LOS DEBERES ESCOLARES

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septiembre 07

 

Parece conveniente que ahora, al principio del curso escolar, nos detengamos siquiera un momento a reflexionar sobre la oportunidad de las tareas escolares. Con seguridad, cada profesor tiene ya formado un juicio al respecto, así como una práctica que sigue invariablemente. Aunque sea esto así, no será de poco provecho conocer otras opiniones acreditadas. La circunstancia de que haya pasado medio siglo no resta valor a las que aquí ofrecemos al lector de Miscelánea Calasanz, por más que sean no pocas las diferencias entre los planes de estudios vigentes hoy y los de entonces.

Hace cincuenta años ya el legislador se expresaba en los términos siguientes: "Queda prohibido encomendar a los alumnos trabajos para ejecutar fuera del Centro. Los que con carácter excepcional se les encomienden se someterán a la previa aprobación del Jefe de Estudios".

Había precedido la polémica sobre los llamados deberes en Estados Unidos y aquí fue el diario madrileño Ya el que se ocupó de abrir una encuesta entre profesionales vinculados de una manera u otra a la educación. Las respuestas de algunos de éstos son las que presentamos, convencidos de que podrá sernos ventajoso conocerlas. Cerraba el final de la encuesta Ya con la apostilla que sigue: "Si por mayoría –y no multitudinaria, sino entre selectos– se hubiesen de hacer las cosas, quedarían suprimidos de todos los Centros de Enseñanza Media los mal llamados "deberes". La encuesta ha mostrado que los "deberes" distan de contar con el asenso de dirigentes de gran categoría de la docencia pública y privada en nuestro país".

El lector hallará las líneas que siguen en la Revista del Centro de Orientación Didáctica Enseñanza Media, Madrid, Ministerio de Educación Nacional, 1958, núms. 21-23, págs. 44 y ss.

 

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mons. pascual galindo

Catedrático de Lengua y Literatura Latinas de la Universidad de Madrid y Director del Instituto "Antonio de Nebrija"

Suponiendo al alumno todo el día en la "escuela" (la que sea), no cabe que se lleven "deberes" para que "los hagan los papás". Como no cabe la "moda" de que la escuela misma recomiende, para después de las clases, un "profesor particular". La escuela tiene que solucionarlo todo. El profesor (o profesora) no puede limitarse a "tomar la lección" o a corregir los deberes con el "libro del maestro".

Se ha hablado de la supresión de las "oposiciones" (yo, no; con todos sus defectos, es –entre nosotros– el único medio posible). También se "pregona" la supresión de los "exámenes" (doctor Marañón). Si se suprimen los deberes, el resultado será fatal. Suprimirlos, no; pero... que los hagan los alumnos... con el "maestro" en "clase".

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doña maría de los ángeles galino

Catedrática de Historia de la Pedagogía de la Universidad de Madrid y Secretaria del Instituto Nacional de Pedagogía

Los escolares son personas, no sólo "cerebros". Así, los "deberes" han de entenderse como posibilidades ofrecidas para que el estudiante pueda afirmar su personalidad, aún incierta y desdibujada. Debe, pues, prescindirse de las fastidiosas e interminables series de ejercicios –que muchas veces lo son más de paciencia que de otra cosa– para sugerir puntos de reflexión o controversia capaces de interesar activamente al alumno. La cuestión no puede estar tanto en suprimir el esfuerzo como en orientarlo por cauces más valiosos.

Sólo por un lamentable fetichismo pueden anteponerse de "manera habitual" las asignaciones escolares al clima de afectuosa compenetración y al trato estimulante de los niños con los demás miembros de la familia.

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don víctor garcía hoz

Catedrático de Pedagogía de la Universidad de Madrid y Director del Instituto Nacional de Pedagogía

Parece que casi todo el mundo está de acuerdo en que los estudiantes deben ir al Instituto o al Colegio, recibir allí las explicaciones, estudiar allí también y volver a casa completamente despreocupados de cualquier cuestión de estudio o trabajo intelectual.

Hemos de reconocer que el abuso del trabajo doméstico de los escolares explica, aunque no justifica, la reacción contra los "deberes" casi general.

A nuestro juicio, el trabajo doméstico no se puede suprimir sin daño para la formación del escolar. ¿Qué hará el estudiante acostumbrado a realizar su trabajo intelectual sólo en el Colegio cuando haya de ir a la Universidad como estudiante autónomo, en la que para seguir con éxito los cursos es necesario un trabajo personal mucho más intenso que el que realiza en las mismas aulas universitarias?

Esto no quiere decir que el trabajo doméstico de los escolares pueda realizarse sin orden ni revisión ninguna. No se puede admitir que, en gracia a los deberes, el chico se quede sin tiempo de jugar ni de descansar, por lo cual es menester que estos trabajos se realicen con cierta limitación. Por otra parte, también está demostrado que los trabajos de casa, si dejan de ser revisados en la escuela, resultan del todo inútiles. Otra razón para que no sean excesivos.

Habría de recordarse también que las características del trabajo escolar son distintas de las del doméstico. Éste ha de ser más bien de orden creador y práctico, no simplemente de aprendizaje o de repetición de lo que se haya hecho en la escuela.

En resumen, el trabajo del escolar en casa debe organizarse de tal modo que permita al mismo descansar suficientemente y disfrutar de la vida de familia. Ni se ha de considerar como una repetición de lo que se haga en la escuela, sino más bien como un complemento práctico y de aplicación del trabajo escolar a la vida corriente.

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don antonio magariños

Catedrático y Jefe de Estudios del Instituto "Ramiro de Maeztu"

Creo que los trabajos en casa es la pista de despegue para la responsabilidad total que el hombre estudioso ha de tener en la vida, tanto universitaria como profesional. La concepción del Curso Preuniversitario responde a esta idea y, desde luego, es discutible que este clima de responsabilidad se pueda crear en un solo año. Lo que es absolutamente censurable es el agobio del alumno, la desconexión de los profesores entre sí.

Quizá uno de los medios para descongestionar el trabajo de los alumnos durante el curso sería el aprovechamiento racional de las vacaciones de verano, que ahora duran tres meses por lo menos (aparte del curso de Semana Santa y Navidad) sin "hacer absolutamente nada", frente a los dos meses de los alumnos de Primera Enseñanza de las escuelas públicas y rurales y los quince días de vacaciones de un aprendiz de cualquier oficio, de edad similar a la de nuestros alumnos de Bachillerato.

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don josé lópez ibor

Catedrático de Psicología en la Facultad de Medicina de Madrid

Yo creo que los pedagogos estarán de acuerdo conmigo en que el trabajo escolar fuera de las horas de Colegio no tiene justificación. Si un niño va desde las ocho o nueve de la mañana al Colegio y vuelve a su casa alrededor de las siete de la tarde, en todo ese lapso hay más que suficiente para incluir toda la jornada máxima de trabajo que es necesario. Lo que se necesita es perfeccionar los libros y los métodos pedagógicos. No querer convertir la educación en un cúmulo innecesario de conocimientos y convertir a un niño de doce años en un pequeño erudito, sino educar su inteligencia y formar su carácter. Éste es un problema que está en plena crisis en el mundo, y más entre nosotros. Los conocimientos científicos se han dilatado extraordinariamente, y, por consiguiente, hay que transformar radicalmente la manera de enseñar. Es necesario establecer una jerarquía, saber qué es lo que hay de permanente y de transitorio en todo lo que pertenece a la vida intelectual. Muchos niños, después de tan larga permanencia en los Colegios, llegan a la Universidad sin haber aprendido precisamente esa, a estudiar. Después del Colegio el niño puede quedar libre para alguna labor, incluso intelectual; pero ya autónoma, independiente de lo que sea plan de enseñanza en el Colegio o simplemente para su distracción.

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don josé luis pinillos díaz

Profesor de Psicología Social de la Universidad de Madrid

Desde hace algún tiempo, el activismo va ganando terreno en nuestro país. En numerosos círculos se considera que lo verdaderamente importante en esta vida es "hacer cosas", moverse, organizar nuevas actividades, en suma, no parar. A mi modo de ver, el exceso de deberes escolares constituye un síntoma más, entre otros muchos, de este fenómeno social a que aludimos.

Desde el punto de psicológico, la sobrecarga de trabajo y el exceso de deberes escolares son, por supuesto, indefendibles. De hecho, ambas cosas infringen las leyes más elementales de la motivación y el aprendizaje, y pueden perturbar seriamente el equilibrio psíquico de las muchachos y las buenas relaciones familiares. Lo peor de todo es que semejantes excesos de trabajo perturban "inútilmente" la salud corporal y psicológica de los muchachos y de los adultos. La naturaleza humana no es infinitamente plástica y, en realidad, la mejor manera de dominarla es obedeciéndola. No por trabajar más horas se rinde más; lo cierto es que a veces se rinde menos. Se rinde menos, entre otras cosas, porque un exceso de deberes puede provocar en el niño (o en el adulto) una conciencia de culpabilidad que le impide disfrutar de lo que sabiamente el pueblo llama un descanso "bien ganado". Al no poder cumplir con lo que se le exige, el muchacho queda necesariamente frustrado, y ello provoca reacciones muy poco deseables.

En suma, con un criterio de exigencias excesivas, lo que se logra no es un mayor rendimiento, sino provocar o bien neurosis de ansiedad y obsesivas, o bien reacciones de cinismo social.

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don mariano yela

Catedrático de Psicología de la Universidad de Madrid

El trabajo realizado en casa puede contribuir a despertar y afianzar en el niño y en el joven un sentimiento de responsabilidad, de colaboración personal en el trabajo de la familia y a sentirse un miembro "importante" en el hogar.

En este sentido, soy partidario de los "deberes escolares". Pero con ciertas salvedades.

En primer lugar, os trabajos que se encomienden deben adecuarse a la personalidad del alumno. El tipo de trabajo, su cuantía y modo de efectuarse deben corresponder a la edad, a la organización escolar, a las oportunidades del hogar, a las circunstancias particulares de cada caso. Deben estar en armonía con los intereses y necesidades de cada edad: en íntima conexión con el juego, la actividad motora y la intuición sensible, durante la niñez; más relacionados, desde la adolescencia, con el sentido moral y social, el espíritu de colaboración, el afán reflexivo y la expresión original; más específicamente, en la juventud.

En segundo lugar y sobre todo, hay que tener en cuenta que los "trabajos para casa" no tienen, en general, el mismo fin que los trabajos realizados en el Centro de enseñanza. Los "deberes" estrictamente escolares, el estudio de las lecciones, los repasos, los ejercicios, etc., deben hacerse en sesiones convenientemente preparadas en la Escuela o el Instituto.

El resto del tiempo son horas libres y deben respetarse como tales. Los "deberes para casa", de mantenerse, deben enseñar al alumno a disfrutar de esas horas libres, a enriquecer su personalidad con su actividad en ellas; deben ayudarle a desarrollar sus peculiares aptitudes, a extender sus aficiones, a explorar la realidad natural y humana en las que vive; deben, en una palabra, ayudarle a encontrarse libremente a sí mismo.

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doña maría laura luque

Directora del Instituto de Selección Escolar

El Instituto de Selección Escolar tiene como norma que sus alumnos no lleven trabajo escolar para realizar en casa, por diversas razones de orden pedagógico, higiénico y familiar.

Los alumnos asisten el Instituto en régimen de media pensión: de ocho cuarenta y cinco de la mañana a cinco treinta de la tarde, párvulos y primera enseñanza; de ocho cuarenta y cinco de la mañana a siete treinta de la tarde, los de Enseñanza Media.

Confieso que a veces aun hay que insistir cerca de algunos profesores en que no manden estudio ni trabajo alguno para casa y vigilar a los niños con el mismo fin; para conseguirlo más fácilmente, hasta se ha prohibido que los niños traigan cartera.

En los comienzos del Instituto, este criterio era difícilmente aceptado por la mayoría de los padres; hoy, en general, es todo lo contrario.

Sí, hay que luchar: con los becarios, que es el grupo más numeroso, y como son bien dotados (con un cociente intelectual superior a 130), por el afán de conservar los primeros puestos, desearían estudiar en casa; con los padres, para evitar que continúen sus hijos el trabajo con profesor particular; las familias han de aceptar esta norma; de lo contrario, el niño no ingresa o es dado de baja. Si el alumno necesita "un puntal", como aquí decimos (nunca los becarios), en alguna asignatura, el Instituto resuelve oportunamente el caso.

No juzgo a los Colegios que proceden de otra forma, puesto que no sé cómo nuestro Instituto resolvería el problema de pasar de 20 a 50 o más discípulos por clase, y con mayor número de enseñanzas que en otros Centros, pues aun los párvulos reciben las de inglés, francés y alemán.

Creo que si se disminuyese el número de discípulos; si la enseñanza no la recibiesen en forma de conferencia, sino de diálogo; si se realizasen los trabajos manuales junto con ellos: redacción, clasificaciones que cada asignatura exige, o la clase-taller, como la denomina el señor Puig Adam, la enseñanza resultaría amena e interesante, los conceptos serían más claramente comprendidos y más fácilmente retenidos; se daría lugar a desarrollar la espontaneidad de los escolares, su espíritu de observación e interés; en suma, tomar la enseñanza no como fin, sino como medio de educación.

Las nuevas disposiciones oficiales van encaminadas a este fin.

De todo esto dedúzcase las funestas consecuencias de los trabajos hechos en casa, de los que somos acérrimos enemigos: angustias del niño; preocupación de los padres, estén o no capacitados para ayudar a los hijos; graves perjuicios para la salud de los niños.

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don luis ortiz muñoz

Ex-Subsecretario de Educación Popular y Ex-Director General de Enseñanza Media y actualmente Director del Instituto "Ramiro de Maeztu"

El Instituto Ramiro de Maeztu juzga que es un deber del profesor no sólo dar la clase, sino enseñar a estudiar al alumno. Desde 1942 establecimos la clase-estudio, que no debía pasar de tres cuartos de hora, y en la que había que iniciar a los alumnos en el estudio individual. Después se ha alargado a hora y media. El profesor la distribuye como cree más oportuno, pero siempre dando tiempo para que el alumno estudie por su cuenta.

El Ministerio ha establecido esta unidad didáctica con duración de hora y cuarto. A nosotros, desde luego, nos venía dando magnífico resultado. El profesor suele explicar, después deja tiempo para el estudio y, por último, se hacen ejercicios prácticos o "toma lección".

Los alumnos, pues, salvo casos excepcionales, no deben hacer nada en sus casas.

El secreto fundamental es que las clases no sobrepasen los cuarenta alumnos. Después, la coordinación entre los diversos profesores. Aquí se reúnen en el Seminario didáctico. Solemos tener tres unidades didácticas por la mañana y dos por la tarde. Las de la tarde son las más suaves.

 

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