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Una y otra vez, responde don
Juan a quienes le advierten que hay castigo, infierno, que le llegará la
muerte, responde –digo–
insolente y desdeñoso con el repetido verso ¿Tan largo me lo fiáis...?
Vive el hombre este hoy
tanatófugo sin cuidado
alguno, como convencido de que una dilatada vida le aguarda, ajeno a
aquello que más le interesa: su salvación. El hombre, que antes no más
estaba en el mundo, se ha hecho ahora él mismo mundo, se ha mundanizado; y
los males que antes desde fuera le acechaban los encuentra ahora dentro de
sí. Parece no valer ya la recomendación agustiniana in te ipsum redi:
no hay ya hombre interior; cuando el hombre se vuelve hacia sí, más bien que la verdad parece
encontrar los espejismos del mundo. Por eso, en esta menguada hora del
hombre, cuando a éste se le pone delante el abismo de la eternidad, parece
responder, si no de palabra, sí al menos con su actitud con el verso de
Tirso: ¿Tan largo me lo fiáis...?
Y tú también. También tú haces
del conocido verso máxima vital. ¿Qué te pasa? ¿Piensas que se ha de tener el
sol en su órbita para darte tiempo a que conquistes tu alma para el cielo?
¿Crees que no te ha de faltar una Inés que te ofrezca su mano para
llevarte con ella a la eternidad deseada? ¿Confías acaso como el don Juan
de Zorrilla en el valor de un punto de contrición? Olvídalo,
desecha esas vanas esperanzas: que Dios no te auxiliará si tú a ti mismo
no te das socorro. Fantaseas, te ilusionas, te engañas míseramente. Para
ti será otra la realidad de la muerte mientras en esta vida vivas ahogando
tu alma. Si no me crees, repasa el final del don Juan del fraile
mercedario: ¡Que me quemo, que me abraso!, pues es juez fuerte Dios en la
muerte. Y una es su justicia: quien tal hace,
que tal pague.
No más, pues, ¿Tan largo me lo fiáis...? Recuerda,
por el contrario, tú,
lector que te asomas a estas páginas, que se presenta la muerte muchas
veces escondida, sin dejarse
sentir, y que, sin dar aviso, en el arco de sus
brazos abrasa amante a sus hijos; que todos somos de su linaje, pues
por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado, la
muerte; y no en vano in pecatis concepit me mater mea. Y recuerda
también que nadie, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino el Padre
sabe el día aquel y la hora. No hurtarás tu cuerpo, pues, a la muerte,
cuyo momento ignoras.
Y llegará el día
–¿verás amanecer mañana?– en que hayas de enfrentarte a Juez severo
como ninguno; pues, si bien es cierto que mientras caminas en esta vida
Dios es Dios de misericordia, entonces será el tiempo de la justicia, y no
habrá otro juez al que apelar de la sentencia. Ni sueñes con engañar a
este Juez inflexible, que el Señor no puede ni engañarse ni ser engañado.
Conque no le podrás escamotear ni tu más íntimo pensamiento, pues es
Dios que ve en lo escondido y escudriña los corazones y da a cada
uno su paga.
Llegará el día de ira, dies
irae. Temerás, quantus tremor est futurus! Nada quedará sin
venganza, nil inultum remanebit. Implorarás, llorarás, ingemisco,
tanquam reus. Pero ya para ti no será hora. Se te acabó el tiempo de
merecer. Llegó el día triste y amargo, lacrimosa dies illa. Y no te
quedará más que llanto y rechinar de dientes.
Prevente, pues, no sea que
esta noche te reclamen tu alma. No te fíes en que tarde tu amo, pues
llegará en día que no esperas y en hora que no conoces. Así, para que nada te
sorprenda, vive cada día como si éste fuera el último de tu existir
terreno, pues de este modo se te abrirán las puertas de la vida eterna.
¿Que es difícil? ¡Nada más fácil! Sigue el consejo que Séneca da a Lucilio
en el final de la carta CXIV: quidquid facies, respice ad mortem.
En cualquier cosa que hagas, pon tus ojos en la muerte.
Ramón Cubillas
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