EL DESCANSO VERANIEGO

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junio 07

 

Recuerdo al padre Páramo de aquellos años que pasé allá arriba, en la Cardosa. Era de cuerpo menudo, cabello enteramente blanco, ojos claros y mirada transparente y afable. Hombre inquieto y de gran actividad, trabajaba incansable y a diario se le podía ver en la villa de Comillas, donde realizaba importante labor pastoral.

Escribo estas líneas mientras escucho el Miserere Miserere mei Deus secundum magnam misericordiam tuam– de Allegri –bastaría esta composición  para consolar al hombre de todas sus tribulaciones– y se siente uno movido a abandonarse y deslizarse por la suave y grata pendiente del recuerdo. Mas no, que es otro nuestro objeto.

Vacías ya por completo aquellas aulas, en las cuales ya no volverían a sonar más latines, con la clausura del Seminario Menor, allí continuó infatigable, sin embargo, el anciano profesor de Sagrada Escritura sus días y su trabajo.

Fruto de ese trabajo es el artículo que aquí traemos y da título a este archivo. Es el último de un total de cinco, "especialmente dirigidos a los jóvenes y niños estudiantes y a los padres de familia primeros responsables de la buena educación de sus hijos", que recoge el autor bajo el epígrafe "Laboriosidad". Espero que las sugerentes reflexiones a las que invita te ayuden al gozo santo del descanso veraniego.

Lo tomamos de Cultura Bíblica y Religiosa, por el P. Severiano del Páramo, S.J., profesor emérito de Sagrada Escritura en la Universidad Pontificia de Comillas, volumen IX, Comillas, Seminario Pontificio, 1978, págs. 76-77.

 

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Una de las razones que justifican y aun recomiendan el descanso de las vacaciones veraniegas, es la salud del cuerpo, tan estrechamente unida a la del espíritu. El autor inspirado del libro del Eclesiástico nos ofrece una serie de consideraciones sobre la salud corporal, que completadas por la doctrina evangélica, pueden ser de algún provecho al cristiano de nuestros días.

Ante todo afirma el autor sagrado que mejor es pobre sano y fuerte, que rico, enfermo y débil (30,14). La base del bienestar físico, paz interna y alegría, que hace al hombre disfrutar de los bienes materiales de esta vida, es la salud corporal. Si ésta falla, para nada sirven las riquezas de este mundo y para muchos es preferible la muerte, que libra al hombre de los males y sufrimientos de este destierro. Por eso el sagrado autor añade: no hay riqueza que valga lo que la salud del cuerpo. De ahí que buscar el descanso y cese de nuestras actividades físicas durante las vacaciones de verano, sea un remedio recomendable para recobrar las energías perdidas y renovar nuestro espíritu para el futuro trabajo que nos espera.

Pero advirtamos que el autor inspirado añade: no hay bien como el gozo del corazón. El fundamento sólido para disfrutar de los bienes pasajeros de esta vida, es la paz interior del espíritu, que no se concibe sino en la tranquilidad espiritual de la buena conciencia, basada en la ausencia del pecado y en la unión íntima y familiar con Dios por el cumplimiento de su santa ley.

No son únicamente las enfermedades del cuerpo las que pueden turbar la paz que buscamos en las vacaciones estivales, existen también estados de ánimo, circunstancias Universidad Pontificia de Comillassociales, políticas, familiares o personales, que crean en el alma un estado de incertidumbre y preocupaciones, que oscurecen el horizonte de nuestro futuro y le ensombrecen con la tristeza, enfermedad grave del alma, que acelera la hora de la muerte. Con razón, pues, añade: echa lejos de ti la tristeza, porque mató a muchos y no hay utilidad en ella (v. 25). Y el autor de los Proverbios dice: corazón alegre hace buen cuerpo, la tristeza seca los huesos (17,22). Con estas palabras nos aconseja que mantengamos un ánimo fuerte para soportar los males presentes y un sano optimismo para sobrellevar y vencer las adversidades venideras.

Estas consideraciones del autor sagrado del Antiguo Testamento, son como un preludio de la doctrina que Cristo nos enseñó en el sermón de las bienaventuranzas, cuando insiste en la confianza que debemos tener en la misericordia de Dios, nuestro Padre: buscad primero el reino y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura (Mt 6,33).

 

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