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Otras veces ya han asomado a
estas páginas de Miscelánea Calasanz textos que se centraban en la
figura del maestro. Así, en el numero 3, correspondiente al mes de marzo
del pasado año, incluimos un "Elogio del maestro", de Eugenio D'Ors; y en
el último, del mes de febrero del año en curso, un artículo de Ana de
Gómez Mayorga que llevaba por título "Predicar en el desierto".
En esta ocasión traemos unas
pocas líneas de Andrés Manjón (1846-1923), presbítero, fundador de las
Escuelas del Ave María, renovador de los métodos pedagógicos, claro y
sencillo, atento siempre a dirigir al maestro en la tarea de dirigir a la
infancia, conocedor como nadie de las dudas y dolores del maestro y de su
remedio. Toca aquí Manjón el importante aspecto de la paciencia en
el maestro, tanto más necesaria cuanto en menor consideración es tenido,
paciencia que le hará sufrir con resignación los males que le cercan, los
agravios que se le hacen, los desprecios, las afrentas...
Véalo todo ello el maestro
como tribulación venida de Dios; entiéndalo como prueba y señal; refúgiese
en Cristo, que le hará llevadera la carga; tome en consideración los
sufrimientos que por puro amor padeció y conozca cómo sus propias faltas
son merecedoras de severo castigo: así podrá armarse con la paciencia que
su trabajo necesita y, yendo un poco más allá, alcanzar la longanimidad
que le acercará a su Creador.
Copiamos el texto de la
Edición Nacional de las Obras Selectas de D. Andrés Manjón, El maestro
mirando hacia dentro, prólogo de S. E. Revma. el Señor Arzobispo de
Granada, Alcalá de Henares, Editorial Redención, del Patronato Central
para la Redención de las Penas por el Trabajo, MXMXLV, págs. 100 y ss.
Recíbelo por una invitación a que medites en tu trabajo, compañero amigo,
y que la reflexión te sea fecunda.
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La paciencia os es necesaria
San Pablo
Bueno es verse humillado para aprender a ser justo.
David
1. El
sufrir es inherente a todo hombre, y al maestro mucho más. La enfermedad,
el dolor, la pobreza, la lucha consigo mismo, con la ignorancia y el
pecado, son, entre otras, fuentes comunes de penas y sufrimientos. Sería
menester dejar de ser hombre para no tener que penar y sufrir.
2. La sociedad y compañía de
los hombres, que es fuente de muchísimos bienes y alegrías, también lo es
de contradicción y lucha, de ofensas y padecimientos. ¡Cuánto no hacen
sufrir la ignorancia, el terror, el carácter, la imprudencia, la envidia,
la ingratitud, la inquina y otras malas pasiones de los hombres! Aun entre
amigos y compañeros no deja de haber disgustos.
3. El oficio y cargo de
enseñar y educar, ¡cuántos trabajos, disgustos y amarguras, desencantos,
desfallecimientos, aburrimientos y cansancios no lleva consigo! ¡Cuántas
ingratitudes, ya de los padres, ya de los hijos, ya de las autoridades, ya
de la sociedad en general ha de sufrir el maestro!; y tanto más de sentir,
cuando trabaja para ellos y no saben o no quieren apreciarlo, pagando
siquiera con afecto de consideración y respeto el bien
que
se les hace. Este trabajo que se impone y no es agradecido, el amor con
que los trata y no es correspondido, llagan al alma y la hieren y lastiman
con honda pena.
4. Humanamente pensando y de
ordinario, el maestro no recibe de los hombres el cariño y la
correspondencia que, a su parecer, merece y era de esperar, y si le falta
la virtud de la paciencia, se desespera y maldice su cargo, que tantas
cargas tiene y tan pequeñas recompensas. Y así es como, por culpa de
todos, se forman los maestros que no enseñan, los educadores que no
educan, los operarios que no trabajan, los vigilantes que se duermen, los
celosos que se abandonan, y hasta los hombres de bien que se corrompen, y
los apóstoles que escandalizan y se hacen del partido de Judas, esto es,
maestros de la iniquidad.
5. Mas si el maestro es
paciente y sufrido, de los males saca bienes, y sabiendo que la vida es
lucha, en la prueba se agranda y crece, y siendo cristiano, todo lo mira
desde muy alto y con el ojo de la fe, ilustrada por la razón; entiende que
por mucho que padezca, más merecen sus culpas, y a más penar mayor gloria
le espera; él sabe que todo, menos el pecado, pasa por la mano de Dios.
6. Para el maestro cristiano
la tribulación es un don de Dios, y siempre es de estimar un bien
que Dios consiente o envía para nuestro bien. La tribulación es una
prueba, con la cual Dios prueba si le amamos; es un trabajo de
cultivo y producción de virtudes para el alma, y hasta es una señal de
predestinación, pues al que Dios ama le castiga. Y así, mirado el
dolor y la tribulación, no desmaya ni afloja ni hace decaer el ánimo,
sino, al contrario, sufre con paciencia, y a veces llega a alegrarse y
hacer gozosas las penas, por imitar en algo a Jesús y por la recompensa.
Si alguno carece de la sabiduría que necesita, pídala a
Dios,
que la da con abundancia a todos y no zahiere,
y Dios se la dará.
Santiago, Epístola I, 5
1. Dichoso
el maestro que es paciente, porque será un hombre perfecto y cabal.
La paciencia es virtud que no engaña, es virtud sólida y probada y supone
un conjunto de virtudes de las que es como el fruto y la prueba.
2. Mas tenga la paciencia
perfecta en sus obras sin faltar en nada, sin agotarse nunca; que ser a
ratos sufridos y a ratos furiosos y malhumorados no es de hombres cabales
y perfectos.
3. ¿Y qué medio habrá para
estar a todas horas sobre sí y no dejarse llevar de la ira, que descompone
y rebaja al maestro ante sus discípulos? Lo dice el apóstol Santiago:
"Pedirla a Dios".
4. Y Dios, ¿la concederá? No
solamente la concederá, sino que "la dará en abundancia a todo el que se
la pida". Pídala, pues, el educador y maestro y todo el que carezca de la
sabiduría para ser paciente y esté seguro que Dios se la concederá, sin
zaherirle por sus defectos, pues conoce el barro de que estamos formados.
5. "Y pida con fe y sin
abrigar duda, pues el que duda es semejante a las olas del mar, que son
llevadas y traídas por el viento". El que de la sabiduría y bondad de Dios
dude no espere conseguir nada. "El hombre de ánimo doble es inconstante en
todas sus obras".
6. ¡Ay del maestro
inconstante! Será un semihombre que no hará hombres, una veleta que hará
veletas, un poco de espuma llevada y traída por las olas del viento, y ¡ay
de la escuela y los alumnos que tengan la desgracia de sufrir a un maestro
sin paciencia! Pues será un desgraciado que hará desgraciados, un iracundo
que hará furiosos, un desnivelado expuesto a todos los ímpetus y desmanes
del ebrio; que la ira viene a ser como una borrachera transitoria, capaz
de los mayores excesos e inconveniencias.
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