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Septuagenario ya, pronuncia Max Planck una conferencia
cuyo tema, Religión y ciencia natural (Religion und
Naturwissenschaft), sorprende viniendo de un profesor universitario y
científico. En ella trata el catedrático de Física
teórica de la Universidad de Berlín de "arrojar alguna luz sobre la
pregunta de si [...] la verdadera convicción religiosa es compatible con
los conocimientos transmitidos por la ciencia de la naturaleza".
Hoy, cuando aún quedan en el
seno de la Iglesia timoratos e ignorantes que, ante el aparato con que se
divulgan los avances científicos y las alharacas con que se patentiza su
vasto alcance, creen que se tambalea su fe; y cuando sigue habiendo
enemigos encarnizados de la Iglesia, cuyas verdades quieren mostrar al
mundo como erróneas y contrarias a las que la ciencia va desvelando, hoy
–digo– sigue siendo necesario,
lamentablemente, recordar a los hombres de buena fe que nada a la Iglesia
arredra y que ninguna contradicción puede haber entre aquellas verdades
que la fe nos enseña y las que la ciencia nos prueba.
En esta situación –nada nueva,
por cierto–, el testimonio del físico alemán tiene el mismo vigor que hace
setenta años. Por esto lo traemos a estas páginas. Es la palabra de un
científico que resueltamente reconoce que, aunque sean distintos los
caminos de la religión y la ciencia, ambas, en contienda constante contra
sus comunes enemigos, van hacia una misma meta. Aunque, por otra parte, no podemos estar conformes con la idea que tiene Planck de la
religión, no pierde nada de su valor esta profesión de fe del nobel.
Las líneas que siguen, últimas
de la antedicha conferencia –que se recoge en la edición que manejamos
como "Religión y ciencia"–, las puede encontrar el lector en Max Planck,
Autobiografía científica y últimos escritos, prólogo a la edición
española de Alberto Galindo Tixaire, Madrid, Nivola, 2000.
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En
cualquier dirección que miremos, por muy lejos que alcance nuestra mirada,
en ninguna parte encontraremos contradicción entre la religión y la
ciencia de la naturaleza, sino, al contrario, pleno acuerdo por lo que
respecta precisamente a los puntos decisivos. La religión y la ciencia de
la naturaleza no se excluyen una a otra, como algunos de nuestros
contemporáneos creen o temen, sino que se complementan y condicionan
mutuamente. La prueba más directa de la compatibilidad entre la religión y
la ciencia de la naturaleza, capaz de superar incluso el más minucioso
examen crítico, la constituye el hecho histórico de que precisamente los
más grandes científicos de todos los tiempos, hombres como Kepler, Newton
o Leibniz, estuvieron penetrados de profunda religiosidad. En la aurora de
nuestra civilización, quienes practicaban la ciencia de la naturaleza
estaban vinculados a
–e incluso
eran
ellos mismos– los guardianes de la religión. La más antigua de las
ciencias naturales aplicadas, la medicina, estaba en manos de los
sacerdotes; y todavía en la Edad Media, la investigación científica se
llevaba a cabo en las celdas de los monjes. Más tarde, con el progresivo
refinamiento y ramificación de la cultura, los caminos de la religión y la
ciencia de la naturaleza se fueron separando poco a poco de manera cada
vez más pronunciada, como correspondía al carácter diferente de las tareas
al servicio de las cuales estaba cada una de ellas.
En efecto, de igual forma que
no se puede sustituir el saber específico y la competencia en una materia
por una convicción cosmovisional, tampoco es posible decidir a partir de
conocimientos meramente racionales la posición que se debe adoptar ante
cuestiones éticas. Pero los dos caminos no son divergentes, sino que
tienen recorridos paralelos y terminan encontrándose en el lejano
infinito, en una meta común.
Nada ayuda tanto a entender
esto cabalmente como el continuado esfuerzo por comprender de manera cada
vez más profunda la naturaleza y los retos del conocimiento científico,
por un lado, y de la fe religiosa, por otro. Con ello se irá haciendo
manifiesto con creciente claridad, que, a pesar de que sus métodos son
diferentes –la ciencia trabaja sobre todo con la razón; la religión, con
el sentimiento–, el sentido de sus respectivas tareas y la dirección en
que éstas progresan se hallan en perfecto acuerdo.
La religión y la ciencia de la
naturaleza libran conjuntamente una batalla permanente y que nunca cede en
intensidad contra el escepticismo y el dogmatismo, contra la increencia y
la superstición, y en esta batalla la consigna que indica hacia dónde
dirigirse ha sido y seguirá siendo: "¡Hacia Dios!".
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