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Dentro de la serie de
artículos sobre los más preclaros pintores españoles que venimos desde
hace algún tiempo publicando en Miscelánea Calasanz, es hoy la
oportunidad de Goya, el alcance de cuya pintura nos llega de la mano de
don Ramón Gómez de la Serna. Con él damos por concluido, al menos por
ahora y después de haber aparecido los trabajos sobre el
Greco,
Ribera, Murillo,
Zurbarán y
Velázquez, nuestro paseo por la pintura española.
Como el resto de los estudios
que han tenido cabida aquí, puede encontrarse
este en
el Libro de Oro ibero-americano. Catálogo oficial y
monumental de la exposición de Sevilla, Santander, Unión
Ibero-Americana, imp. Aldus, s.a. (¿1929?), t. I, págs. 139 y ss.
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Un
centenario avanza como un tren que trae al centenariado. Por eso he aquí a
Goya que vuelve a llegar a España en tiempos de optimismo, renovando su
memoria ante los muchos que han venido en esta ocasión de las más lejanas
tierras.
Da juventud a España Goya y
pinta sus labios rojos de un rojo más vivo. El sentido de su carácter, lo
que solo el genio señala a un pueblo, es lo que Goya apunta y sonsaca,
aclarando la vocación de la raza y aclarando sus gracias.
¿Esa gran comprensión de Goya
amanece en su cerebro como posible esfuerzo de un cerebro solo? Un cerebro
privilegiado recoge la retrovisión y la futura visión de España; pero el
fenómeno se debe a mayores ingredientes: el principal, a que Goya ve luces
de dos siglos, recogiendo el resplandor final del XVIII y amaneciendo a
las luces del XIX, siglo de trabucación y modernismo en que ya estaba
hasta el atisbo del XX.
Es importante para los
precursores el asomarse a dos siglos, y ahora volverá a suceder que el
privilegio de todos los que han asistido con talento a la muerte del XIX y
al nacimiento del XX les dará lugar preeminente en el porvenir y serán
imitados hasta que luces nuevas de otros dos siglos vuelvan a originar
nuevos precursores, dotados de la originalidad que hace época.
El que entra ya en un siglo
carece de esa visión de contraste que da el otro siglo, y el saque de sus
ideas no es tan poderoso como el de los que han visto dos y se aprovechan
del bote en el siglo nuevo y del rebote en el siglo recién pasado.
Ya en los finales de un siglo
se comienza a ver fenómenos de ocaso servidos junto a
fenómenos de aurora.
En el montante de Oriente se atisban albores.
Por eso Goya en esos últimos
tiempos del XVIII ve todo lo que ha de venir y tiene un arranque de visión
osada de sus contemporáneos, porque ya les ve caducos, murientes, viejos,
como lo que no se renueva, ni sabe lo que va a venir. Una nueva luz
aparece en ese momento en la montura del camino, en esa meseta en que
acaban las cuestas arriba, y Goya consigue lo más maravilloso que se puede
conseguir: ver esa luz antes que nadie, adelantarse.
Toda la pintura de un siglo
después, hasta el impresionismo y sucedáneos, está influida por Goya, pues
él descubrió con la soltura del color y el mezclarle con luces nuevas el
secreto de lo nuevo. Parece que su apellido Lucientes integra su obra y es
para él mina inagotable de luces.
En el atardeciente final del
siglo XVIII, cuando Goya comienza sus inventivas, el genio se levanta en
uno de esos zancos que él ha pintado en la boda de pueblo, sino que mucho
más alto, y sobre los tejados de su presente distingue la luz del siglo
XIX.
Cuando sin parar mientes en
ello vemos el anuncio de la natividad de Goya en el siglo XVIII, casi
llegamos a creer que se trata de una equivocación, pues todo el siglo
XVIII niega antecedentes a nuestro gran pintor.
Para nosotros, el siglo XVIII
es un siglo de pelucas blancas, pero no porque estén superpuestas, sino
porque encajan en el siglo, le van bien y representan su dominio de la
vejez, de la que hacen filigrana, sutilidades y distinción, pero sin que
deje de ser ni por un momento imperio y eco de la vejez.
Goya se arranca una mañana esa
peluca pesadísima, que sobre todo comprometía al
espíritu,
y la tira por el balcón, como vejez muerta de la que se desprende el
hombre que se rejuvenece.
Es la primera peluca caída en
la calle, con desacato para todo el siglo.
Mira de soslayo a su tiempo y
lo mete en luces que lo evidencian. Aquel enguate de sombras y terciopelos
con que envolvían los temas los cuadros del pasado son suprimidos por Goya
y ya deja de pintar guerreros y magistrados, como único tema, para
encararse con la vida de alrededor y pintar lo que más ve y frente a lo
que le gusta pararse más tiempo.
Blasfemia de inspiración pudo
parecer aquella obra; pero era tan serio lo que tenía de profético, que el
público se vio impelido a admirarla. Tenía esa cosa de la aurora boreal,
que si da pánico y desconcierto, al mismo tiempo admira.
Todos los pintores de su época
se debieron decir cositas al oído, porque oscurecía sus paletas aquel
hombre rebelde y luminoso.
Por aquellas fechas en que
Goya reluce no ha pasado aún nada en el país; las instituciones son las
mismas, valetudinarias y caducas, y, sin embargo, por obra de un solo
hombre y pintor parece haber pasado algo y uno de los vientos sañudos
cambia de dirección.
Esta magia de Goya y de su
pintura conviene que sea observada, porque es magia verdadera que abre las
brechas de ventana tras ventana en las paredes de la vida española de
entonces.
La ictericia de los retratos
del tiempo se cura en Goya, que da sensación de porvenir a la vida,
sensación de porvenir que entonces debió ser como una embriaguez de flores
y vino.
¡Y todo por causa de una luz
que estaba desde siempre en la vida y que no se veía por causa de los
tópicos y la sordidez y los ojos que se interponían entre ella y los
tiempos!
Goya da la vacación aun pueblo
y le señala la fiesta despejada de los nuevos tiempos que en lo que más se
diferencian de los antiguos es en la original festividad que traen. Con
más
conciencia que nunca se liberta la materialidad pictórica, se quita las
corozas, las estameñas, los vestidos de hierro y se celebra la boda con
las nuevas coloraciones, un nuevo sentido de la vibración del color y de
su vida, dejándole traspirar el latido personal de cada cosa y haciéndole
retener la palpitación de la hora, trasfundiéndolo todo en un nuevo goce
de la pintura.
Aquel amaño en que consistía
la pintura queda modificado y hay que atender a espontaneidades y
vientecillos con los que nunca había contado la pintura, siempre movida
por un ritmo retórico y convencional en solemnes paradas.
Goya prepara la comprensión de
lo democrático y extasía el mundo en sus cielos libres y claros.
Contra la manera de encerrar
las cosas en el ambiente enrarecido de lo académico, Goya reacciona,
destechando la pintura y dotándola de una facundia que nunca tuvo.
Ese cierto barroquismo que él
puso en marcha resultaba muy español, además de muy mundial y de ejemplar
para todas las pinturas.
Ese esbozado genial, esa traza
áspera y fina al mismo tiempo, esas torpezas profesadas como elocuencias
sumas, ese arte de casi no decir para decirlo todo, esos garrapateos en un
ángulo, todo forma ese barroquismo pictórico que en Goya llega al ideal.
Su pincel plasma las cosas con
todo el enrevesamiento que el pincel quiere, y con los golpes secos,
atravesados, inacabados o interjenciarantes que la inspiración necesita,
y, sin embargo, este conjunto muchas veces bárbaro se envuelve en una
atenuación divina, aplacadora de la improvisación de rasguñante diseño,
coordinadora de vida, verdadera atenuación que solo puede atribuirse al
milagro genial, al soplo que hace de lo barroco el arte viviente por
excelencia.
Don Francisco de Goya y
Lucientes es el redentor de la pintura, no solo española, sino mundial,
pues después, al encontrarle los pintores viajeros de otros países, se
llevan su audacia clara y su nueva manera de tantear y plastificar el
mundo, debiendo tener un eco de él todos los cuadros que en adelante se
habían de colgar de los muros de los museos del terráqueo.
Vence cualquier amaneramiento
y pinta lo que ve como no lo habían pintado los que decían que hacían lo
mismo: pintar lo que veían.
Como un gran músico, como ese
Beethoven que se le parece, concierta de otra manera, anima de modo
excepcional las notas conocidas, las tergiversa de suerte
maravillosa
y convierte en algo más que en pintura, en resumen mayor de tiempos y
espacios, la pintura misma.
El centenario de este hombre
en una época tan florida de inauguraciones como esta es algo que ofrecer
como más joven que nunca, como si resucitase en ejemplo perenne, por lo
que tiene de nuevo nacimiento el centenario.
Todo el mundo encontrará en la
obra de D. Francisco el retrato de la juventud de España en su hora más
álgida de candidez y de esperanzas.
Sobre la belleza, floreciente
y alegre, de la España de hoy, se encontrará, como una dimensión más de
esta alegría en otro tiempo más alegre, el reflejo de aquella España en
los lienzos de Gya.
Aun con sus brusquedades de
regañón puso optimismo en la península y dotó de una Corte bullanguera a
la Corte indecisa.
Dejó sembradas muchas cosas y
muchos despejos, y desde sus cuadros se puede decir que brotó la alocución
animadora que llevó a España a un mayor conocimiento de sí misma y a un
interior enorgullecimiento, tan fértil para la formación del alma popular,
enorgullecimiento de la propia majeza, autovisión del solaz familiar,
solemnización de sitios y fechas elevados al rango de exaltaciones
raciales.
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