LA FE EN SUS TEXTOS III

DIOS CREADOR

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marzo 07

 

CAPÍTULO III

DIOS CREADOR

1.- Dios creador del mundo

61. Pero la fe verdadera... profesa que es buena la sustancia de todas las creaturas, tanto espirituales como corporales; y que el mal no existe por naturaleza: porque Dios, que es el creador del universo, no ha creado nada que no sea bueno. Por consiguiente, el diablo sería bueno si hubiera permanecido en el estado en el que había sido creado. Pero como usó mal de su perfección natural "y no perseveró en la verdad" (Jn 8,44), no es que se convirtiera en una sustancia contraria, sino que se rebeló contra el bien soberano, al que debió permanecer unido. Lo mismo sucede a los que afirman tales cosas: que de la verdad se precipitan en la falsedad.... (C 199)

62. Si alguno dice o siente que el poder de Dios es limitado y que sólo operó aquello que pudo abarcar [y pensar; o que las creaturas son coeternas con Dios], sea anatema. (C 200)

63.- Si alguno creyere que las almas de los hombres o que los ángeles provienen de la substancia de Dios, como afirmaron Mani y Prisciliano, sea anatema. (C 201)

64.- Creemos de corazón, percibimos por la fe, confesamos de palabra y afirmamos con términos claros... también, que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, el Dios uno del que hablamos, es el creador, el que gobierna, el que dirige todas las cosas corporales y espirituales, visibles e invisibles... Creemos que el autor del Antiguo y del Nuevo Testamento es el mismo y único Dios, que, permaneciendo, como se ha dicho, en la Trinidad, lo creó todo de la nada... (C 207)

65.- No existe ningún ser divino supremo, sapientísimo y providentísimo, distinto del universo; y Dios es idéntico a la naturaleza y sujeto, por consiguiente, a variaciones; en realidad, Dios se realiza en el hombre y en el mundo y todas las cosas son y tienen la mismísima sustancia de Dios. Dios es una sola y misma realidad con el mundo y, por tanto, dígase los mismo del espíritu y la materia, de la necesidad y libertad, de la verdad y la falsedad, del bien y del mal, de lo justo y lo injusto. (C 215) (Proposición condenada)

66.- Hay que negar cualquier acción de Dios sobre los hombres y sobre el mundo. (C 216) (Proposición condenada)

67.- La santa Iglesia católica apostólica romana cree y confiesa: que hay un solo Dios verdadero y viviente, creador y señor del cielo y de la tierra, omnipotente, eterno, inmenso, incomprensible, infinito en inteligencia, voluntad y en toda perfección. Siendo como es una sustancia espiritual única, absolutamente simple e inmutable, tiene que ser entendido como algo real y esencialmente distinto del mundo, soberanamente venturoso en sí mismo y por sí mismo, e indeciblemente superior a todo aquello que existe o puede concebirse fuera de él. (C 217)

68.- Este único Dios verdadero en su bondad y por su "poder omnipotente" –no para aumentar o conseguir su bienaventuranza, sino para manifestar su perfección con los bienes que regala a sus creaturas–, con el más libre de sus designios "creó de la nada juntamente al principio del tiempo a ambos géneros de creaturas: las espirituales y las corporales, es decir, el mundo angélico y el mundo terrestre; y después la creatura humana, que, compuesta de espíritu y cuerpo, los abraza, en cierto modo, a los dos". (C 218)

69.- Todo lo que Dios creó, lo mantiene y lo dirige con su providencia, "llegando vigorosamente de un confín al otro del mundo y gobernando de excelente manera todo el universo" (Sab 8,1). "Porque todo está descubierto y patente a sus ojos" (Heb 4,13), incluso lo que ha de acontecer por una acción libre de las creaturas. (C 219)

70.- Quien no confiese que el mundo y todas las cosas contenidas en él, tanto las espirituales como las materiales, han sido producidas por Dios, en la totalidad de su sustancia, de la nada; o dijere que Dios no ha creado con una voluntad exenta de cualquier necesidad, sino que ha creado con la misma necesidad con la que se ama a sí mismo; o si negare que el mundo ha sido creado para gloria de Dios, S. A. (C 224)

 

2.- La creación del hombre

71.- Quien dijere que las almas de los hombres pecaron primero en la morada celestial y por esta causa fueron en la tierra aherrojadas en cuerpos humanos, como afirmó Prisciliano, sea anatema. (C 227)

72.- Además, con aprobación del santo concilio, reprobamos como errónea y opuesta a la verdad de la fe católica toda doctrina o tesis que imprudentemente afirma o pone en duda, que la sustancia del alma racional o intelectiva no es verdadera e inmediatamente la forma del cuerpo humano; y definimos, a fin de que todos conozcan la verdad de la fe sin mancha y se cierre la puerta de todo error subrepticio, que quien en adelante se atreva a afirmar, defender o sostener obstinadamente que el alma racional o intelectiva no es la forma del cuerpo humano inmediata y esencialmente, sea considerado hereje. (C 229)

73.- En consecuencia, el magisterio de la Iglesia no se opone a que el tema del evolucionismo, en el presente desarrollo de las ciencias humanas y de la teología, sea objeto de las investigaciones y discusiones de peritos en uno y otro campo. Siempre, desde luego, que se investigue sobre el origen del cuerpo humano a partir de una materia ya existente y viva, porque la fe católica nos obliga a mantener la inmediata creación de las almas por Dios. Y estas discusiones se hagan de forma que las razones en pro o en contra de una y otra opinión se ponderen y se juzguen con la debida seriedad, moderación y modestia; y estando todos, desde luego, dispuestos a someterse al juicio de la Iglesia, a la que Cristo dio el mandato de interpretar con autoridad las Escrituras y proteger las verdades de la fe. Hay, sin embargo, algunos que sobrepasan precipitadamente esta libertad de investigación, cuando por los indicios encontrados hasta ahora y por las deducciones sacadas de ellos, toman una postura como si fuera absolutamente cierto y demostrado que el cuerpo humano proviene de una materia ya existente y viva. (C 232)

74.-  Pero ¿qué es el hombre? Él mismo se ha definido muchas veces y sigue enunciando definiciones diversas, a veces contrarias: unas veces se exalta como la regla absoluta de todo, y otras se deprime hasta la desesperación; de ahí sus dudas y ansiedades. La Iglesia, plenamente consciente de esas dificultades, puede ofrecer al hombre, instruida por la revelación divina, una respuesta en la que se describa su verdadera condición humana, se expliquen sus debilidades y, al mismo tiempo, se pueda reconocer rectamente su dignidad y su vocación.

Pues enseña la Sagrada Escritura que el hombre fue creado "a imagen de Dios", capaz de conocer y amar a su Creador, constituido por Él como señor sobre todas las creaturas visibles (cf. Gén 1,26; Sab 2,23), para que las gobernase e hiciera uso de ellas, dando gloria a Dios [...].

Pero Dios no creó al hombre solo, ya que, desde los comienzos, los creó varón y mujer (Gén 1,27), haciendo así, de esta asociación de hombre y mujer, la primera forma de una comunidad de personas: el hombre es, en efecto, por su misma naturaleza, un ser social, y, sin relacionarse con otros, no puede ni vivir ni desarrollar sus propias cualidades. (C 233)

75.- El hombre, unitario en su dualidad de cuerpo y alma, es, por su condición corporal, una síntesis del universo material, el cual encuentra su plenitud a través del hombre y por medio de éste puede alabar con libertad a su Creador (cf. Dan 3,57-90); por eso no le está permitido al hombre despreciar su propia vida corporal sino que está obligado a considerar su cuerpo como bueno y digno de honor, ya que ha sido creado por Dios y ha de resucitar el último día. Sin embargo, herido por el pecado, experimenta la rebeldía de su propio cuerpo. Así, pues, la misma dignidad del hombre exige que dé gloria a Dios en su cuerpo (cf. 1 Cor 6,13-20), y no le consienta vivir esclavo de las depravadas inclinaciones de su corazón. (C 234)

76.- En lo hondo de la conciencia, el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, a la cual debe obedecer y cuya voz suena oportunamente en los oídos de su corazón, invitándole a amar y obrar el bien, y a evitar el mal: haz tal cosa, evita tal otra. El hombre lleva en su corazón la ley escrita por Dios, en cuya obediencia consiste su propia dignidad y según la cual será juzgado (cf. Rom 2,14-16). (C 235)

77.- Pero el hombre no puede entregarse al bien si no dispone de su libertad [...]. La auténtica libertad es una espléndida señal de la divina imagen en el hombre, ya que Dios quiso dejar al hombre en manos de su propia decisión (cf. Eclo 15,14), de modo que sepa buscar espontáneamente a su Creador y llegar libremente a la plena y feliz perfección, por la adhesión a Él. Por consiguiente, la dignidad del hombre requiere que obre según una libre y consciente elección, movido e inducido personalmente, desde dentro, no bajo un impulso ciego o una mera coacción externa. Una dignidad tal la obtiene el hombre cuando, librándose de toda cautividad de sus pasiones, busca su fin en la libre elección del bien, y para ello se procura, eficazmente y con inteligentes iniciativas, las oportunas ayudas. (C236)

78.- De la índole social del hombre se sigue con claridad que el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la misma sociedad están mutuamente condicionados. Pues el principio, el sujeto y el fin de toda institución social es, y debe ser, la persona humana, ya que ésta por su misma naturaleza tiene una completa necesidad de la vida social [...].

De los vínculos sociales que son necesarios para el desarrollo del hombre, algunos, como la familia y la comunidad política, responden más inmediatamente a su naturaleza profunda; otros proceden más bien de su libre elección [...].

Pero si la persona humana, para cumplir su vocación, incluso religiosa, recibe mucho de esta organización social, no por eso se ha de negar que los hombres, por la fuerza del ambiente social en que viven y están sumergidos desde la infancia, muchas veces se apartan de hacer el bien y son impulsados a obrar el mal. Es cosa cierta que las perturbaciones, tan frecuentes en el orden social, proviene, al menos parcialmente, de la misma tensión de las estructuras económicas, políticas y sociales. Pero más radicalmente proceden de la soberbia y egoísmo del hombre, que pervierten también el ambiente social. (C 237)

79.- Puesto que todos los hombres, dotados de alma racional y creados a imagen de Dios, tienen una misma naturaleza y un mismo origen, y redimidos por Cristo gozan de una misma vocación y destino divino, se ha de reconocer cada vez más la fundamental igualdad entre todos los hombres.

[...] Toda clase de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, sea discriminación social o cultural, por razón de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, se ha de alejar y superar, como contraria al plan de Dios [...].

Más aún, aunque entre los hombres existen razonables formas de diversidad, la igual dignidad de las personas pide que se vaya llegando a un más humano y equitativo nivel de vida [...].

Las instituciones humanas, públicas y privadas, esfuércense por servir de ayuda a la dignidad y al fin del hombre, luchando conjunta y esforzadamente contra cualquier forma de esclavitud social y política, y respetando los derechos fundamentales del hombre bajo cualquier régimen político. (C 238)

80.- La profunda y rápida metamorfosis del mundo pide urgentemente que no haya ni uno solo que, despreocupado de la marcha de los tiempos o indolente en su inercia, se entregue a una ética meramente individualista. El deber de justicia y de caridad lo cumple el hombre cada día mejor si, contribuyendo al bien común según su propia capacidad y las necesidades de los demás, promueve y favorece también las instituciones públicas o privadas que, a su vez, sirven para transformar y mejorar las condiciones de vida del hombre. (C 239)

81.- Muchos de nuestros contemporáneos parecen temer que, por una vinculación excesivamente estrecha entre la actividad humana y la religión, sufra trabas la autonomía del hombre, de la sociedad o de la ciencia [...].

Pero si por autonomía de lo temporal se entiende que la realidad creada es independiente de Dios, y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no haya creyente alguno a quien se le escape la falsedad envuelta en tales palabras. (C 240)

 

3.- El pecado original

82.- Si alguien no confiesa que Adán, el primer hombre, al transgredir el mandato de Dios en el paraíso, perdió inmediatamente la santidad y la justicia en la que había sido establecido; y que por la ofensa de este pecado incurrió en la cólera e indignación de Dios y, en consecuencia, en la muerte con con la que Dios le había amenazado antes; y con la muerte, en el cautiverio bajo el poder de aquel que desde entonces tiene el imperio de la muerte (Heb 2,14), es decir, del diablo; y que "por aquella ofensa resultante del pecado, Adán entero en su cuerpo y en su alma se vio cambiado en un estado peor", sea anatema. (C 248)

83.- "Si alguno afirma que el pecado de Adán le dañó a él solo y no a su descendencia"; que la santidad y justicia que recibió de Dios la perdió para él solo y no también para nosotros; o que, manchado por su pecado de desobediencia, "transmitió al género humano la muerte" y las penalidades "del cuerpo solamente, pero no el pecado mismo que es la muerte del alma", sea anatema. (C 249)

84.- Si alguien afirma que este pecado de Adán que es uno solo por su origen y que, transmitido por propagación y no por imitación, está en cada uno como propio, se puede quitar por las fuerzas de la naturaleza humana o por cualquier otro remedio que no sean los méritos del único mediador, nuestro Señor Jesucristo que nos reconcilió con Dios en su sangre [...], sea anatema. (C 250)

85.- "Si alguien niega que los niños recién nacidos deben ser bautizados", aun cuando procedan de padres bautizados, "o afirma que se les bautiza para la remisión de los pecados, pero que nada hay en ellos de pecado original arrastrado que deba expiarse con el baño de regeneración" para poder conseguir la vida eterna; "de donde se sigue que la fórmula del bautismo para la remisión de los pecados, usada con ellos, tiene un sentido falso y no ajustado a la realidad, sea anatema". (C 251)

86.- Si alguien niega que por la gracia de nuestro Señor Jesucristo recibida en el bautismo se perdona el delito del pecado original, o incluso afirma que no se quita todo aquello que verdadera y propiamente hablando tiene carácter de pecado, sino tan sólo se raspa o no se tiene en cuenta, sea anatema. (C 252)

87.- Mas cuando se trata de otra hipótesis, la del llamado poligenismo, los hijos de la Iglesia no gozan de la misma libertad. Porque los fieles no pueden abrazar la sentencia de los que afirman o que después de Adán existieron verdaderos hombres que no procedieron de aquél como del primer padre de todos por generación natural, o que Adán significa una especie de muchedumbre de primeros padres. No se ve por modo alguno cómo puede esta sentencia conciliarse con lo que las fuentes de la verdad revelada y los documentos del magisterio de la Iglesia proponen sobre el pecado original, que procede del pecado verdaderamente cometido por un solo Adán y que, transfundido a todos por generación, es propio a cada uno. (D 2328)

88.- Aunque constituido por Dios en justicia, sin embargo, abusó de su libertad por instigación del diablo, ya al comienzo de la historia, levantándose contra Dios, y pretendiendo alcanzar su fin al margen de Dios. A pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios, sino que se oscureció su estúpido corazón, y sirvieron a la creatura en vez del Creador (cf.  Rom 1,21-25) [...].

Así, queda el hombre dividido en su interior. Toda la vida humana, tanto la individual como la colectiva, aparece de este modo como una lucha y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Más aún, el hombre se ve incapaz de dominar por sí solo, con eficacia, los ataques del mal, hasta tal punto que se siente como encadenado. (C 266)

89.- La Sagrada Escritura, con la que está de acuerdo la experiencia de los siglos, enseña a la familia humana que el progreso humano, que es un gran bien para el hombre, lleva también consigo una gran tentación; porque, si se pervierte el orden de los valores y el mal se confunde con el bien, tanto a nivel individual como colectivo, no se tienen en cuenta nada más que los propios intereses y no los de los demás. Con esto se consigue que el mundo ya no sea un espacio de auténtica fraternidad, mientras que el poder creciente de la humanidad amenaza con destruir al mismo género humano[...].

La norma cristiana es que todas aquellas actividades que están en continuo peligro por razón de la soberbia y el desordenado amor propio, hay que purificarlas con la cruz y la resurrección de Cristo. (C 267)

90.- Creemos que todos pecaron en Adán; lo que significa que la culpa original cometida por él hizo que la naturaleza, común a todos los hombres, cayera en un estado tal en el que padeciese las consecuencias de aquella culpa. Este estado ya no es aquel en el que la naturaleza humana se encontraba al principio en nuestros primeros padres, ya que estaban constituidos en santidad y justicia, y en el que el hombre estaba exento del mal y de la muerte. Así, pues, esta naturaleza humana, caída de esta manera, destituida del don de gracia del que antes estaba adornada, herida en sus mismas fuerzas naturales y sometida al imperio de la muerte, es dada a todos los hombres; por tanto, en este sentido, todo hombre nace en pecado. Mantenemos, pues, siguiendo al concilio de Trento, que el pecado original se transmite, juntamente con la naturaleza humana, por propagación, no por imitación, y que se halla como propio en cada uno. (C 269)

 

SÍNTESIS

1.- Dios, creador del mundo

Dios ha creado de la nada la totalidad de las cosas, tanto materiales como espirituales [64-68]

Las ha creado para comunicarles su propia bondad [68] y manifestar su gloria [70]

Las ha creado libremente [68 70] y en el tiempo [62 68]

Todas las creaturas, incluso las materiales, han sido creadas buenas por Dios [61]

Dios gobierna con su providencia las cosas creadas [64 69]

2.- Dios, creador del hombre

Dios creó al hombre a su imagen [68 74] como síntesis del mundo material y espiritual [68], es decir, con un cuerpo material, que debe respetar [75], y un alma espiritual, racional e inmortal [68 75]

Aquí radica la fundamental igualdad y la excelsa dignidad humana [79]

El alma humana no preexiste a la formación del hombre [71]; ni es emanación de la sustancia divina; ni derivación de la sustancia de los padres, sino creación directa de Dios [73]

El alma humana es única en cada individuo, e informa sustancialmente el cuerpo [72], con el que constituye una unidad en la dualidad [75]

El hombre ha sido creado como ser social [74], dotado de libertad [77] y de la conciencia moral [76], para alcanzar su plenitud tendiendo libremente a su Creador [77]

La actividad humana tiene su propia autonomía [81] que contribuye al progreso humano purificada con la cruz y la resurrección [89]

3.- Justicia y pecado original

El hombre fue constituido en justicia y santidad original [82-83 88] y enriquecido con otros dones no debidos a la naturaleza; en concreto, la exención de la muerte [82]

Por una culpa personal de Adán [82] perdió él y sus descendientes la justicia original y los dones preternaturales [83-84 87 73-74]

Esta pérdida se transmite por generación a todos los hombres con carácter de pecado propio en cada uno de ellos [80 84-85 87] a excepción de la Inmaculada Virgen María

El pecado original, voluntario en Adán, pero involuntario en sus descendientes, se remite, incluso a los niños [85], mediante los méritos de Cristo aplicados en el bautismo, que les restituye la santidad y el derecho a la gloria [86]

Pero no los libra de la concupiscencia, la cual no puede identificarse con el pecado [86]

Aun cuando el monogenismo explica mejor la doctrina del pecado original, no está definido que Adán fuera una persona individual [87]

                                                                                                                                  

 

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