EN LA HUMEDAD DEL ALBOR

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Ha venido a parar ahora a mis manos. Se trata de un librito que excede en unas pocas el centenar de páginas. En la sobrecubierta, el retrato en blanco y negro de un niño que, la cara vuelta sobre el hombro derecho, el pelo intencionadamente descuidado sobre la frente, me mira con una sonrisa que aprieta su boca. Sobre el fondo negro, el resplandeciente rostro infantil, el brillo de las cadenas del turíbulo y  la veste blanca. En el interior, en la hoja de respeto, escrita a pluma, una dedicatoria en letra redonda de trazo claro y limpio: † Para D.ª Delfina Cubillas, afectuosamente: Ramón Cué, S.J.

Y me encuentro, la mirada más allá de las nubes blancas de esta mañana de junio, Nubes blancas de esta mañana de junio...recitando:

Se llamaba Ramonín

y quiso ser cura, pero...

Dios se lo llevó primero

para hacerle un serafín.

¿Cuándo aprendí estos versos que ahora dibujan apenas mis labios en el aire silencioso? Y los recuerdos brotan desde mi niñez lejana entre aromas de nostalgia.

Es el padre Elceario de Escalante –venerables barbas blancas capuchinas– y es un escolar que estrena bachillerato y graba en su memoria las dulces rimas de cristal, porcelana y rosas de la Elegía de Ramonín.

El padre Elceario y un niño que desde el aula mira curioso en la espadaña de la iglesia las palomas. ¿Sabes? Tienen querencia –alarga las sílabas el capuchino– al campanario. Y la palabra se le entraña al rapacejo. Hoy al hombre la palabra le vuelve henchida de connotaciones que se funden sugestivamente. Y es abrigo de navegante, albergue de peregrino, refugio en montaña, segura ensenada, claustro materno...

El padre Elceario, pacientemente sentado ante el órgano, y un escolano, confundido entre la muchachería del coro, que sin entender muy bien entona ya un ora pro nobis, ya un orate pro nobis respondiendo al oficiante que desgrana la letanía de los santos.

El padre Elceario –sus manos, lirios blancos– y un arrapiezo, monaguillo que lee enigmáticos latines en el altar de la Divina Pastora. En los dedos pálidos, la hostia blanca. Acerca el fraile su rostro a la sagrada forma: Hooooc. Algo se conmociona –es muy alto el misterio– en el interior del religioso, que vuelve a depositar la forma sobre la patena y purifica sus dedos inmaculados en los corporales. Y nuevamente la toma y la frase que nace en su corazón llega, envuelta en insondable secreto, a los oídos infantiles: Hoc est enim Corpus meum...

Murió el padre Elceario de Escalante y se fue a celebrar perpetua eucaristía entre los ángeles. ¿Y aquel niño? ¿Aquel niño que aprendía versos y asombraba su corazón con palabras apenas comprendidas? ¿Aquel niño que soñaba con palomas blancas ante el altar? ¿Qué se hizo de él? ¿Adónde volaron sus sueños? Murió. También él murió. Sólo dejó desvanecidos recuerdos que renacen en este amanecer con nubes de junio. Sólo eso: el recuerdo. Azorín ha acertado a llamarlo con delicada metáfora: la fragancia del vaso.

Cierro los ojos –entre las manos, Mi primera Misa, del padre Ramón Cué– y aspiro imágenes lejanas en la humedad del albor.

Ramón Cubillas

 

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