SOMBRA DE HOMBRE

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abril 08

 

A cualquiera que sea algo conocedor de la vida santanderina del primer tercio del pasado siglo, seguro que le dice muchas cosas el nombre de D. Adolfo Cobo y Polanco. Oriundo del valle del Pas, cursó estudios en el Instituto de Santander y, posteriormente, universitarios en Madrid, donde se licenció en Derecho. Sin embargo, la posición económica desahogada en la que lo dejaron sus padres, don Adolfo y doña Casilda, le permitió vivir en un piso del Muelle sin tener que dedicarse a otra cosa más que a sus aficiones: la lectura, la música y el cultivo de la amistad (don Manuel Pombo, doña Ana Pelayo, don Sixto Córdova y Oña y la abuela materna –me enorgullece decirlo– de quien escribe estas líneas).

Fruto de esta amistad es alguna pieza musical dedicada a mi abuela, cuyo manuscrito conservo. Y a ella, igualmente, se debe el hecho de que hoy obre en mi poder esta piececita dramática, hasta la fecha inédita, que sale aquí a la luz.

Lo cierto es que no puede decirse que fuera dilatada –a lo que yo sé– la obra literaria de don Adolfo, fallecido sin descendencia en el año de 1941. Sin embargo, colaboró, ocasionalmente y con distintos pseudónimos –no fue nunca amigo de aparecer como figurante en la farándula de la vida–, en los periódicos de la época, muy especialmente en La Montaña, que salía de los tórculos en la lejana Cuba. Esta obrita que hoy ofrecemos como primicia al lector, así como otras tres que de él conservo (Lances de fortuna, Las caballerizas del rey y Quítame allá esas pajas), junto con algunos artículos que a mis manos han llegado, me permiten considerar a don Adolfo Cobo y Polanco como un escritor ameno, fresco, puntual observador, con facilidad de penetrar el alma de los personajes y con hondo sentido de la justicia. Destinada esta breve obra dramática de denuncia social a ser radiada –era a la sazón mi abuela, doña Delfina Cubillas, locutora en Radio Santander–, no logró nunca, por razones obvias, su objetivo; cosa por la cual durmió el sueño de los justos hasta la fecha de hoy, en que se rescata.

Ojalá haya quien lleve a cabo una recopilación de cuanto produjo don Adolfo, puesto que bien se merece ser editado, por más que sea su obra de desigual estilo y diverso mérito.

Y, sin más preámbulo, paso a transcribir Sombra de hombre. Escena al vivo.

Ramón Cubillas

 

*  *  *  *  *  *  *

 

SOMBRA DE HOMBRE

Escena al vivo

 

DON JOSÉ.

MATEO.

DEXIO.

HIGINIO

VOCES DEL PUEBLO.

UNA SOMBRA

 

 

La acción transcurre en Santander, burgués y provinciano

 

ESCENA ÚNICA

 

Es una tarde de noviembre. El sol, fuera, ya ha caído y la noche inicia su carrera. Comienzan a sentirse los fríos de otoño. El escenario representa un despacho decimonónico. Anaqueles llenos de libros nunca leídos que desprenden un alérgico olor a humedad y polvo acumulado que se abre camino a través de la nariz produciendo un molesto cosquilleo. La luz mortecina y amarilla que generan dos lámparas, se refleja oscilante en la calva de don José y deja casi en la oscuridad lo más de la habitación, cueva de mercaderes o guarida de ladrones. El lugar más noble del despacho lo ocupa un lienzo con el retrato de un hombre de pobladas patillas a lo Prim en el que, a duras penas, se lee en letras desvaídas: D. José Rodríguez de la Reguera y Sánchez Arjona. A su izquierda, un poco más abajo, un daguerrotipo ofrece la imagen de la entrada de la fábrica exhibiendo, sobre la robusta arcada de ladrillo, un ostentoso rótulo en hierro forjado: Curtidos Vaticinio. Y debajo, en caracteres igualmente aparatosos: Sacrificio y oficio. DON JOSÉ bien podría pasar por modelo fisiognómico de Lombroso. DON JOSÉ, labios estrechos, nariz afilada, ojos raquíticos que bailan inquietos de un lado a otro tras los lentes en montura de acero, tiene cara de raposo.

 

DON JOSÉ

La donna é mobile qual piuma al vento…

 

El rostro de DON JOSÉ es una mueca imbécil, entre distraída y ensimismada, mientras canturrea con voz atiplada y apenas audible. Fuera, hipa una aburrida sirena asmática. DON JOSÉ parece haber hecho repentinamente un gran descubrimiento.

 

DON JOSÉ

Mateo, coja una cuartilla y tome nota.

 

MATEO, hombre espátula, parece zancuda vieja. MATEO no ha tenido tiempo ni para procrear ni para casarse, empeñado en hacer unos duros para su jubilación, que ni alcanzan nunca, ni llega jamás por un fatal destino que el mismo MATEO no se explica. MATEO cierra cuidadosamente el libro mayor en el que está trabajando y saca de un cajón unas cuartillas.

 

MATEO

A su servicio, don José. Mande usted, don José.

 

DON JOSÉ

Escriba. A la Águeda, por los servicios prestados durante el pasado ejercicio, seis duros. A Segundo, por lo que él sabe y yo sé y los dos nos callamos, nueve duros. ¿Lo tiene?

 

MATEO

Sí, don José. A Segundo, nueve duros.

 

DON JOSÉ

Bien, bien, continúe. A Plácido…

 

Dos golpes de nudillos tímidos, como dados con sordina, interrumpen el dictado de DON JOSÉ, que frunce el entrecejo y, acompañando sus palabras con un gesto cesáreo, se vuelve, el dedo índice levantado, hacia MATEO, en quien hasta ahora no había puesto sus ojos de ratón.

 

DON JOSÉ

Mateo, vaya usted a ver quién es.

 

MATEO

Sí, don José. Ahora mismo, don José.

 

MATEO, desgalichado, avanza con torpeza hacia la puerta, que abre con cautela. Cuchichea algo ininteligible y, tras cerrar con mucha suavidad, se vuelve hacia DON JOSÉ.

 

MATEO

Es Dexio, que viene con Higinio, que dicen que quieren hablar con usted, don José. ¿Les digo que se vayan?

 

DON JOSÉ

No, no, por Dios, Mateo. ¿Cómo dice usted eso? Que entren. Veamos qué quieren.

 

MATEO

Que dice don José que paséis, que a ver qué queréis. Pero ya sabéis, ¿eh? Rapidito, rapidito. Que don José tiene muchas cosas en la cabeza como para que vengáis a molestarle con vuestras minucias. Ahora mismo me estaba dictando una carta para el Presidente de la Diputación muy importante.

 

DON JOSÉ

Vamos, vamos, que pasen, que no tenemos todo el día.

 

MATEO

Ya habéis oído. Así que a despachar pronto y a la calle.

 

DEXIO e HIGINIO muestran en su rostro arrugado toda la serena nobleza del pobre. Cuando miran cara a cara, en sus ojos brillan la verdad y la dignidad. Las tribulaciones no han dejado más que surcos profundos en la frente tras los que se manifiesta la franqueza. Parecen santos sacados de algún cuadro de Ribalta. DEXIO e HIGINIO entran temerosos en el despacho y se sitúan ante la mesa de DON JOSÉ a una prudente distancia, en tanto MATEO vuelve a su escritorio con cierto aire suficiente. En la voz de DEXIO hay un cierto temblor como de lámpara de acetileno.

 

DEXIO

Buenas tardes, don José. ¿Da usted su permiso?

 

DON JOSÉ

Sí, sí, claro, claro. Pasen, pasen ustedes. Pero no se queden ahí… Tomen asiento: ya saben que esta es su casa… ¿Qué? ¿Qué tal la familia, Dexio?

 

DEXIO e HIGINIO avanzan pudorosos y, sacudiendo la trasera de sus pantalones de mahón, se sientan, recto el dorso, separado del respaldo, los ojos vueltos hacia el suelo, sin osar levantar la vista hacia DON JOSÉ. Dos moscas revolotean por la habitación, se separan, se acercan, se aparean fugaz e intensamente y vuelven a apartarse veloces una de otra.

 

DEXIO

Pues, mire usted, don José… Leopoldín, el mayor, hecho todo un hombre; trabajando ya a sus catorce años. Y la Brígida, la parienta, pues, como siempre, con su tu…

 

DON JOSÉ, con un tono que quiere ser amistoso, interrumpe y ahoga la frase de DEXIO, que queda anudada en su garganta y frustrada en sus labios.

 

DON JOSÉ

Bien, bien, me alegro, hijo, me alegro. ¿Y qué de bueno los trae por aquí?

 

DEXIO

Pues, bueno…, es que yo venía por lo mío…, es que con tantas medicinas…

 

DON JOSÉ

Pero, a ver, a ver, Dexio, ¿qué es lo suyo? Sea un poco más explícito, hombre, no tenga ningún reparo, ya sabe que yo soy como un padre para usted.

 

DEXIO

Pues, es el caso que… unos atrasillos… y que, si usted bien pudiera…

 

DON JOSÉ

Veamos, que me entere yo bien. O sea, que dice que se le debe algún dinero y que quiere cobrarlo. ¿He entendido bien?

 

El frío de la calle ha irrumpido en la estancia como un trallazo. Las manos de DEXIO retuercen nerviosas la deslucida gorra. En el silencio se oye como un taladro el acompasado tictac de un reloj. DEXIO se encoge sobre sí y balbuce.

 

DEXIO

Bueno… yo… solo si usted quisiera… Yo no quiero molestarle, don José. Pero…

 

DON JOSÉ

A ver, Mateo, mire qué se le debe a Dexio, si es que se le debe algo.

 

DEXIO

Es que el otro día, en el sermón, don Romualdo…

 

DON JOSÉ

Ya estamos con don Romualdo. Pues, sepa usted que ese don Romualdo no es más que un cureja que debía estar en los infiernos. ¡Un anarquista! Y cualquier día se encontrará con la horma de su zapato. Hasta es posible que sea yo mismo quien le corte los vuelos al tal don Romualdo.

 

DEXIO

.. que según el Papa…

 

DON JOSÉ

No, no, sino haga usted caso a los curas y verá cómo le luce el pelo. Don Romualdo… Valiente garañón está hecho. ¡Garañonazo! ¡Bujarrón!

 

DEXIO

… que retener los bienes ajenos…

 

DON JOSÉ

Mejor sería que despidiera a esa barragana que alberga en su casa y se dedicara a lo suyo: misas y breviario, breviario y misas. Y menos meterse en política revolucionando a los pobres obreros. No, no, sino hágale usted caso, hágaselo…

 

DEXIO

… inmoral…

 

DON JOSÉ

Y el Papa… El Papa que se esté en Roma, que harto bien vive allí… Y que se deje de monsergas. Que repartamos, que repartamos… ¡Que reparta él! Pero eso, no, ¡qué va! Él iba a repartir… Sí, sí… ¡Pero es muy fácil decirlo! Y quiere que repartamos los demás… ¡Pues, no, y no, y mil veces no!

 

DEXIO

… que el séptimo mandamiento…

 

DON JOSÉ

¡Mire, mire usted! No levantó mi ilustre abuelo esta fábrica para que vengan a comérsela ahora cuatro mangantes… ¡Os gustaría verme en la miseria, mendigando…! Pues, no será así, no. ¡Nunca mendigará el nieto de don José Rodríguez de la Reguera y Sánchez Arjona! ¡Desagradecidos! ¡Desgraciados! ¡Que no os ganáis el pan que coméis! ¡Mateo, deme un vaso de agua!

 

DON JOSÉ brama como un miura. DON JOSÉ, ojos encarnizados, narices hinchadas, fauces descompuestas, se asfixia en el cuello almidonado. DON JOSÉ manotea como un oso. La voz de DEXIO entreverada en el discurso de DON JOSÉ apenas es un susurro. DEXIO e HIGINIO se recogen más y más en sí mismos. Solícito y servil, MATEO le aproxima a DON JOSÉ, que parece recobrarse y vuelve a emplear un tono amistoso y paternalista, un vaso con agua. El intenso olor a putrefacción y taninos que DEXIO e HIGINIO traen pegado a su piel se esparce por la sala.

 

MATEO

Aquí tiene, don José. ¿Ves, ves lo que has conseguido con tus impertinencias? ¡Mira, mira cómo está don José! ¿Quiere que le sirva más agua, don José?

 

DON JOSÉ

Bueno, bueno, así que se le debe…

MATEO

Nada, don José, nada… Una nonada… Quince durejos de nada…

 

DON JOSÉ

Pero, hombre, Dexio, alma cándida, debió empezar por ahí… Si usted me hubiera dicho que se trataba de quince miserables duros… Ya sabe, ya sabe que esta fábrica es como una familia: hoy por ti, mañana por mí. Sacrificio y oficio, ese es el lema de mi nunca suficientemente ponderado abuelo don José, que Dios haya en su bendita gloria.

 

MATEO

Efectivamente, don José, efectivamente. Sacrificio y oficio. ¡Cuánta razón tenía su eminente abuelo, que seguro está gozando con los ángeles y los santos!

 

DON JOSÉ

¡Sacrificio y oficio! Ya ve, Dexio, lo que aquí hacemos. Nos traen unas inmundas pieles pestilentes y nosotros las convertimos en algo útil para la sociedad. ¿Y eso cómo? Con sacrificio y oficio. Y siendo una familia en la que cada uno tiene un papel y a todos se entrega. Y yo quiero oficiar de padre, ser un padre para usted, Dexio, ser el padre que no conoció y sacrificarme por usted…

 

DEXIO

Bueno… Yo no querría, don José…

 

DON JOSÉ

Que no, que no… Insisto. Apunte, Mateo. A Dexio, quince duros. No, mejor. A Dexio diecisiete duros.

 

MATEO

A Dexio, diecisiete duros.

 

DON JOSÉ

¿Ve, Dexio? ¿Ve? ¿Ve qué fácil? ¿Ve cómo hablando se entiende la gente? Pues, ya está.

 

DEXIO

Sí, claro, don José… Sí, como usted diga… Muchas gracias, don José…

 

DON JOSÉ

Y ahora que ya hemos solucionado el negocio de Dexio, dígame usted, Higinio, qué quiere.

 

HIGINIO

Lo cierto es, don José, que no es nada importante. Y no me gustaría robarle más tiempo, que seguro que está muy atareado. Si le parece, lo dejamos para otra ocasión.

 

DON JOSÉ

No, no, de ninguna manera. Mi tiempo es para mis empleados, para todos ustedes. Ya sabe que me tienen siempre a su disposición. Así, pues, dígame, dígame, Higinio.

 

HIGINIO es como un ratoncillo tímido que ha perdido su forado y se halla arrinconado a merced del gato. Un calor nervioso le invade en tanto las manos le sudan con profusión. Ante la imponencia despótica vestida de hipocresía de DON JOSÉ, HIGINIO no parece más que las miserables alpargatas que calza. Sin embargo, en su rostro hundido se revela la grandeza de quien la nada que tiene la ha logrado con su esfuerzo. En su cabeza se atropellan los pensamientos y su voz es un susurro balbuciente.

 

HIGINIO

Pues, yo… Quería yo pedirle… Me he enterado de que… Pero, no, nada, que no tiene ninguna importancia, que es una tontería mía, don José…

 

DON JOSÉ

¡Vamos, vamos, Higinio! Exprese sus deseos y no se me ande por las ramas. ¡Cualquiera diría que soy yo un ogro! Y franqueza, franqueza, como decía mi ilustre abuelo.

 

MATEO

Así, así se habla, don José. ¡Cuánta razón tiene usted! ¡Cuánta razón la de su señor abuelo, que en paz descanse! Me parece oírle ahora mismo, cuando le oigo a usted. ¡Franqueza, franqueza!

 

DON JOSÉ

Bueno, bueno, Mateo, no me dore usted la píldora tan descaradamente. Y usted, Higinio, adelante.

 

HIGINIO

Bueno… Es que me han dicho que Mente está haciendo más horas… y yo quería… La cosa es que quiero casarme y… ya sabe… los gastos, el alquiler…

 

DON JOSÉ

¡Abrevie, abrevie!

 

HIGINIO

Que si don José no lo tuviera a mal… Bueno… en dos palabras, que yo querría meter unas horas y así poder ganar algo más

 

DON JOSÉ

De modo que era eso, ¿eh? ¿Y de dónde se ha sacado usted que esta fábrica necesita que el señorito Higinio trabaje más? No piensan ustedes más que en el dinero, en su dinero. Y no quieren darse cuenta de cuál es la verdadera situación económica de la empresa.

 

HIGINIO

Es que yo pensé… Como este año se están curtiendo más pieles…

 

DON JOSÉ

Pues, no piense usted, no piense usted tanto, hijo. Que para eso ya estoy yo. Y, además: ¿Cuánto tiempo lleva trabajando aquí?

 

HIGINIO

Va ya para diez años, don José.

 

DON JOSÉ

Pues, sepa que Mente es un profesional en toda regla. Y sepa también que a usted le queda mucho por aprender. ¿O cree que maneja la cuchilla de descarnar igual que él? ¿Y qué me dice del pulidor? Esfuércese, esfuércese. Y verá cómo le va mucho mejor. Y no lo olvide, no olvide nuestro lema: Sacrificio y oficio. Esa es la divisa de la fábrica. Sacrificio y oficio. Oficio, oficio es lo que a usted le falta, Higinio. Y sacrificio, sacrificio. Y deje de mirar a los demás y piense en dónde estaba hace diez años. ¿Eh? ¿Eh? ¿En dónde estaba usted? ¿Eh?

 

HIGINIO

Ya, bueno, si yo sólo… Pero de ninguna manera….

 

DON JOSÉ

Así que, por el momento, nada. Y cásese, cásese. A ver si sienta la cabeza, que me parece usted un poco tarambana. Y no se preocupe tanto, que Dios aprieta, pero no ahoga. Ya verá cómo todo le va bien. ¡Sacrificio y oficio, sacrificio y oficio!

 

HIGINIO

Sí, sí don José. Como usted desee. Muchas, muchas gracias, don José. Y discúlpeme, se lo ruego, por favor.

 

DON JOSÉ

Bueno, bueno, disculpado. De modo que todo arreglado, ¿no? Y ahora, márchense, márchense, que todavía tengo muchos asuntos en que ocuparme.

 

HIGINIO

Claro, claro, don José.

 

MATEO

¡Venga, venga! Ya habéis oído a don José.

 

DEXIO

Gracias, don José, gracias.

 

HIGINIO

Buenas noches, don José.

 

DON JOSÉ

Y derechitos a casa, ¿eh? Nada de ir a la taberna. ¡A casa, a casa! Y usted, Dexio, no se preocupe por nada y dele un saludo a su esposa.

 

DEXIO

Sí, don José. De su parte, don José.

 

DEXIO e HIGINIO abandonan silenciosos, cabizbajos, como corderos que llevan al matadero, el despacho. En un ángulo de la espaciosa habitación una araña teje incansable su tela. ¿Ajena a cuanto sucede en derredor suyo? El olor a carne pútrida se hace más intenso, hasta provocar náuseas. El reloj ha detenido su marcha y sus manecillas son saetas inertes.

Hasta el despacho llegan confusas voces cansadas que se arrastran alejándose sobre la grava del patio y mueren en la noche que se adentra.

 

VOZ PRIMERA

Que no sea nada lo de tu hijo…

 

OTRA VOZ

Siento que haya terminado así tu mujer…

 

UNA VOZ MÁS

Sí, sí, al pequeño lo enterramos esta mañana…

 

MATEO

No hay quien pueda con estos hombres, ¿eh, don José?

 

DON JOSÉ

Bueno, bueno, Mateo. Mañana seguiremos con lo que estábamos. Ahora debo ir al Casino, que tenemos una junta de socios fundadores.

 

MATEO

Sí, don José, sí.

 

DON JOSÉ

Pero, antes, le voy a hacer una encomienda. Mañana, de la que viene, compre una peseta de caramelos y se los entrega a Dexio. ¿De acuerdo? Yo ya se los pagaré. Para los niños, para los niños. Y márchese usted también.

 

MATEO

Gracias, don José.

 

DON JOSÉ

Y no lo olvide: una peseta de caramelos

 

MATEO

Claro, don José. Usted descuide. Una peseta de caramelos.

 

Uno tras otro, DON JOSÉ y MATEO, dejan la estancia, que queda prácticamente a oscuras. Solo un tenue resplandor proveniente de una farola de gas tiembla en el aire enrarecido. La araña sigue afanosa en el silencio su tarea.

La pálida luz del amanecer se cuela temerosa y comienzan a distinguirse, borrosas, las formas en la sala callada. UNA SOMBRA, verdadero espantajo, avanza, se detiene en el centro y va a ocupar la mesa de DON JOSÉ. De fuera llegan voces entrecortadas y confusas.

 

VOZ PRIMERA

Sí, sí, como lo oyes… a Dexio…

 

OTRA VOZ

Esta madrugada… en la dársena…

 

UNA VOZ MÁS

Ahogado…

 

UNA SOMBRA

La donna é mobile qual piuma al vento…

 

El primer rayo del día hiere un paquete con caramelos que espera en la mesa de MATEO.

 

TELÓN

 

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