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Es en esta ocasión Thomas Merton quien
presta a los lectores de Miscelánea Calasanz su palabra, verbo de
fe y esperanzado.
Antes, cuatro datos escuetos
para situar a nuestro autor. Nacido en Francia en
1915, azares le llevan a Inglaterra, Bermudas, Estados Unidos... Será
aquí, en la Universidad de Columbia, donde culmine sus estudios
universitarios, iniciados en Cambridge. Profesor universitario de inglés,
en 1938 se convierte al catolicismo. Tres años más tarde, ingresa, como
monje trapense, en la abadía de Nuestra Señora de Gethsemaní, en Kentucky.
Posteriomente, en 1949, es ordenado sacerdote. Un accidente trunca su vida
en Bangkok y muere el 10 de diciembre de 1968, el día en que se cumplen
veintisiete años de su ingreso en la abadía. Sus restos descansan en su
convento de Gethsemaní bajo una sencilla cruz trebolada en que se lee: Fr.
Louis Merton
died
dic.
10. 1968.
Activo partidario de la paz y
del entendimiento entre las religiones –particularmente mostró interés por
el budismo, en especial en sus últimos años–, soñador de una utopía
pacifista, antirracista y con aspiraciones a la concordia
interreligiosa, se dio a conocer con el libro autobiográfico La montaña
de los siete círculos, aparecido en 1948, de resonante éxito. A esta
obra, siguen otros muchos títulos (Las aguas de Siloé, 1949; El
signo de Jonás, 1953; Los hombres no son islas, 1955; Las
islas extranjeras, 1957; Pensamientos de la soledad, 1958;
El hombre nuevo, 1961; El camino de Chuang Tzu, 1965, etc.)
que hacen de Merton un original pensador con una importante influencia
espiritual –lamentablemente y debido a ese sueño utópico, no siempre
feliz– en el siglo pasado.
El fragmento que incluimos en
esta página de Miscelánea Calasanz forma parte del libro
Diálogos con el Silencio, libro constituido, como declara el editor en
la Introducción, por una selección entresacada de las numerosas oraciones
y los más numerosos dibujos aparecidos ya en otras obras de Merton o inéditos.
En él, la voz de Merton –alguien le ha llamado "profeta ermitaño y
público"–, con surgir de
la crisis histórica de su tiempo –él mismo habla repetidamente de ella:
"vivimos en crisis", "estamos viviendo en la mayor revolución de la
historia", "la
crisis del actual momento histórico… Mi vida entera ha sido modelada por
esta crisis"–, o precisamente
por ello, con tierna mansedumbre se dirige mística y confiada, desde su
soledad amada, a lo alto levantando una amorosa plegaria que es bálsamo de
consuelo en un mundo lleno de corazones trabajados. Se trata de verdaderos
diálogos en los que, inicialmente, sólo se oye la palabra de Merton. Pero
por debajo, callada, íntima, suena la palabra amante del Silencio.
El texto, ya lo hemos dicho,
pertenece a la obra
de Thomas Merton Diálogos con el Silencio. Oraciones y dibujos,
edición de Jonathan Montaldo, Santander, Sal Terrae, 2005, pág. 111, que
vio la luz inicialmente en 2001 con el título Dialogues with Silence.
Encarecidamente
invitamos a la lectura de este libro, manantial de descubrimientos
espirituales, pues seguro se hacen patentes los deseos que en la
Introducción expresa el editor: "Que estas oraciones y dibujos, diálogos
de Thomas Merton con el silencio, sean de provecho para todas aquellas
personas lo bastante sabias como para saber que ya ni siquiera saben
adónde van. Que quienes no saben orar y quienes todavía oran, pero sin
esperanza, encuentren coraje en estas páginas. Que todos cuantos se ven
obligados a viajar en la noche encuentren consuelo en ellas. Que todos
cuantos suspiran por Dios descubran en estas páginas que Dios suspira por
ellos apasionadamente".
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No tengo esperanza alguna, Señor, sino en tu Cruz.
Tú, con tu humildad, tus
sufrimientos
y tu muerte me has librado de toda vana esperanza. Tú has dado muerte en
Ti mismo a la vanidad de la vida presente y me has dado a mí todo cuanto
es eterno resucitando de entre los muertos.
Mi
esperanza está en lo que ojo alguno vio jamás. No me permitas, pues,
confiar en recompensas visibles. Mi esperanza está en lo que el corazón
humano no puede sentir. No me permitas, pues, confiar en los sentimientos
de mi corazón. Mi esperanza está en lo que mano alguna tocó jamás. No me
permitas, pues, confiar en lo que puedo aferrar con mis dedos, porque la
Muerte me hará soltar mi presa, y mi vana esperanza se habrá esfumado.
Hazme confiar en tu misericordia, no en mí mismo. Hazme esperar en tu
amor, no en la salud, ni en la fuerza, ni en la habilidad ni en los
recursos humanos.
Si
confío en Ti, todo lo demás será para mí fuerza, salud y sustento. Todo me
conducirá al cielo. Si no confío en Ti, todo servirá para mi destrucción.
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