GOYA

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abril 08

 

Dentro de la serie de artículos sobre los más preclaros pintores españoles que venimos desde hace algún tiempo publicando en Miscelánea Calasanz, es hoy la oportunidad de Goya, el alcance de cuya pintura nos llega de la mano de don Ramón Gómez de la Serna. Con él damos por concluido, al menos por ahora y después de haber aparecido los trabajos sobre el Greco, Ribera, Murillo, Zurbarán y Velázquez, nuestro paseo por la pintura española.

Como el resto de los estudios que han tenido cabida aquí, puede encontrarse este en el Libro de Oro ibero-americano. Catálogo oficial y monumental de la exposición de Sevilla, Santander, Unión Ibero-Americana, imp. Aldus,  s.a. (¿1929?), t. I, págs. 139 y ss.

 

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Un centenario avanza como un tren que trae al centenariado. Por eso he aquí a Autorretrato. GoyaGoya que vuelve a llegar a España en tiempos de optimismo, renovando su memoria ante los muchos que han venido en esta ocasión de las más lejanas tierras.

Da juventud a España Goya y pinta sus labios rojos de un rojo más vivo. El sentido de su carácter, lo que solo el genio señala a un pueblo, es lo que Goya apunta y sonsaca, aclarando la vocación de la raza y aclarando sus gracias.

¿Esa gran comprensión de Goya amanece en su cerebro como posible esfuerzo de un cerebro solo? Un cerebro privilegiado recoge la retrovisión y la futura visión de España; pero el fenómeno se debe a mayores ingredientes: el principal, a que Goya ve luces de dos siglos, recogiendo el resplandor final del XVIII y amaneciendo a las luces del XIX, siglo de trabucación y modernismo en que ya estaba hasta el atisbo del XX.

Es importante para los precursores el asomarse a dos siglos, y ahora volverá a suceder que el privilegio de todos los que han asistido con talento a la muerte del XIX y al nacimiento del XX les dará lugar preeminente en el porvenir y serán imitados hasta que luces nuevas de otros dos siglos vuelvan a originar nuevos precursores, dotados de la originalidad que hace época.

El que entra ya en un siglo carece de esa visión de contraste que da el otro siglo, y el saque de sus ideas no es tan poderoso como el de los que han visto dos y se aprovechan del bote en el siglo nuevo y del rebote en el siglo recién pasado.

Ya en los finales de un siglo se comienza a ver fenómenos de ocaso servidos junto a Saturno devorando a sus hijos. Goyafenómenos de aurora. En el montante de Oriente se atisban albores.

Por eso Goya en esos últimos tiempos del XVIII ve todo lo que ha de venir y tiene un arranque de visión osada de sus contemporáneos, porque ya les ve caducos, murientes, viejos, como lo que no se renueva, ni sabe lo que va a venir. Una nueva luz aparece en ese momento en la montura del camino, en esa meseta en que acaban las cuestas arriba, y Goya consigue lo más maravilloso que se puede conseguir: ver esa luz antes que nadie, adelantarse.

Toda la pintura de un siglo después, hasta el impresionismo y sucedáneos, está influida por Goya, pues él descubrió con la soltura del color y el mezclarle con luces nuevas el secreto de lo nuevo. Parece que su apellido Lucientes integra su obra y es para él mina inagotable de luces.

En el atardeciente final del siglo XVIII, cuando Goya comienza sus inventivas, el genio se levanta en uno de esos zancos que él ha pintado en la boda de pueblo, sino que mucho más alto, y sobre los tejados de su presente distingue la luz del siglo XIX.

Cuando sin parar mientes en ello vemos el anuncio de la natividad de Goya en el siglo XVIII, casi llegamos a creer que se trata de una equivocación, pues todo el siglo XVIII niega antecedentes a nuestro gran pintor.

Para nosotros, el siglo XVIII es un siglo de pelucas blancas, pero no porque estén superpuestas, sino porque encajan en el siglo, le van bien y representan su dominio de la vejez, de la que hacen filigrana, sutilidades y distinción, pero sin que deje de ser ni por un momento imperio y eco de la vejez.

Goya se arranca una mañana esa peluca pesadísima, que sobre todo comprometía al El pelele. Goyaespíritu, y la tira por el balcón, como vejez muerta de la que se desprende el hombre que se rejuvenece.

Es la primera peluca caída en la calle, con desacato para todo el siglo.

Mira de soslayo a su tiempo y lo mete en luces que lo evidencian. Aquel enguate de sombras y terciopelos con que envolvían los temas los cuadros del pasado son suprimidos por Goya y ya deja de pintar guerreros y magistrados, como único tema, para encararse con la vida de alrededor y pintar lo que más ve y frente a lo que le gusta pararse más tiempo.

Blasfemia de inspiración pudo parecer aquella obra; pero era tan serio lo que tenía de profético, que el público se vio impelido a admirarla. Tenía esa cosa de la aurora boreal, que si da pánico y desconcierto, al mismo tiempo admira.

Todos los pintores de su época se debieron decir cositas al oído, porque oscurecía sus paletas aquel hombre rebelde y luminoso.

Por aquellas fechas en que Goya reluce no ha pasado aún nada en el país; las instituciones son las mismas, valetudinarias y caducas, y, sin embargo, por obra de un solo hombre y pintor parece haber pasado algo y uno de los vientos sañudos cambia de dirección.

Esta magia de Goya y de su pintura conviene que sea observada, porque es magia verdadera que abre las brechas de ventana tras ventana en las paredes de la vida española de entonces.

La ictericia de los retratos del tiempo se cura en Goya, que da sensación de porvenir a la vida, sensación de porvenir que entonces debió ser como una embriaguez de flores y vino.

¡Y todo por causa de una luz que estaba desde siempre en la vida y que no se veía por causa de los tópicos y la sordidez y los ojos que se interponían entre ella y los tiempos!

Goya da la vacación aun pueblo y le señala la fiesta despejada de los nuevos tiempos que en lo que más se diferencian de los antiguos es en la original festividad que traen. Con La gallina ciega. Goyamás conciencia que nunca se liberta la materialidad pictórica, se quita las corozas, las estameñas, los vestidos de hierro y se celebra la boda con las nuevas coloraciones, un nuevo sentido de la vibración del color y de su vida, dejándole traspirar el latido personal de cada cosa y haciéndole retener la palpitación de la hora, trasfundiéndolo todo en un nuevo goce de la pintura.

Aquel amaño en que consistía la pintura queda modificado y hay que atender a espontaneidades y vientecillos con los que nunca había contado la pintura, siempre movida por un ritmo retórico y convencional en solemnes paradas.

Goya prepara la comprensión de lo democrático y extasía el mundo en sus cielos libres y claros.

Contra la manera de encerrar las cosas en el ambiente enrarecido de lo académico, Goya reacciona, destechando la pintura y dotándola de una facundia que nunca tuvo.

Ese cierto barroquismo que él puso en marcha resultaba muy español, además de muy mundial y de ejemplar para todas las pinturas.

Ese esbozado genial, esa traza áspera y fina al mismo tiempo, esas torpezas profesadas como elocuencias sumas, ese arte de casi no decir para decirlo todo, esos garrapateos en un ángulo, todo forma ese barroquismo pictórico que en Goya llega al ideal.

Su pincel plasma las cosas con todo el enrevesamiento que el pincel quiere, y con los golpes secos, atravesados, inacabados o interjenciarantes que la inspiración necesita, y, sin embargo, este conjunto muchas veces bárbaro se envuelve en una atenuación divina, aplacadora de la improvisación de rasguñante diseño, coordinadora de vida, verdadera atenuación que solo puede atribuirse al milagro genial, al soplo que hace de lo barroco el arte viviente por excelencia.

Don Francisco de Goya y Lucientes es el redentor de la pintura, no solo española, sino mundial, pues después, al encontrarle los pintores viajeros de otros países, se llevan su audacia clara y su nueva manera de tantear y plastificar el mundo, debiendo tener un eco de él todos los cuadros que en adelante se habían de colgar de los muros de los museos del terráqueo.

Vence cualquier amaneramiento y pinta lo que ve como no lo habían pintado los que decían que hacían lo mismo: pintar lo que veían.

Como un gran músico, como ese Beethoven que se le parece, concierta de otra manera, anima de modo excepcional las notas conocidas, las tergiversa de suerte La maja desnuda. Goyamaravillosa y convierte en algo más que en pintura, en resumen mayor de tiempos y espacios, la pintura misma.

El centenario de este hombre en una época tan florida de inauguraciones como esta es algo que ofrecer como más joven que nunca, como si resucitase en ejemplo perenne, por lo que tiene de nuevo nacimiento el centenario.

Todo el mundo encontrará en la obra de D. Francisco el retrato de la juventud de España en su hora más álgida de candidez y de esperanzas.

Sobre la belleza, floreciente y alegre, de la España de hoy, se encontrará, como una dimensión más de esta alegría en otro tiempo más alegre, el reflejo de aquella España en los lienzos de Gya.

Aun con sus brusquedades de regañón puso optimismo en la península y dotó de una Corte bullanguera a la Corte indecisa.

Dejó sembradas muchas cosas y muchos despejos, y desde sus cuadros se puede decir que brotó la alocución animadora que llevó a España a un mayor conocimiento de sí misma y a un interior enorgullecimiento, tan fértil para la formación del alma popular, enorgullecimiento de la propia majeza, autovisión del solaz familiar, solemnización de sitios y fechas elevados al rango de exaltaciones raciales.

 

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