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No puedo dejar pasar otro año
sin celebrar de algún modo desde Miscelánea Calasanz el 23 de
abril, el Día del Libro; aunque escribir algo nuevo sobre el
libro no es tarea fácil.
Cierto que podría componer una medianía de página con el material que
ofrece el Diccionario de Sabiduría de Borrás y Sainz de Robles:
tres citas en la entrada "Biblioteca", treinta y tres bajo el lema "Lectura",
noventa y dos agrupadas en el concepto "Libro", sesenta y seis en el de
"Literatura". Citas que abarcan cuanta
variedad de épocas, autores y orientación de pensamiento puede apetecerse: desde la
alejada antigüedad del siglo IV antes de Cristo hasta el siglo XX, desde
el peripatético Teofrasto al novelista Anatole France, desde el pacífico san Agustín hasta
el belicoso Napoleón, pasando por el innovador y erudito Calímaco, el
desdichado inmortal Cervantes, el enamorado cantor Petrarca, el ajuglarado
Juan Ruiz, el grave san Bernardo, el sentencioso Sem Tob, el profundo
Quevedo, el explorador de almas Balzac, el severo Feijoo, el paciente
Francisco de Sales o el desequilibrado frenético Nietzsche entre otros.
Pero renuncio a tal empresa desde ahora mismo, que
no son mis fuerzas tan amplias como para labor semejante.
Claro que podría acudir a la Biblia, el gran libro de libros. En la
edición de Nácar-Colunga aparece en ocho versículos el verbo "leer" en
alguna de sus formas; en cinco, el término "lectura" y, en ciento
cincuenta y seis, la palabra "libro". Ciertamente en la Biblia,
como en ninguna otra obra, se pone de manifiesto la importancia del
libro, el hecho trascendental de la lectura, el valor de la palabra
escrita. En efecto: los grandes acontecimientos de la historia de Israel
quedan consignados en libros; en libro se escribe la alianza de Israel con
su Dios; Yahvé tiene su libro con el nombre de sus elegidos, del que
borrará a su pueblo; Jerusalén escucha de labios de Josué,
Baní, Serebías, Janún, Acub... el libro de la ley de Dios para su
levantamiento moral una vez que ha sido levantado el muro que guarde la
ciudad; en Nazaret, en su sinagoga, hace Jesús la lectura de Isaías y la
explica: "Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír"; en la palma
del Padre se encuentra el rollo opistógrafo cuyos sellos solo puede soltar
el Cordero, etc. Mas renuncio también a este trabajo, que requiere persona
docta.
Así, pues, lo celebraré con
palabra ajena. Una sola cosa quiero decirte, lector amable: que es mi
deseo que se convierta para ti, igual que para mí lo es, esta fecha en una
de esas que todos llevamos impresas en nuestro calendario vital y que, no
importa lo que hagamos o dónde estemos, no pasan sin dejar su
recordatorio. Y vuélvete cordialmente, de corazón, a los libros. ¿Que
por qué habiendo tantos placeres que lisonjean tu cuerpo ya hecho a la
inhumana ley
del máximo aflojamiento que te mina, cuando el libro te exige atención y esfuerzo? ¿No lo
sabes? Atiende a aquel escudero hablador Marcos de Obregón, cuyas palabras
no encuentro en el mencionado Diccionario: "¡Oh libros, fieles
consejeros, amigos sin adulación, despertadores del entendimiento,
maestros del alma, gobernadores del cuerpo, guiones para buen vivir y
centinelas para bien morir! ¿Cuántos hombres de oscuro suelo habéis
levantado a las cumbres más altas del mundo? ¿Y cuántos habéis subido
hasta las sillas del cielo? ¡Oh libros, consuelo de mi alma, alivio de mis
trabajos, en vuestra santa doctrina me encomiendo!" (Vicente Espinel,
Vida del escudero Marcos de Obregón, libro primero, descanso VIII.
Cito por el texto que queda recogido en La novela picaresca española,
estudio preliminar, selección, prólogo y notas por Ángel Valbuena y Prat,
Madrid, Aguilar, 5.ª ed., 1966, pág. 954 ). ¿Ya te es suficiente? Pues, te
dejo, para mayor ánimo, con la hondura de la pluma de Adolfo Muñoz Alonso.
Se publicó este artículo
"Nuevas metábasis: el libro" de Adolfo Muñoz Alonso en el diario Arriba
el 22 de mayo de 1974. Nosotros lo hemos tomado de El libro español.
Revista mensual del Instituto Nacional del Libro Español, tomo XVII,
n.º 202 correspondiente al mes de octubre de 1974, págs. 484-485, que lo
reproducía. Sabe que por él fue galardonado por el Instituto Nacional del
Libro con ocasión de la XXXIII Feria Nacional del Libro.
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Remedio de la soledad, es el libro. Nos remedia de
ella sin herirla, nos consuela sin privarnos de su compañía. El libro nos
puebla de soledades la soledad, metiéndonos en el alma la verdad de los
otros, sin que el otro, con su presencia ausente, altere su verdad,
resignada en el mármol de las palabras. El libro, bien leído, o abandonado
a tiempo si no es libro, es el medio que mejor nos libera de la cultura
libresca. Porque el libro no nace con vocación vegetal de libro, sino con
perfección liberadora.
El libro socializa al lector en la profundidad de la conciencia. Porque
solo vincula con fuerza y energía lo que consiente que una meditación lo
ahonde, y no lo que se escapa entre los aires de un discurso hablado.
El libro es para todos los que quieran leerlo, leerlo y releerlo,
igualando al lector con el autor del libro. Comunión de palabras, en la
que cada uno matiza su cuidado, sin que el autor presione a los lectores
ni los despoje de su personalidad. Más bien los convierte en traductores
de la obra leída.
Ningún libro resulta engañador, aunque sea engañoso. Para eso está el
lector, para volver sobre el libro y descubrir el valor y alcance de la
comunicación significante. El libro no se compone solo de pensamientos
expresados en palabras escritas, sino de sugerencias, de guiños y de
luces. En él la libertad del escritor queda sometida a la autoridad del
lector. El libro es un testimonio de humildad del autor y de su fraternal
servidumbre.
El libro nos libera, a solas, en silencio, de las ambigüedades de la vida
diaria. El libro propone, pero el lector dispone. Ya pueden los inviernos
arrebatar a los árboles sus hojas, nevando sus raíces, que los libros
conservarán su primavera, si el lector sabe encender las hojas con sus
ojos. Porque el libre no dice nunca sólo lo que dice, sino lo que el
lector recrea a su contacto. El libro ensavia las semillas del alma del
lector.
El libro nace huérfano, suplicando cobijo. El escritor lo sabe. Lo sabe y
lo padece. Es el lector, por su voluntad personalísima, el que lo adopta y
cuida, o el que le abandona a la inclemencia de una suerte sin nombre y
sin esperanza. Es una confidencia la que se establece entre autor y
lectores, en la que el lector lleva la mejor parte. El autor se ha
entregado, con las manos atadas, al lector, que filtra su lectura sin más
consideraciones que
las de su sensibilidad y su cultura previas.
Una vida no es posible sin libros. El libro vivifica, porque el lector es
amorosamente conducido a otro mundo que no es suyo, para que pueda serlo,
y que podrá asumirlo o despreciarlo, una vez transitado y conocido. Lo que
muchos no saben es que el libro es el más riguroso calendario del
discurrir del día. El libro cambia su texto al compás de las horas, del
humor, del sosiego del lector que lo lee. Cada libro es un arco iris y el
lector sabe que el color de las ideas, de los pensamientos, de las
metáforas, de los diálogos, se tornasola o muda, se suaviza o se
intensifica, según sean las gotas de agua que él, como lector, deposite en
sus páginas.
El libro centuplica las tres dimensiones en las que el hombre se halla,
hoy por hoy, instalado. Es un espacio invisible que traspasa el visible y
lo transfigura. Somos lo que leemos, más que lo que escribimos. El autor
es un forzado voluntario
–valga la paradoja– de su
esfuerzo, mientras que el lector es un señor dueño de la heredad del
libro, que la trabaja a su gusto y deleita. El parto doloroso, que es un
libro para el autor, para el lector es visible de gala sin apremios. El
autor va a la busca de lectores, con amor e impaciencia, a sabiendas de
que algunos le esperan al acecho. El libro bien merece una recepción
limpia, y si mancha los ojos, convendrá que el lector regrese a la fuente
de donde nace su mirada antes de emitir un juicio adverso.
El libro es siempre un riesgo.
Pero el que no lo corre, no acabará de ser hombre del todo, no será un
hombre entero. Porque el libro se escribe no para que compartamos el hogar
de sus páginas, sino para que comprendamos lo que los otros piensan o lo
que el autor ve en lo que nosotros miramos. Hay que saber leer, para no
leer en los libros únicamente lo que ya sabemos.
El libro responde a una
exigencia social, y no solo a una espontaneidad del autor o a una
arbitrariedad de los lectores. El libro, con más gozo y verdad que el
nacer o la muerte, nos asemeja a todos en la vida. Es un bien del que
ninguna ideología política puede o debe privarnos, porque su lectura es el
instrumento que nos categoriza y eleva sin desigualarnos. Alguien, algún
día, tendrá el valor cívico de valorar la gloria o desventura de la
política de un régimen por su política del libro.
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