NUEVAS METÁBASIS: EL LIBRO

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abril 08

 

No puedo dejar pasar otro año sin celebrar de algún modo desde Miscelánea Calasanz el 23 de abril, el Día del Libro; aunque escribir algo nuevo sobre el libro no es tarea fácil.

Cierto que podría componer una medianía de página con el material que ofrece el Diccionario de Sabiduría de Borrás y Sainz de Robles: tres citas en la entrada "Biblioteca", treinta y tres bajo el lema "Lectura", noventa y dos agrupadas en el concepto "Libro", sesenta y seis en el de "Literatura". Citas que abarcan cuanta variedad de épocas, autores y orientación de pensamiento puede apetecerse: desde la alejada antigüedad del siglo IV antes de Cristo hasta el siglo XX, desde el peripatético Teofrasto al novelista Anatole France, desde el pacífico san Agustín hasta el belicoso Napoleón, pasando por el innovador y erudito Calímaco, el desdichado inmortal Cervantes, el enamorado cantor Petrarca, el ajuglarado Juan Ruiz, el grave san Bernardo, el sentencioso Sem Tob, el profundo Quevedo, el explorador de almas Balzac, el severo Feijoo, el paciente Francisco de Sales o el desequilibrado frenético Nietzsche entre otros. Pero renuncio a tal empresa desde ahora mismo, que no son mis fuerzas tan amplias como para labor semejante.

Claro que podría acudir a la Biblia, el gran libro de libros. En la edición de Nácar-Colunga aparece en ocho versículos el verbo "leer" en alguna de sus formas; en cinco, el término "lectura" y, en ciento cincuenta y seis, la palabra "libro". Ciertamente en la Biblia, como en ninguna otra obra, se pone de manifiesto la importancia del libro, el hecho trascendental de la lectura, el valor de la palabra escrita. En efecto: los grandes acontecimientos de la historia de Israel quedan consignados en libros; en libro se escribe la alianza de Israel con su Dios; Yahvé tiene su libro con el nombre de sus elegidos, del que borrará a su pueblo; Jerusalén escucha de labios de Josué, Baní, Serebías, Janún, Acub... el libro de la ley de Dios para su levantamiento moral una vez que ha sido levantado el muro que guarde la ciudad; en Nazaret, en su sinagoga, hace Jesús la lectura de Isaías y la explica: "Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír"; en la palma del Padre se encuentra el rollo opistógrafo cuyos sellos solo puede soltar el Cordero, etc. Mas renuncio también a este trabajo, que requiere persona docta.

Así, pues, lo celebraré con palabra ajena. Una sola cosa quiero decirte, lector amable: que es mi deseo que se convierta para ti, igual que para mí lo es, esta fecha en una de esas que todos llevamos impresas en nuestro calendario vital y que, no importa lo que hagamos o dónde estemos, no pasan sin dejar su recordatorio. Y vuélvete cordialmente, de corazón, a los libros. ¿Que por qué habiendo tantos placeres que lisonjean tu cuerpo ya hecho a la inhumana ley del máximo aflojamiento que te mina, cuando el libro te exige atención y esfuerzo? ¿No lo sabes? Atiende a aquel escudero hablador Marcos de Obregón, cuyas palabras no encuentro en el mencionado Diccionario: "¡Oh libros, fieles consejeros, amigos sin adulación, despertadores del entendimiento, maestros del alma, gobernadores del cuerpo, guiones para buen vivir y centinelas para bien morir! ¿Cuántos hombres de oscuro suelo habéis levantado a las cumbres más altas del mundo? ¿Y cuántos habéis subido hasta las sillas del cielo? ¡Oh libros, consuelo de mi alma, alivio de mis trabajos, en vuestra santa doctrina me encomiendo!" (Vicente Espinel, Vida del escudero Marcos de Obregón, libro primero, descanso VIII. Cito por el texto que queda recogido en La novela picaresca española, estudio preliminar, selección, prólogo y notas por Ángel Valbuena y Prat, Madrid, Aguilar, 5.ª ed., 1966, pág. 954 ). ¿Ya te es suficiente? Pues, te dejo, para mayor ánimo, con la hondura de la pluma de Adolfo Muñoz Alonso.

Se publicó este artículo "Nuevas metábasis: el libro" de Adolfo Muñoz Alonso en el diario Arriba el 22 de mayo de 1974. Nosotros lo hemos tomado de El libro español. Revista mensual del Instituto Nacional del Libro Español, tomo XVII, n.º 202 correspondiente al mes de octubre de 1974, págs. 484-485, que lo reproducía. Sabe que por él fue galardonado por el Instituto Nacional del Libro con ocasión de la XXXIII Feria Nacional del Libro.

 

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Remedio de la soledad, es el libro. Nos remedia de ella sin herirla, nos consuela sin privarnos de su compañía. El libro nos puebla de soledades la soledad, metiéndonos en el alma la verdad de los otros, sin que el otro, con su presencia ausente, altere su verdad, resignada en el mármol de las palabras. El libro, bien leído, o abandonado a tiempo si no es libro, es el medio que mejor nos libera de la cultura libresca. Porque el libro no nace con vocación vegetal de libro, sino con perfección liberadora.

El libro socializa al lector en la profundidad de la conciencia. Porque solo vincula con fuerza y energía lo que consiente que una meditación lo ahonde, y no lo que se escapa entre los aires de un discurso hablado.

El libro es para todos los que quieran leerlo, leerlo y releerlo, igualando al lector con el autor del libro. Comunión de palabras, en la que cada uno matiza su cuidado, sin que el autor presione a los lectores ni los despoje de su personalidad. Más bien los convierte en traductores de la obra leída.

Ningún libro resulta engañador, aunque sea engañoso. Para eso está el lector, para volver sobre el libro y descubrir el valor y alcance de la comunicación significante. El libro no se compone solo de pensamientos expresados en palabras escritas, sino de sugerencias, de guiños y de luces. En él la libertad del escritor queda sometida a la autoridad del lector. El libro es un testimonio de humildad del autor y de su fraternal servidumbre.

El libro nos libera, a solas, en silencio, de las ambigüedades de la vida diaria. El libro propone, pero el lector dispone. Ya pueden los inviernos arrebatar a los árboles sus hojas, nevando sus raíces, que los libros conservarán su primavera, si el lector sabe encender las hojas con sus ojos. Porque el libre no dice nunca sólo lo que dice, sino lo que el lector recrea a su contacto. El libro ensavia las semillas del alma del lector.

El libro nace huérfano, suplicando cobijo. El escritor lo sabe. Lo sabe y lo padece. Es el lector, por su voluntad personalísima, el que lo adopta y cuida, o el que le abandona a la inclemencia de una suerte sin nombre y sin esperanza. Es una confidencia la que se establece entre autor y lectores, en la que el lector lleva la mejor parte. El autor se ha entregado, con las manos atadas, al lector, que filtra su lectura sin más consideraciones que Et ecce audio vocem de vicina domo...: "Tolle lege, tolle, lege" (S. Agustín, Confesiones, VIII, 12, 29)las de su sensibilidad y su cultura previas.

Una vida no es posible sin libros. El libro vivifica, porque el lector es amorosamente conducido a otro mundo que no es suyo, para que pueda serlo, y que podrá asumirlo o despreciarlo, una vez transitado y conocido. Lo que muchos no saben es que el libro es el más riguroso calendario del discurrir del día. El libro cambia su texto al compás de las horas, del humor, del sosiego del lector que lo lee. Cada libro es un arco iris y el lector sabe que el color de las ideas, de los pensamientos, de las metáforas, de los diálogos, se tornasola o muda, se suaviza o se intensifica, según sean las gotas de agua que él, como lector, deposite en sus páginas.

El libro centuplica las tres dimensiones en las que el hombre se halla, hoy por hoy, instalado. Es un espacio invisible que traspasa el visible y lo transfigura. Somos lo que leemos, más que lo que escribimos. El autor es un forzado voluntario –valga la paradoja– de su esfuerzo, mientras que el lector es un señor dueño de la heredad del libro, que la trabaja a su gusto y deleita. El parto doloroso, que es un libro para el autor, para el lector es visible de gala sin apremios. El autor va a la busca de lectores, con amor e impaciencia, a sabiendas de que algunos le esperan al acecho. El libro bien merece una recepción limpia, y si mancha los ojos, convendrá que el lector regrese a la fuente de donde nace su mirada antes de emitir un juicio adverso.

El libro es siempre un riesgo. Pero el que no lo corre, no acabará de ser hombre del todo, no será un hombre entero. Porque el libro se escribe no para que compartamos el hogar de sus páginas, sino para que comprendamos lo que los otros piensan o lo que el autor ve en lo que nosotros miramos. Hay que saber leer, para no leer en los libros únicamente lo que ya sabemos.

El libro responde a una exigencia social, y no solo a una espontaneidad del autor o a una arbitrariedad de los lectores. El libro, con más gozo y verdad que el nacer o la muerte, nos asemeja a todos en la vida. Es un bien del que ninguna ideología política puede o debe privarnos, porque su lectura es el instrumento que nos categoriza y eleva sin desigualarnos. Alguien, algún día, tendrá el valor cívico de valorar la gloria o desventura de la política de un régimen por su política del libro.

 

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