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A
cualquiera que sea algo conocedor de la vida santanderina del primer
tercio del pasado siglo, seguro que le dice muchas cosas el nombre de D.
Adolfo Cobo y Polanco. Oriundo del valle del Pas, cursó estudios en el
Instituto de Santander y, posteriormente, universitarios en Madrid, donde
se licenció en Derecho. Sin embargo, la posición económica desahogada en
la que lo dejaron sus padres, don Adolfo y doña Casilda, le permitió vivir
en un piso del Muelle sin tener que dedicarse a otra cosa más que a sus
aficiones: la lectura, la música y el cultivo de la amistad (don Manuel Pombo, doña Ana Pelayo, don Sixto Córdova y Oña y la abuela materna –me
enorgullece decirlo– de quien escribe estas líneas).
Fruto
de esta amistad es alguna pieza musical dedicada a mi abuela, cuyo
manuscrito conservo. Y a ella, igualmente, se debe el hecho de que hoy
obre en mi poder esta piececita dramática, hasta la fecha inédita, que
sale aquí a la luz.
Lo
cierto es que no puede decirse que fuera dilatada –a lo que yo sé– la obra
literaria de don Adolfo, fallecido sin descendencia en el año de 1941. Sin
embargo, colaboró, ocasionalmente y con distintos pseudónimos –no fue
nunca amigo de aparecer como figurante en la farándula de la vida–, en los
periódicos de la época, muy especialmente en La Montaña, que salía
de los tórculos en la lejana Cuba. Esta obrita que hoy ofrecemos como
primicia al lector, así como otras tres que de él conservo (Lances de
fortuna, Las caballerizas del rey y Quítame allá esas pajas),
junto con algunos artículos que a mis manos han llegado, me permiten
considerar a don Adolfo Cobo y Polanco como un escritor ameno, fresco,
puntual observador, con facilidad de penetrar el alma de los personajes y
con hondo sentido de la justicia.
Destinada esta breve obra dramática de denuncia social a ser radiada –era a la sazón mi
abuela, doña Delfina Cubillas, locutora en Radio Santander–, no logró
nunca, por razones obvias, su objetivo; cosa por
la cual durmió el sueño de los justos hasta la fecha de hoy, en que se
rescata.
Ojalá
haya quien lleve a cabo una recopilación de cuanto produjo don Adolfo,
puesto que bien se merece ser editado, por más que sea su obra de desigual
estilo y diverso mérito.
Y, sin
más preámbulo, paso a transcribir Sombra de hombre. Escena al vivo.
Ramón Cubillas
*
* * * * * *
SOMBRA DE
HOMBRE
Escena al
vivo
DON JOSÉ.
MATEO.
DEXIO.
HIGINIO
VOCES DEL PUEBLO.
UNA SOMBRA
La acción transcurre en Santander,
burgués y provinciano
ESCENA
ÚNICA
Es una tarde de noviembre. El sol, fuera, ya ha caído y la noche inicia su
carrera. Comienzan a sentirse los fríos de otoño. El escenario representa
un despacho decimonónico. Anaqueles llenos de libros nunca leídos que
desprenden un alérgico olor a humedad y polvo acumulado que se abre camino
a través de la nariz produciendo un molesto cosquilleo. La luz mortecina y
amarilla que generan dos lámparas, se refleja oscilante en la calva de don
José y deja casi en la oscuridad lo más de la habitación, cueva de
mercaderes o guarida de ladrones. El lugar más noble del despacho lo ocupa
un lienzo con el retrato de un hombre de pobladas patillas a lo Prim en el
que, a duras penas, se lee en letras desvaídas: D. José Rodríguez de la
Reguera y Sánchez Arjona. A su izquierda, un poco más abajo, un
daguerrotipo ofrece la imagen de la entrada de la fábrica exhibiendo,
sobre la robusta arcada de ladrillo, un ostentoso rótulo en hierro
forjado: Curtidos Vaticinio. Y debajo, en caracteres igualmente
aparatosos: Sacrificio y oficio. DON JOSÉ bien podría pasar por
modelo fisiognómico de Lombroso. DON JOSÉ, labios estrechos, nariz
afilada, ojos raquíticos que bailan inquietos de un lado a otro tras los
lentes en montura de acero, tiene cara de raposo.
DON JOSÉ
La donna é mobile qual piuma al vento…
El rostro de DON JOSÉ es una mueca imbécil, entre distraída y
ensimismada, mientras canturrea con voz atiplada y apenas audible. Fuera,
hipa una aburrida sirena asmática. DON JOSÉ parece haber
hecho repentinamente un gran descubrimiento.
DON JOSÉ
Mateo, coja una cuartilla y tome nota.
MATEO, hombre espátula, parece zancuda vieja. MATEO no ha tenido
tiempo ni para procrear ni para casarse, empeñado en hacer unos duros para
su jubilación, que ni alcanzan nunca, ni llega jamás por un fatal destino
que el mismo MATEO no se explica. MATEO cierra
cuidadosamente el libro mayor en el que está trabajando y saca de un cajón
unas cuartillas.
MATEO
A su
servicio, don José. Mande usted, don José.
DON JOSÉ
Escriba. A la Águeda, por los servicios prestados durante el pasado
ejercicio, seis duros. A Segundo, por lo que él sabe y yo sé y los dos nos
callamos, nueve duros. ¿Lo tiene?
MATEO
Sí,
don José. A Segundo, nueve duros.
DON JOSÉ
Bien, bien, continúe. A Plácido…
Dos golpes de nudillos tímidos, como dados con sordina, interrumpen el
dictado de DON JOSÉ, que frunce el entrecejo y, acompañando
sus palabras con un gesto cesáreo, se vuelve, el dedo índice levantado,
hacia MATEO, en quien hasta ahora no había puesto sus ojos de
ratón.
DON JOSÉ
Mateo, vaya usted a ver quién es.
MATEO
Sí,
don José. Ahora mismo, don José.
MATEO, desgalichado, avanza con torpeza hacia la puerta, que abre con
cautela. Cuchichea algo ininteligible y, tras cerrar con mucha suavidad,
se vuelve hacia DON JOSÉ.
MATEO
Es Dexio,
que viene con Higinio, que dicen que quieren hablar con usted, don José. ¿Les
digo que se vayan?
DON JOSÉ
No,
no, por Dios, Mateo. ¿Cómo dice usted eso? Que entren. Veamos qué quieren.
MATEO
Que
dice don José que paséis, que a ver qué queréis. Pero ya sabéis, ¿eh?
Rapidito, rapidito. Que don José tiene muchas cosas en la cabeza como para
que vengáis a molestarle con vuestras minucias. Ahora mismo me estaba
dictando una carta para el Presidente de la Diputación muy importante.
DON JOSÉ
Vamos, vamos, que pasen, que no tenemos todo el día.
MATEO
Ya
habéis oído. Así que a despachar pronto y a la calle.
DEXIO e HIGINIO muestran en su rostro arrugado toda la serena nobleza
del pobre. Cuando miran cara a cara, en sus ojos brillan la verdad y la
dignidad. Las tribulaciones no han dejado más que surcos profundos en la
frente tras los que se manifiesta la franqueza. Parecen santos sacados de
algún cuadro de Ribalta. DEXIO e HIGINIO entran temerosos
en el despacho y se sitúan ante la mesa de DON JOSÉ a una
prudente distancia, en tanto MATEO vuelve a su escritorio con
cierto aire suficiente. En la voz de DEXIO hay un cierto temblor
como de lámpara de acetileno.
DEXIO
Buenas tardes, don José. ¿Da usted su permiso?
DON JOSÉ
Sí,
sí, claro, claro. Pasen, pasen ustedes. Pero no se queden ahí… Tomen
asiento: ya saben que esta es su casa… ¿Qué? ¿Qué tal la familia, Dexio?
DEXIO e HIGINIO avanzan pudorosos y, sacudiendo la trasera de sus
pantalones de mahón, se sientan, recto el dorso, separado del respaldo,
los ojos vueltos hacia el suelo, sin osar levantar la vista hacia DON
JOSÉ. Dos moscas revolotean por la habitación, se separan, se acercan,
se aparean fugaz e intensamente y vuelven a apartarse veloces una de otra.
DEXIO
Pues, mire usted, don José… Leopoldín, el mayor, hecho todo un hombre;
trabajando ya a sus catorce años. Y la Brígida, la parienta, pues, como
siempre, con su tu…
DON
JOSÉ, con un tono que quiere ser amistoso, interrumpe y ahoga la frase
de DEXIO, que queda anudada en su garganta y frustrada en sus
labios.
DON JOSÉ
Bien, bien, me alegro, hijo, me alegro. ¿Y qué de bueno los trae por aquí?
DEXIO
Pues, bueno…, es que yo venía por lo mío…, es que con tantas medicinas…
DON JOSÉ
Pero, a ver, a ver, Dexio, ¿qué es lo suyo? Sea un poco más explícito,
hombre, no tenga ningún reparo, ya sabe que yo soy como un padre para
usted.
DEXIO
Pues, es el caso que… unos atrasillos… y que, si usted bien pudiera…
DON JOSÉ
Veamos, que me entere yo bien. O sea, que dice que se le debe algún dinero
y que quiere cobrarlo. ¿He entendido bien?
El frío de la calle ha irrumpido en la estancia como un trallazo. Las
manos de DEXIO retuercen nerviosas la deslucida gorra. En el
silencio se oye como un taladro el acompasado tictac de un reloj.
DEXIO se encoge sobre sí y balbuce.
DEXIO
Bueno… yo… solo si usted quisiera… Yo no quiero molestarle, don José.
Pero…
DON JOSÉ
A
ver, Mateo, mire qué se le debe a Dexio, si es que se le debe algo.
DEXIO
Es
que el otro día, en el sermón, don Romualdo…
DON JOSÉ
Ya
estamos con don Romualdo. Pues, sepa usted que ese don Romualdo no es más
que un cureja que debía estar en los infiernos. ¡Un anarquista! Y
cualquier día se encontrará con la horma de su zapato. Hasta es posible
que sea yo mismo quien le corte los vuelos al tal don Romualdo.
DEXIO
..
que según el Papa…
DON JOSÉ
No,
no, sino haga usted caso a los curas y verá cómo le luce el pelo. Don
Romualdo… Valiente garañón está hecho. ¡Garañonazo! ¡Bujarrón!
DEXIO
…
que retener los bienes ajenos…
DON JOSÉ
Mejor sería que despidiera a esa barragana que alberga en su casa y se
dedicara a lo suyo: misas y breviario, breviario y misas. Y menos meterse
en política revolucionando a los pobres obreros. No, no, sino hágale usted
caso, hágaselo…
DEXIO
…
inmoral…
DON JOSÉ
Y el
Papa… El Papa que se esté en Roma, que harto bien vive allí… Y que se deje
de monsergas. Que repartamos, que repartamos… ¡Que reparta él! Pero eso,
no, ¡qué va! Él iba a repartir… Sí, sí… ¡Pero es muy fácil decirlo! Y
quiere que repartamos los demás… ¡Pues, no, y no, y mil veces no!
DEXIO
…
que el séptimo mandamiento…
DON JOSÉ
¡Mire, mire usted! No levantó mi ilustre abuelo
esta fábrica para que vengan a comérsela ahora cuatro mangantes… ¡Os
gustaría verme en la miseria, mendigando…! Pues, no será así, no. ¡Nunca
mendigará el nieto de don José Rodríguez de la Reguera y Sánchez Arjona!
¡Desagradecidos! ¡Desgraciados! ¡Que no os ganáis el pan que coméis!
¡Mateo, deme un vaso de agua!
DON
JOSÉ brama como un miura. DON JOSÉ, ojos encarnizados, narices
hinchadas, fauces descompuestas, se asfixia en el cuello almidonado.
DON JOSÉ manotea como un oso. La voz de DEXIO entreverada en el
discurso de DON JOSÉ apenas es un susurro. DEXIO e
HIGINIO se recogen más y más en sí mismos. Solícito y servil,
MATEO le aproxima a DON JOSÉ, que parece recobrarse y
vuelve a emplear un tono amistoso y paternalista, un vaso con agua. El
intenso olor a putrefacción y taninos que DEXIO e HIGINIO
traen pegado a su piel se esparce por la sala.
MATEO
Aquí
tiene, don José. ¿Ves, ves lo que has conseguido con tus impertinencias?
¡Mira, mira cómo está don José! ¿Quiere que le sirva más agua, don José?
DON JOSÉ
Bueno, bueno, así que se le debe…
MATEO
Nada, don José, nada… Una nonada… Quince durejos de nada…
DON JOSÉ
Pero, hombre, Dexio, alma cándida, debió empezar por ahí… Si usted me
hubiera dicho que se trataba de quince miserables duros… Ya sabe, ya sabe
que esta fábrica es como una familia: hoy por ti, mañana por mí.
Sacrificio y oficio, ese es el lema de mi nunca suficientemente ponderado
abuelo don José, que Dios haya en su bendita gloria.
MATEO
Efectivamente, don José, efectivamente. Sacrificio y oficio. ¡Cuánta razón
tenía su eminente abuelo, que seguro está gozando con los ángeles y los
santos!
DON JOSÉ
¡Sacrificio y oficio! Ya ve, Dexio, lo que aquí hacemos. Nos traen unas
inmundas pieles pestilentes y nosotros las convertimos en algo útil para
la sociedad. ¿Y eso cómo? Con sacrificio y oficio. Y siendo una familia en
la que cada uno tiene un papel y a todos se entrega. Y yo quiero oficiar
de padre, ser un padre para usted, Dexio, ser el padre que no conoció y
sacrificarme por usted…
DEXIO
Bueno… Yo no querría, don José…
DON JOSÉ
Que
no, que no… Insisto. Apunte, Mateo. A Dexio, quince duros. No, mejor. A
Dexio diecisiete duros.
MATEO
A
Dexio, diecisiete duros.
DON JOSÉ
¿Ve,
Dexio? ¿Ve? ¿Ve qué fácil? ¿Ve cómo hablando se entiende la gente? Pues,
ya está.
DEXIO
Sí,
claro, don José… Sí, como usted diga… Muchas gracias, don
José…
DON JOSÉ
Y
ahora que ya hemos solucionado el negocio de Dexio, dígame usted,
Higinio, qué quiere.
HIGINIO
Lo
cierto es, don José, que no es nada importante. Y no me gustaría robarle
más tiempo, que seguro que está muy atareado. Si le parece, lo dejamos
para otra ocasión.
DON JOSÉ
No,
no, de ninguna manera. Mi tiempo es para mis empleados, para todos
ustedes. Ya sabe que me tienen siempre a su disposición. Así, pues,
dígame, dígame, Higinio.
HIGINIO es como un ratoncillo tímido que ha perdido su forado y se
halla arrinconado a merced del gato. Un calor nervioso le invade en tanto
las manos le sudan con profusión. Ante la imponencia despótica vestida de
hipocresía de DON JOSÉ, HIGINIO no parece más que las
miserables alpargatas que calza. Sin embargo, en su rostro hundido se
revela la grandeza de quien la nada que tiene la ha logrado con su
esfuerzo. En su cabeza se atropellan los pensamientos y su voz es un
susurro balbuciente.
HIGINIO
Pues, yo… Quería yo pedirle… Me he enterado de que… Pero, no, nada, que no
tiene ninguna importancia, que es una tontería mía, don José…
DON JOSÉ
¡Vamos, vamos, Higinio! Exprese sus deseos y no se me ande por las ramas.
¡Cualquiera diría que soy yo un ogro! Y franqueza, franqueza, como decía
mi ilustre abuelo.
MATEO
Así,
así se habla, don José. ¡Cuánta razón tiene usted! ¡Cuánta razón la de su
señor abuelo, que en paz descanse! Me parece oírle ahora mismo, cuando le
oigo a usted. ¡Franqueza, franqueza!
DON JOSÉ
Bueno, bueno, Mateo, no me dore usted la píldora tan descaradamente. Y
usted, Higinio, adelante.
HIGINIO
Bueno… Es que me han dicho que Mente está haciendo más horas…
y yo quería… La cosa es que quiero casarme y… ya sabe… los gastos, el
alquiler…
DON JOSÉ
¡Abrevie, abrevie!
HIGINIO
Que
si don José no lo tuviera a mal… Bueno… en dos palabras, que yo querría
meter unas horas y así poder ganar algo más
DON JOSÉ
De
modo que era eso, ¿eh? ¿Y de dónde se ha sacado usted que esta fábrica
necesita que el señorito Higinio trabaje más? No piensan ustedes más que
en el dinero, en su dinero. Y no quieren darse cuenta de cuál es la
verdadera situación económica de la empresa.
HIGINIO
Es
que yo pensé… Como este año se están curtiendo más pieles…
DON JOSÉ
Pues, no piense usted, no piense usted tanto, hijo. Que para eso ya estoy
yo. Y, además: ¿Cuánto tiempo lleva trabajando aquí?
HIGINIO
Va
ya para diez años, don José.
DON JOSÉ
Pues, sepa que Mente es un profesional en toda regla. Y sepa también que a
usted le queda mucho por aprender. ¿O cree que maneja la cuchilla de
descarnar igual que él? ¿Y qué me dice del pulidor? Esfuércese,
esfuércese. Y verá cómo le va mucho mejor. Y no lo olvide, no olvide
nuestro lema: Sacrificio y oficio. Esa es la divisa de la fábrica.
Sacrificio y oficio. Oficio, oficio es lo que a usted le falta, Higinio.
Y sacrificio, sacrificio. Y deje de mirar a los demás y piense en dónde
estaba hace diez años. ¿Eh? ¿Eh? ¿En dónde estaba usted? ¿Eh?
HIGINIO
Ya,
bueno, si yo sólo… Pero de ninguna manera….
DON JOSÉ
Así
que, por el momento, nada. Y cásese, cásese. A ver si sienta la cabeza,
que me parece usted un poco tarambana. Y no se preocupe tanto, que Dios
aprieta, pero no ahoga. Ya verá cómo todo le va bien. ¡Sacrificio y
oficio, sacrificio y oficio!
HIGINIO
Sí,
sí don José. Como usted desee. Muchas, muchas gracias, don José. Y
discúlpeme, se lo ruego, por favor.
DON JOSÉ
Bueno, bueno, disculpado. De modo que todo arreglado, ¿no? Y ahora,
márchense, márchense, que todavía tengo muchos asuntos en que ocuparme.
HIGINIO
Claro, claro, don José.
MATEO
¡Venga, venga! Ya habéis oído a don José.
DEXIO
Gracias, don José, gracias.
HIGINIO
Buenas noches, don José.
DON JOSÉ
Y
derechitos a casa, ¿eh? Nada de ir a la taberna. ¡A casa, a casa! Y usted,
Dexio, no se preocupe por nada y dele un saludo a su esposa.
DEXIO
Sí,
don José. De su parte, don José.
DEXIO e HIGINIO abandonan silenciosos, cabizbajos, como corderos que
llevan al matadero, el despacho. En un ángulo de la espaciosa habitación
una araña teje incansable su tela. ¿Ajena a cuanto sucede en derredor
suyo? El olor a carne pútrida se hace más intenso, hasta provocar náuseas.
El reloj ha detenido su marcha y sus manecillas son saetas inertes.
Hasta el despacho llegan confusas voces cansadas que se arrastran
alejándose sobre la grava del patio y mueren en la noche que se adentra.
VOZ PRIMERA
Que no sea nada lo de tu
hijo…
OTRA VOZ
Siento que haya terminado
así tu mujer…
UNA VOZ MÁS
Sí, sí, al pequeño lo
enterramos esta mañana…
MATEO
No
hay quien pueda con estos hombres, ¿eh, don José?
DON JOSÉ
Bueno, bueno, Mateo. Mañana seguiremos con lo que estábamos. Ahora debo ir
al Casino, que tenemos una junta de socios fundadores.
MATEO
Sí,
don José, sí.
DON JOSÉ
Pero, antes, le voy a hacer una encomienda. Mañana, de la que viene,
compre una peseta de caramelos y se los entrega a Dexio. ¿De acuerdo? Yo
ya se los pagaré. Para los niños, para los niños. Y márchese usted
también.
MATEO
Gracias, don José.
DON JOSÉ
Y no
lo olvide: una peseta de caramelos
MATEO
Claro, don José. Usted descuide. Una peseta de caramelos.
Uno tras otro, DON JOSÉ y MATEO, dejan la estancia, que
queda prácticamente a oscuras. Solo un tenue resplandor proveniente de una
farola de gas tiembla en el aire enrarecido. La araña sigue afanosa en el
silencio su tarea.
La pálida luz del amanecer se cuela temerosa y comienzan a distinguirse,
borrosas, las formas en la sala callada. UNA SOMBRA, verdadero
espantajo, avanza, se detiene en el centro y va a ocupar la mesa de
DON JOSÉ. De fuera llegan voces entrecortadas y confusas.
VOZ PRIMERA
Sí,
sí, como lo oyes… a Dexio…
OTRA VOZ
Esta
madrugada… en la dársena…
UNA VOZ MÁS
Ahogado…
UNA SOMBRA
La donna é mobile qual piuma al vento…
El primer rayo del día hiere un paquete con caramelos que espera en la
mesa de MATEO.
TELÓN |