LA ESPERANZA DE THOMAS MERTON

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abril 08

 

Es en esta ocasión Thomas Merton quien presta a los lectores de Miscelánea Calasanz su palabra, verbo de fe y esperanzado.

Antes, cuatro datos escuetos para situar a nuestro autor. Nacido en Francia en Thomas Merton (1915-1968)1915, azares le llevan a Inglaterra, Bermudas, Estados Unidos... Será aquí, en la Universidad de Columbia, donde culmine sus estudios universitarios, iniciados en Cambridge. Profesor universitario de inglés, en 1938 se convierte al catolicismo. Tres años más tarde, ingresa, como monje trapense, en la abadía de Nuestra Señora de Gethsemaní, en Kentucky. Posteriomente, en 1949, es ordenado sacerdote. Un accidente trunca su vida en Bangkok y muere el 10 de diciembre de 1968, el día en que se cumplen veintisiete años de su ingreso en la abadía. Sus restos descansan en su convento de Gethsemaní bajo una sencilla cruz trebolada en que se lee: Fr. Louis Merton  died dic. 10. 1968.

Activo partidario de la paz y del entendimiento entre las religiones –particularmente mostró interés por el budismo, en especial en sus últimos años–, soñador de una utopía pacifista, antirracista y con aspiraciones a la concordia interreligiosa, se dio a conocer con el libro autobiográfico La montaña de los siete círculos, aparecido en 1948, de resonante éxito. A esta obra, siguen otros muchos títulos (Las aguas de Siloé, 1949; El signo de Jonás, 1953; Los hombres no son islas, 1955; Las islas extranjeras, 1957; Pensamientos de la soledad, 1958;  El hombre nuevo, 1961; El camino de Chuang Tzu, 1965, etc.) que hacen de Merton un original pensador con una importante influencia espiritual –lamentablemente y debido a ese sueño utópico, no siempre feliz– en el siglo pasado.

El fragmento que incluimos en esta página de Miscelánea Calasanz forma parte del libro Diálogos con el Silencio, libro constituido, como declara el editor en la Introducción, por una selección entresacada de las numerosas oraciones y los más numerosos dibujos aparecidos ya en otras obras de Merton o inéditos. En él, la voz de Merton –alguien le ha llamado "profeta ermitaño y público"–, con surgir de la crisis histórica de su tiempo –él mismo habla repetidamente de ella: "vivimos en crisis", "estamos viviendo en la mayor revolución de la historia", "la crisis del actual momento histórico… Mi vida entera ha sido modelada por esta crisis"–, o precisamente por ello, con tierna mansedumbre se dirige mística y confiada, desde su soledad amada, a lo alto levantando una amorosa plegaria que es bálsamo de consuelo en un mundo lleno de corazones trabajados. Se trata de verdaderos diálogos en los que, inicialmente, sólo se oye la palabra de Merton. Pero por debajo, callada, íntima, suena la palabra amante del Silencio.

El texto, ya lo hemos dicho, pertenece a la obra de Thomas Merton Diálogos con el Silencio. Oraciones y dibujos, edición de Jonathan Montaldo, Santander, Sal Terrae, 2005, pág. 111, que vio la luz inicialmente en 2001 con el título Dialogues with Silence. Portada del libro de Merton Diálogos con el Silencio, Sal TerraeEncarecidamente invitamos a la lectura de este libro, manantial de descubrimientos espirituales, pues seguro se hacen patentes los deseos que en la Introducción expresa el editor: "Que estas oraciones y dibujos, diálogos de Thomas Merton con el silencio, sean de provecho para todas aquellas personas lo bastante sabias como para saber que ya ni siquiera saben adónde van. Que quienes no saben orar y quienes todavía oran, pero sin esperanza, encuentren coraje en estas páginas. Que todos cuantos se ven obligados a viajar en la noche encuentren consuelo en ellas. Que todos cuantos suspiran por Dios descubran en estas páginas que Dios suspira por ellos apasionadamente".

 

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No tengo esperanza alguna, Señor, sino en tu Cruz. Tú, con tu humildad, tus La Esperanza, fresco de Giotto. Capilla de los Scrovegni (Padua).sufrimientos y tu muerte me has librado de toda vana esperanza. Tú has dado muerte en Ti mismo a la vanidad de la vida presente y me has dado a mí todo cuanto es eterno resucitando de entre los muertos.

Mi esperanza está en lo que ojo alguno vio jamás. No me permitas, pues, confiar en recompensas visibles. Mi esperanza está en lo que el corazón humano no puede sentir. No me permitas, pues, confiar en los sentimientos de mi corazón. Mi esperanza está en lo que mano alguna tocó jamás. No me permitas, pues, confiar en lo que puedo aferrar con mis dedos, porque la Muerte me hará soltar mi presa, y mi vana esperanza se habrá esfumado.

Hazme confiar en tu misericordia, no en mí mismo. Hazme esperar en tu amor, no en la salud, ni en la fuerza, ni en la habilidad ni en los recursos humanos.

Si confío en Ti, todo lo demás será para mí fuerza, salud y sustento. Todo me conducirá al cielo. Si no confío en Ti, todo servirá para mi destrucción.

 

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