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Cualquier cosa podrá ser
Miscelánea Calasanz excepto plataforma de carácter político. Sin
embargo, no olvidamos nosotros, ni olvida la Iglesia, que el católico vive
en el mundo en sociedad y que tiene con ella contraídas unas obligaciones.
Es esto lo que nos impele a escribir las líneas que siguen.
Y es que, ante el hecho de las
elecciones que se aproximan, el católico no puede en modo alguno mostrarse
indiferente. Dos cuestiones debe plantearse: si ha de votar y, caso de que
la respuesta sea afirmativa, a quién debe otorgar su voto.
Con referencia a la primera de
las cuestiones, debe el católico considerar que, aparte el hecho claro de
que es deudor a la sociedad de no pocos beneficios que ésta a cada paso le
hace, está obligado a mirar por el bien común y que, siendo el bien común
el fin al que se encamina el Estado, en los regímenes democráticos, y de
acuerdo con cuanto establezca la ley, está moralmente obligado a
participar en las elecciones con arreglo al dictado de su entendimiento.
Respecto a esto, el Catecismo de la Iglesia católica
§2240 es sobradamente claro: “La
sumisión a la autoridad y la corresponsabilidad en el bien común exigen
moralmente el pago de impuestos, el ejercicio del derecho al voto...”. Por
su lado, el Código de moral política elaborado por la Unión
Internacional de Estudios Sociales es taxativo: “Siendo
el voto una función, hay obligación de desempeñarla. En principio faltan a
su deber político, y por consiguiente a su deber moral, los ciudadanos que
sin razón suficiente rehúsan realizar un acto de vida colectiva,
consignado en la constitución del Estado”
(Códigos de Malinas, prólogo, traducción e índices por Ireneo
González Moral, S.I., Profesor de la Universidad Pontificia de Comillas,
Santander, Sal Terrae, 1962, pág. 566). Así, pues, es de considerar
doctrina común la obligatoriedad del ejercicio del derecho al voto.
Resuelta, pues, afirmativamente
la primera cuestión, resta tratar la segunda. ¿A quién otorgar el voto?
Debe en esto guiarse el católico por su recta conciencia. Ahora bien,
habrá de poner buen cuidado en conocer la doctrina de la Iglesia en
relación a no pocos aspectos cuya ordenación en la sociedad política corre
a cargo del Estado. Se trata de aspectos fundamentales como la familia, el aborto,
la eutanasia o la educación. O de otros, como el reparto de las cargas y los beneficios, la
inmigración o la conservación del entorno. Todos ellos desempeñan un papel
de primer orden en los programas de los distintos partidos políticos y
acerca de todos ellos la Iglesia se ha pronunciado una y otra vez. Por
ello, deberá el votante católico inquirir con corazón sincero y
entendimiento atento a fin de ejercer, en consonancia con las enseñanzas
de la Iglesia, su derecho al voto.
Como síntesis de lo que venimos
de decir, y a modo de conclusión, entregamos a nuestro lector unas líneas
del padre Royo Marín: “En
los países donde funciona el sufragio universal es gravísimo deber
de los católicos votar a los candidatos que ofrezcan toda clase de
garantías sobre la defensa de los derechos de Dios y de la Iglesia, y
cometerían fácilmente un verdadero pecado mortal votando a los
indignos o absteniéndose simplemente de emitir su voto, con peligro de
contribuir al triunfo de los candidatos anticatólicos” (Antonio Royo
Marín, O.P., Teología moral para seglares, I, Moral fundamental y
especial, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1961, pág. 689).
Ramón Cubillas
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