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CAPÍTULO IV
CRISTO SALVADOR
1.- Divinidad de Cristo
91. Creemos en un solo Dios,
Padre todopoderoso, creador de todas las cosas visibles e invisibles; y en
un solo Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, unigénito nacido del Padre, es
decir, de la sustancia del Padre; Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero
de Dios verdadero; engendrado, no creado; de la misma naturaleza que el
Padre; por quien todo fue hecho: tanto lo que hay en el cielo como en la
tierra; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó y se
encarnó, se hizo hombre, padeció y resucitó al tercer día, [y] subió a los
cielos, vendrá a juzgar a vivos y muertos; y en el Espíritu Santo. (C 272)
92.- Y a los que dicen:
hubo un tiempo en que no existió y: antes de ser engendrado, no
existió y: fue hecho de la nada o de otra hipóstasis o naturaleza,
pretendiendo que el Hijo de Dios es creado o sujeto de cambio y
alteración, a éstos los anatematiza la Iglesia católica. (C 273)
93.- [...] y en un solo Señor
Jesucristo, el unigénito de Dios, nacido del Padre antes de todos los
siglos, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no
creado, consustancial con el Padre, por quien todo fue hecho; que por
nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y se encarnó
por obra del Espíritu Santo y de María la Virgen y se hizo hombre; por
nuestra causa fue crucificado en tiempo de Poncio Pilato y padeció y fue
sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras y subió al cielo;
y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para
juzgar a vivos y muertos; y su reino no tendrá fin. (C 277)
2.- La unión con la
humanidad
94.- Anatematizamos a aquellos
que afirman dos Hijos, uno antes de los siglos y otro después de asumir de
la Virgen la carne. (D 64)
95.- Anatematizamos a aquellos
que dicen que el Verbo de Dios estuvo en la carne humana en lugar del alma
racional e inteligente del hombre, como quiera que el mismo Hijo y Verbo
de Dios no estuvo en su cuerpo en lugar del alma racional e inteligente,
sino que tomó y salvó nuestra alma [esto es, la racional e inteligente],
pero sin pecado. (D 65)
96.- Siguiendo, pues, a los
Santos Padres, enseñamos unánimemente que hay que confesar a un solo Hijo
y Señor nuestro Jesucristo: perfecto en la divinidad, y perfecto en la
humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente hombre con alma racional y
cuerpo; consustancial con el Padre en cuanto a la divinidad, y
consustancial con nosotros en cuanto a la humanidad, en todo
semejante a nosotros, excepto en el pecado (Heb 4,15); nacido del
Padre antes de todos los siglos según la divinidad; y por nosotros y por
nuestra salvación, nacido en los últimos tiempos de María la Virgen, la
Madre de Dios, según la humanidad; que se ha de reconocer a un solo y
mismo Cristo Señor, Hijo único en dos naturalezas, sin confusión, sin
cambio, sin división, sin separación; la diferencia de naturaleza en
ningún modo queda suprimida por la unión, sino que quedan a salvo las
propiedades de cada una de las naturalezas y confluyen en un solo sujeto [prosoopon]
y en una sola persona [hypostasin]. No partido o dividido en dos personas,
sino que uno solo y el mismo, es Hijo unigénito Dios Verbo, Señor
Jesucristo, como ya de antiguo lo enseñaron de él los profetas, como nos
lo ha enseñado el mismo Jesucristo y como nos lo ha transmitido el símbolo
de los Padres. (C 288)
97.- Si alguno dice que Cristo
es adorado en dos naturalezas, y fundándose en esto introduce dos tipos de
adoración: una especial para Dios-Verbo y otra especial para el hombre; o
en su afán de suprimir la carne, o de mezclar la divinidad y la humanidad,
o de imaginar una naturaleza o substancia de los elementos reunidos, adora
a Cristo de tal manera que no venera en una sola adoración al Dios-Verbo
encarnado con su propia carne, como lo ha trasmitido desde el principio la
Iglesia de Dios, s.a. (C 304)
98.- Si alguno no confiesa que
aquel que fue crucificado en la carne, nuestro Señor Jesucristo, es
verdadero Dios, Señor de la gloria y uno de la santa Trinidad, s.a. (C
305)
99.- Si alguien defiende al
impío Teodoro de Mopsuestia que afirmó: uno es el Dios-Verbo y otro el
Cristo que turbado por las pasiones del alma y los deseos de la carne, se
fue liberando poco a poco de lo más bajo; y así, mejorado por el progreso
de las obras y hecho irreprochable en su conducta, fue bautizado, como un
simple hombre, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y
por medio del bautismo recibió la gracia del Espíritu Santo y mereció la
filiación [divina]; y a la manera de una imagen imperial es adorado en
relación con la persona del Dios-Verbo; y después de la resurrección llegó
a ser inmutable en sus pensamientos y absolutamente impecable.
Este mismo impío Teodoro
afirmó, además, que la unión del Dios-Verbo con Cristo es semejante a la
unión entre hombre y mujer de la que habla el Apóstol: Serán dos en una
misma carne (Ef 5,31). Además de otras innumerables blasfemias,
también se atrevió a decir que después de la resurrección, cuando el Señor
inspiró sobre los discípulos y dijo: Recibid el Espíritu Santo (Jn
20,22), no les comunicó el Espíritu Santo, sino que tan sólo inspiró en el
aspecto exterior. También dice el mismo [Teodoro] que la confesión de
Tomás cuando, después de la resurrección, tocó las manos y el costado del
Señor: Señor mío y Dios mío (Jn 20,28), no la refirió Tomás a
Cristo, sino, admirado Tomás por la maravilla de la resurrección, alabó a
Dios que había resucitado a Cristo.
Y lo que es peor aún; en el
comentario de los Hechos de los Apóstoles que compuso, compara Teodoro a
Cristo con Platón, Mani, Epicuro y Marción; y dice que como cada uno de
éstos, al encontrar su propia doctrina, hizo que sus discípulos se
llamaran platónicos y maniqueos y epicúreos y marcionitas, de un modo
semejante, habiendo Cristo descubierto una doctrina, los cristianos
reciben de él el nombre.
Si, pues, alguien defiende al
impío Teodoro, anteriormente citado, y a sus impíos escritos en los cuales
sostiene dichas blasfemias y otras innumerables contra nuestro gran Dios y
Salvador Jesucristo; y no lo condena tanto a él como a sus escritos impíos
y a quienes lo aceptan o lo justifican o dicen que sus explicaciones son
ortodoxas; o a quienes han escrito en favor de su persona o de sus
escritos impíos, a quienes piensan o pensaron como él, participando hasta
la muerte en tal herejía, s.a. (C 307)
100.- Si alguien defiende la
carta atribuida a Ibas y dirigida a Maris el persa, en la que se niega que
el Dios-Verbo, encarnado de la santa Madre de Dios siempre Virgen María,
se haya hecho hombre; dice, en cambio, que de ella nació un simple hombre
al cual llama templo, como si uno fuera el Verbo y otro distinto el
hombre; en la que acusa a san Cirilo, el heraldo de la fe ortodoxa, de
hereje y de haber escrito cosas parecidas a las del impío Apolinar [...];
ése sea anatema. (C 309)
3.- Tendencias posteriores
101.- No partido o dividido en
dos personas, sino uno solo y el mismo es Hijo Unigénito, Dios-Verbo,
Señor Jesucristo y por lo mismo que tiene dos naturalezas unidas sin
confusión, tiene también dos voluntades naturales: la divina y la humana,
y dos naturales operaciones: la divina y la humana, en perfecta armonía
sin fisuras; que el mismo es en verdad perfecto Dios y en realidad
perfecto hombre; a saber, el mismo y único Señor nuestro y Dios,
Jesucristo que quiere y opera nuestra salvación según la condición divina
y humana. (C 315)
102.- Si alguien no confiesa,
de acuerdo con los santos Padres, en un sentido propio y verdadero, al
Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, Trinidad en la unidad y unidad en la
Trinidad; esto es, un solo Dios en tres personas consustanciales y de
igual gloria, y que tienen los tres la misma y única divinidad,
naturaleza, substancia, poder, señorío, realeza, imperio, voluntad,
operación increada, eterna, inabarcable, inmutable, creadora y
conservadora de todos los seres, sea condenado. (C 316)
103.- Si alguien no confiesa,
de acuerdo con los santos Padres, en un sentido propio y verdadero, que
uno de la santa,, consustancial y venerable Trinidad el Dios-Verbo bajó
del cielo y se encarnó del Espíritu Santo y de María siempre Virgen, y se
hizo hombre, fue crucificado en la carne, padeció voluntariamente por
nosotros y fue sepultado y resucitó al tercer día y subió al cielo y reina
a la derecha del Padre y de nuevo vendrá con el esplendor del Padre con la
carne asumida por él y su alma intelectual a juzgar a vivos y muertos, que
sea condenado. (C 317)
104.- Si alguno no confiesa,
de acuerdo con los santos Padres, en un sentido propio y verdadero, que la
santa y siempre Virgen e inmaculada María es propia y verdaderamente Madre
de Dios, como quiera que propia y verdaderamente concibió sin semen, por
obra del Espíritu Santo, al mismo Dios-Verbo que nació del Padre antes de
todos los siglos; y que lo dio a luz sin corrupción, permaneciendo su
virginidad indisoluble, aun después del parto, sea condenado. (C 318)
105.- Si alguno no confiesa,
según los santos Padres, en un sentido propio y verdadero, dos
generaciones del mismo y único Señor nuestro y Dios Jesucristo, una antes
de todos los siglos, incorporal y eterna, de Dios Padre; otra en los
últimos tiempos, corporalmente, de santa María siempre Virgen, Madre de
Dios; y que el mismo y único Señor nuestro y Dios Jesucristo es
consustancial con Dios Padre por su divinidad y consustancial con el
hombre y con la madre por su humanidad; y que el mismo es capaz de sufrir
por razón de la carne y es impasible por razón de la divinidad, limitado
por razón del cuerpo, ilimitado por razón de la divinidad, creado e
increado, terrestre y celeste, visible e inteligible, abarcable e
inabarcable: a fin de que fuera restaurado el hombre entero que cayó bajo
el pecado por un hombre completo que era también Dios, sea condenado. (C
319)
106.- Si alguno no confiesa,
según los santos Padres, en un sentido propio y verdadero, una sola
naturaleza encarnada del Dios-Verbo, lo cual quiere decir que nuestra
substancia se encarnó perfectamente y sin restricción en Cristo con la
sola excepción del pecado, sea condenado. (C 320)
107.- Si alguno, siguiendo a
los herejes malvados en su afán destructor, aun cuando salve en
Cristo-Dios la unión esencial de las dos voluntades y las dos operaciones,
es decir, la divina y la humana, enseñada piadosamente por los Padres,
introduce estúpidamente oposiciones y divisiones en el misterio de su
Encarnación; y por eso no aplica las palabras evangélicas y apostólicas
acerca del Salvador a una y a la misma persona, ni las atribuye
esencialmente al mismo Señor y Dios nuestro Jesucristo, como lo hace el
bienaventurado Cirilo, para que se vea que el mismo es Dios por naturaleza
y hombre por naturaleza, sea condenado. (C 331)
108a.- Creemos que de estas
tres personas [divinas] sólo la persona del Hijo asumió, para la
liberación del género humano, una naturaleza humana verdadera, sin pecado,
de la santa e inmaculada Virgen María; de la cual nació según un nuevo
orden de cosas y un nuevo nacimiento: un nuevo orden de cosas, porque
invisible en su divinidad aparece visible en la carne; nació con un nuevo
nacimiento, porque una virginidad intacta proporcionó la materia de su
cuerpo, fecundada por el Espíritu Santo y sin conocer el contacto de
varón. Este parto de la Virgen ni se descubre con la razón, ni hay ejemplo
que lo esclarezca; porque si se descubre con la razón no es admirable; si
se esclarece con un ejemplo, no es singular. Sin embargo, no ha de creerse
que el Espíritu Santo es Padre del Hijo, por el hecho de que María
concibió bajo la sombra del mismo Espíritu Santo; no parezca que afirmamos
que el Hijo tiene dos Padres, lo cual ciertamente no se puede decir. (C
332)
108b.- En efecto, reconocemos
que un mismo y solo Señor nuestro Jesucristo, Hijo unigénito de Dios,
subsiste de dos y en dos substancias, sin confusión, sin alteración, sin
división, sin separación; sin que a causa de la unión desaparezca en parte
alguna la diferencia de las naturalezas. Por el contrario, quedando a
salvo la peculiaridad de una y otra naturaleza y uniéndose en una sola
persona y una sola subsistencia, no está partido o dividido en dualidad de
personas, ni mezclado en una naturaleza compuesta. Y reconocemos, aun
después de la unión personal, a un mismo y único Hijo unigénito,
Dios-Verbo, nuestro Señor Jesucristo; y no uno en otro o uno y otro, sino
exactamente el mismo en dos naturalezas, es decir, en la humanidad y en la
divinidad. Porque ni el Verbo se convirtió en la naturaleza de la carne,
ni la carne se transformó en la naturaleza del Verbo. Ambas permanecieron
siendo lo que eran por naturaleza. En realidad, sólo por la reflexión
discernimos la diferencia de las naturalezas unidas en él, aquellas de las
que está compuesto, sin confusión, sin separación, sin alteración. Uno
solo, efectivamente, de ambas y ambas por uno; puesto que simultáneamente
se da la sublimidad de la divinidad y la humildad de la humanidad. Una y
otra naturaleza mantienen sus propiedades sin mengua, aun después de la
unión y "cada una de las dos naturalezas opera lo que le es propio, en
comunión con la otra: el Verbo opera lo que es propio del Verbo; la
humanidad ejecuta lo que es propio de ella. Uno resplandece con milagros,
la otra sufre los ultrajes". (C 338)
108c.- De aquí se sigue que,
puesto que confesamos que verdaderamente tiene dos naturalezas o
substancias (esto es, la divinidad y la humanidad) sin confusión, sin
separación, sin alteración, también nos enseña la regla de la piedad que
el mismo y único Señor Jesucristo tiene dos voluntades y dos operaciones
naturales, puesto que es perfecto Dios y perfecto hombre. Pues es claro
que así nos lo ha enseñado la tradición apostólica y evangélica, y el
magisterio de los santos Padres recibidos por la santa Iglesia apostólica
y católica y por los venerables concilios. (C 339)
109.- El nacimiento humano y
temporal no interfiere en nada al nacimiento divino e intemporal, sino que
el verdadero Hijo de Dios y el verdadero hijo del hombre son la única
persona de Jesucristo... No es Hijo de Dios en apariencia, sino realmente;
no es hijo adoptivo, sino propio, puesto que, al tomar la naturaleza
humana, jamás se alejó del Padre Y, por tanto, confesamos que él es Hijo
propio de Dios en las dos naturalezas, y no es hijo adoptivo. Porque
después de haber tomado la naturaleza humana, sin confusión y sin
separación, el mismo exactamente es Hijo de Dios e hijo del hombre.
Físicamente hijo de su madre, por razón de la humanidad; pero hijo propio
del Padre en las dos naturalezas. (C 352)
110.- La Iglesia cree
firmemente, confiesa y predica, que una persona de la Trinidad, verdadero
Dios, Hijo de Dios nacido del Padre, consustancial y coeterno con el
Padre, asumió una naturaleza verdadera y completa del seno inmaculado de
la Virgen María para la salvación del género humano, cuando se cumplió el
tiempo fijado por la profundidad inescrutable de los designios divinos, y
que fue tan estrecha la unidad personal con que se la unió, que cuanto en
esa unidad hay de divino no está separado del hombre; y cuanto hay de
humano no está separado de la divinidad. Sino que es uno mismo indiviso el
que es Dios y hombre, Hijo de Dios e hijo del hombre; igual al Padre por
razón de la divinidad, menor que el Padre por razón de la humanidad;
inmortal y eterno por su naturaleza divina, capaz de padecer y sujeto al
tiempo por la condición humana que tomó, dejando intactas las propiedades
de cada una de las dos naturalezas. (C 353)
4.- Nuevos problemas
111.- La divinidad de
Jesucristo no se prueba por los evangelios; es un dogma que la conciencia
cristiana ha deducido de la noción de Mesías. (C 354) (Proposición
condenada)
112.- Jesús, cuando ejercía su
ministerio, no hablaba con la intención de probar que él era el Mesías; ni
sus milagros tendían a demostrar que lo era. (C 355) (Proposición
condenada)
113.- Se puede conceder que el
Cristo que muestra la historia es muy inferior al Cristo que es objeto de
la fe. (C 356) (Proposición condenada)
114.- En todos los textos
evangélicos, el nombre de "Hijo de Dios" equivale tan sólo a "Mesías";
pero en ningún modo significa que en verdad y por naturaleza es Hijo de
Dios. (C 357) (Proposición condenada).
115.- La doctrina sobre Cristo
que enseña Pablo, Juan y los concilios de Nicea, Éfeso, Calcedonia, no es
la que enseñó Jesús, sino la que se formó de él la conciencia cristiana.
(C 358) (Proposición condenada)
116.- La doctrina sobre la
muerte expiatoria de Cristo no está en el Evangelio, sino sólo en Pablo.
(C 365) (Proposición condenada)
117.- Aun cuando nada impide
que se estudie más a fondo la humanidad de Cristo, incluso siguiendo los
métodos de la psicología, hay quienes en la investigación de estas
delicadas cuestiones abandonan más de lo justo las posiciones antiguas,
para construir otras nuevas, y utilizan mal la autoridad y la definición
de Calcedonia para apoyar sus propias ideas.
Éstos hablan del estado o de
la condición de la naturaleza humana de Cristo de tal manera, que parece
ser un sujeto sui iuris, como si no subsistiera en la persona del
mismo Verbo. Sin embargo, el concilio de Calcedonia afirma claramente, en
pleno acuerdo con el de Éfeso, que las dos naturalezas de nuestro Redentor
se unen "en una sola persona y subsistencia" y prohíbe suponer en Cristo
dos individuos, de forma que al lado del Verbo se coloque un homo
assumptus con plena autonomía. (C 366)
118.- A esta fe se oponen
manifiestamente aquellas opiniones que sostienen no estar revelado ni
claro, que el Hijo de Dios subsiste en la eternidad distinto del Padre y
del Espíritu Santo; y también las opiniones según las cuales habría que
desechar la idea de la única persona de Jesucristo, nacido del Padre antes
de todos los siglos según la naturaleza divina; y nacido en el tiempo de
María, según la naturaleza humana; y, finalmente, la aserción según la
cual existiría la humanidad de Jesús, no como asumida en la persona eterna
del Hijo de Dios, sino más bien en sí misma, como persona humana. Por
tanto, el misterio de Jesucristo consistiría en que Dios, revelándose de
un modo supremo, estaría presente en la persona humana de Jesús.
Los que tal piensan están muy
lejos de la verdadera fe en Cristo, aun cuando afirman que la presencia de
Dios en Jesús hace que él sea la suprema y última cima de la revelación. Y
no recuperan la verdadera fe en la divinidad de Cristo cuando añaden que
Jesús puede llamarse Dios, en cuanto que Dios está presente de un modo
supremo en lo que ellos llaman su persona humana. (C 367)
5.- Derivaciones de la
unión hipostática
119.- Sobre el pasaje de la
Escritura según el cual "ni el Hijo ni los ángeles conocen el día ni la
hora" (cf. Mc 13,32), Vuestra Santidad piensa muy justamente que no hay
que referirlo al Hijo en cuanto cabeza, sino en cuanto a su cuerpo que
somos nosotros... También dice [san Agustín]... que podría entenderse del
mismo Hijo, pues Dios omnipotente habla a veces al estilo humano, como
cuando dice a Abraham: "Ahora he conocido que temes a Dios" (Gén 22,12).
No es que Dios conociera entonces que era temido, sino que entonces hizo
conocer a Abraham que temía a Dios. Como nosotros hablamos de un día
alegre, no porque el día sea alegre en sí, sino porque nos hizo sentirnos
alegres; así también puede decir el Hijo omnipotente que ignora el día que
él mismo hace ignorar; no porque él lo ignore, sino porque en modo alguno
permite que se conozca.
Por eso se dice que sólo el
Padre lo sabe; porque el Hijo, consustancial al Padre en razón de su
naturaleza por la que es superior a los ángeles, sabe lo que los ángeles
ignoran. De ahí que puede dársele un sentido más sutil al pasaje, a saber:
que el Unigénito Hijo encarnado y hecho hombre perfecto por nosotros,
conoció el día y la hora del juicio en su naturaleza humana; pero no por
razón de su naturaleza humana. O sea, que lo conoció en ella; pero no por
razón de ella; puesto que fue por razón de su divinidad por lo que el Dios
hecho hombre conoció el día y la hora del juicio... Por esta razón es por
la que negó tener el conocimiento que no le correspondía por razón de su
naturaleza humana que lo hacía una creatura con los ángeles, lo mismo que
los ángeles, que son creaturas, tampoco lo tienen. En conclusión: el día y
la hora del juicio lo sabe el Dios-hombre; pero porque Dios es hombre. (C
368)
120.- Este conocimiento todo
lleno de amor, con el que nos acompañó nuestro divino Redentor desde el
primer momento de su encarnación, supera el más ardoroso esfuerzo de la
mente humana; puesto que por la visión bienaventurada de que gozaba apenas
concebido en el seno de la Madre de Dios, tiene constante y perpetuamente
presentes todos los miembros del Cuerpo místico y los abraza con su amor
redentor. (C 373)
121.- Así, pues, el Corazón de
nuestro Salvador presenta, en cierto modo, la imagen de la persona divina
del Verbo; y al mismo tiempo, de su doble naturaleza, humana y divina; de
forma que podemos considerarlo no sólo como un símbolo, sino como una
especie de compendio de todo el misterio de nuestra Redención. Cuando
adoramos al Sacratísimo Corazón de Jesús, adoramos en él y por él tanto el
amor increado del Verbo divino como su amor humano y sus demás afectos y
virtudes. Porque uno y otro amor fue el que movió a nuestro Redentor a
inmolarse por nosotros y por su esposa a la Iglesia universal, según la
frase del Apóstol: Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para
santificarla, purificándola por el baño del agua con la palabra de vida,
para presentársela a sí mismo esplendorosa, sin mancha ni arruga o algo
semejante, sino que fuera santa e inmaculada (Ef 5,25-27). (C 378)
122.- Aun cuando la
superabundante redención de Cristo de sobra nos ha perdonado todas las
ofensas (Col 2,13), sin embargo, por una admirable disposición de su
divina Sabiduría, que quiere que suplamos en nuestra carne lo que falta a
la pasión de Cristo, por su cuerpo que es la Iglesia (Col 1,24), no sólo
podemos, sino que debemos unir nuestras alabanzas y reparaciones a "las
que Cristo ofreció a Dios en nombre de los pecadores". (C 380)
123.- Pero tendremos que
recordar siempre, que toda la fuerza de expiación deriva del único
sacrificio cruento de Cristo, que se renueva incesantemente en nuestros
altares de un modo incruento, porque "la Víctima es exactamente la misma,
el mismo que entonces se ofreció a sí mismo sobre la cruz, es el que se
ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes; la única diferencia está
en la forma de ofrecer". (C 381)
124.- En realidad, el misterio
del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque
Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, de
Cristo el Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del
misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente al mismo hombre lo
que es el hombre y le descubre su altísima vocación. Nada, pues, tiene de
extraño que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo
su fuente y su punto culminante.
El mismo que es imagen de
Dios invisible (Col 1,15), es también hombre perfecto que restituyó a
la descendencia de Adán la semejanza divina deformada por el primer
pecado. Porque en él ha sido asumida la naturaleza humana, no absorbida;
y, por lo mismo, también en nosotros ha sido elevada a una dignidad sin
igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con
todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de
hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de
la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en
todo a nosotros, excepto en el pecado. (C 385)
125.- Cordero inocente, con la
entrega libérrima de su sangre nos mereció la vida. En Él Dios nos
reconcilió consigo y con nosotros y nos liberó de la esclavitud del diablo
y del pecado, por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el
Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gál
2,20). Padeciendo por nosotros, nos dio ejemplo para seguir sus pasos y,
además, abrió el camino, con cuyo seguimiento la vida y la muerte se
santifican y adquieren nuevo sentido.
El hombre cristiano,
conformado con la imagen del Hijo, que es el primogénito entre muchos
hermanos, recibe las primicias del Espíritu (Rom 8,23), las cuales
le capacitan para cumplir la ley nueva del amor. Por medio de este
Espíritu, que es prenda de la herencia (Ef 1,14), se restaura
internamente todo el hombre, hasta que llegue la redención del cuerpo
(Rom 8,23). Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los
muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los
muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por virtud de su
Espíritu que habita en vosotros (Rom 8,11). Para el cristiano es una
necesidad y un deber el luchar contra el mal al precio de muchas
tribulaciones, e incluso de padecer la muerte.
Pero asociado al misterio
pascual, configurado con la muerte de Cristo, llegará corroborado por la
esperanza a la resurrección.
Esto vale no solamente para
los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en
cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y
la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, divina.
En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la
posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este
misterio pascual.
Tal es y tan grande el
misterio del hombre que la revelación cristiana esclarece a los fieles.
Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que
fuera del Evangelio nos abruma. Cristo, resucitó, con su muerte destruyó
la muerte y nos dio la vida para que, hechos hijos en el Hijo, clamemos en
el Espíritu: ¡Abba, Padre! (C 386)
126.- Cristo Redentor...
revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es, si se puede expresar
así, la dimensión humana del misterio de la Redención. En esta dimensión
el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios
de su humanidad. En el misterio de la Redención el hombre es "confirmado"
y, en cierto modo, es nuevamente creado. ¡Él es creado de nuevo! "Ya no es
judío ni griego; ya no es esclavo ni libre; no es ni hombre ni mujer,
porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gál 3,28). El hombre que
quiere comprenderse en profundidad
–no solamente según criterios y
medidas de su vida, repentinas, parciales, muchas veces superficiales, e
incluso con una apariencia ficticia– debe acercarse a Cristo con su
inquietud e incertidumbre, con su debilidad y su maldad, con su vida y su
muerte. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe
"apropiarse" y asimilar toda la realidad de la encarnación y de la
redención para encontrarse a sí mismo. Si se actúa en él este hondo
proceso, el hombre dará frutos no sólo en la adoración a Dios, sino
también en la profunda admiración de sí mismo. ¡Qué valor debe tener el
hombre a los ojos del Creador, si "ha merecido tener tan grande Redentor",
si "Dios ha dado a su Hijo" a fin de que él, el hombre, "no muera sino que
tenga la vida eterna"! (cf. Jn 3,16)
En realidad, este enorme
estupor respecto al valor y a la dignidad del hombre se llama Evangelio,
es decir, Buena Nueva. Se llama también cristianismo. (C 391)
SÍNTESIS
1.- El misterio de Cristo
Cristo es verdadero Dios [91-93 110-115 117-119]
Es también verdadero hombre [91-93 117]
En él permanecen las dos naturalezas íntegras, la divina y la humana
[95-96]
Unidas en la única persona del Verbo [96 99-100 105 107 117]
Y manteniendo sus respectivas propiedades de ciencia propia, voluntad
propia y propia operación [107 108c]
2.- Derivaciones de la unión hipostática
Cristo es hijo natural de Dios [96 105]
Pero no es hijo adoptivo, ni siquiera por razón de la humanidad [94 109]
Las propiedades y acciones de las dos naturalezas de Cristo se atribuyen a
la única persona divina [98 103]
La humanidad de Cristo puede y debe ser adorada [97 121]
Su voluntad humana es impecable [95-96 99 106 108a]
En cuanto a la ciencia de su entendimiento humano, el magisterio se ha
expresado, aunque en documentos no definitorios [119-120]
3.- La misión de Cristo
Cristo es el mediador único ante el Padre [84 91 108a]
Él redimió a los hombres con el sacrificio de su cruz [84 117 122-123]
4.- Cristo resucitado
Cristo resucitó verdaderamente
[91 93]
Con su vida y resurrección
descubre la excelsa vocación del hombre [124-126]
Todos los fieles están unidos
en la unidad de su cuerpo [120]
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