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CAPÍTULO III
DIOS CREADOR
1.- Dios creador del mundo
61. Pero la fe verdadera...
profesa que es buena la sustancia de todas las creaturas, tanto
espirituales como corporales; y que el mal no existe por naturaleza:
porque Dios, que es el creador del universo, no ha creado nada que no sea
bueno. Por consiguiente, el diablo sería bueno si hubiera permanecido en
el estado en el que había sido creado. Pero como usó mal de su perfección
natural "y no perseveró en la verdad" (Jn 8,44), no es que se convirtiera
en una sustancia contraria, sino que se rebeló contra el bien soberano, al
que debió permanecer unido. Lo mismo sucede a los que afirman tales cosas:
que de la verdad se precipitan en la falsedad.... (C 199)
62. Si alguno dice o siente
que el poder de Dios es limitado y que sólo operó aquello que pudo abarcar
[y pensar; o que las creaturas son coeternas con Dios], sea anatema. (C
200)
63.- Si alguno creyere que las
almas de los hombres o que los ángeles provienen de la substancia de Dios,
como afirmaron Mani y Prisciliano, sea anatema. (C 201)
64.- Creemos de corazón,
percibimos por la fe, confesamos de palabra y afirmamos con términos
claros... también, que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, el Dios uno
del que hablamos, es el creador, el que gobierna, el que dirige todas las
cosas corporales y espirituales, visibles e invisibles... Creemos que el
autor del Antiguo y del Nuevo Testamento es el mismo y único Dios, que,
permaneciendo, como se ha dicho, en la Trinidad, lo creó todo de la
nada... (C 207)
65.- No existe ningún ser
divino supremo, sapientísimo y providentísimo, distinto del universo; y
Dios es idéntico a la naturaleza y sujeto, por consiguiente, a
variaciones; en realidad, Dios se realiza en el hombre y en el mundo y
todas las cosas son y tienen la mismísima sustancia de Dios. Dios es una
sola y misma realidad con el mundo y, por tanto, dígase los mismo del
espíritu y la materia, de la necesidad y libertad, de la verdad y la
falsedad, del bien y del mal, de lo justo y lo injusto. (C 215)
(Proposición condenada)
66.- Hay que negar cualquier
acción de Dios sobre los hombres y sobre el mundo. (C 216) (Proposición
condenada)
67.- La santa Iglesia católica
apostólica romana cree y confiesa: que hay un solo Dios verdadero y
viviente, creador y señor del cielo y de la tierra, omnipotente, eterno,
inmenso, incomprensible, infinito en inteligencia, voluntad y en toda
perfección. Siendo como es una sustancia espiritual única, absolutamente
simple e inmutable, tiene que ser entendido como algo real y esencialmente
distinto del mundo, soberanamente venturoso en sí mismo y por sí mismo, e
indeciblemente superior a todo aquello que existe o puede concebirse fuera
de él. (C 217)
68.- Este único Dios verdadero
en su bondad y por su "poder omnipotente"
–no para aumentar o conseguir
su bienaventuranza, sino para manifestar su perfección con los bienes que
regala a sus creaturas–, con el más libre de sus designios "creó de la
nada juntamente al principio del tiempo a ambos géneros de
creaturas: las espirituales y las corporales, es decir, el mundo angélico
y el mundo terrestre; y después la creatura humana, que, compuesta de
espíritu y cuerpo, los abraza, en cierto modo, a los dos". (C 218)
69.- Todo lo que Dios creó, lo
mantiene y lo dirige con su providencia, "llegando vigorosamente de un
confín al otro del mundo y gobernando de excelente manera todo el
universo" (Sab 8,1). "Porque todo está descubierto y patente a sus ojos" (Heb
4,13), incluso lo que ha de acontecer por una acción libre de las
creaturas. (C 219)
70.- Quien no confiese que el
mundo y todas las cosas contenidas en él, tanto las espirituales como las
materiales, han sido producidas por Dios, en la totalidad de su sustancia,
de la nada; o dijere que Dios no ha creado con una voluntad exenta de
cualquier necesidad, sino que ha creado con la misma necesidad con la que
se ama a sí mismo; o si negare que el mundo ha sido creado para gloria de
Dios, S. A. (C 224)
2.- La creación del hombre
71.- Quien dijere que las
almas de los hombres pecaron primero en la morada celestial y por esta
causa fueron en la tierra aherrojadas en cuerpos humanos, como afirmó
Prisciliano, sea anatema. (C 227)
72.- Además, con aprobación
del santo concilio, reprobamos como errónea y opuesta a la verdad de la fe
católica toda doctrina o tesis que imprudentemente afirma o pone en duda,
que la sustancia del alma racional o intelectiva no es verdadera e
inmediatamente la forma del cuerpo humano; y definimos, a fin de que todos
conozcan la verdad de la fe sin mancha y se cierre la puerta de todo error
subrepticio, que quien en adelante se atreva a afirmar, defender o
sostener obstinadamente que el alma racional o intelectiva no es la forma
del cuerpo humano inmediata y esencialmente, sea considerado hereje. (C
229)
73.- En consecuencia, el
magisterio de la Iglesia no se opone a que el tema del evolucionismo, en
el presente desarrollo de las ciencias humanas y de la teología, sea
objeto de las investigaciones y discusiones de peritos en uno y otro
campo. Siempre, desde luego, que se investigue sobre el origen del cuerpo
humano a partir de una materia ya existente y viva, porque la fe católica
nos obliga a mantener la inmediata creación de las almas por Dios. Y estas
discusiones se hagan de forma que las razones en pro o en contra de una y
otra opinión se ponderen y se juzguen con la debida seriedad, moderación y
modestia; y estando todos, desde luego, dispuestos a someterse al juicio
de la Iglesia, a la que Cristo dio el mandato de interpretar con autoridad
las Escrituras y proteger las verdades de la fe. Hay, sin embargo, algunos
que sobrepasan precipitadamente esta libertad de investigación, cuando por
los indicios encontrados hasta ahora y por las deducciones sacadas de
ellos, toman una postura como si fuera absolutamente cierto y demostrado
que el cuerpo humano proviene de una materia ya existente y viva. (C 232)
74.- Pero ¿qué es el
hombre? Él mismo se ha definido muchas veces y sigue enunciando
definiciones diversas, a veces contrarias: unas veces se exalta como la
regla absoluta de todo, y otras se deprime hasta la desesperación; de ahí
sus dudas y ansiedades. La Iglesia, plenamente consciente de esas
dificultades, puede ofrecer al hombre, instruida por la revelación divina,
una respuesta en la que se describa su verdadera condición humana, se
expliquen sus debilidades y, al mismo tiempo, se pueda reconocer
rectamente su dignidad y su vocación.
Pues enseña la Sagrada
Escritura que el hombre fue creado "a imagen de Dios", capaz de conocer y
amar a su Creador, constituido por Él como señor sobre todas las creaturas
visibles (cf. Gén 1,26; Sab 2,23), para que las gobernase e hiciera uso de
ellas, dando gloria a Dios [...].
Pero Dios no creó al hombre
solo, ya que, desde los comienzos, los creó varón y mujer (Gén
1,27), haciendo así, de esta asociación de hombre y mujer, la primera
forma de una comunidad de personas: el hombre es, en efecto, por su misma
naturaleza, un ser social, y, sin relacionarse con otros, no puede ni
vivir ni desarrollar sus propias cualidades. (C 233)
75.- El hombre, unitario en su
dualidad de cuerpo y alma, es, por su condición corporal, una síntesis del
universo material, el cual encuentra su plenitud a través del hombre y por
medio de éste puede alabar con libertad a su Creador (cf. Dan 3,57-90);
por eso no le está permitido al hombre despreciar su propia vida corporal
sino que está obligado a considerar su cuerpo como bueno y digno de honor,
ya que ha sido creado por Dios y ha de resucitar el último día. Sin
embargo, herido por el pecado, experimenta la rebeldía de su propio
cuerpo. Así, pues, la misma dignidad del hombre exige que dé gloria a Dios
en su cuerpo (cf. 1 Cor 6,13-20), y no le consienta vivir esclavo de las
depravadas inclinaciones de su corazón. (C 234)
76.- En lo hondo de la
conciencia, el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, a la
cual debe obedecer y cuya voz suena oportunamente en los oídos de su
corazón, invitándole a amar y obrar el bien, y a evitar el mal: haz tal
cosa, evita tal otra. El hombre lleva en su corazón la ley escrita por
Dios, en cuya obediencia consiste su propia dignidad y según la cual será
juzgado (cf. Rom 2,14-16). (C 235)
77.- Pero el hombre no puede
entregarse al bien si no dispone de su libertad [...]. La auténtica
libertad es una espléndida señal de la divina imagen en el hombre, ya que
Dios quiso dejar al hombre en manos de su propia decisión (cf. Eclo
15,14), de modo que sepa buscar espontáneamente a su Creador y llegar
libremente a la plena y feliz perfección, por la adhesión a Él. Por consiguiente,
la dignidad del hombre requiere que obre según una libre y consciente
elección, movido e inducido personalmente, desde dentro, no bajo un
impulso ciego o una mera coacción externa. Una dignidad tal la obtiene el
hombre cuando, librándose de toda cautividad de sus pasiones, busca su fin
en la libre elección del bien, y para ello se procura, eficazmente y con
inteligentes iniciativas, las oportunas ayudas. (C236)
78.- De la índole social del
hombre se sigue con claridad que el desarrollo de la persona humana y el
crecimiento de la misma sociedad están mutuamente condicionados. Pues el
principio, el sujeto y el fin de toda institución social es, y debe ser,
la persona humana, ya que ésta por su misma naturaleza tiene una completa
necesidad de la vida social [...].
De los vínculos sociales que
son necesarios para el desarrollo del hombre, algunos, como la familia y
la comunidad política, responden más inmediatamente a su naturaleza
profunda; otros proceden más bien de su libre elección [...].
Pero si la persona humana,
para cumplir su vocación, incluso religiosa, recibe mucho de esta
organización social, no por eso se ha de negar que los hombres, por la
fuerza del ambiente social en que viven y están sumergidos desde la
infancia, muchas veces se apartan de hacer el bien y son impulsados a
obrar el mal. Es cosa cierta que las perturbaciones, tan frecuentes en el
orden social, proviene, al menos parcialmente, de la misma tensión de las
estructuras económicas, políticas y sociales. Pero más radicalmente
proceden de la soberbia y egoísmo del hombre, que pervierten también el
ambiente social. (C 237)
79.- Puesto que todos los
hombres, dotados de alma racional y creados a imagen de Dios, tienen una
misma naturaleza y un mismo origen, y redimidos por Cristo gozan de una
misma vocación y destino divino, se ha de reconocer cada vez más la
fundamental igualdad entre todos los hombres.
[...] Toda clase de
discriminación en los derechos fundamentales de la persona, sea
discriminación social o cultural, por razón de sexo, raza, color,
condición social, lengua o religión, se ha de alejar y superar, como
contraria al plan de Dios [...].
Más aún, aunque entre los
hombres existen razonables formas de diversidad, la igual dignidad de las
personas pide que se vaya llegando a un más humano y equitativo nivel de
vida [...].
Las instituciones humanas,
públicas y privadas, esfuércense por servir de ayuda a la dignidad y al
fin del hombre, luchando conjunta y esforzadamente contra cualquier forma
de esclavitud social y política, y respetando los derechos fundamentales
del hombre bajo cualquier régimen político. (C 238)
80.- La profunda y rápida
metamorfosis del mundo pide urgentemente que no haya ni uno solo que,
despreocupado de la marcha de los tiempos o indolente en su inercia, se
entregue a una ética meramente individualista. El deber de justicia y de
caridad lo cumple el hombre cada día mejor si, contribuyendo al bien común
según su propia capacidad y las necesidades de los demás, promueve y
favorece también las instituciones públicas o privadas que, a su vez,
sirven para transformar y mejorar las condiciones de vida del hombre. (C
239)
81.- Muchos de nuestros
contemporáneos parecen temer que, por una vinculación excesivamente
estrecha entre la actividad humana y la religión, sufra trabas la
autonomía del hombre, de la sociedad o de la ciencia [...].
Pero si por autonomía de lo
temporal se entiende que la realidad creada es independiente de Dios, y
que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no haya creyente
alguno a quien se le escape la falsedad envuelta en tales palabras. (C
240)
3.- El pecado original
82.- Si alguien no confiesa
que Adán, el primer hombre, al transgredir el mandato de Dios en el
paraíso, perdió inmediatamente la santidad y la justicia en la que había
sido establecido; y que por la ofensa de este pecado incurrió en la cólera
e indignación de Dios y, en consecuencia, en la muerte con con la que Dios
le había amenazado antes; y con la muerte, en el cautiverio bajo el poder
de aquel que desde entonces tiene el imperio de la muerte (Heb
2,14), es decir, del diablo; y que "por aquella ofensa resultante del
pecado, Adán entero en su cuerpo y en su alma se vio cambiado en un estado
peor", sea anatema. (C 248)
83.- "Si alguno afirma que el
pecado de Adán le dañó a él solo y no a su descendencia"; que la santidad
y justicia que recibió de Dios la perdió para él solo y no también para
nosotros; o que, manchado por su pecado de desobediencia, "transmitió al
género humano la muerte" y las penalidades "del cuerpo solamente, pero no
el pecado mismo que es la muerte del alma", sea anatema. (C 249)
84.- Si alguien afirma que
este pecado de Adán que es uno solo por su origen y que, transmitido por
propagación y no por imitación, está en cada uno como propio, se puede
quitar por las fuerzas de la naturaleza humana o por cualquier otro
remedio que no sean los méritos del único mediador, nuestro Señor
Jesucristo que nos reconcilió con Dios en su sangre [...], sea anatema. (C
250)
85.- "Si alguien niega que los niños
recién nacidos deben ser bautizados", aun cuando procedan de padres
bautizados, "o afirma que se les bautiza para la remisión de los pecados,
pero que nada hay en ellos de pecado original arrastrado que deba expiarse
con el baño de regeneración" para poder conseguir la vida eterna; "de
donde se sigue que la fórmula del bautismo para la remisión de los
pecados, usada con ellos, tiene un sentido falso y no ajustado a la
realidad, sea anatema". (C 251)
86.- Si alguien niega que por
la gracia de nuestro Señor Jesucristo recibida en el bautismo se perdona
el delito del pecado original, o incluso afirma que no se quita todo
aquello que verdadera y propiamente hablando tiene carácter de pecado,
sino tan sólo se raspa o no se tiene en cuenta, sea anatema. (C 252)
87.- Mas cuando se trata de
otra hipótesis, la del llamado poligenismo, los hijos de la Iglesia no
gozan de la misma libertad. Porque los fieles no pueden abrazar la
sentencia de los que afirman o que después de Adán existieron verdaderos
hombres que no procedieron de aquél como del primer padre de todos por
generación natural, o que Adán significa una especie de muchedumbre de
primeros padres. No se ve por modo alguno cómo puede esta sentencia
conciliarse con lo que las fuentes de la verdad revelada y los documentos
del magisterio de la Iglesia proponen sobre el pecado original, que
procede del pecado verdaderamente cometido por un solo Adán y que,
transfundido a todos por generación, es propio a cada uno. (D 2328)
88.- Aunque constituido por
Dios en justicia, sin embargo, abusó de su libertad por instigación del
diablo, ya al comienzo de la historia, levantándose contra Dios, y
pretendiendo alcanzar su fin al margen de Dios. A pesar de haber conocido
a Dios, no lo glorificaron como a Dios, sino que se oscureció su estúpido
corazón, y sirvieron a la creatura en vez del Creador (cf. Rom
1,21-25) [...].
Así, queda el hombre dividido
en su interior. Toda la vida humana, tanto la individual como la
colectiva, aparece de este modo como una lucha y por cierto dramática,
entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Más aún, el hombre
se ve incapaz de dominar por sí solo, con eficacia, los ataques del mal,
hasta tal punto que se siente como encadenado. (C 266)
89.- La Sagrada Escritura, con
la que está de acuerdo la experiencia de los siglos, enseña a la familia
humana que el progreso humano, que es un gran bien para el hombre, lleva
también consigo una gran tentación; porque, si se pervierte el orden de
los valores y el mal se confunde con el bien, tanto a nivel individual
como colectivo, no se tienen en cuenta nada más que los propios intereses
y no los de los demás. Con esto se consigue que el mundo ya no sea un
espacio de auténtica fraternidad, mientras que el poder creciente de la
humanidad amenaza con destruir al mismo género humano[...].
La norma cristiana es que
todas aquellas actividades que están en continuo peligro por razón de la
soberbia y el desordenado amor propio, hay que purificarlas con la cruz y
la resurrección de Cristo. (C 267)
90.- Creemos que todos pecaron
en Adán; lo que significa que la culpa original cometida por él hizo que
la naturaleza, común a todos los hombres, cayera en un estado tal en el
que padeciese las consecuencias de aquella culpa. Este estado ya no es
aquel en el que la naturaleza humana se encontraba al principio en
nuestros primeros padres, ya que estaban constituidos en santidad y
justicia, y en el que el hombre estaba exento del mal y de la muerte. Así,
pues, esta naturaleza humana, caída de esta manera, destituida del don de
gracia del que antes estaba adornada, herida en sus mismas fuerzas
naturales y sometida al imperio de la muerte, es dada a todos los hombres;
por tanto, en este sentido, todo hombre nace en pecado. Mantenemos, pues,
siguiendo al concilio de Trento, que el pecado original se transmite,
juntamente con la naturaleza humana, por propagación, no por imitación,
y que se halla como propio en cada uno. (C 269)
SÍNTESIS
1.- Dios, creador del mundo
Dios ha creado de la nada la totalidad de las cosas, tanto materiales como
espirituales [64-68]
Las ha creado para comunicarles su propia bondad [68] y manifestar su
gloria [70]
Las ha creado libremente [68 70] y en el tiempo [62 68]
Todas las creaturas, incluso las materiales, han sido creadas buenas por
Dios [61]
Dios gobierna con su providencia las cosas creadas [64 69]
2.- Dios, creador del hombre
Dios creó al hombre a su imagen [68 74] como síntesis del mundo material y
espiritual [68], es decir, con un cuerpo material, que debe respetar [75],
y un alma espiritual, racional e inmortal [68 75]
Aquí radica la fundamental igualdad y la excelsa dignidad humana [79]
El alma humana no preexiste a la formación del hombre [71]; ni es
emanación de la sustancia divina; ni derivación de la sustancia de los
padres, sino creación directa de Dios [73]
El alma humana es única en cada individuo, e informa sustancialmente el
cuerpo [72], con el que constituye una unidad en la dualidad [75]
El hombre ha sido creado como ser social [74], dotado de libertad [77] y
de la conciencia moral [76], para alcanzar su plenitud tendiendo
libremente a su Creador [77]
La actividad humana tiene su propia autonomía [81] que contribuye al
progreso humano purificada con la cruz y la resurrección [89]
3.- Justicia y pecado original
El hombre fue constituido en justicia y santidad original [82-83 88] y
enriquecido con otros dones no debidos a la naturaleza; en concreto, la
exención de la muerte [82]
Por una culpa personal de Adán [82] perdió él y sus descendientes la
justicia original y los dones preternaturales [83-84 87 73-74]
Esta pérdida se transmite por generación a todos los hombres con carácter
de pecado propio en cada uno de ellos [80 84-85 87] a excepción de la
Inmaculada Virgen María
El pecado original, voluntario en Adán, pero involuntario en sus
descendientes, se remite, incluso a los niños [85], mediante los méritos
de Cristo aplicados en el bautismo, que les restituye la santidad y el
derecho a la gloria [86]
Pero no los libra de la concupiscencia, la cual no puede identificarse con
el pecado [86]
Aun cuando el monogenismo explica mejor la doctrina del pecado original,
no está definido que Adán fuera una persona individual [87]
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