la Cancillería secreta cayeron en
manos de los soldados. Y por poco, la más preciosa colección de
manuscritos del mundo, la biblioteca Vaticana, no fue destruida, debiendo
su salvación sólo a la circunstancia de haber establecido Filiberto de
Orange su cuartel general en el Vaticano; a pesar de esto, sufrió muy
sensibles pérdidas.
El de Orange se instaló en las
habitaciones del Papa, y tenía sus caballos muy cerca de sí, para que no
se los robaran; los más hermosos aposentos del Vaticano, aun la capilla
Sixtina, fueron convertidos en cuadras para los caballos, y es indudable
que también fueron destruidas o arrebatadas muchas obras de arte,
principalmente estatuas de mármol.
Las famosas antigüedades del
Vaticano, así como los bronces del Capitolio, las obras maestras de
Rafael, de Miguel Ángel y de otros artistas del Renacimiento, no sufrieron
por dicha notables quebrantos; lo cual se explica por ventura, porque los
soldados no pusieron generalmente las manos en las obras de arte sino
cuando los excitaron a ello los adornos de oro, plata y piedras preciosas.
Ésta fue la causa de que el sacco produjera irreparables pérdidas
en las numerosas obras de joyería y platería. Entonces fueron robadas la
cruz de oro de Constantino, la rosa de oro ofrecida por Martín V a la
iglesia de San Pedro, y la tiara de Nicolao V.
Las noticias que menos
duración conceden al sacco, dicen que se ejercieron los robos y
asesinatos sin freno por ocho días enteros; pues una orden dictada el
tercer día para suspender el saqueo quedó absolutamente inobservada. La
falta de disciplina de los soldados derramados en el saqueo era de suerte,
que si el ejército de la Liga hubiera acudido con presteza, apenas habría
encontrado seria resistencia; pues ni siquiera estaban guarnecidas las
puertas de la Ciudad. Nominalmente ejercitaba el mando superior Filiberto
de Orange, y era gobernador de la ciudad La Motte; pero cuando este mismo
empleaba amenazas de muerte para exigir dinero, fácil es imaginarse que
también sus subordinados continuarían imponiendo contribuciones de guerra
a los prisioneros. Las penalidades parecían no haber de tener fin; algunos
hubieron de rescatarse hasta seis veces; la sed de sangre se había
saciado, pero continuaba viva la sed de dinero, y se escudriñaron hasta
las cloacas; a pesar de lo cual, todavía escaparon a los salteadores
algunos ocultos tesoros.
En medio de los cadáveres
comidos por los perros, se regocijaban los soldados jugando y bebiendo. En
el Ponte Sisto, en el Borgo y en el Campo de' Fiori, refiere un notario
romano, se vendía el botín del saqueo: vestidos de seda y de terciopelo
bordados de oro, telas de lana y de lino, sortijas, perlas y otras
preciosidades en confuso montón.
Algunas
mujeres alemanas tenían sacos llenos de tales objetos, que se cotizaban a
bajos precios; pero pronto volvía todo a ser robado. Los bribones y
mendigos se hicieron ricos, y los ricos quedaron pobres. . "Yo, concluye
el narrador, fui, con mi mujer, apresado por españoles y hube de pagar
cien ducados. Después de haber perdido toda mi hacienda, hui por de pronto
hacia Tívoli, y desde allí a Palestrina". A millares de personas cupo la
misma suerte; medio desnudas salieron de la Ciudad las infelices víctimas
del saqueo (entre ellas romanos que poco tiempo antes tenían todavía diez
caballos en su cuadra), para buscar en las cercanías el medio de acallar
el hambre.
Muchos soldados se marcharon
asimismo cuanto antes con su presa, dirigiéndose hacia Nápoles; otros se
lo jugaron todo en muy poco tiempo, según les había vaticinado Brandano,
el profeta de Siena, puesto en libertad por los imperiales: "que
vomitarían de nuevo el botín de la guerra y los bienes de los curas". Con
voces de amenaza exigían entonces sus pagas. A 17 de mayo se manifestaron
ya algunos casos de peste, y como habían destruido de la manera más
insensata todas las subsistencias, amenazaba, al propio tiempo, declararse
el hambre: los comestibles se pagaban a peso de oro; un huevo costaba un
julio, y un pan un ducado; a lo cual se agregaba, además, que las reyertas
sangrientas entre los españoles y lansquenetes eran cosa cotidiana.
Esparcido por toda la Ciudad estaba el ejército próximo a dispersarse
completamente, y en caso de alarma tenían los capitanes que andar de casa
en casa procurando reunir su gente.
[Aquí dejamos el relato, que
concluye con la capitulación de Clemente VII]
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