–Verba movent, exempla
trahunt. Las palabras mueven, los ejemplos arrastran
–nos repetía el padre Teófanes.
Había sido el padre Teófanes de
Diego profesor de Teodicea en la Facultad de Filosofía de la Universidad
Pontificia de Comillas. En el momento al que alcanzan mis recuerdos era el
padre espiritual de los más pequeños –cargo que con anterioridad y notable
provecho ya había desempeñado– y daba algunas clases de Religión, Latín y
Filosofía.
Nos exhortaba el jesuita con
ello a llevar vida ejemplar, por que no fuese nuestra predicación vana palabrería,
sino acción edificante; que obras son amores y no buenas razones. Y la frasecita iba grabándose en
aquellas cabecitas infantiles y modelando los corazones de aquellos
pequeños gramáticos en quienes
apenas había nacido la malicia.
Bien sabía el padre Teófanes lo que decía;
como que no hay principio pedagógico más incontrovertible que éste. Y esto
es así porque en el niño, y todavía en el adolescente en modo notable, y
ya menos en el hombre adulto, la imitación desempeña un papel fundamental
en el aprendizaje. Esto lo sabe bien el educador.
Por ello, habrá de encontrar su
fundamento nuestra actividad educativa no tanto en las buenas palabras y
recomendaciones, sino en nuestra propia actitud. Seamos, pues, modelo de
sanas costumbres, ejemplo vivo de sabia conducta, dechado de virtudes, y
no sólo depósito de máximas –no importa lo elevadas que sean– de
comportamiento. Que las más saludables exhortaciones, cuando no llegan de
la mano de una eficaz y visible vivencia, no encuentran acogida; antes
bien, se toman por engañosas e interesadas. Tengamos, consecuentemente,
buen cuidado con lo que decimos. Más aún con lo que hacemos, no sea que se
diga que somos de quienes ensanchan las filacterias y alargan las orlas
del su manto.
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ultrajado en sus derechos, le rogamos nos lo haga saber a fin de que tal
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