RELACIONES PATERNOFILIALES

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marzo 07

 

Un escollo que tanto padres como hijos tienen que aprender a sortear es el de las relaciones entre ellos cuando llega la edad decisiva de la adolescencia.

Por más que cada momento de la vida del hombre sea un elemento constitutivo de sus futuros ser y obrar, el período de la adolescencia se revela crucial en este aspecto: difícilmente será el hombre en su edad madura en modo distinto a como salga de su edad adolescente. Los logros y las pérdidas, las debilidades y las fortalezas, los temores y los deseos que no se superen o se alcancen ahora, acompañarán al hombre durante toda su vida. El hombre intrépido, el apocado, el fogoso, el cándido, el pusilánime, el agresivo, el paciente, el dominante quedan constituidos en esta feliz, aunque llena de zozobras, etapa. La alteración permanente en que se ve el adolescente, consecuencia del equilibrio inestable en que se halla y del que saldrá el hombre afianzado, afirmado, es motivo de esas inquietudes, de esa intranquilidad.

Es, pues, la adolescencia la etapa de la afirmación de la personalidad, el tiempo de los ajustes y las definiciones definitivos, el momento del equilibrio de las tensiones que en el alma del joven luchan. Hasta ahora todo ha sido prepararse; desde ahora, será desenvolverse. En esa situación tan delicada, las relaciones con los padres, a quienes se descubre, junto con el mundo, en este momento del desarrollo del hombre, suelen estar afectas de la misma tensión que impregna al adolescente en su ser total.

De los esfuerzos necesarios para que estas relaciones paternofiliales no se vean abocadas definitivamente al fracaso, con rupturas que puedan tal vez ser definitivas, no se puede reclamar parte muy importante al adolescente. Corresponde, pues, a los padres poner de su parte cuanto sea preciso para que los escollos con que se puedan tropezar no abran una brecha irreparable en su relación con los hijos.

Con el deseo de que sirva de ayuda en esos momentos difíciles que padres e hijos pasan durante la adolescencia de éstos, incluimos aquí el texto que sigue. Poco o nada habrá que enmendar a pesar de los cincuenta años transcurridos desde la aparición del libro en Francia. Lo hemos tomado del libro de Ignace Lepp, Higiene del alma, Buenos Aires, Carlos Lohlé, 1965, págs. 66 y ss.

 

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Desde los albores de la adolescencia, las relaciones del niño con sus padres se complican considerablemente. Un poco por esto suele llamársele "edad ingrata". Aun suponiendo que nada sobrevenga que envicie estas relaciones, los cuatro o cinco años que abarca la adolescencia no bastan a normalizarlas. Si no se obra con habilidad, esta normalización puede no cumplirse y toda la vida del individuo estará gravemente influida por ello.

Hasta ahora, pese a sus veleidades y sus tentativas de autonomía, el niño prefería la seguridad junto a sus padres a todo lo demás. Éstos encarnaban más o menos perfectamente su ideal; eran el objeto principal, si no el único, de su amor. La niñita decía que quería casarse con su papá; el varoncito se convertía en el marido de su mamá, y esto sin que sea necesario explicarlo por el complejo de Edipo.

En la adolescencia, este círculo de intimidad, todo este sistema de seguridad afectiva sufren algún trastorno. Convertido el adolescente en un ser consciente, a menudo demasiado consciente, de su propia personalidad, quiere ante todo ser él mismo. A este fin cultiva su propia originalidad, se imagina con frecuencia que sólo podría ser un verdadero hombre (o una verdadera mujer...) si es que rompe los vínculos de antaño.

Ya no encuentra a sus padres tan conformes a su ideal como hasta hace poco. La mirada que les dirige ahora es crítica y a veces no exenta de malevolencia. Al descubrir en ellos numerosos defectos se complace y al mismo tiempo queda desolado. Se complace porque esos defectos legitiman sus deseos de emancipación. Al mismo tiempo le resulta muy doloroso ver cómo se derriban sus ídolos. Quizás sea para atenuar ese sentimiento doloroso, y al mismo tiempo para combatir su sentimiento de culpabilidad, que tantos adolescentes se complacen en esos juegos de imaginación tan conocidos, según los cuales ellos serían niños encontrados o adoptados, por lo menos extraños a sus padres putativos. Los "padres verdaderos" suelen ser ya gitanos, ya reyes o príncipes, pero siempre seres fuera de lo común. El adolescente siente efectivamente un cierto horror por la realidad, por esa realidad a la cual, sin embargo, está en vías de adaptarse, y precisamente las dificultades propias de esta adaptación son las causas inconscientes de este horror.

Ya hemos aludido al sentimiento de culpabilidad en el adolescente. Nace de su actitud de reacción hostil frente a sus padres. Para compensar, para redimirse de su negación interior, ante sus compañeros él los idealiza sin medida, sin preocuparse mucho de Joven sentado al borde del mar. Óleo sobre tela de Hppolyte Flandrinsi los demás creen o no sus relatos sobre la fuerza o la fortuna de su padre, la bondad y la belleza de su madre. Para él importa menos convencer a los otros que vencer su propio sentimiento de culpabilidad.

Cuanto más duro se muestra el adolescente a las influencias familiares, recibe con mayor facilidad y menor espíritu crítico los ascendientes exteriores. Es la edad de los grandes entusiasmos, cuyo objeto puede ser un maestro, un sacerdote, hasta una estrella de cine. El adolescente se posesiona ciegamente de las ideas y el ideal. Y así vemos muchachas burguesas convertidas en comunistas e hijos de ateos que adoptan una fe religiosa.

Los padres no deben inquietarse demasiado por este cambio de actitud de su hijo adolescente con respecto a ellos. Tendrían muchos más motivos de inquietud si estas reacciones no se produjeran. Esto probaría la fijación neurótica en una etapa infantil. Sobre todo hay que evitar el querer traerlo por la fuerza o por la astucia al "buen camino", es decir, a su antigua docilidad de niño. No se extrañen los padres cristianos del anticlericalismo o del ateísmo vehemente que de pronto surge en su hijo o en su hija. Si son ateos, tampoco se extrañen de su súbito fervor místico. Son éstas reacciones normales en un ser joven que siente la necesidad de afirmar su autonomía de pensamiento y de sentimiento. La dialéctica inmanente de la psique quiere que tal afirmación del yo se realice mediante la negación del súper-yo, encarnado por los padres y las tradiciones del medio sociológico. Hacia el fin de la adolescencia, por sí mismo se hacen los reajustes necesarios.

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El adolescente, tanto como el niño, tiene necesidad de saberse amado. A pesar de su aire arrogante, en realidad no está muy seguro de sí mismo; el universo exterior hacia el cual tiende con todas sus fuerzas se le aparece lleno de tantas amenazas como promesas. Sin embargo, ese afecto de los padres, que le es tan necesario, debe atinar o expresarse de manera distinta del que se muestra al niño. Ante todo, debe ser discreto.

Los padres deben mezclarse lo menos posible en la vida personal de los adolescentes, es decir, en sus amistades, empresas y ensueños. Toda indiscreción, toda desconfianza de su parte sólo podrían suscitar la rebelión. Si el niño no se atreve a rebelarse, puede resultar de ello una inhibición de su marcha hacia su condición de adulto. Tampoco deben los padres burlarse nunca de los impulsos amorosos de sus hijos adolescentes, ya que pueden convertir en algo vergonzoso el sentimiento más natural y más noble del ser humano. No los abrumen con insistentes consejos de prudencia en este punto, puesto que no conviene que el amor parezca a los jóvenes una cosa peligrosa. Además, es completamente inútil exigir o solicitar las confidencias de su hijo o de su hija. Las confidencias sólo tienen valor cuando son espontáneas, y tal espontaneidad sólo será el fruto de toda una red de relaciones amigables entre padres e hijo, desde la primera infancia. Ni siquiera aquellos padres que han prodigado inteligentemente su afecto deben sorprenderse si sus hijos, que les contaban todo, se vuelven "escondedores" cuando son adolescentes. Se trata de un fenómeno de narcisismo perfectamente normal a esa edad.

Algunos "pequeños detalles" revisten gran importancia para una feliz influencia de los padres. Así, por ejemplo, no se abran nunca las cartas que reciben, ni se les exija queCezanne. Joven italiana reclinada sobre el codo revelen su contenido. El adolescente siente generalmente la necesidad de tener sus secretos; ni se los respeta se hará hipócrita, recibirá las cartas a escondidas, etc.

Igualmente debe evitarse el exigirle cuentas detalladas de su empleo del tiempo o del dinero. El adolescente tiene un ansia casi enfermiza de independencia y de confianza.

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Los diversos hechos que hemos señalado muestran cuán importante papel desempeña la agresividad en el psiquismo del adolescente. No se limita ella sólo a las relaciones familiares. El adolescente se muestra a menudo destructor, ruidoso, intolerante al extremo; provocante tanto en sus palabras como en su modo de vestirse y comportarse.

Los padres y los educadores inteligentes se negarán sistemáticamente a los combates a que el adolescente quiere provocarlos. Y deberán negarse sin manifestar la menor señal de desdén o de superioridad. El adolescente se complace en exhibir su fuerza; se comporta como si ya fuera adulto. Sin embargo, su inconsciente sabe demasiado bien que no es un adulto y que su fragilidad es mayor que su fuerza. Nunca se le diga: "Tú no sabes nada todavía, esas cosas no están al alcance de los chicos". A esta edad, es muy grande la tentación de creerse incomprendido, hasta perseguido. Tanto o más que los niños, los adolescentes deben ser tomados siempre en serio; la ironía y la réplica sólo entre adultos son inofensivas. Los jóvenes luchan demasiado trágicamente con los problemas y los misterios de la existencia para que sean capaces de diletantismos, aunque afecten ser escépticos y hastiados.

En lo concerniente a la intolerancia ideológica del adolescente, tiene que existir un medio de eludir la disputa, sin que esto parezca un insulto de parte del adulto. Es muy grave que, a menudo, padres y maestros no sean ellos mismos suficientemente adultos. Y así se dejan llevar a discusiones que son susceptibles de provocar en el adolescente posiciones y compromisos reaccionales, los cuales son necesariamente excesivos y dañinos.

Esta negativa a los debates apasionados no implica que los adultos no acepten una discusión seria con el adolescente, una discusión "entre hombres" (o "entre mujeres") sobre todos los asuntos que puedan interesarle que puedan interesarle. Nunca deberán utilizar su prestigio de personas grandes para imponer autoritariamente su propio punto de vista. El adolescente tiene horror al autoritarismo y quiere ser persuadido.

Además, es necesario que se sepa que el exceso de agresividad, en esta edad, es infinitamente menos grave que la ausencia de agresividad. En el primer caso puede esperarse que, a medida que sobrevenga madurez intelectual y afectiva, las aristas se suavicen por sí mismas. En la segunda eventualidad, es de temer que este joven llegue a ser un "blando", incapaz de hacer frente a las luchas y combates de la existencia.

 

miscelánea calasanz

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colegio calasanz. padres escolapios. santander

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