¡HACIA DIOS!

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junio 07

 

Septuagenario ya, pronuncia Max Planck una conferencia cuyo tema, Religión y ciencia natural (Religion und Naturwissenschaft), sorprende viniendo de un profesor universitario y científico. En ella trata el catedrático de Física teórica de la Universidad de Berlín de "arrojar alguna luz sobre la pregunta de si [...] la verdadera convicción religiosa es compatible con los conocimientos transmitidos por la ciencia de la naturaleza".

Hoy, cuando aún quedan en el seno de la Iglesia timoratos e ignorantes que, ante el aparato con que se divulgan los avances científicos y las alharacas con que se patentiza su vasto alcance, creen que se tambalea su fe; y cuando sigue habiendo enemigos encarnizados de la Iglesia, cuyas verdades quieren mostrar al mundo como erróneas y contrarias a las que la ciencia va desvelando, hoy –digo– sigue siendo necesario, lamentablemente, recordar a los hombres de buena fe que nada a la Iglesia arredra y que ninguna contradicción puede haber entre aquellas verdades que la fe nos enseña y las que la ciencia nos prueba.

En esta situación –nada nueva, por cierto–, el testimonio del físico alemán tiene el mismo vigor que hace setenta años. Por esto lo traemos a estas páginas. Es la palabra de un científico que resueltamente reconoce que, aunque sean distintos los caminos de la religión y la ciencia, ambas, en contienda constante contra sus comunes enemigos, van hacia una misma meta. Aunque, por otra parte, no podemos estar conformes con la idea que tiene Planck de la religión, no pierde nada de su valor esta profesión de fe del nobel.

Las líneas que siguen, últimas de la antedicha conferencia –que se recoge en la edición que manejamos como "Religión y ciencia"–, las puede encontrar el lector en Max Planck, Autobiografía científica y últimos escritos, prólogo a la edición española de Alberto Galindo Tixaire, Madrid, Nivola, 2000.

 

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En cualquier dirección que miremos, por muy lejos que alcance nuestra mirada, en ninguna parte encontraremos contradicción entre la religión y la ciencia de la naturaleza, sino, al contrario, pleno acuerdo por lo que respecta precisamente a los puntos decisivos. La religión y la ciencia de la naturaleza no se excluyen una a otra, como algunos de nuestros contemporáneos creen o temen, sino que se complementan y condicionan mutuamente. La prueba más directa de la compatibilidad entre la religión y la ciencia de la naturaleza, capaz de superar incluso el más minucioso examen crítico, la constituye el hecho histórico de que precisamente los más grandes científicos de todos los tiempos, hombres como Kepler, Newton o Leibniz, estuvieron penetrados de profunda religiosidad. En la aurora de nuestra civilización, quienes practicaban la ciencia de la naturaleza estaban vinculados a –e incluso Max Planck (1858-1947)eran ellos mismos– los guardianes de la religión. La más antigua de las ciencias naturales aplicadas, la medicina, estaba en manos de los sacerdotes; y todavía en la Edad Media, la investigación científica se llevaba a cabo en las celdas de los monjes. Más tarde, con el progresivo refinamiento y ramificación de la cultura, los caminos de la religión y la ciencia de la naturaleza se fueron separando poco a poco de manera cada vez más pronunciada, como correspondía al carácter diferente de las tareas al servicio de las cuales estaba cada una de ellas.

En efecto, de igual forma que no se puede sustituir el saber específico y la competencia en una materia por una convicción cosmovisional, tampoco es posible decidir a partir de conocimientos meramente racionales la posición que se debe adoptar ante cuestiones éticas. Pero los dos caminos no son divergentes, sino que tienen recorridos paralelos y terminan encontrándose en el lejano infinito, en una meta común.

Nada ayuda tanto a entender esto cabalmente como el continuado esfuerzo por comprender de manera cada vez más profunda la naturaleza y los retos del conocimiento científico, por un lado, y de la fe religiosa, por otro. Con ello se irá haciendo manifiesto con creciente claridad, que, a pesar de que sus métodos son diferentes –la ciencia trabaja sobre todo con la razón; la religión, con el sentimiento–, el sentido de sus respectivas tareas y la dirección en que éstas progresan se hallan en perfecto acuerdo.

La religión y la ciencia de la naturaleza libran conjuntamente una batalla permanente y que nunca cede en intensidad contra el escepticismo y el dogmatismo, contra la increencia y la superstición, y en esta batalla la consigna que indica hacia dónde dirigirse ha sido y seguirá siendo: "¡Hacia Dios!".

 

miscelánea calasanz

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