ANTE UN NUEVO CURSO ESCOLAR

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septiembre 07

 

En el último número de Miscelánea Calasanz, aparecido con el inicio de las vacaciones escolares, incluimos un artículo del padre Páramo con el título de "El descanso veraniego". En él reflexionaba el sacerdote jesuita acerca del período vacacional como remedio contra el desgaste físico del curso, así como animaba al fortalecimiento del ánimo, desechando las adversidades y tristezas que pudieran surgir.

El artículo que hoy traemos forma parte de la misma serie recogida con el nombre de "Laboriosidad". En éste, invita el religioso a la reflexión en torno al papel que absolutamente todos –padres, educadores, sacerdotes, catequistas, jóvenes, niños– desempeñamos en orden a la educación católica, cuyo fin no puede ser otro que la consecución del Reino de Dios.

Treinta años después de compuesto el artículo –este volumen IX de la obra de la que lo tomamos lleva el Imprimi potest fechado en 26 de septiembre de 1977–, constatamos con desconsuelo que ni se inauguran los cursos académicos con la solemnidad debida a tal acontecimiento, ni se puede afirmar la fidelidad y amor inquebrantable a la Iglesia de España, ni son en ella todas las escuelas católicas. Sin embargo, lo sustantivo de él mantiene su vigencia. Leámoslo y meditémoslo.

Puede el lector hallarlo en la obra del P. Severiano del Páramo, S.J., Cultura Bíblica y Religiosa, volumen IX, Comillas, Seminario Pontificio, 1978, págs. 74-75.

 

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Después de las vacaciones veraniegas, la apertura de las clases en los colegios y escuelas nacionales, emociona el ánimo de los jóvenes estudiantes y de los niños. Les esperan aulas, libros, condiscípulos y tal vez catedráticos nuevos. El solemne día de la inauguración de las clases, precedida de una misa en la parroquia con asistencia de profesoras, profesores, niñas y niños de todos los grados escolares, deja una impresión imborrable en el ánimo infantil.

Pero no debe ser menor el interés y expectación que la inauguración de un nuevo curso escolar despierta en el espíritu de los padres de familia, cuya primera e intransferible obligación y derecho es educar a los hijos, gozando de absoluta libertad en la elección de las escuelas o colegios que prefieran como más seguros para la formación cristiana religiosa y cultural de la infancia.

En el volumen sexto de mi obra "Cultura Bíblica y Religiosa" (páginas 106-122), dediqué una sección, la quinta, a la educación de los niños. En ella, fundado en las enseñanzas de la Biblia y de la Iglesia, describí los deberes de los padres de familia, de los maestros, de los párrocos, sacerdotes y catequistas en esta labor trascendental para el bien de las familias y de la sociedad.

Los documentos de la Iglesia "columna y fundamento de la verdad" (ITi 3,15), relativos a esta materia, son numerosos y de perenne actualidad, para cuantos están llamados a intervenir activamente en este importantísimo apostolado de la docencia. Recordemos entre los más modernos la Encíclica de Pío XI "Divini illius Magistri" sobre la cristiana educación de la juventud, del 31 de diciembre de 1929, en cuyas directrices han insistido en diversas ocasiones Pío XII, Juan XXIII y el actual Pontífice, Pablo VI, en su Declaración conjunta con los Padres del Concilio Vaticano II, sobre la Educación cristiana de la juventud, del 28 de octubre de 1965.

Las escuelas, sean de la Iglesia, nacionales o particulares, tienden por su propia naturaleza y finalidad a perfeccionar en el niño la educación religiosa y los rudimentos científicos que desde sus tiernos años viene cultivando en el seno de la familia. Concretamente, la escuela católica, como son todas las de España, que se gloría de su fidelidad y amor inquebrantable a la Iglesia y a sus doctrinas, ayuda a los adolescentes y a los niños, para que en el desarrollo de la propia persona crezcan a un tiempo, según la nueva criatura que han sido hechos por el bautismo, y ordenar toda la cultura humana según el mensaje de la salvación, de suerte que quede iluminado por la fe el conocimiento que los alumnos van adquiriendo del mundo, de la vida y del hombre. Así nos lo enseña el Concilio Vaticano II, el cual ofrece también sus oportunos consejos a los maestros.

Giotto. La Caridad. Capilla de los Scrovegni, PaduaRecuerden, les dice, que de ellos depende, sobre todo, el que las escuelas católicas puedan realizar sus propósitos e iniciativas. Les anima a vivir unidos entre sí y con los alumnos en la caridad cristiana y a que imbuidos de espíritu apostólico den testimonio tanto en su vida como en su doctrina del Único Maestro, Cristo.

Finalmente, san Pablo, en su primera carta a Timoteo (4,8), da un consejo, que todos cuantos nos preocupemos por la educación cristiana de la infancia, hemos de inculcar. "La piedad –dice– es útil desde todo punto de vista, puesto que tiene promesa de vida, tanto en la presente como en la futura". Un niño piadoso, que frecuenta los sacramentos, fomenta en sus devociones diarias el amor a la Virgen, huye como de la peste de lecturas frívolas y espectáculos que mancillan su inocencia, afianza su porvenir en esta vida y su esperanza en la bienaventuranza eterna.

Cristo, hablando de los niños, afirmó: "Quien no recibe como un niño el Reino de Dios, no entrará en él" (Lc 18,17). Quiere que sus verdaderos discípulos, maestros, padres e hijos acepten y practiquen las enseñanzas del Evangelio con la fe y docilidad de un niño. Ante Dios y Cristo su enviado y nuestro Maestro, todos debemos sentirnos niños.

 

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