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Parece conveniente que ahora,
al principio del curso escolar, nos detengamos siquiera un momento a reflexionar
sobre la oportunidad de las tareas escolares. Con seguridad, cada profesor tiene ya
formado un juicio al respecto, así como una práctica que sigue
invariablemente. Aunque sea esto así, no será de poco provecho conocer
otras opiniones acreditadas. La circunstancia de que haya pasado medio
siglo no resta valor a las que aquí ofrecemos al lector de Miscelánea
Calasanz, por más que sean no pocas
las diferencias entre los planes de estudios vigentes hoy y los de
entonces.
Hace cincuenta años ya el
legislador se expresaba en los términos siguientes: "Queda prohibido
encomendar a los alumnos trabajos para ejecutar fuera del Centro. Los que
con carácter excepcional se les encomienden se someterán a la previa
aprobación del Jefe de Estudios".
Había precedido la polémica
sobre los llamados deberes en Estados Unidos y aquí fue el diario
madrileño Ya el que se ocupó de abrir una encuesta entre
profesionales vinculados de una manera u otra a la educación. Las
respuestas de algunos de éstos son las que presentamos, convencidos de que
podrá sernos ventajoso conocerlas. Cerraba el final de la encuesta Ya
con la apostilla que sigue: "Si por mayoría
–y no multitudinaria, sino
entre selectos– se hubiesen de hacer las cosas, quedarían suprimidos de
todos los Centros de Enseñanza Media los mal llamados "deberes". La
encuesta ha mostrado que los "deberes" distan de contar con el asenso de
dirigentes de gran categoría de la docencia pública y privada en nuestro
país".
El lector hallará las líneas
que siguen en la Revista del Centro de Orientación Didáctica
Enseñanza Media, Madrid, Ministerio de Educación Nacional, 1958, núms.
21-23, págs. 44 y ss.
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mons. pascual galindo
Catedrático de Lengua y Literatura Latinas de la
Universidad de Madrid y Director del Instituto "Antonio de Nebrija"
Suponiendo al alumno todo el día en la "escuela"
(la que sea), no cabe que se lleven "deberes" para que "los hagan los
papás". Como no cabe la "moda" de que la escuela misma recomiende, para
después de las clases, un "profesor particular". La escuela tiene que
solucionarlo todo. El profesor (o profesora) no puede limitarse a "tomar
la lección" o a corregir los deberes con el "libro del maestro".
Se ha hablado de la supresión de las "oposiciones" (yo, no; con todos sus
defectos, es
–entre nosotros– el único medio
posible). También se "pregona" la supresión de los "exámenes" (doctor
Marañón). Si se suprimen los deberes, el resultado será fatal.
Suprimirlos, no; pero... que los hagan los alumnos... con el "maestro" en
"clase".
* * *
doña maría de los ángeles galino
Catedrática de
Historia de la Pedagogía de la Universidad de Madrid y Secretaria del
Instituto Nacional de Pedagogía
Los
escolares son personas, no sólo "cerebros". Así, los "deberes" han de
entenderse como posibilidades ofrecidas para que el estudiante pueda
afirmar su personalidad, aún incierta y desdibujada. Debe, pues,
prescindirse de las fastidiosas e
interminables series de ejercicios –que
muchas veces lo son más de paciencia que de otra cosa– para sugerir puntos
de reflexión o controversia capaces de interesar activamente al alumno. La
cuestión no puede estar tanto en suprimir el esfuerzo como en orientarlo
por cauces más valiosos.
Sólo por un lamentable
fetichismo pueden anteponerse de "manera habitual" las asignaciones
escolares al clima de afectuosa compenetración y al trato estimulante de
los niños con los demás miembros de la familia.
* * *
don víctor garcía hoz
Catedrático de
Pedagogía de la Universidad de Madrid y Director del Instituto Nacional de
Pedagogía
Parece
que casi todo el mundo está de acuerdo en que los estudiantes deben ir al
Instituto o al Colegio, recibir allí las explicaciones, estudiar allí
también y volver a casa completamente despreocupados de cualquier cuestión
de estudio o trabajo intelectual.
Hemos de reconocer que el abuso
del trabajo doméstico de los escolares explica, aunque no justifica, la
reacción contra los "deberes" casi general.
A nuestro juicio, el trabajo
doméstico no se puede suprimir sin daño para la formación del escolar.
¿Qué hará el estudiante acostumbrado a realizar su trabajo intelectual
sólo en el Colegio cuando haya de ir a la Universidad como estudiante
autónomo, en la que para seguir con éxito los cursos es necesario un
trabajo personal mucho más intenso que el que realiza en las mismas aulas
universitarias?
Esto no quiere decir que el
trabajo doméstico de los escolares pueda realizarse sin orden ni revisión
ninguna. No se puede admitir que, en gracia a los deberes, el chico se
quede sin tiempo de jugar ni de descansar, por lo cual es menester que
estos trabajos se realicen con cierta limitación. Por otra parte, también
está demostrado que los trabajos de casa, si dejan de ser revisados en la
escuela, resultan del todo inútiles. Otra razón para que no sean
excesivos.
Habría de recordarse también
que las características del trabajo escolar son distintas de las del
doméstico. Éste ha de ser más bien de orden creador y práctico, no
simplemente de aprendizaje o de repetición de lo que se haya hecho en la
escuela.
En resumen, el trabajo del
escolar en casa debe organizarse de tal modo que permita al mismo
descansar suficientemente y disfrutar de la vida de familia. Ni se ha de
considerar como una repetición de lo que se haga en la escuela, sino más
bien como un complemento práctico y de aplicación del trabajo escolar a la
vida corriente.
* * *
don antonio magariños
Catedrático y
Jefe de Estudios del Instituto "Ramiro de Maeztu"
Creo que
los trabajos en casa es la pista de despegue para la responsabilidad total
que el hombre estudioso ha de tener en la vida, tanto universitaria como
profesional. La concepción del Curso Preuniversitario responde a esta idea
y, desde luego, es discutible que este clima de responsabilidad se pueda
crear en un solo año. Lo que es absolutamente censurable es el agobio del
alumno, la desconexión de los profesores entre sí.
Quizá uno de los medios para
descongestionar el trabajo de los alumnos durante el curso sería el
aprovechamiento racional de las vacaciones de verano, que ahora duran tres
meses por lo menos (aparte del curso de Semana Santa y Navidad) sin "hacer
absolutamente nada", frente a los dos meses de los alumnos de Primera
Enseñanza de las escuelas públicas y rurales y los quince días de
vacaciones de un aprendiz de cualquier oficio, de edad similar a la de
nuestros alumnos de Bachillerato.
* * *
don josé lópez ibor
Catedrático de
Psicología en la Facultad de Medicina de Madrid
Yo creo
que los pedagogos estarán de acuerdo conmigo en que el trabajo escolar
fuera de las horas de Colegio no tiene justificación. Si un niño va desde
las ocho o nueve de la mañana al Colegio y vuelve a su casa alrededor de
las siete de la tarde, en todo ese
lapso hay más que suficiente para
incluir toda la jornada máxima de trabajo que es necesario. Lo que se
necesita es perfeccionar los libros y los métodos pedagógicos. No querer
convertir la educación en un cúmulo innecesario de conocimientos y
convertir a un niño de doce años en un pequeño erudito, sino educar su
inteligencia y formar su carácter. Éste es un problema que está en plena
crisis en el mundo, y más entre nosotros. Los conocimientos científicos se
han dilatado extraordinariamente, y, por consiguiente, hay que transformar
radicalmente la manera de enseñar. Es necesario establecer una jerarquía,
saber qué es lo que hay de permanente y de transitorio en todo lo que
pertenece a la vida intelectual. Muchos niños, después de tan larga
permanencia en los Colegios, llegan a la Universidad sin haber aprendido
precisamente esa, a estudiar. Después del Colegio el niño puede quedar
libre para alguna labor, incluso intelectual; pero ya autónoma,
independiente de lo que sea plan de enseñanza en el Colegio o simplemente
para su distracción.
* * *
don josé luis pinillos díaz
Profesor de
Psicología Social de la Universidad de Madrid
Desde
hace algún tiempo, el activismo va ganando terreno en nuestro país. En
numerosos círculos se considera que lo verdaderamente importante en esta
vida es "hacer cosas", moverse, organizar nuevas actividades, en suma, no
parar. A mi modo de ver, el exceso de deberes escolares constituye un
síntoma más, entre otros muchos, de este fenómeno social a que aludimos.
Desde el punto de psicológico,
la sobrecarga de trabajo y el exceso de deberes escolares son, por
supuesto, indefendibles. De hecho, ambas cosas infringen las leyes más
elementales de la motivación y el aprendizaje, y pueden perturbar
seriamente el equilibrio psíquico de las muchachos y las buenas relaciones
familiares. Lo peor de todo es que semejantes excesos de trabajo perturban
"inútilmente" la salud corporal y psicológica de los muchachos y de los
adultos. La naturaleza humana no es infinitamente plástica y, en realidad,
la mejor manera de dominarla es obedeciéndola. No por trabajar más horas
se rinde más; lo cierto es que a veces se rinde menos. Se rinde menos,
entre otras cosas, porque un exceso de deberes puede provocar en el niño
(o en el adulto) una conciencia de culpabilidad que le impide disfrutar de
lo que sabiamente el pueblo llama un descanso "bien ganado". Al no poder
cumplir con lo que se le exige, el muchacho queda necesariamente
frustrado, y ello provoca reacciones muy poco deseables.
En suma, con un criterio de
exigencias excesivas, lo que se logra no es un mayor rendimiento, sino
provocar o bien neurosis de ansiedad y obsesivas, o bien reacciones de
cinismo social.
* * *
don mariano yela
Catedrático de
Psicología de la Universidad de Madrid
El
trabajo realizado en casa puede contribuir a despertar y afianzar en el
niño y en el joven un sentimiento de responsabilidad, de colaboración
personal en el trabajo de la familia y a sentirse un miembro "importante"
en el hogar.
En este sentido, soy partidario
de los "deberes escolares". Pero con ciertas salvedades.
En primer lugar, os trabajos
que se encomienden deben adecuarse a la personalidad del alumno. El tipo
de trabajo, su cuantía y modo de efectuarse deben corresponder a la
edad,
a la organización escolar, a las oportunidades del hogar, a las
circunstancias particulares de cada caso. Deben estar en armonía con los
intereses y necesidades de cada edad: en íntima conexión con el juego, la
actividad motora y la intuición sensible, durante la niñez; más
relacionados, desde la adolescencia, con el sentido moral y social, el
espíritu de colaboración, el afán reflexivo y la expresión original; más
específicamente, en la juventud.
En segundo lugar y sobre todo,
hay que tener en cuenta que los "trabajos para casa" no tienen, en
general, el mismo fin que los trabajos realizados en el Centro de
enseñanza. Los "deberes" estrictamente escolares, el estudio de las
lecciones, los repasos, los ejercicios, etc., deben hacerse en sesiones
convenientemente preparadas en la Escuela o el Instituto.
El resto del tiempo son horas
libres y deben respetarse como tales. Los "deberes para casa", de
mantenerse, deben enseñar al alumno a disfrutar de esas horas libres, a
enriquecer su personalidad con su actividad en ellas; deben ayudarle a
desarrollar sus peculiares aptitudes, a extender sus aficiones, a explorar
la realidad natural y humana en las que vive; deben, en una palabra,
ayudarle a encontrarse libremente a sí mismo.
* * *
doña maría laura luque
Directora del
Instituto de Selección Escolar
El
Instituto de Selección Escolar tiene como norma que sus alumnos no lleven
trabajo escolar para realizar en casa, por diversas razones de orden
pedagógico, higiénico y familiar.
Los alumnos asisten el
Instituto en régimen de media pensión: de ocho cuarenta y
cinco de la mañana a
cinco treinta de la tarde, párvulos y primera enseñanza; de ocho cuarenta
y cinco de la mañana a siete treinta de la tarde, los de Enseñanza Media.
Confieso que a veces aun hay
que insistir cerca de algunos profesores en que no manden estudio ni
trabajo alguno para casa y vigilar a los niños con el mismo fin; para
conseguirlo más fácilmente, hasta se ha prohibido que los niños traigan
cartera.
En los comienzos del Instituto,
este criterio era difícilmente aceptado por la mayoría de los padres; hoy,
en general, es todo lo contrario.
Sí, hay que luchar: con los
becarios, que es el grupo más numeroso, y como son bien dotados (con un
cociente intelectual superior a 130), por el afán de conservar los
primeros puestos, desearían estudiar en casa; con los padres, para evitar
que continúen sus hijos el trabajo con profesor particular; las familias
han de aceptar esta norma; de lo contrario, el niño no ingresa o es dado
de baja. Si el alumno necesita "un puntal", como aquí decimos (nunca los
becarios), en alguna asignatura, el Instituto resuelve oportunamente el
caso.
No juzgo a los Colegios que
proceden de otra forma, puesto que no sé cómo nuestro Instituto resolvería
el problema de pasar de 20 a 50 o más discípulos por clase, y con mayor
número de enseñanzas que en otros Centros, pues aun los párvulos reciben
las de inglés, francés y alemán.
Creo que si se disminuyese el
número de discípulos; si la enseñanza no la recibiesen en forma de
conferencia, sino de diálogo; si se realizasen los trabajos manuales junto
con ellos: redacción, clasificaciones que cada asignatura exige, o la
clase-taller, como la denomina el señor Puig Adam, la enseñanza resultaría
amena e interesante, los conceptos serían más claramente comprendidos y
más fácilmente retenidos; se daría lugar a desarrollar la espontaneidad de
los escolares, su espíritu de observación e interés; en suma, tomar la
enseñanza no como fin, sino como medio de educación.
Las nuevas disposiciones
oficiales van encaminadas a este fin.
De todo esto dedúzcase las
funestas consecuencias de los trabajos hechos en casa, de los que somos
acérrimos enemigos: angustias del niño; preocupación de los padres, estén
o no capacitados para ayudar a los hijos; graves perjuicios para la salud
de los niños.
* * *
don luis ortiz muñoz
Ex-Subsecretario
de Educación Popular y Ex-Director General de Enseñanza Media y
actualmente Director del Instituto "Ramiro de Maeztu"
El
Instituto Ramiro de Maeztu juzga que es un deber del profesor no sólo dar
la clase, sino enseñar a estudiar al alumno. Desde 1942 establecimos la
clase-estudio, que no debía pasar de tres cuartos de hora, y en la que
había que iniciar a los alumnos en el estudio individual. Después se ha
alargado a hora y media. El profesor la distribuye como cree más oportuno,
pero siempre dando tiempo para que el alumno estudie por su cuenta.
El Ministerio ha establecido
esta unidad didáctica con duración de hora y cuarto. A nosotros, desde
luego, nos venía dando magnífico resultado. El profesor suele explicar,
después deja tiempo para el estudio y, por último, se hacen ejercicios
prácticos o "toma lección".
Los alumnos, pues, salvo casos
excepcionales, no deben hacer nada en sus casas.
El secreto fundamental es que
las clases no sobrepasen los cuarenta alumnos. Después, la coordinación
entre los diversos profesores. Aquí se reúnen en el Seminario didáctico.
Solemos tener tres unidades didácticas por la mañana y dos por la tarde.
Las de la tarde son las más suaves. |