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En el último número de
Miscelánea Calasanz incluíamos los relatos de la toma y destrucción de Numancia y Cartago. Hoy, dejamos correr los siglos y nos adentramos en la
Edad Contemporánea. La Europa ha cambiado mucho: el derecho de Roma se ha
extendido a toda ella; el cristianismo, paulatinamente, insensiblemente,
sin turbar el orden social, ha hecho sus costumbres más dulces; la
imprenta ha contribuido poderosamente a la difusión en ella de la cultura; los
conocimientos científicos han avanzado en modo notable empujándola hacia
lo que parece un progreso sin límites; la luz de los
salones franceses irradia desde París hacia los cuatro extremos de su
tierra; el sueño del hombre natural
de Rousseau la invita a buscar nuevos caminos que lleven a la aparición
del hombre bueno; Goethe ha impregnado su
literatura y su sociedad con la sensibilidad del joven Werther, cuyas
emotivas cartas lee repetidamente Napoleón... Tendríamos derecho a pensar
que una nueva era de nuevos y más anchurosos horizontes esperanzados se
inicia... Sin embargo, la soberbia, la vanidad, el ansia de poder, el desprecio del
débil... Nada ha cambiado en el fondo del hombre.
En efecto, en la historia europea ha hecho su entrada Napoleón: primero,
la República; después, el Consulado a perpetuidad; por último, de este
salta al Imperio. Una rápida carrera desde el golpe de estado en 9 de
noviembre de 1799 hasta el 2 de diciembre de 1804, en que Pío VII unge la
cabeza, brazos y manos del nuevo emperador, que por su propia mano se ciñe
la corona imperial. Se estremece la vieja Europa bajo la pisada firme de
los ejércitos franceses. La ambición de Napoleón –héroe
del "Hecho consumado" le ha llamado Fernando de Sagarra– con nada se satisface y
España, cuyo Gobierno ya ha dado muestras de debilidad en el Tratado de Fontainebleau, es un apetitoso bocado que ofrecer a su hermano José.
Mas no consiente atropellos la noble casta española. El día 2 de mayo de
1808 se hacen oír en Madrid los cañones de Daoíz y Velarde y la sangre de
estos mártires purpura el suelo del Parque de Artillería. No soporta el
gran duque de Berg el arrojo de la brava raza hispana y lanza su bien
pertrechado ejército contra el pueblo madrileño. Cuando se ha apagado el
rugido de los fieros defensores, la alevosa arcabucería criminal de las tropas francesas
descarga sobre la población inerme y los belicosos mamelucos corren a la
venganza, cimitarra en mano, masacrando sin ninguna piedad a cuantos
revoltosos encuentran. "Elle fut terrible!",
se lamenta a este propósito el general barón de Marbot en sus
Mémoires (Paris, Plon, 1891, t.II, pág. 36). No importa que falte a la
palabra dada, ni que la sangre derramada sea inocente; ni importa que sea
una guerra injusta: Murat puede presentarle al césar corso el reino
ambicionado. Llevado de su presuntuosidad, ignorante del fatal paso que
acababa de dar al irritar al pueblo español, exclama el príncipe: "Le 2
mai donne l'Espagne à l'empereur" (Mémoires d'un apothicaire sur la
guerre d'Éspagne pendant les anées 1808 à 1814, Paris, Ladvocat, 1828,
t. I, pág. 47). Pero la nación ultrajada se levanta: ¡cabalga la guerra
bermeja!
* * *
Próximo a cumplirse el bicentenario del heroico levantamiento, rinde
Miscelánea Calasanz su modesto homenaje a aquellos hombres que
prefirieron dar su vida antes que entregar la patria al usurpador y la
cerviz al yugo de la esclavitud. Tres relaciones de aquella gesta nacional –baldón
de la nación francesa– presentamos, las tres de excelentes narradores
testigos directos de los hechos: la de Alcalá Galiano, la de Blanco White
y, últimamente, la del conde de Toreno. A estas narraciones, añadimos la
"proclama, digna de Atila" que mandó fijar Murat por las esquinas de la
ciudad.
De las
Memorias de don Antonio Alcalá
Galiano, damos el texto –en el que hemos llevado a cabo mínimas
correcciones ortográficas– correspondiente al capítulo X de la primera parte
que ofrece la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
José Blanco White,
Cartas de
España, introducción de Vicente Llorens, traducción y notas de Antonio
Garnica, Madrid, Alianza Editorial, 1972, Carta duodécima, págs. 306 y ss.
Conde de Toreno,
Historia
del levantamiento, guerra y revolución de España, Madrid, Imprenta del
Diario, 1839, tomo I, págs. 77 y ss.
Proclama de Murat, en la obra ya citada del conde de Toreno
Historia
del levantamiento, guerra y revolución de España, Madrid, Imprenta del
Diario, 1839, tomo I, págs. 456-457.
*
* * * * * *
El día 1 de mayo tenía Madrid un aspecto tétrico y amenazador
sobre todo cuanto puede ponderarse, y sobre todo cuanto después se ha
visto, aun en el discurso de nuestras bravas, furiosas y enconadas
discordias. Estaba aquel día de guardia en el Principal, situado como
ahora en la Puerta del Sol, tropa de los batallones de marina, de que
había en Madrid alguna fuerza, y mandaba aquella guardia el oficial de la
Real Armada don Manuel Esquivel, mi condiscípulo y amigo. Me encaminé a
verle, tanto por visitarle cuanto por ser en aquel lugar donde mejor se
advertía lo que pasaba. Encontrele acongojado, porque a cada minuto estaba
esperando un rompimiento, y tenía su tropa sin cartuchos; tanto era el
cuidado con que la Junta de Gobierno, compuesta de los ministros del rey,
y que todavía en su nombre regía España, tiraba a evitar que a las
provocaciones de los franceses respondiesen con actos de hostilidad los
soldados españoles, o que en estos encontrase ayuda el pueblo si llegaba a
romper un tumulto. Pero el alboroto temido estaba casi empezado. Rebosaba
la Puerta del Sol de gente, pintándose en los rostros de todos los
extremos de la pena y la ira, como esperando noticias de Francia, sin
aguardar una buena, como contando los momentos que faltaban para dar
desahogo y satisfacción a sus rabiosas pasiones.
Cada francés que pasaba recibía insultos y
amenazas. En esto asomó el gran duque de Berg con su comitiva. Silbidos
escandalosos, aullidos feroces, gestos de amenaza, dictados por un frenesí
de cólera, saludaron a tan encumbrado personaje, el cual aparentó no
entender o despreciar tan claras e insolentes demostraciones. Muy poco
después viose venir el pobre y feo coche en que iba de paseo el infante
don Antonio. Renovose a esta vista el alboroto, siendo por otro estilo
igualmente significativo. En aquel hombre tosco y limitado se veía
representada la Familia Real de España y su sobrino, el monarca. Por eso
le saludó la voz popular con extremos de amor delirante. Los altos y
repetidos vivas del numeroso concurso eran dados como si desgarrasen los
pechos de que salían. Al darse las aclamaciones, notábase que se daban con
ojos encendidos y llorosos y rostros demudados, y volaron por el aire los
sombreros arrojados con tal ímpetu, que dieron muchos con violencia contra
el coche.
Aquella gritería y la anterior eran dos partes
de una misma demostración de cruda guerra, destinada la primera a reto
mortal al contrario, y la segunda de protesta a aquellos
por quienes
pensaba sacrificarse el pueblo, de estar no sólo dispuesto al sacrificio,
sino ansioso de consumarle. Alma de hielo era preciso tener para no
sentirse conmovido hasta lo sumo con tal escena. En mí hizo un efecto
prodigioso, y por mi corazón juzgo de los ajenos; y lo que siguió acreditó
no ser aventurado mi juicio. No pasó más, sin embargo, en aquella tarde,
próxima ya a terminar cuando ocurrió el último alboroto. Cerró la noche, y
vuelto yo a mi casa, fue la conversación de mi familia, como es probable
que fuese la de otras, sobre el grande asunto que ocupaba todos los
pensamientos. Veíase ya inminente una refriega y temiéndola, como era
natural, nadie o pocos deseaban que se evitase.
Amaneció el día 2 de mayo, tan célebre en los
anales de la nación española. Estaba yo vistiéndome para salir a la calle
con la inquietud natural en aquellas horas, cuando entró azorada mi madre,
y sólo me dijo estas palabras: Ya ha empezado. Vese, pues, que no
se necesitaba designar el hecho que tenía principio, sino que se daba
noticia de su llegada como de cosa conocida, y cuya tardanza daba golpe.
Me asomé al balcón y noté correr las gentes. Al momento, vistiéndome de
cualquier modo, me puse en la calle. Vivía yo en la calle del Barco, en la
casa que tiene esquina a la de la Puebla Vieja, sitio no de los de mayor
concurrencia, aunque tampoco de los más apartados del centro o de los
lugares donde más ardió la pelea, en lo que hubo de verdadera pelea en
aquel día. No bien salí, cuando vi algunas gentes de la plebe furiosa
seguir a tres franceses, que, trabados del brazo, iban por el arroyo
evitando las aceras, con paso firme y regular continente, si no sereno,
digno, amenazándolos una muerte cruel y teniendo que sufrir ser blanco de
atroces insultos.
Sin embargo, los que los seguían se contentaban
con decirles injurias y prometerles acabar con ellos; pero no pasaban de
las palabras a las obras, sintiendo repugnancia en acometer a aquella
gente indefensa, circunstancia que faltó en algunos casos, pero que no fue
tan rara cuanto se supone, pues si cayeron asesinados muchos del ejército
invasor, al intentar trasladarse de sus casas a los cuarteles, no menos
hubo que, sin recibir lesión, hicieron un tránsito tan peligroso. Los tres
de quienes he hablado bajaron por la calle del Pez, y yo los vi a largo
trecho seguidos y acosados, pero no tocados por sus perseguidores. Hasta
hubo un hombre bien portado que tuvo valor para decir que no debía
emplearse la furia española en hombres así desarmados y sueltos;
siendo muy de notar que este consejo, sin ser atendido ni desestimado, no
causase a quien le dio el mayor daño en aquella hora de efervescencia.
Oíanse, entre tanto, algunos tiros a lo lejos,
pero no descargas. Íbanse juntando cuadrillas tan ridículamente armadas,
que era locura en ellas pretender habérselas con soldados franceses. A una
de ellas, capitaneada por un muchacho como artesano, que gritaba:
¡Muchachos, a reunirse, viva Fernando! me agregué yo, y echamos hacia
la calle de Fuencarral. Pero unos insistían en que fuésemos a los
cuarteles a juntarnos con la tropa y con ella pelear en orden, y otros
querían que embistiésemos con los franceses, desde luego; esto es, que
cayésemos sobre los que pasaban, como aquellos a quienes acababa yo de ver
perseguidos poco antes. En suma, era la cuestión entre el ejército regular
y las guerrillas. Pendiente la disputa, uno se volvió a mí, y me preguntó:
¿Qué hace usted? La mala traza de mis asociados me disgustó, y
dije: No tengo armas, y voy a mi casa a buscarlas. En efecto, iba
yo de paisano. Vaya usted, me dijo otro; pero de ellos, uno,
parándome y notando mi complexión débil y mis apariencias de señorito y de
tener menos que diecinueve años (que era mi edad), me dijo con desprecio:
Usted no sirve para nada.
El cumplimiento, aunque tal vez merecido
tratándose de la clase de obra que mis casuales compañeros me proponían,
no me dio gusto, y sí la sospecha de que debía temerlos tanto cuanto a los
franceses. Escurrime, pues, y estando cerca mi casa, me entré en ella, a
donde, tomando mi sombrero con galón de plata y mi espada, volví a salir
en traje que ahora sería raro, y no lo era entonces, cuando solía llevarse
el sombrero de militar con el frac o la levita de paisano. Otra vez en la
calle, tropecé con un oficial, a quien pregunté lo que había. Contestome
él con la pregunta del cuerpo a que yo pertenecía, creyendo por el galón
de mi sombrero que era yo de las guardias de corps o de las españolas o
valonas. Pero como le dijese que era maestrante, no más me dijo «que me
volviese a casa», que los militares tenían orden de no moverse y de tirar
a sosegar el tumulto; que éste había empezado hacia la plaza de Palacio,
con motivo de ir a ponerse en camino para Bayona los infantes don Antonio
y don Francisco de Paula; que el pueblo había caído sobre franceses
dispersos, y dado muerte a algunos; pero que yendo juntándose los enemigos
en grande y ordenada fuerza, ninguna había capaz de hacerles frente; que
la rabia popular estaba en su más alto punto y era temible, y, en suma,
que seguir yo por las calles no me llevaría a fin alguno bueno.
A pesar de mi entusiasmo, conocí lo juicioso de
estas reflexiones, y puesto que las tropas no habían de entrar en la lid,
determiné volverme a casa a esperar los sucesos, y si llegaba el momento
de mezclarse en la refriega la gente decente y juiciosa. Entrado en casa,
mi madre me prohibió que saliese mas; prohibición que habría yo
quebrantado si hubiese visto que podía hacerlo para algún fin ventajoso.
Pero sólo se veía en las calles paisanos furiosos, casi todos de las
clases ínfimas, provocando, y uno u otro militar conteniendo. De los
primeros, los hubo que mostraron ciego valor, abalanzándose a los
franceses armados y juntos a buscar vencimiento y exterminio seguros; pero
en casi ningún punto hubo verdadero combate, salvo en el Parque de
Artillería. El 2 de mayo fue, pues, sublime por el valor temerario de
algunos y por el propósito de declararse contra el formidable poder
francés, casi general en todos, pero no fue un milagro; y eso habría sido
si turbas de paisanaje, ninguna de ellas muy crecida, y con buenas armas,
hubiesen intentado una lid con batallones, o siquiera con compañías del
enemigo.
La pelea trabada en el Parque de Artillería fue
de gran lustre para los que le
defendieron. Las tropas tenían orden de no
hostilizar a los franceses y de mantenerse encerradas, pero sin
prevenírseles qué harían en el caso de venir a sus cuarteles los soldados
extranjeros. Los franceses destacaron alguna fuerza a ocupar el lugar
donde estaban los cañones que podrían ser empleados en su daño. Los
artilleros y la poca tropa de Infantería que allí cerca estaba
determinaron oponerse a la ocupación por fuerza extraña de puntos que
guarnecían, sin que orden alguna autorizase a entregarlos. Hubo, pues,
desde luego, hostilidades en que el superior número de los franceses les
dio pronta victoria, con mucha honra de los vencidos. Murieron, como es
sabido, con heroicidad, el capitán de Artillería don Luis Daoíz y el
teniente del mismo cuerpo don Pedro Velarde, y cayó gravemente herido don
J. Ruiz, oficial de Infantería del regimiento de granaderos del Estado.
Varios soldados y paisanos tuvieron la misma fatal suerte.
Mientras esto pasaba, en lo demás de Madrid casi
no había pelea, pero paz, tampoco. Algunas cortas cuadrillas, y aun
hombres sueltos, insistían en matar franceses. Pero ya de estos no andaban
muchos o pocos desperdigados por las calles. A los que formaban en
compañías o piquetes ocupando algunos puestos, hubo hombres locamente
arrojados que les hicieron fuego, pagándose casi siempre el atrevimiento
con la pérdida de la vida.
Las gentes de clase superior estaban asomadas a
los balcones en los puntos donde no había tiroteo, y desde allí viendo y
oyendo procuraban enterarse de lo que pasaba. Los de nuestra calle
hacíamos lo que en todas. Hubo ocasión en que creyendo empezada la lid y
viendo pasar paisanos furibundos sin armas y pidiéndolas, acudí yo a
juntar las pocas que había en casa y a echárselas desde el balcón, lo cual
me estorbó hacer mi madre, no obstante su odio arrebatado a los franceses,
y me estorbó con acierto, pues averiguado a alguno haber hecho lo que yo
intenté, fue castigado con muerte pronta. Vivía enfrente de nuestra casa,
por el lado de la calle del Barco, la señora condesa de Tilly, cuya madre
habitaba en el cuarto segundo de la casa en que yo ocupaba el principal.
Hablábase de balcón a balcón. En esto pasó por la calle, vestido de
uniforme, don N. Morfi, oficial de los guardias reales de Infantería, y
conocido nuestro de vista, por ser gaditano. Preguntándole qué había desde
casa de la señora de Tilly, respondió vituperando el alboroto y tratándole
de despreciable, así como aconsejando la tranquilidad, o por ser, como
era, adicto a los franceses, o por creer oportuno aplacar el furor
reinante y desvanecer ilusiones hijas de esperanzas locas. En efecto, poco
antes o después, un pobre desharrapado había publicado a gritos que un
gran cuerpo francés se había rendido todo, y la noticia
de tal imposible, creída, había sido celebrada a palmadas desde todas las
casas.
Así iban pasando las horas. La refriega en el
Parque de Artillería, ocurrida bastante después de empezado el alboroto,
había sonado con gran estruendo en nuestro barrio, del cual no distaba
mucho el Parque, situado en la parte alta del de las Maravillas. Hasta
había venido una bala de cañón, disparada no se acierta a qué objeto, a
dar en la pared de la casa que forma la esquina de la calle del Barco con
la plazuela de San Ildefonso, donde dejó una señal que duró por algún
tiempo. Adelantaba ya la tarde; situose una centinela junto a la pared de
la iglesia últimamente citada, dominando desde aquel sitio la calle del
Barco, que tanto ahonda hacia donde promedia. Esto dio origen a una escena
graciosa, de las muy frecuentes en aquel día. Apostose en la parte más
baja de la misma calle del Barco, y cabalmente en el ángulo formado por
nuestra casa, un intrépido manolo, resuelto, según parecía, a pelear,
cuando ya pocos en Madrid seguían la desesperada contienda, y
parapetándose con la esquina apuntaba al francés, el cual le correspondía
con igual ademán, pero sin disparar uno u otro, aguardando cada cual a que
lo hiciese antes su contrario; hasta que, pasado largo rato en bajar y
subir el arma ambos enemigos, entre risas de los espectadores, retirose el
español y púsose a pasear el soldado extranjero, siendo de temer que el
último cayese entre las víctimas sacrificadas en aquella tarde y la
siguiente noche. Cesando ya el ruido del fuego y del vocerío del irritado
pueblo, empezaron a aparecer patrullas en que iban mezclados soldados
españoles con franceses, acompañándolas y guiándolas oficiales de ambas
naciones, que en alta voz predicaban paz y sosiego, prometiendo olvido.
Los guardias de corps patrullaban en compañía con los polacos de la
guardia imperial, todos ellos de la nobleza, advirtiéndose en los rostros
de los primeros el dolor y el disgusto, y en los de los segundos el enojo.
También se sonó y publicó que el Gobierno español había solicitado e
impetrado del príncipe generalísimo francés que no tuviese consecuencias
el grave suceso ocurrido, pacto solemnemente hecho y escandalosamente
quebrantado.
A las primeras horas de la tarde reinaba ya en
Madrid una paz triste, acompañada de terror y rabia. A poco más de las
cuatro de la tarde salí yo con el sombrero de militar que me hacía ir más
seguro. Encamineme a casa de la señorita de quien he hecho mención, como
objeto entonces de mi pasión amorosa, y residiendo ésta en un cuarto bajo
de la calle del Pez, en su ventana me situé como tenía de costumbre.
Veíamos pasar las patrullas por la calle casi solitaria. Pasado algún
tiempo, advertimos una novedad, y fue que los que llevaban capa, que eran
entonces casi todos, eran obligados a echársela doblada al hombro, para
que debajo de ella no ocultasen armas. Así, había entre los vencidos
españoles y los vencedores franceses miradas de indecible provocación,
siendo las de los últimos de insolencia y enojo, y de más vengativo y
reconcentrado rencor las de los primeros, como si aún en aquellas
circunstancias desafiasen a sus dominadores. Íbase acercando la noche y
nublándose el tiempo, amenazaba lluvia, habiendo sido serena la mañana.
Por esta y otras razones me recogí a mi casa antes que anocheciese, acción
imitada por casi todos, pues poquísimos fueron los que pisaron las
peligrosas calles de la capital en aquella noche aciaga y terrible.
Apenas había yo entrado en mi casa y acabado de
anochecer, cuando situándose en la esquina una patrulla toda de franceses,
advertimos que detenía y registraba a todos los transeúntes, cuyo número
era muy corto. Nada más supimos por entonces de las tragedias que estaban
pasando. En el silencio, tinieblas y soledad, empezaron a oírse tiros y
descargas, que no cesaron hasta el amanecer del nuevo día. Apenas se podía
conjeturar de qué nacía aquel ruido. No oírse voces declaraba que no había
pelea, lo cual tampoco era de suponer a tales horas y vista la situación
en que la tarde anterior habían quedado las partes contrarias. Con la
mañana vinieron las noticias que abultaban atrocidades demasiado graves.
Los franceses, en la tarde y noche anterior, habían estado arcabuceando, o
sin juzgarlos, o después de un juicio como de burlas ante el incompetente
tribunal de una comisión militar, formado de ellos mismos, a los españoles
a quienes habían hecho presos por suponerlos parte en el recién aplacado
alboroto, que calificaba de rebelión su jurisprudencia de conquistadores.
Había servido de prueba del delito de haber entrado en la lid la
circunstancia de llevar armas, y como raro español de la clase baja deja
de tener una navaja, cuando menos, para picar el tabaco, cuantos fueron
cogidos y registrados en las calles resultaron convictos de traer armas
ocultas y tratados como delincuentes. A muchos de ellos mataron los
enemigos a tiros en el patio del hospital e iglesia del Buen Suceso,
añadiendo el sacrilegio a la bárbara injusticia y crueldad; a otros, en
mayor número, cupo en suerte regar con su sangre el Paseo del Prado.
Continuaron en el 3 de mayo estos crueles suplicios. Llegaron por la
mañana a noticia del público, que los ignoraba, como también otros lances
lastimosos del día antecedente. Entre ellos merece especial mención el
ocurrido en una casa de la Puerta del Sol, donde habitaba una familia
unida con la mía por lazos de amistad antigua, y al lado de ella otra que
le fue superior en la desgracia.
Cuéntase diversamente el origen del horroroso
lance a que me refiero. Afirman algunos que desde las ventanas de la tal
casa dispararon uno o más tiros a los franceses en el calor de la
refriega, pues en aquel lugar la hubo, aunque breve, al paso que cuentan
otros, y entre ellos los de la familia por mí citada, por la cual tuvimos
la noticia, que no hubo por parte de quienes allí habitaban acto alguno de
hostilidad, que habiendo caído herido en la calle un mameluco, fue
recogido y entrado en aquel portal, y que otros de sus compañeros,
viéndose allí, le creyeron asesinado por los mismos en cuya casa había
tomado abrigo, y resolvieron vengarle sangrientamente. Fuese como fuese,
aquella feroz soldadesca penetró en la casa donde, como en muchas de
Madrid, había cuartos al uno y al otro lado. La familia nuestra amiga pudo
ocultarse a tiempo en un rincón oscuro e incómodo donde salvó la vida, si
no la hacienda, pues cuanto contenía la casa fue o robado o destrozado,
buscándose a las personas para matarlas y causándoles dentro de su mal
seguro escondrijo largas horas de agonía. Peor suerte fue la de la casa
vecina, donde se quedó vivo uno solo de los que en ella moraban,
haciéndose la misma obra de robo y destrucción con las cosas inanimadas.
Todo el día estuvieron los asesinos dueños de la casa esperando a
descubrir más víctimas en que ejecutar su furia. Abandonáronla entrada la
noche, con cuyo silencio, y declarando la retirada de los invasores no
sonar ruido de voces o pasos, probaron los escondidos a huir a lugar más
seguro. Abandonando el en que estaban ocultos, se encontraron primero con
su dinero y objetos de valor robados y con sus muebles hechos pedazos;
después, aventurándose a abrir la puerta que daba a la escalera, con un
cadáver allí tendido, destrozado por muchas heridas. Pusiéronse al cabo en
salvamento, recogidos ya a otra parte con su botín y su venganza los
autores de aquella tragedia. Divulgada ésta por Madrid, causó horror, a la
par con los asesinatos del Prado.
En la ínfima plebe, con ser extremado el
odio a todos los franceses, fue muy singular el que se cobró a los
mamelucos, a quienes no recomendaba llevar el traje de mahometanos.
Pero, si cabe, causaron más indignación los
franceses con sus palabras escritas y con el alarde que hicieron de su
severidad, que con sus mismas crueldades reales y verdaderas. Trataban
ellos de infundir terror para asegurarse la sumisión de los vencidos; y si
en parte lograban su intento, era en parte, y no más, y a vueltas con
esto, despertaban ardiente sed de venganza que, reprimida, crecía, y
empezada a satisfacer, necesitaba mucho para saciarse. Súpose que las
repetidas descargas hechas en la noche del 2 al 3 de mayo, no sólo eran
para quitar vidas, sino también para anunciar que se estaban quitando,
infundiendo con ello terror a la población silenciosa. Además, un edicto o
proclama del príncipe Murat, fijado en las esquinas el día 3, con aprobar
los bárbaros rigores ejecutados y amenazar con su continuación, añadió al
deseo de vengarse excitado por la crueldad el que causa haber recibido un
insulto. Eran las disposiciones de tal edicto por demás severas y
terribles, y con todo eso, infundieron menos terror y horror que ira causó
el preámbulo del mismo documento, donde se calificaba el alzamiento de los
madrileños de rebelión, como si debiesen fidelidad a sus huéspedes, y a
los levantados, de asesinos, como si no se las hubiesen habido a pecho
descubierto y a la luz del día contra adversarios poderosos, añadiéndose a
esto anunciar que la sangre francesa vertida clamaba venganza, lo cual
convidaba a buscarla por la de los españoles, derramada con muy superior
injusticia. Quien conserve memoria de los sucesos de aquellos días ha de
acordarse del estremecimiento de coraje con que era general leer aquel
malhadado escrito.
*
* * * * * *
El levantamiento del 2 de mayo no surgió a
consecuencia de un plan de los españoles, sino que, por el contrario, fue
provocado por Murat, que para intimidar a todo el país ideó astutamente la
manera de producir una explosión de violencia en la capital. Ese día el
hermano y el hijo menor del rey Carlos, que hasta entonces habían
permanecido en Madrid, tenían que salir para Bayona. La salida del país de
los últimos miembros de la familia real en tales circunstancias no podía
menos de impresionar fuertemente a un pueblo cuyos sentimientos habían
sido cruelmente torturados durante los últimos meses. El Consejo de
Regencia recomendó que la salida del infante fuera de noche, pero Murat
insistió en que sería a las nueve de la mañana. Mucho antes de esta hora
la espaciosa Plaza de Oriente estaba llena de gente del pueblo. Al
aparecer los príncipes vestidos con ropas de viaje, hombres y mujeres
rodearon los carruajes y, cortando los tirantes que los unían a los
caballos, se mostraron resueltos a impedir su marcha. Un ayudante de Murat,
que se presentó en aquel momento, fue instantáneamente agredido por la
muchedumbre y hubiera caído allí mismo víctima de la furia popular de no
ser por la ayuda que le prestó la fuerte guardia francesa que estaba
estacionada cerca de la casa del general. La guardia formó inmediatamente
y recibió la orden de hacer fuego sobre el pueblo.
Mi casa no estaba lejos del Palacio, en una calle que conduce a uno de los
principales centros de comunicación con la parte mejor de la capital. La
primera noticia del tumulto nos la trajo un tropel de gente que pasó
gritando: "¡A las armas!". Aunque oí decir que los franceses estaban
disparando sobre el pueblo, esta atrocidad me pareció tan enorme y tan
impolítica que no paré hasta salir a asegurarme de la verdad. Apenas había
llegado a la llamada Plazuela de Santo Domingo, donde confluyen cuatro
grandes calles, una de las cuales lleva a Palacio, cuando oí el redoble de
un tambor francés en esa dirección y me paré junto con un buen número de
gente formal y pacífica a los que la curiosidad había llevado al mismo
lugar. Aunque podíamos ver a un fuerte piquete de Infantería avanzar
rápidamente sobre nosotros, no podíamos imaginar que corriéramos peligro
alguno. Con esta equivocada idea esperamos que se acercaran, hasta que al
ver que los soldados hacían alto y preparaban las armas, nos dispersamos
en un santiamén. Inmediatamente sonó una descarga de fusilería, y un
hombre cayó a la entrada de la calle por donde yo y otros mucos íbamos
corriendo. Este inesperado ataque, para el que no habíamos dado ningún
motivo, nos hizo temer que podíamos caer víctimas de una matanza general,
por lo que buscamos refugio en las callejuelas que se encontraban a ambos
lados de nuestro camino. Yo corrí hasta mi casa y, tras cerrar la puerta
de la calle, no encontré mejor solución, dado mi gran sobresalto, que
dedicarme a hacer cartuchos para una escopeta que tenía. El fuego de
fusilería continuaba oyéndose en varias direcciones. Poco después se
oyeron también cercanos disparos de cañón, que aumentaron más nuestra
alarma. Estas grandes piezas de ordenanza estaban situadas en un Parque de
Artillería que el Gobierno español mantenía con gran negligencia y sin
objeto definido en aquella parte de la ciudad. Murat había puesto a todas
sus tropas sobre las armas y, al determinar los puntos que tenían que
ocupar, no había olvidado este parque. Una fuerte columna francesa se
aproximó a él por una calle que llevaba directamente a la puerta de
entrada, en la que el coronel Daoíz, paisano y amigo mío, que era el
oficial de mayor graduación en servicio, había colocado dos grandes piezas
cargadas de metralla. Resuelto a morir antes que rendirse y acompañado en
esta determinación por unos cuantos artilleros y algunos soldados de
Infantería al mando de Velarde, otro patriótico oficial, causó tremendo
estrago en la columna francesa, hasta que, dominados por el número,
cayeron aquellos dos bravos defensores de su patria, el último muerto y el
primero gravemente herido. El silencio de las armas nos hizo sospechar que
las piezas de artillería habían caído por fin en poder de los asaltantes,
y unos cuantos rezagados que pasaron por allí nos confirmaron esta
suposición.
Mientras tanto, un hombre muy bien vestido había pasado por nuestra calle
gritando a todos los vecinos que se dirigieran a un viejo depósito de
armas, pero su invitación no tuvo éxito en esta parte de la capital.
Realmente intentar armar a la gente en aquellos momentos era una verdadera
locura. Poco después del comienzo del tumulto, dos o tres columnas de la
Infantería francesa entraron en Madrid por puertas diferentes y se
apoderaron de la ciudad. La columna principal pasó por la calle Mayor,
donde las casas de cuatro o cinco pisos facilitaban a los vecinos la mejor
manera de descargar su venganza sobre los soldados franceses sin exponerse
al peligro de sus armas. Los que tenían fusiles los disparaban desde las
ventanas, y los demás arrojaban sobre los soldados tejas, ladrillos y
muebles pesados. Pero los franceses consiguieron ocupar todos los lugares
estratégicos de la capital, y su artillería llenó de pánico a la
alborotada multitud. Los soldados entraron a saco en algunas casas desde
las que habían disparado contra ellos, y la caballería empezó a hacer
prisioneros a los que no se habían puesto a salvo a su debido tiempo. Como
el pueblo madrileño había dado buena cuenta de todo soldado francés que
habían encontrado desarmado por las calles, la represalia hubiera sido
espantosa si las autoridades españolas no hubieran obtenido un decreto de
amnistía que leyeron en las partes más alborotadas de la ciudad.
Pero Murat pensó que su objetivo quedaría incompleto si no hacía un
escarmiento ejemplar en cierto número de revoltosos de las clases bajas.
Como la amnistía excluía a todos los que encontraran con armas, las
patrullas de caballería que vigilaban las calles empezaron a registrar a
todos los hombres que encontraban a su paso y, tomando como pretexto para
su vil y cruel propósito las navajas que nuestros artesanos y trabajadores
suelen llevar en el bolsillo, llevaron a cien de ellos a ser juzgados en
un consejo de guerra o, en otras palabras, a ser asesinados a sangre fría.
Esta terrible ejecución, tal vez el hecho más negro que ha manchado el
nombre francés a lo largo de su campaña de conquistas, tuvo lugar a la
caída de la tarde. Un supuesto tribunal de oficiales franceses, después de
asegurarse de que no había ninguna persona importante entre los
condenados, ordenó que fueran sacados del Retiro, lugar de su breve
prisión, y llevados al Prado para ser despachados por los soldados. [...]
El horror de los madrileños al enterarse de tan tristes noticias a la
mañana siguiente hubiera bastado para que los franceses consiguieran lo
que pretendían sin necesidad de ulteriores esfuerzos. Los cuerpos de las
víctimas, que se veían por diferentes lugares; los heridos con que nos
tropezábamos por las calles; el visible dolor de los que habían perdido a
algún familiar, y el rumor de que todavía había muchos presos esperando su
triste suerte en el Retiro, todo esto aumentó tanto y tan dolorosamente
los temores del pueblo que las calles estaban totalmente desiertas mucho
antes de llegar la noche. Todas las puertas de las casas permanecían
cerradas, y un lúgubre silencio reinaba en todas las calles por donde
pasaba. Dominado por las más tristes ideas, me iba acercando a mi casa por
un lugar llamado Postigo de San Martín, cuando vi a cuatro soldados
españoles que conducían a un hombre sobre una escalera, cuyos extremos
apoyaban en sus hombros. Al pasar junto a mí, la escalera se inclinó hacia
adelante y pude reconocer los rasgos lívidos de mi paisano y amigo Daoíz,
ya próximo a la muerte. Había estado desangrándose desde las diez de la
mañana en el mismo sitio en que cayó herido. Cuando me encontré con él, no
había perdido completamente el conocimiento. Nunca se me olvidará el débil
movimiento de su cuerpo ni sus gemidos cuando la desigualdad del piso de
la calle hacía que aumentaran sus dolores.
Mis pobres cualidades de escritor se ven totalmente superadas por las
impresiones de una noche pasada bajo tales circunstancias. Estos
acontecimientos de inaudita crueldad y traición, que exceden los límites
de lo imaginable, provocaron en nosotros incontrolables sentimientos de
temor que no podían ser refrenados por la serenidad del espíritu. El
absoluto silencio que reinaba por las calles desde las primeras horas de
la noche, solo roto por los cascos de los caballos que de vez en cuando
pasaban en gran número, llenaba de profunda tristeza a una populosa ciudad
siempre animada por un continuo bullicio.
*
* * * * * *
Amaneció en fin el 2 de mayo, día de amarga
recordación, de luto y desconsuelo, cuya dolorosa imagen nunca se borrará
de nuestro afligido y contristado pecho. Un presagio e inexplicable
desasosiego pronosticaba tan aciago acontecimiento, o ya por aquel
presentir oscuro que a veces antecede a las grandes tribulaciones de
nuestra alma, o ya más bien por la esparcida voz de la próxima partida de
los infantes. Esta voz y la suma inquietud excitada por la falta de dos
correos de Francia, habían llamado desde muy temprano a la plazuela de
palacio numeroso concurso de hombres y mujeres del pueblo. Al dar las
nueve subió en un coche con sus hijos la reina de Etruria, mirada más bien
como princesa extrajera que como propia, y muy desamada por su continuo y
secreto trato con Murat: partió sin oponérsele resistencia. Quedaban
todavía dos coches, y al instante corrió por la multitud que estaban
destinados al viaje de los dos infantes don Antonio y don Francisco. Por
instantes crecía el enojo y la ira, cuando al oír de boca de los criados
de palacio que el niño don Francisco lloraba y no quería partir, se
enternecieron todos, y las mujeres prorrumpieron en lamentos y sentidos
sollozos. En este estado y alterados más y más los ánimos, llegó a palacio
el ayudante de Murat Mr. Augusto Lagrange encargado de ver lo que allí
pasaba, y de saber si la inquietud popular ofrecía fundados temores de
alguna conmoción grave. Al ver al ayudante, conocido como tal por su
particular uniforme, nada grato a los ojos del pueblo, se persuadió este
que era venido allí para sacar por fuerza a los infantes. Siguiose un
general susurro, y al grito de una mujerzuela: ¡que nos lo llevan!
fue embestido Mr. Lagrange por todas partes, y hubiera perecido a no
haberle escudado con su cuerpo el oficial de valonas don Miguel
Desmaisieres y Flores; mas subiendo de punto la gritería y ciegos todos de
rabia y desesperación, ambos iban a ser atropellados y muertos si
afortunadamente no hubiera llegado a tiempo una patrulla francesa que los
libró del furor de la embravecida plebe. Murat prontamente informado de lo
que pasaba envió sin tardanza un batallón con dos piezas de artillería: la
proximidad a palacio de su alojamiento facilitaba la breve ejecución de su
orden. La tropa francesa, llegada que fue al paraje de la reunión popular,
en vez de acometer el alboroto en su origen, sin previo aviso ni
determinación anterior, hizo una descarga sobre los indefensos corrillos,
causando así una general dispersión, y con ella un levantamiento en toda
la capital; porque derramándose con celeridad hasta los más distantes
barrios los prófugos de palacio, cundió con ellos el terror y el miedo, y
en un instante y como por encanto se sublevó la población entera.
Acudieron todos a buscar armas, y con ansia a falta de buenas se
aprovechaban de las más arrinconadas y enmohecidas. Los franceses fueron
impetuosamente acometidos por do quiera que se les encontraba.
Respetáronse en general los que estaban dentro de las casas o iban
desarmados, y con vigor se ensañaron contra los que intentaban juntarse
con sus cuerpos o hacían fuego. Los hubo que arrojando las armas e
implorando clemencia se salvaron y fueron custodiados en paraje seguro.
¡Admirable generosidad en medio de tan ciego y justo furor! El gentío era
inmenso en la calle Mayor, de Alcalá, de la Montera y de las Carretas.
Durante algún tiempo los franceses desaparecieron, y los inexpertos
madrileños creyeron haber alcanzado y asegurado su triunfo; pero
desgraciadamente fue de corta duración su alegría.
Los extranjeros prevenidos de antemano, y estando siempre en vela,
recelosos por la pública agitación de una populosa ciudad, apresuradamente
se abalanzaron por las calles de Alcalá y carrera de San Jerónimo
barriéndola con su artillería, y arrollando a la multitud la caballería de
la guardia imperial a las órdenes del jefe de escuadrón Daumesnil.
Señaláronse en crueldad los lanceros polacos y los mamelucos, los que
conforme a las órdenes de los generales de brigada Guillot y Daubrai
forzaron las puertas de algunas casas, o ya porque desde dentro hubiesen
tirado, o ya porque así lo fingieron para entrarlas a saco y matar a
cuantos se les presentaban. Así asaltando entre otras la casa del duque de
Híjar en la carrera de san Jerónimo, arcabucearon delante de sus puertas
al anciano portero. Estuvieron también próximos a experimentar igual
suerte el marqués de Villamejor y el conde de Talara, aunque no habían
tomado parte en la sublevación. Salváronlos sus alojados. El pueblo
combatido por todas partes fue rechazado y disperso, y solo unos cuantos
siguieron defendiéndose y aun atacaron con sobresaliente bizarría. Entre
ellos los hubo que vendiendo caras sus vidas se arrojaron en medio de las
filas francesas hiriendo y matando hasta dar el postrer aliento. Hubo
otros que parapetándose en las esquinas de las calles iban de una en otra
haciendo continuado y mortífero fuego. Algunos también en vez de huir
aguardaban a pie firme, o asestaban su último y furibundo golpe contra el
jefe u oficial conocido por sus insignias. ¡Estériles esfuerzos de valor y
personal denuedo!
La tropa española permanecía en sus cuarteles por orden de la junta y del
capitán general don Francisco Javier Negrete, furiosa y encolerizada, mas
retenida por la disciplina. Entretanto paisanos sin resguardo ni apoyo se
precipitaron al parque de artillería, en el barrio de las Maravillas, para
sacar los cañones y resistir con más ventaja. Los artilleros andaban
dudosos en tomar o no parte con el pueblo, a la misma sazón que cundió la
voz de haber sido atacado por los franceses uno de los otros cuarteles.
Decididos entonces y
puestos al frente don Pedro Velarde y D. Luis Daoíz,
abrieron las puertas del parque, sacaron tres cañones y se dispusieron a
rechazar al enemigo, sostenidos por los paisanos y un pique de infantería
a las órdenes del oficial Ruiz. Al principio se cogieron prisioneros
algunos franceses, pero poco después una columna de éstos de los
acantonados en el convento de San Bernardino se avanzó mandada por el
general Lefranc, trabándose de ambos lados una profunda refriega. El
parque se defendió valerosamente, menudearon las descargas, y allí
quedaron tendidos número crecido de enemigos. De nuestra parte perecieron
bastantes soldados y paisanos: el oficial Ruiz fue desde el principio
gravemente herido. Don pedro Velarde feneció atravesado de un balazo: y
escasean ya los medios de defensa con la muerte de muchos, y aproximándose
denodadamente los franceses a la bayoneta, comenzaron los nuestros a
desalentar y quisieron rendirse. Pero cuando se creía que los enemigos
iban a admitir la capitulación se arrojaron sobre las piezas, mataron a
algunos, y entre ellos traspasaron desapiadadamente a bayonetazos a don
Luis Daoíz, herido antes en un muslo. Así terminaron su carrera los
ilustres y beneméritos oficiales Daoíz y Velarde: honra y gloria de
España, dechado de patriotismo, servirán de ejemplo a los amantes de la
independencia y libertad nacional. El reencuentro del parque fue el que
costó más sangre a los franceses, y en donde hubo resistencia más
ordenada.
Entretanto la débil junta azorada y sorprendida pensó en buscar remedio a
tamaña mal. Ofárril y Azanza, habiendo recorrido, habiendo recorrido
inútilmente los alrededores de palacio, y no siendo escuchados de los
franceses, montaron a caballo y fueron a encontrarse con Murat, quien
desde el principio de la sublevación para estar más desembarazado y más a
mano de dar órdenes, ya a las tropas de afuera, ya a las de adentro, se
colocó con el mariscal Moncey y principales generales fuera de puertas en
lo alto de la cuesta de San Vicente. Llegaron allí los comisionados de la
junta, y dijeron al gran duque que si mandaba suspender el fuego y les
daba para acompañarlos uno de sus generales se ofrecían a restablecer a
tranquilidad. Accedió Murat y nombró al efecto al general Harispe. Juntos
los tres pasaron a los consejos, y asistidos de individuos de todos ellos
se distribuyeron por calles y plazas, y recorriendo las principales
alcanzaron que la multitud se aplacase con oferta de olvido de lo pasado y
reconciliación general. En aquel paseo se salvó la vida a varios
desgraciados, y señaladamente a algunos traficantes catalanes a ruego de
don Carlos Ofárril.
Retirados los españoles, todas las bocacalles y puntos importantes fueron
ocupados por los franceses, situando particularmente en las encrucijadas
cañones con mecha encendida.
Aunque sumidos todos en dolor profundo, se respiraba algún tanto con la
consoladora idea de que por lo menos haría pausa la desolación y la
muerte. ¡Engañosa esperanza! A las tres de la tarde una voz lúgubre y
espantosa empezó a correr con la celeridad del rayo. Afirmábase que
españoles tranquilos habían sido cogidos por los franceses y arcabuceados
junto a la fuente de la puerta del Sol y la iglesia de la Soledad,
manchando con su inocente sangre las gradas del templo. Apenas se daba
crédito a tamaña atrocidad y conceptuábanse falsos rumores de ilusos y
acalorados patriotas. Bien pronto llegó el desengaño. En efecto, los
franceses después de estar todo tranquilo habían comenzado a prender a
muchos españoles, que en virtud de las promesas creyeron poder acudir
libremente a sus ocupaciones. Prendiéronlos con pretexto de que llevaban
armas; muchos no las tenían, a otros sólo acompañaba o una navaja o unas
tijeras de su uso. Algunos fueron arcabuceados sin dilación, otros
quedaron depositados en la casa de los correos y en los cuarteles. Las
autoridades españolas, fiadas en el convenio concluido con los jefes
franceses, descansaban en el puntual cumplimiento de lo pactado. Por
desgracia fuimos de los primeros a ser testigos de su ciega confianza.
Llevados a casa de don Arias Mon gobernador del consejo con deseo de
librar la vida a don Antonio Oviedo, quien sin motivo había sido preso al
cruzar de una calle, nos encontramos con que el venerable anciano, rendido
al cansancio de la fatigosa mañana, dormía sosegadamente la siesta.
Enlazados con él por relaciones de paisanaje y parentesco, conseguimos que
se le despertase, y con dificultad pudimos persuadirle de la verdad de lo
que pasaba,
respondiendo a todo que una persona como el gran duque de Berg
no podía descaradamente faltar a su palabra... ¡tanto repugnaba el falso
proceder a su acendrada probidad! Cerciorado al fin procuró aquel digno
magistrado reparar por su parte el grave daño, dándonos también a nosotros
en propia mano la orden para que se pusiese en libertad a nuestro amigo.
Sus laudables esfuerzos fueron inútiles, y en balde fueron nuestros pasos
en favor de don Antonio Oviedo. A duras penas penetrando por las filas
enemigas con bastante peligro, de que nos salvó el hablar la lengua
francesa, llegamos a la casa de correos donde mandaba por los españoles el
general Sesti. Le presentamos la orden del gobernador, y fríamente nos
contestó que, para evitar las continuadas reclamaciones de los franceses,
les había entregado todos sus presos y puéstolos en sus manos: así aquel
italiano al servicio de España retribuyó a su adoptiva patria los grados y
mercedes con que le había honrado. En dicha casa de correos se había
juntado una comisión militar francesa con apariencias de tribunal; mas por
lo común sin ver a los supuestos reos, ni oírles descargo alguno ni
defensa los enviaba en pelotones unos en pos de otros para que pereciesen
en el Retiro o en el Prado. Muchos llegaban al lugar de su horroroso
suplicio ignorantes de su suerte; y atados de dos en dos, tirando los
soldados franceses sobre el montón, caían o muertos o malheridos, pasando
a enterrarlos cuando todavía algunos palpitaban. Aguardaron a que pasase
el día para aumentar el horror de la trágica escena. Al cabo de veinte
años nuestros cabellos se erizan todavía al recordar la triste y
silenciosa noche, solo interrumpida por los lastimeros ayes de las
desgraciadas víctimas por el ruido de los fusilazos y del cañón que
de cuando en cuando y a lo lejos se oía y resonaba. Recogidos los
madrileños a sus hogares lloraban la cruel suerte que había cabido o
amenazaba al pariente, al deudo o al amigo. Nosotros nos lamentábamos de
la suerte del desventurado Oviedo, cuya libertad no habíamos logrado
conseguir, a la misma sazón que pálido y despavorido le vimos
impensadamente entrar por las puertas de la casa en donde estábamos.
Acababa de deber la vida a la generosidad de un oficial francés movido de
sus ruegos y de su inocencia, expresados en la lengua extraña con la
persuasivo elocuencia que le daba su crítica situación. Atado ya en un
patio del Retiro, estando para ser arcabuceado le soltó, y aún no había
salido Oviedo del recinto del palacio cuando oyó los tiros que terminaron
la larga y horrorosa agonía de sus compañeros de infortunio. Me he
atrevido a entretejer con la relación general un hecho que, si bien
particular, da una idea clara y verdadera del modo bárbaro y cruel con que
perecieron muchos españoles, entre los cuales había sacerdotes, ancianos y
otras personas respetables. No satisfechos los invasores con la sangre
derramada por la noche, continuaron todavía en la mañana siguiente pasando
por las armas a algunos de los arrestados la víspera, para cuya ejecución
destinaron el cercado de la casa del príncipe Pío. Con aquel sangriento
suceso se dio correspondiente remate a la empresa comenzada el 2 de mayo,
día que cubrirá enteramente de baldón al caudillo del ejército francés,
que fríamente mandó asesinar, atraillados sin juicio ni defensa, a
inocentes y pacíficos individuos. Lejos estaba entonces de prever el
orgulloso y arrogante Murat que años después, cogido, sorprendido y casi
atraillado también a la manera de los españoles del 2 de mayo, sería
arcabuceado sin detenidas formas y a pesar de sus reclamaciones,
ofreciendo en su persona un señalado escarmiento a los que ostentan hollar
impunemente los derechos sagrados de la justicia y de la humanidad.
Difícil sería calcular ahora con puntualidad la pérdida que hubo por ambas
partes. El consejo interesado en disminuirla la rebajó a unos 200 hombres
del pueblo. Murat aumentando la de los españoles redujo la suya,
acortándola el Monitor, a unos 80 entre muertos y heridos. Las dos
relaciones debieron ser inexactas por la sazón en que se hicieron y el
diverso interés que a todos ellos movía. Según lo que vimos y atendiendo a
lo que hemos consultado después y al número de heridos que entraron en los
hospitales, creemos que aproximadamente puede computarse la pérdida de
unos y otros en 1200 hombres.
Calificaron los españoles el acontecimiento del 2 de mayo de trama urdida
por los franceses, y no faltaron algunos de estos que se imaginaron haber
sido una conspiración preparada de antemano por aquellos: suposiciones
falsas y desnudas ambas de sólido fundamento. Mas desechando los rumores
de entonces, nos inclinamos sí a que Murat celebró la ocasión que se le
presentaba y no la desaprovechó, jactándose como después lo hizo de haber
humillado con un recio escarmiento la fiereza castellana. Bien pronto vio
cuán equivocado era su precipitado juicio. Aquel día fue el origen del
levantamiento de España contra los franceses, contribuyendo a ello en gran
manera el concurso de forasteros que había en la capital con motivo del
advenimiento al trono de Fernando VII. Asustados estos y horrorizados,
volvieron a sus casas difundiendo por todas las provincias la infausta
nueva y excitando el odio y la abominación contra el cruel y fementido
extranjero.
*
* * * * * *
Orden del día
Soldados: la población de Madrid se ha sublevado, y ha llegado hasta el
asesinato. Sé que los buenos españoles han gemido de estos desórdenes:
estoy muy lejos de mezclarlos con aquellos miserables que no desean más
que el crimen y el pillaje. Pero la sangre francesa ha sido derramada;
clama por la venganza; en su consecuencia mando lo siguiente:
Art. 1.º El general Grouchy
convocará esta noche la comisión militar.
Art. 2.º Todos los que han
sido presos en el alboroto y con las armas en la mano serán arcabuceados.
Art. 3.º La junta de estado
va a hacer desarmar los vecinos de Madrid. Todos los habitantes y estantes
quienes después de la ejecución de esta orden se hallaren armados o
conservaren armas sin una permisión especial, serán arcabuceados.
Art. 4.º Todo lugar en donde
sea asesinado un francés será quemado.
Art. 5.º Toda reunión de más
de ocho personas será considerada como una junta sediciosa, y deshecha por
la fusilería.
Art. 6.º Los amos quedarán
responsables de sus criados; los jefes de talleres, obradores y demás de
sus oficiales; los padres y madres de sus hijos, y los ministros de los
conventos de sus religiosos.
Art. 7.º Los autores,
vendedores y distribuidores de libelos impresos o manuscritos provocando a
la sedición, serán considerados como unos agentes de la Inglaterra, y
arcabuceados.
Dado
en nuestro cuartel general de Madrid a 2 de mayo de 1808. –Joachim.
Por mandato de S. A. I. y R. –El jefe de estado mayor general,
Belliard. |