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Recuerdo al padre Páramo de
aquellos años que pasé allá arriba, en la Cardosa. Era de cuerpo menudo, cabello
enteramente blanco, ojos claros y mirada transparente y afable. Hombre
inquieto y de gran actividad, trabajaba incansable y a diario se le podía
ver en la
villa de Comillas, donde realizaba importante labor pastoral.
Escribo estas líneas mientras
escucho el Miserere –Miserere mei Deus secundum
magnam misericordiam tuam– de Allegri –bastaría esta composición para consolar al hombre de todas sus
tribulaciones– y se siente uno movido a abandonarse y deslizarse por la
suave y grata pendiente del recuerdo. Mas no, que es otro nuestro objeto.
Vacías ya por completo aquellas
aulas, en las cuales ya no volverían a sonar más latines, con la clausura
del Seminario Menor, allí continuó infatigable, sin embargo, el anciano
profesor de Sagrada Escritura sus días y su trabajo.
Fruto de ese trabajo es el
artículo que aquí traemos y da título a este archivo. Es el último de un
total de cinco, "especialmente dirigidos a los jóvenes y niños estudiantes
y a los padres de familia primeros responsables de la buena educación de
sus hijos", que recoge el autor bajo el epígrafe "Laboriosidad". Espero
que las sugerentes reflexiones a las que invita te ayuden al gozo santo
del descanso veraniego.
Lo tomamos de Cultura
Bíblica y Religiosa, por el P. Severiano del Páramo, S.J., profesor
emérito de Sagrada Escritura en la Universidad Pontificia de Comillas,
volumen IX, Comillas, Seminario Pontificio, 1978, págs. 76-77.
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Una de
las razones que justifican y aun recomiendan el descanso de las vacaciones
veraniegas, es la salud del cuerpo, tan estrechamente unida a la del
espíritu. El autor inspirado del libro del Eclesiástico nos ofrece una
serie de consideraciones sobre la salud corporal, que completadas por la
doctrina evangélica, pueden ser de algún provecho al cristiano de nuestros
días.
Ante todo afirma el autor
sagrado que mejor es pobre sano y
fuerte, que rico, enfermo y débil (30,14). La base del bienestar
físico, paz interna y alegría, que hace al hombre disfrutar de los bienes
materiales de esta vida, es la salud corporal. Si ésta falla, para nada
sirven las riquezas de este mundo y para muchos es preferible la muerte,
que libra al hombre de los males y sufrimientos de este destierro. Por eso
el sagrado autor añade: no hay
riqueza que valga lo que la salud del cuerpo. De ahí que buscar el
descanso y cese de nuestras actividades físicas durante las vacaciones de
verano, sea un remedio recomendable para recobrar las energías perdidas y
renovar nuestro espíritu para el futuro trabajo que nos espera.
Pero advirtamos que el autor
inspirado añade: no hay bien como
el gozo del corazón. El fundamento sólido para disfrutar de los
bienes pasajeros de esta vida, es la paz interior del espíritu, que no se
concibe sino en la tranquilidad espiritual de la buena conciencia, basada
en la ausencia del pecado y en la unión íntima y familiar con Dios por el
cumplimiento de su santa ley.
No son únicamente las
enfermedades del cuerpo las que pueden turbar la paz que buscamos en las
vacaciones estivales, existen también estados de ánimo, circunstancias
sociales,
políticas, familiares o personales, que crean en el alma un estado de
incertidumbre y preocupaciones, que oscurecen el horizonte de nuestro
futuro y le ensombrecen con la tristeza, enfermedad grave del alma, que
acelera la hora de la muerte. Con razón, pues, añade:
echa lejos de ti la tristeza,
porque mató a muchos y no hay utilidad en ella (v. 25). Y el autor
de los Proverbios dice: corazón
alegre hace buen cuerpo, la tristeza seca los huesos (17,22). Con
estas palabras nos aconseja que mantengamos un ánimo fuerte para soportar
los males presentes y un sano optimismo para sobrellevar y vencer las
adversidades venideras.
Estas consideraciones del
autor sagrado del Antiguo Testamento, son como un preludio de la doctrina
que Cristo nos enseñó en el sermón de las bienaventuranzas, cuando insiste
en la confianza que debemos tener en la misericordia de Dios, nuestro
Padre: buscad primero el reino y su
justicia, y todo eso se os dará por añadidura (Mt 6,33).
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