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En el último número de
Miscelánea Calasanz, dentro de la serie de "Los horrores de la guerra",
pudimos leer el vívido relato del padre Arrupe sobre la
explosión atómica de
Hiroshima. Hoy contemplamos la gesta y aniquilación de dos ciudades: Numancia
y Cartago. Mas antes digamos dos palabras.
Catorce años duró la guerra
numantina, al cabo de los cuales sucumbió, vencida por el hambre, la
heroica ciudad. La más injusta de todas las guerras, afirma Lucio Floro.
¿Cómo podía ser de otro modo si habían movido los romanos la guerra
inicuamente y por dos
veces violaron la paz que habían solicitado humildes? Luchó Roma contra
las armas celtíberas con aquellas otras que mejor conocía: la astucia y la
traición. Poca honra, en
verdad, les cupo, pues, a Roma y a Escipión Emiliano de este episodio. Por eso, y tras
leer el relato que nos hace llegar Apiano, no nos causa ninguna extrañeza
que el genio de Cervantes, en El cerco de Numancia
–justísimo tributo a la memoria
de aquel pueblo–, al final de la jornada
primera, sacara en imagen al Duero vaticinando y justificando lo que más
adelante había de suceder, que humanísimo es vengar agravios y no olvidar
las iniquidades:
y también vendrá tiempo en que
se mire
estar blandiendo el español
cuchillo
sobre el cuello romano, y que
respire
sólo por la bondad de su
caudillo
Mas no se piense que tiene
todo su término en las crueldades que veremos más adelante. Junto a ello,
téngase presente la codicia insaciable de Roma, verdadero desencadenante
de cuantas guerras acometió. A las atrocidades humanas de
que daremos cuenta añádase, pues, la formidable riqueza que pasó, contra todo derecho de gentes
–eran muy otros aquellos
tiempos–, a manos de los vencedores.
Con sobrada razón llama Montesquieu ladrones a los romanos y dice de ellos
que se adjudicaron todos
los tesoros del universo; y con mucho acierto los apellida nuestro padre Feijoo
"gavilla de ladrones". ¡Era el reinado de la
fuerza bruta! Verdaderamente, asombra pensar en el
botín arrebatado a los pueblos conquistados expuesto en los triunfos
celebrados en Roma: sólo en el de Tito Quincio Flaminio
–de quien señala Plutarco su
trato afable y dulce así como su entereza en las cosas de justicia–, vencedor de
Filipo, que duró tres días (194 a. C.) y
fue notable sobre todo por las estatuas de bronce y de mármol, había
–tal como nos relata Tito Livio– 18
000 libras de peso de plata en lingotes y 270 de plata labrada, sobre todo
vasos, de los cuales algunos eran obras maestras; 84
000 piezas áticas, conocidas como tetradracmas, de un peso
aproximado cada una de tres dineros; 3714 libras de peso en oro, un escudo
macizo, 14 514 filipos, etc. Y causa admiración si se considera que esto
no era más que una pequeña parte de cuanto la rapiña había arrancado a los
vencidos. Si se tienen en cuenta, además, los tesoros incalculables para siempre
perdidos en aquellos ocho siglos de guerra y excidio...
El caso de Numancia y Cartago,
a las que arrasaron hasta los cimientos –funditus, 'hasta el
fondo', 'completamente', 'de raíz' dice Cicerón en su De officiis–,
constituye una mínima muestra de la
conquista y saqueo del mundo que llevó a cabo la soberbia de Roma. Así, a la vista de
lo que venimos de señalar y de las relaciones
que aquí siguen, no nos queda sino deplorar la flébil condición del hombre,
incapaz de realizar el progreso a que está llamado, inútil para levantarse sobre sí si no es pagando el altísimo precio de su
sangre. Con todo, ¿quién no soñará esperanzado con un nuevo tiempo en que
el género humano avance hacia su elevado destino por el camino de la paz?
Hállanse estos textos en
Apiano, Sobre Iberia. Sobre África, traducción y notas de Antonio
Sancho Royo, Madrid, Planeta-DeAgostini, 1996, págs. 98 y ss. y 216 y ss.
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* * * * * *
Había,
sin embargo, una ciudad rica, Lutia, distante de los numantinos unos
trescientos estadios, cuyos jóvenes simpatizaban vivamente con la causa
numantina e instaban a su ciudad a concertar una alianza, pero los de más
edad comunicaron este hecho, a ocultas, a Escipión. Éste, al recibir la
noticia alrededor de a hora octava, se puso en marcha de inmediato con lo
mejor de sus tropas ligeras y, al amanecer, rodeando a Lutia con sus
tropas, exigió a los cabecillas de los jóvenes. Pero, después que le
dijeron
que éstos habían huido de la ciudad, ordenó decir por medio de un
heraldo que saquearía la ciudad, a no ser que le entregaran a los hombres.
Y ellos, por temor, los entregaron en número de cuatrocientos. Después de
cortarles las manos, levantó la guardia y, marchando de nuevo a la
carrera, se presentó en su campamento al amanecer del día siguiente.
Los numantinos, agobiados por
el hambre, enviaron cinco hombres a Escipión con la consigna de enterarse
de si los trataría con moderación, si se entregaban voluntariamente. Y
Avaro, su jefe, habló mucho y con aire solemne acerca del comportamiento y
valor de los numantinos, y afirmó que ni siquiera en aquella ocasión
habían cometido ningún acto reprobable, sino que sufrían desgracias de tal
magnitud por salvar la vida de sus hijos y esposas y la libertad de la
patria. "Por lo que muy en especial
–dijo–, Escipión, es digno que
tú, poseedor de una virtud tan grande, te muestres generoso para con un
pueblo lleno de ánimo y valor y nos ofrezcas, como alternativas de
nuestros males, condiciones más humanas, que seamos capaces de
sobrellevar, una vez que acabamos de experimentar un cambio de fortuna.
Así que no está ya en nuestras manos, sino en las tuyas, o bien aceptar la
rendición de la ciudad, si concedes condiciones mesuradas, o consentir que
perezca totalmente en la lucha". Avaro habló de esta manera, y Escipión,
que conocía la situación interna de la ciudad a través de los prisioneros,
se limitó a decir que debían ponerse en sus manos junto con sus armas y
entregarle la ciudad. Cuando les fue comunicada esta respuesta, los
numantinos, que ya de siempre tenían un espíritu salvaje debido a su
absoluta libertad y a su falta de costumbre de recibir órdenes de nadie,
en aquella ocasión aún más enojados por las desgracias y tras haber
sufrido una mutación radical en su carácter, dieron muerte a Avaro y a los
cinco embajadores que le habían acompañado, como portadores de malas
nuevas y porque pensaban que, tal vez, habían negociado con Escipión su
seguridad personal.
No mucho después, al faltarles
la totalidad de las cosas comestibles, sin trigo, sin ganados, sin yerba,
comenzaron a lamer pieles cocidas, como hacen algunos en situaciones
extremas de guerra. Cuando también les faltaron las pieles, comieron carne
humana cocida, en primer lugar la de aquellos que habían muerto, troceada
en las cocinas; después,
menospreciaron a los que estaban enfermos y los
más fuertes causaron violencia a los más débiles. Ningún tipo de miseria
estuvo ausente. Se volvieron salvajes de espíritu a causa de los alimentos
y semejantes a las fieras, en sus cuerpos, a causa del hambre, de la
peste, del cabello largo y del tiempo transcurrido. Al encontrarse en una
situación tal, se entregaron a Escipión. Éste les ordenó que en ese mismo
día llevaran sus armas al lugar que había designado y que al día siguiente
acudieran a otro lugar. Ellos, en cambio, dejaron transcurrir el día, pues
acordaron que muchos gozaban aún de libertad y querían poner fin a sus
vidas. Por consiguiente, solicitaron un día para disponerse a morir. [...]
En primer lugar se dieron
muerte aquellos que lo deseaban, cada uno de una forma. Los restantes
acudieron al tercer día al lugar convenido, espectáculo terrible y
prodigioso, sus cuerpos estaban sucios, llenos de porquería, con las uñas
crecidas, cubiertos de vello y despedían un olor fétido; las ropas que
colgaban de ellos estaban igualmente mugrientas y no menos malolientes.
Por estas razones aparecieron ante sus enemigos dignos de compasión, pero
temibles en su mirada, pues aún mostraban en sus rostros la cólera, el
dolor, la fatiga y la conciencia de haberse devorado los unos a los otros.
* * *
Al
comienzo de la primavera, Escipión atacó Birsa y el puerto de Cotón.
Asdrúbal prendió fuego durante la noche a una parte de este lugar que
tenía forma cuadrangular, pero Lelio, esperando aún que Escipión atacaría
y mientras los cartagineses estaban vueltos hacia aquella parte, subió sin
que le viesen hacia el otro lado de Cotón que tiene forma de círculo. Se
alzó un grito como de victoria y los cartagineses se llenaron de miedo, en
tanto que los romanos forzaron la subida desde todos los lados con
desprecio, tendiendo sobre los espacios vacíos maderas, máquinas y
planchas, sin que los guardianes ofrecieran resistencia al estar
debilitados sus cuerpos por el hambre y sus ánimos abatidos. Después de
apoderarse del muro de Cotón, Escipión tomó la plaza pública que estaba
próxima y, al no poder hacer ya nada más, pues era el atardecer, pasó la
noche allí en armas con todas sus tropas. Al llegar el día, llamó a otros
cuatro mil soldados de refresco. Éstos penetraron en el santuario de
Apolo, cuya estatua estaba cubierta de oro y su santuario, rodeado de oro
batido de mil talentos de peso, y lo saquearon golpeándolo con sus
espadas, sin obedecer a sus oficiales, hasta que se lo hubieron repartido
entre ellos, y después, volvieron a su trabajo.
[...] Todo estaba lleno de
gemidos, lamentos, gritos y de toda clase de quejidos de agonía, al morir
unos en combate cuerpo a cuerpo, otros arrojados desde los tejados
contra
el suelo, todavía vivos, y algunos cayendo sobre las puntas de otras armas
o sobre las lanzas o las espadas. Nadie consiguió quemar ninguna casa a
causa de los que estaban sobre los tejados, hasta que Escipión llegó a
Birsa. Entonces prendió fuego a las tres callejuelas a la vez y ordenó a
otros que mantuvieran expedito el camino de material quemado, a fin de que
el ejército atacara moviéndose con facilidad.
A continuación, se sucedieron
otras escenas de terror. El fuego devoraba y se llevaba todo a su paso, y
los soldados no derrumbaban los edificios poco a poco, sino que los
echaban abajo todos juntos. Por ello, el ruido era mucho mayor y, junto
con las piedras, caían también en el medio los cadáveres amontonados.
Otros estaban todavía vivos, en especial ancianos, niños y mujeres que se
habían ocultado en los rincones más profundos de las casas, algunos
heridos y otros más o menos quemados dejando escapar terribles gritos.
Otros, arrastrados desde una altura tan grande con las piedras, maderas y
fuego, sufrieron, al caer, toda suerte de horrores, llenos de fracturas y
despedazados. Y ni siquiera esto supuso el final de sus desgracias. En
efecto, los encargados de la limpieza de las calles, al remover los
escombros con hachas, machetes y picas, a fin de dejarlas transitables
para las fuerzas de ataque, golpeaban unos con las hachas y machetes y
otros con la punta de las picas a los muertos y a los que todavía estaban
vivos en los huecos del suelo, apartándolos como a la madera y las piedras
y dándoles la vuelta con el hierro, y el hombre servía de relleno de los
fosos. Algunos fueron arrojados de cabeza, y sus piernas, sobresaliendo
del suelo, se agitaban con convulsiones durante mucho tiempo. Otros
cayeron de pie con la cabeza por encima del nivel del suelo y los
caballos, al pasar sobre ellos, les destrozaban la cara o el encéfalo, no
por voluntad de sus jinetes, sino a causa de su prisa, puesto que tampoco
los que limpiaban las calles hacían todo esto voluntariamente. Sin
embargo, el esfuerzo de la guerra, la gloria de la victoria cercana, la
premura del ejército, los ruidos confusos de heraldos y trompeteros, los
tribunos y centuriones, al moverse de un lado para otro y atacar, volvían
a todos frenéticos y despreocupados, a causa de su afán, por aquello que
veían.
[...] Sin embargo, los
desertores romanos, unos novecientos, perdidas las esperanzas de salvación
se refugiaron en el templo de Esculapio con Asdrúbal, su mujer y sus dos
hijos varones. Allí se defendieron durante mucho tiempo y con facilidad,
aunque eran poco numerosos, por tratarse de un recinto elevado y con
escarpas, al que en época de paz se subía por medio de sesenta escalones.
Al fin, vencidos por el hambre, la falta de sueño, el miedo, la fatiga y
la proximidad de la muerte, abandonaron el recinto y corrieron a la
capilla y al tejado.
Entretanto, Asdrúbal escapó en
secreto a Escipión con ramas de suplicante. Escipión
le
mandó sentarse a sus pies y lo mostró a los desertores. Y ellos, al verlo,
pidieron silencio y, cuando lo hubo, cubrieron a Asdrúbal de todo tipo de
insultos, prendieron fuego al templo y se consumieron en él. Se dice que
la esposa de Asdrúbal, colocada ante los ojos de Escipión cuando el fuego
la iluminaba, se arregló como pudo en medio de una situación tan
desastrosa y, colocándose junto a sus dos hijos, dijo, para que Escipión
pudiera oírla: "No existe contra ti motivo de venganza de parte de los
dioses, romano, puesto que ejerciste el derecho de guerra, pero sobre ese
Asdrúbal que se ha convertido en traidor de su patria, de sus templos, de
mí y de mis hijos, ojalá que los dioses se tomen la venganza y tú junto
con ellos". A continuación, volviéndose hacia Asdrúbal, dijo: "Oh tú, el
más miserable, traidor y afeminado de entre los hombres, a mí y a mis
hijos nos sepultará este fuego, pero tú, el caudillo de la gran Cartago,
¿a qué triunfo servirás de ornato?, ¿qué castigo no recibirás de ese a
cuyos pies estás sentado?". Después de escupirle tales reproches degolló a
sus hijos y se arrojó con ellos al fuego.
[...] Escipión, una vez
destruida Cartago, concedió a su ejército un número de días para que lo
devastara todo a excepción del oro, la plata y las ofrendas de los
templos. [...] El resto del botín lo vendió y, ceñido con el cinturón de
los sacrificios, él mismo quemó las armas, máquinas y naves inservibles
como una ofrenda a Marte y Minerva, según la costumbre de su país.
[...] El senado envió a diez
de sus miembros más notables para que dispusieran los asuntos de África
junto con Escipión de forma conveniente para Roma. Éstos decretaron que
Escipión arrasara lo que quedara aún en pie de Cartago y prohibieron que
nadie la habitara.
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