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Un escollo que tanto padres
como hijos tienen que aprender a sortear es el de las relaciones entre
ellos cuando llega la edad decisiva de la adolescencia.
Por más que cada momento de la
vida del hombre sea un elemento constitutivo de sus futuros ser y obrar,
el período de la adolescencia se revela crucial en este aspecto:
difícilmente será el hombre en su edad madura en modo distinto a como
salga de su edad adolescente. Los logros y las pérdidas, las debilidades y
las fortalezas, los temores y los deseos que no se superen o se alcancen
ahora, acompañarán al hombre durante toda su vida. El hombre intrépido, el
apocado, el fogoso, el cándido, el pusilánime, el agresivo, el paciente,
el dominante quedan constituidos en esta feliz, aunque llena de zozobras,
etapa. La alteración permanente en que se ve el adolescente, consecuencia
del equilibrio inestable en que se halla y del que saldrá el hombre
afianzado, afirmado, es motivo de esas inquietudes, de esa intranquilidad.
Es, pues, la adolescencia la
etapa de la afirmación de la personalidad, el tiempo de los ajustes y las
definiciones definitivos, el momento del equilibrio de las tensiones que
en el alma del joven luchan. Hasta ahora todo ha sido prepararse;
desde ahora, será desenvolverse. En esa situación tan delicada, las
relaciones con los padres, a quienes se descubre, junto con el mundo, en
este momento del desarrollo del hombre, suelen estar afectas de la misma
tensión que impregna al adolescente en su ser total.
De los esfuerzos necesarios
para que estas relaciones paternofiliales no se vean abocadas
definitivamente al fracaso, con rupturas que puedan tal vez ser
definitivas, no se puede reclamar parte muy importante al adolescente.
Corresponde, pues, a los padres poner de su parte cuanto sea preciso para
que los escollos con que se puedan tropezar no abran una brecha
irreparable en su relación con los hijos.
Con el deseo de que sirva de
ayuda en esos momentos difíciles que padres e hijos pasan durante la
adolescencia de éstos, incluimos aquí el texto que sigue. Poco o nada
habrá que enmendar a pesar de los cincuenta años transcurridos desde la
aparición del libro en Francia. Lo hemos tomado
del libro de Ignace Lepp, Higiene del alma, Buenos Aires, Carlos
Lohlé, 1965, págs. 66 y ss.
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Desde
los albores de la adolescencia, las relaciones del niño con sus padres se
complican considerablemente. Un poco por esto suele llamársele "edad
ingrata". Aun suponiendo que nada sobrevenga que envicie estas relaciones,
los cuatro o cinco años que abarca la adolescencia no bastan a
normalizarlas. Si no se obra con habilidad, esta normalización puede no
cumplirse y toda la vida del individuo estará gravemente influida por
ello.
Hasta ahora, pese a sus
veleidades y sus tentativas de autonomía, el niño prefería la seguridad
junto a sus padres a todo lo demás. Éstos encarnaban más o menos
perfectamente su ideal; eran el objeto principal, si no el único, de su
amor. La niñita decía que quería casarse con su papá; el varoncito se
convertía en el marido de su mamá, y esto sin que sea necesario explicarlo
por el complejo de Edipo.
En la adolescencia, este
círculo de intimidad, todo este sistema de seguridad afectiva sufren algún
trastorno. Convertido el adolescente en un ser consciente, a menudo
demasiado consciente, de su propia personalidad, quiere ante todo ser él
mismo. A este fin cultiva su propia originalidad, se imagina con
frecuencia que sólo podría ser un verdadero hombre (o una verdadera
mujer...) si es que rompe los vínculos de antaño.
Ya no encuentra a sus padres
tan conformes a su ideal como hasta hace poco. La mirada que les dirige
ahora es crítica y a veces no exenta de malevolencia. Al descubrir en
ellos numerosos defectos se complace y al mismo tiempo queda desolado. Se
complace porque esos defectos legitiman sus deseos de emancipación. Al
mismo tiempo le resulta muy doloroso ver cómo se derriban sus ídolos.
Quizás sea para atenuar ese sentimiento doloroso, y al mismo tiempo para
combatir su sentimiento de culpabilidad, que tantos adolescentes se
complacen en esos juegos de imaginación tan conocidos, según los cuales
ellos serían niños encontrados o adoptados, por lo menos extraños a sus
padres putativos. Los "padres verdaderos" suelen ser ya gitanos, ya reyes
o príncipes, pero siempre seres fuera de lo común. El adolescente siente
efectivamente un cierto horror por la realidad, por esa realidad a la
cual, sin embargo, está en vías de adaptarse, y precisamente las
dificultades propias de esta adaptación son las causas inconscientes de
este horror.
Ya hemos aludido al
sentimiento de culpabilidad en el adolescente. Nace de su actitud de
reacción hostil frente a sus padres. Para compensar, para redimirse de su
negación interior, ante sus compañeros él los idealiza sin medida, sin
preocuparse mucho de
si los demás creen o no sus relatos sobre la fuerza o
la fortuna de su padre, la bondad y la belleza de su madre. Para él
importa menos convencer a los otros que vencer su propio sentimiento de
culpabilidad.
Cuanto más duro se muestra el
adolescente a las influencias familiares, recibe con mayor facilidad y
menor espíritu crítico los ascendientes exteriores. Es la edad de los
grandes entusiasmos, cuyo objeto puede ser un maestro, un sacerdote, hasta
una estrella de cine. El adolescente se posesiona ciegamente de las ideas
y el ideal. Y así vemos muchachas burguesas convertidas en comunistas e
hijos de ateos que adoptan una fe religiosa.
Los padres no deben
inquietarse demasiado por este cambio de actitud de su hijo adolescente
con respecto a ellos. Tendrían muchos más motivos de inquietud si estas
reacciones no se produjeran. Esto probaría la fijación neurótica en una
etapa infantil. Sobre todo hay que evitar el querer traerlo por la fuerza
o por la astucia al "buen camino", es decir, a su antigua docilidad de
niño. No se extrañen los padres cristianos del anticlericalismo o del
ateísmo vehemente que de pronto surge en su hijo o en su hija. Si son
ateos, tampoco se extrañen de su súbito fervor místico. Son éstas
reacciones normales en un ser joven que siente la necesidad de afirmar su
autonomía de pensamiento y de sentimiento. La dialéctica inmanente de la
psique quiere que tal afirmación del yo se realice mediante la negación
del súper-yo, encarnado por los padres y las tradiciones del medio
sociológico. Hacia el fin de la adolescencia, por sí mismo se hacen los
reajustes necesarios.
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El
adolescente, tanto como el niño, tiene necesidad de saberse amado. A pesar
de su aire arrogante, en realidad no está muy seguro de sí mismo; el
universo exterior hacia el cual tiende con todas sus fuerzas se le aparece
lleno de tantas amenazas como promesas. Sin embargo, ese afecto de los
padres, que le es tan necesario, debe atinar o expresarse de manera
distinta del que se muestra al niño. Ante todo, debe ser discreto.
Los padres deben mezclarse lo
menos posible en la vida personal de los adolescentes, es decir, en sus
amistades, empresas y ensueños. Toda indiscreción, toda desconfianza de su
parte sólo podrían suscitar la rebelión. Si el niño no se atreve a
rebelarse, puede resultar de ello una inhibición de su marcha hacia su
condición de adulto. Tampoco deben los padres burlarse nunca de los
impulsos amorosos de sus hijos adolescentes, ya que pueden convertir en
algo vergonzoso el sentimiento más natural y más noble del ser humano. No
los abrumen con insistentes consejos de prudencia en este punto, puesto
que no conviene que el amor parezca a los jóvenes una cosa peligrosa.
Además, es completamente inútil exigir o solicitar las confidencias de su
hijo o de su hija. Las confidencias sólo tienen valor cuando son
espontáneas, y tal espontaneidad sólo será el fruto de toda una red de
relaciones amigables entre padres e hijo, desde la primera
infancia. Ni siquiera aquellos padres que han prodigado inteligentemente
su afecto deben sorprenderse si sus hijos, que les contaban todo, se
vuelven "escondedores" cuando son adolescentes. Se trata de un fenómeno de
narcisismo perfectamente normal a esa edad.
Algunos "pequeños detalles"
revisten gran importancia para una feliz influencia de los padres. Así,
por ejemplo, no se abran nunca las cartas que reciben, ni se les exija que
revelen su contenido. El adolescente siente generalmente la necesidad de
tener sus secretos; ni se los respeta se hará hipócrita, recibirá las
cartas a escondidas, etc.
Igualmente debe evitarse el
exigirle cuentas detalladas de su empleo del tiempo o del dinero. El
adolescente tiene un ansia casi enfermiza de independencia y de confianza.
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Los
diversos hechos que hemos señalado muestran cuán importante papel
desempeña la agresividad en el psiquismo del adolescente. No se limita
ella sólo a las relaciones familiares. El adolescente se muestra a menudo
destructor, ruidoso, intolerante al extremo; provocante tanto en sus
palabras como en su modo de vestirse y comportarse.
Los padres y los educadores
inteligentes se negarán sistemáticamente a los combates a que el
adolescente quiere provocarlos. Y deberán negarse sin manifestar la menor
señal de desdén o de superioridad. El adolescente se complace en exhibir
su fuerza; se comporta como si ya fuera adulto. Sin embargo, su
inconsciente sabe demasiado bien que no es un adulto y que su fragilidad
es mayor que su fuerza. Nunca se le diga: "Tú no sabes nada todavía, esas
cosas no están al alcance de los chicos". A esta edad, es muy grande la
tentación de creerse incomprendido, hasta perseguido. Tanto o más que los
niños, los adolescentes deben ser tomados siempre en serio; la ironía y la
réplica sólo entre adultos son inofensivas. Los jóvenes luchan demasiado
trágicamente con los problemas y los misterios de la existencia para que
sean capaces de diletantismos, aunque afecten ser escépticos y hastiados.
En lo concerniente a la
intolerancia ideológica del adolescente, tiene que existir un medio de
eludir la disputa, sin que esto parezca un insulto de parte del adulto. Es
muy grave que, a menudo, padres y maestros no sean ellos mismos
suficientemente adultos. Y así se dejan llevar a discusiones que son
susceptibles de provocar en el adolescente posiciones y compromisos
reaccionales, los cuales son necesariamente excesivos y dañinos.
Esta negativa a los debates
apasionados no implica que los adultos no acepten una discusión seria con
el adolescente, una discusión "entre hombres" (o "entre mujeres") sobre
todos los asuntos que puedan interesarle que puedan interesarle. Nunca
deberán utilizar su prestigio de personas grandes para imponer
autoritariamente su propio punto de vista. El adolescente tiene horror al
autoritarismo y quiere ser persuadido.
Además, es necesario que se
sepa que el exceso de agresividad, en esta edad, es infinitamente menos
grave que la ausencia de agresividad. En el primer caso puede esperarse
que, a medida que sobrevenga madurez intelectual y afectiva, las aristas
se suavicen por sí mismas. En la segunda eventualidad, es de temer que
este joven llegue a ser un "blando", incapaz de hacer frente a las luchas
y combates de la existencia.
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