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Dos líneas nada más para
presentar al autor del texto que aquí trasladamos. El Siervo de
Dios monseñor Fulton Sheen nació en El Paso, Illinois, en 1885, y
murió con 84 años el 9 de diciembre de 1979. Arzobispo de Nueva York,
monseñor Sheen supo llegar "a miles de personas con sus retransmisiones
radiofónicas y televisivas", en decir del cardenal arzobispo de Bombay
Ivan Dias.
De su obra, incluimos en estas
páginas el análisis ponderado que hace de las diferencias, base de su
complementariedad, entre el hombre y la mujer en su libro El primer
amor del mundo, que dedica a "La Mujer que yo amo", no otra que "La
Mujer Elegida en la que Dios soñara aun antes de que la tierra fuera
creada".
¿Y por qué? Convenía sin género ninguno de
duda que la mujer se liberara de no pocas ataduras que la tenían sometida,
a veces en un denigrante servilismo, al varón. Se hacía necesaria la
igualación, la confluencia de los sexos en favor de un reconocimiento práctico de su
afirmada identidad sustancial. En estos tiempos en
que la precisa emancipación de la mujer es ya un logro efectivo, al menos
en el mundo occidental, en donde la igualdad jurídica, política y social
se hacen notar a cada paso, lo que particularmente se evidencia entre
nosotros con la reciente promulgación de la Ley Orgánica para la
Igualdad Efectiva de Mujeres y Hombres; en estos momentos, digo, es preciso traer a la
memoria que, sin embargo, hay unas saludables diferencias entre el hombre
y la mujer, diferencias que en modo alguno pueden borrar feminismos de
salón y barricada que, más que elevar a la mujer, la envilecen. A esto esperamos que
contribuya la palabra de monseñor Sheen.
Podrán encontrarse las líneas que siguen, las cuales forman parte del capítulo
doce del libro, en Mons. Fulton J. Sheen, El primer amor del mundo,
traducción del Dr. Carlos Juan Vega, Buenos Aires, Difusión, 1953, págs.139
y ss.
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La
primera diferencia en la relación hombre-mujer puede ser comprendida en
términos de una distinción filosófica entre inteligencia y razón,
hecha ya por santo Tomás de Aquino, y que salvó a sus seguidores de caer
en errores como los de Henri Bergson. La inteligencia es superior a la
razón. Los Ángeles tienen inteligencia, pero carecen de razón.
Inteligencia es comprensión inmediata, y en el dominio del
conocimiento es mejor expuesta con la palabra "ver". Cuando una mente
dice: "Veo", significa que capta y comprende. Razón, en cambio,
indica más lentitud, es mediata más bien que inmediata. No procede de un
salto sino por sus pasos una a uno. Estos pasos, en el proceso de
razonamiento, son triples: mayor, menor, conclusión.
Aplicando la distinción al
hombre y la mujer, generalmente es cierto que la naturaleza del hombre es
más racional, y la de la mujer más intelectual. Esto último es lo que
habitualmente se entiende al decir "intuición". La mujer es más lenta para
amar, porque para ella el amor debe estar rodeado por una totalidad de
sentimientos, afectos y garantías. El hombre es más impulsivo, anhela
placeres y satisfacciones, a veces hasta fuera de la debida relación. Para
la mujer debe haber un lazo vital de relación entre ella y el ser al que
ama. El hombre está más en la periferia, en los bordes, y no ve toda la
personalidad de ella envuelta en sus placeres. La mujer anhela unidad; el
hombre anhela placer.
En la consideración más
racional, frecuentemente el hombre se ve completamente desconcertado ante
las "razones de la mujer". Para él son difíciles de seguir, porque no son
susceptibles de ser derribadas, analizadas, descartadas. Sobrevienen como
"un conjunto,
un todo"; sus conclusiones obstaculizan sin ninguna base
aparente. Los argumentos parecen dejarla a ella completamente fría. Esto
no involucra decidir quién tiene razón, porque cualquiera de los dos
temperamentos puede estar en lo cierto bajo circunstancias diferentes. En
el proceso judicial de Nuestro Señor, la mujer intuitiva, Claudia, estaba
en lo cierto, y estaba equivocado su práctico esposo, Poncio Pilato. Como
político, éste se centró, como piedra básica, en la opinión pública; ella,
en cambio, hizo hincapié en la justicia, porque ante sus ojos el Divino
Prisionero era "un hombre justo". Esta "inmediatez" de conclusión
frecuentemente puede hacer que una mujer esté equivocada, no tenga razón,
como sucedió en el caso de la esposa de Zebedeo, cuando urgió a Nuestro
Señor a fin de disponer que sus hijos estuvieran uno a su diestra y otro a
su siniestra cuando Él llegara a su Reino. Poco o nada vio ella que antes
habría de ser apurado un cáliz de amargos sufrimientos, porque la Ley y la
Razón Divinas han dictaminado que "nadie será coronado con el premio a
menos que antes haya luchado".
Hay una segunda diferencia
entre reinar y gobernar. El hombre gobierna el hogar, pero es la mujer la
que reina en él. El gobierno se relaciona a la justicia; el reinado se
relaciona al amor. En lugar de ser el hombre y la mujer opuestos, en el
sentido de contrarios, se complementan más propiamente uno a otro, como lo
entendió su Creador cuando dijo: "No es bueno para el hombre que esté
solo". En la antigua leyenda griega narrada por Platón, se dice que el
primer ser humano fue un compuesto de hombre y mujer, y que por algún gran
delito cometido contra Dios esa creatura fue dividida, siguiendo cada uno
un camino diverso, y destinados ambos a no ser felices sino cuando se
reunieran nuevamente en los Campos Elíseos.
El libro del Génesis revela
que el pecado original creó una tensión entre el hombre y la mujer,
tensión que es solucionada en principio cuando ambos, en el Nuevo
Testamento, llegan a ser "una carne" y un símbolo de la unidad de Cristo y
su Iglesia. Así pues, esa armonía existirá entre el hombre y la mujer,
cuando cada uno complemente, en el haber del otro, la medida de que
carece, en quietud y movimiento.
Normalmente el hombre es más
sereno que la mujer, más absorbente de los choques diarios de la vida,
menos perturbable por cosas sin importancia. Mas, por otra parte, en las
grandes crisis de la vida es la mujer la que, a causa de su suave y gentil
potencialidad para reinar, puede ofrendar gran consuelo al hombre en sus
perturbaciones y dificultades. Cuando el hombre se siente triste,
inquieto, agitado por los remordimientos o rencores, ella aporta
seguridad, ánimo y consuelo. Así como la superficie del océano es agitada
y removida, pero las grandes profundidades permanecen en calma, así en las
grandes catástrofes que que afectan al alma la mujer es la profundidad y
el hombre la superficie.
La tercera diferencia consiste
en que la mujer halla menos reposo en la mediocridad que el hombre. Cuanto
más una persona se apega a lo práctico, lo concreto, lo monetario y
material, más se torna indiferente su alma respecto de los grandes
valores, y en particular respecto del Sumo Amante. Nada embota tanto al
alma como la contabilidad, y sólo lo material puede ser contabilizado. La
mujer es más idealista, se satisface menos por un largo período de tiempo
con lo material, se desilusiona más prestamente con lo carnal. Es ella más
anfibia que el hombre en el sentido de que se mueve con gran
facilidad en ambas zonas: la materia y el espíritu. La tan repetida
aseveración de que la mujer es más religiosa que el hombre, tiene algún
fundamento en la verdad, pero sólo en cuanto que la naturaleza de ella es
más dispuesta a lo ideal. La mujer tiene una medida mayor de Eternal, y el
hombre de Temporal, de tiempo, pero ambos son esenciales para un universo
encarnado, en el que la Eternidad abrazó al Tiempo en un establo de Belén.
Cuando hay descenso a un grado igual de vicio, siempre es mayor el
escándalo causado por la mujer que por el hombre. Nada exhibe una mayor
profanación de algo sagrado que una mujer borracha. La llamada "doble
norma moral" que no existe y que carece de base ética, realmente se basa
en el inconsciente impulso del hombre a considerar a la mujer como
defensora y conservadora de los ideales, aun cuando él mismo fracase en
vivir de acuerdo a ellos.
Nunca podrá haber un donante
sin un don. Esto sugiere la cuarta diferencia. El hombre es generalmente
el donante; la mujer el don. El hombre tiene; la mujer es.
El hombre tiene sentimiento; la mujer es sentimiento. El hombre teme
morir; la mujer está temerosa de no vivir. Ella no es feliz a menos que
efectúe la doble donación: primero de ella misma al hombre, luego de ella
misma a la posteridad en forma de hijos. Esta cualidad de inmolación, a
causa de que involucra la totalidad del propio ser, hace que una mujer
aparezca menos heroica que el hombre. Éste concentra sus pasiones de amor
en dos grandes puntos focales. Cuando hay un súbito estallido de amor, lo
mismo que en una batalla, es coronado héroe, inmediatamente; la mujer, sin
embargo, identifica al amor con la existencia y distribuye su autoofrenda
mediante la vida. A causa de la multiplicación de sus sacrificios parece
ella tener menos de héroe, su distribución diaria de energías vitales al
servicio de los demás, hace que ninguno de sus actos resalte
extraordinariamente. Puede ser que la mujer sea capaz de mayores
sacrificios que el hombre, no sólo porque ella misma es don, o lo mismo
que entrega, sino también porque al ver los objetivos más bien que los
medios, y los destinos a venir más bien que el presente, avizora la perla
de gran valor en cuyas aras está bien sacrificar intereses menores.
Estas diferencias no son
opuestos irreconciliables, más bien son cualidades complementarias. Adán
necesitó acompañante y Eva fue creada: "Carne de su carne y hueso de sus
huesos". Las diferencias funcionales correspondieron con ciertas
diferencias psíquicas y de carácter, que hicieron el cuerpo del uno en
relación al otro como el violín y el arco, y el espíritu del uno al otro
como el poema y el metro.
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