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En el último número de
Miscelánea Calasanz, aparecido con el inicio de las vacaciones
escolares, incluimos un artículo del padre Páramo con el título de "El
descanso veraniego". En él reflexionaba el sacerdote jesuita acerca
del período vacacional como remedio contra el desgaste físico del curso,
así como animaba al fortalecimiento del ánimo, desechando las adversidades
y tristezas que pudieran surgir.
El artículo que hoy traemos
forma parte de la misma serie recogida con el nombre de "Laboriosidad". En
éste, invita el religioso a la reflexión en torno al papel que
absolutamente todos –padres, educadores, sacerdotes, catequistas, jóvenes,
niños– desempeñamos en orden a la educación católica, cuyo fin no puede
ser otro que la consecución del Reino de Dios.
Treinta años después de
compuesto el artículo –este volumen IX de la obra de la que lo tomamos
lleva el Imprimi potest fechado en 26 de septiembre de 1977–,
constatamos con desconsuelo que ni se inauguran los cursos académicos con
la solemnidad debida a tal acontecimiento, ni se puede afirmar la
fidelidad y amor inquebrantable a la Iglesia de España, ni
son en ella todas las escuelas católicas. Sin embargo, lo sustantivo de él
mantiene su vigencia. Leámoslo y meditémoslo.
Puede el lector hallarlo en la
obra del P. Severiano del Páramo, S.J., Cultura
Bíblica y Religiosa,
volumen IX, Comillas, Seminario Pontificio, 1978, págs. 74-75.
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Después
de las vacaciones veraniegas, la apertura de las clases en los colegios y
escuelas nacionales, emociona el ánimo de los jóvenes estudiantes y de los
niños. Les esperan aulas, libros, condiscípulos y tal vez catedráticos
nuevos. El solemne día de la inauguración de las clases, precedida de una
misa en la parroquia con asistencia de profesoras, profesores, niñas y
niños de todos los grados escolares, deja una impresión imborrable en el
ánimo infantil.
Pero no debe ser menor el
interés y expectación que la inauguración de un nuevo curso escolar
despierta en el espíritu de los padres de familia, cuya primera e
intransferible obligación y derecho es educar a los hijos, gozando de
absoluta libertad en la elección de las escuelas o colegios que prefieran
como más seguros para la formación cristiana religiosa y cultural de la
infancia.
En el volumen sexto de mi obra
"Cultura Bíblica y Religiosa" (páginas 106-122), dediqué una sección, la
quinta, a la educación de los niños. En ella, fundado en las enseñanzas de
la Biblia y de la Iglesia, describí los deberes de los padres de familia,
de los maestros, de los párrocos, sacerdotes y catequistas en esta labor
trascendental para el bien de las familias y de la sociedad.
Los documentos de la Iglesia
"columna y fundamento de la verdad" (ITi 3,15), relativos a esta materia,
son numerosos y de perenne actualidad, para cuantos están llamados a
intervenir activamente en este importantísimo apostolado de la docencia.
Recordemos entre los más modernos la Encíclica de Pío XI "Divini illius
Magistri" sobre la cristiana educación de la juventud, del 31 de
diciembre de 1929, en cuyas directrices han insistido en diversas
ocasiones Pío XII, Juan XXIII y el actual Pontífice, Pablo VI, en su
Declaración conjunta con los Padres del Concilio Vaticano II, sobre la
Educación cristiana de la juventud, del 28 de octubre de 1965.
Las escuelas, sean de la
Iglesia, nacionales o particulares, tienden por su propia naturaleza y
finalidad a perfeccionar en el niño la educación religiosa y los rudimentos
científicos que desde sus tiernos años viene cultivando en el seno de la
familia. Concretamente, la escuela católica, como son todas las de España,
que se gloría de su fidelidad y amor inquebrantable a la Iglesia y a sus
doctrinas, ayuda a los adolescentes y a los niños, para que en el
desarrollo de la propia persona crezcan a un tiempo, según la nueva
criatura que han sido hechos por el bautismo, y ordenar toda la cultura
humana según el mensaje de la salvación, de suerte que quede iluminado por
la fe el conocimiento que los alumnos van adquiriendo del mundo, de la
vida y del hombre. Así nos lo enseña el Concilio Vaticano II, el cual
ofrece también sus oportunos consejos a los maestros.
Recuerden, les dice, que de
ellos depende, sobre todo, el que las escuelas católicas puedan realizar
sus propósitos e iniciativas. Les anima a vivir unidos entre sí y con los
alumnos en la caridad cristiana y a que imbuidos de espíritu apostólico
den testimonio tanto en su vida como en su doctrina del Único Maestro,
Cristo.
Finalmente, san Pablo, en su
primera carta a Timoteo (4,8), da un consejo, que todos cuantos nos
preocupemos por la educación cristiana de la infancia, hemos de inculcar.
"La piedad
–dice– es útil desde todo
punto de vista, puesto que tiene promesa de vida, tanto en la presente
como en la futura". Un niño piadoso, que frecuenta los sacramentos,
fomenta en sus devociones diarias el amor a la Virgen, huye como de la
peste de lecturas frívolas y espectáculos que mancillan su inocencia,
afianza su porvenir en esta vida y su esperanza en la bienaventuranza
eterna.
Cristo, hablando de los niños,
afirmó: "Quien no recibe como un niño el Reino de Dios, no entrará en
él" (Lc 18,17). Quiere que sus verdaderos discípulos, maestros, padres
e hijos acepten y practiquen las enseñanzas del Evangelio con la fe y
docilidad de un niño. Ante Dios y Cristo su enviado y nuestro Maestro,
todos debemos sentirnos niños.
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