LA TOMA DE NUMANCIA Y CARTAGO

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febrero 08

 

En el último número de Miscelánea Calasanz, dentro de la serie de "Los horrores de la guerra", pudimos leer el vívido relato del padre Arrupe sobre la explosión atómica de Hiroshima. Hoy contemplamos la gesta y aniquilación de dos ciudades: Numancia y Cartago. Mas antes digamos dos palabras.

Catorce años duró la guerra numantina, al cabo de los cuales sucumbió, vencida por el hambre, la heroica ciudad. La más injusta de todas las guerras, afirma Lucio Floro. ¿Cómo podía ser de otro modo si habían movido los romanos la guerra inicuamente y por dos veces violaron la paz que habían solicitado humildes? Luchó Roma contra las armas celtíberas con aquellas otras que mejor conocía: la astucia y la traición. Poca honra, en verdad, les cupo, pues, a Roma y a Escipión Emiliano de este episodio. Por eso, y tras leer el relato que nos hace llegar Apiano, no nos causa ninguna extrañeza que el genio de Cervantes, en El cerco de Numancia –justísimo tributo a la memoria de aquel pueblo–, al final de la jornada primera, sacara en imagen al Duero vaticinando y justificando lo que más adelante había de suceder, que humanísimo es vengar agravios y no olvidar las iniquidades:

y también vendrá tiempo en que se mire

estar blandiendo el español cuchillo

sobre el cuello romano, y que respire

sólo por la bondad de su caudillo

Mas no se piense que tiene todo su término en las crueldades que veremos más adelante. Junto a ello, téngase presente la codicia insaciable de Roma, verdadero desencadenante de cuantas guerras acometió. A las atrocidades humanas de que daremos cuenta añádase, pues, la formidable riqueza que pasó, contra todo derecho de gentes –eran muy otros aquellos tiempos–, a manos de los vencedores. Con sobrada razón llama Montesquieu ladrones a los romanos y dice de ellos que se adjudicaron todos los tesoros del universo; y con mucho acierto los apellida nuestro padre Feijoo "gavilla de ladrones". ¡Era el reinado de la fuerza bruta! Verdaderamente, asombra pensar en el botín arrebatado a los pueblos conquistados expuesto en los triunfos celebrados en Roma: sólo en el de Tito Quincio Flaminio –de quien señala Plutarco su trato afable y dulce así como su entereza en las cosas de justicia–, vencedor de Filipo, que duró tres días (194 a. C.) y fue notable sobre todo por las estatuas de bronce y de mármol, había –tal como nos relata Tito Livio– 18 000 libras de peso de plata en lingotes y 270 de plata labrada, sobre todo vasos, de los cuales algunos eran obras maestras; 84 000 piezas áticas, conocidas como tetradracmas, de un peso aproximado cada una de tres dineros; 3714 libras de peso en oro, un escudo macizo, 14 514 filipos, etc. Y causa admiración si se considera que esto no era más que una pequeña parte de cuanto la rapiña había arrancado a los vencidos. Si se tienen en cuenta, además, los tesoros incalculables para siempre perdidos en aquellos ocho siglos de guerra y excidio...

El caso de Numancia y Cartago, a las que arrasaron hasta los cimientos funditus, 'hasta el fondo', 'completamente', 'de raíz' dice Cicerón en su De officiis–, constituye una mínima muestra de la conquista y saqueo del mundo que llevó a cabo la soberbia de Roma. Así, a la vista de lo que venimos de señalar y de las relaciones que aquí siguen, no nos queda sino deplorar la flébil condición del hombre, incapaz de realizar el progreso a que está llamado, inútil para levantarse sobre sí si no es pagando el altísimo precio de su sangre. Con todo, ¿quién no soñará esperanzado con un nuevo tiempo en que el género humano avance hacia su elevado destino por el camino de la paz?

Hállanse estos textos en Apiano, Sobre Iberia. Sobre África, traducción y notas de Antonio Sancho Royo, Madrid, Planeta-DeAgostini, 1996, págs. 98 y ss. y 216 y ss.

 

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Había, sin embargo, una ciudad rica, Lutia, distante de los numantinos unos trescientos estadios, cuyos jóvenes simpatizaban vivamente con la causa numantina e instaban a su ciudad a concertar una alianza, pero los de más edad comunicaron este hecho, a ocultas, a Escipión. Éste, al recibir la noticia alrededor de a hora octava, se puso en marcha de inmediato con lo mejor de sus tropas ligeras y, al amanecer, rodeando a Lutia con sus tropas, exigió a los cabecillas de los jóvenes. Pero, después que le dijeron Ruinas de Numancia, en Soriaque éstos habían huido de la ciudad, ordenó decir por medio de un heraldo que saquearía la ciudad, a no ser que le entregaran a los hombres. Y ellos, por temor, los entregaron en número de cuatrocientos. Después de cortarles las manos, levantó la guardia y, marchando de nuevo a la carrera, se presentó en su campamento al amanecer del día siguiente.

Los numantinos, agobiados por el hambre, enviaron cinco hombres a Escipión con la consigna de enterarse de si los trataría con moderación, si se entregaban voluntariamente. Y Avaro, su jefe, habló mucho y con aire solemne acerca del comportamiento y valor de los numantinos, y afirmó que ni siquiera en aquella ocasión habían cometido ningún acto reprobable, sino que sufrían desgracias de tal magnitud por salvar la vida de sus hijos y esposas y la libertad de la patria. "Por lo que muy en especial –dijo–, Escipión, es digno que tú, poseedor de una virtud tan grande, te muestres generoso para con un pueblo lleno de ánimo y valor y nos ofrezcas, como alternativas de nuestros males, condiciones más humanas, que seamos capaces de sobrellevar, una vez que acabamos de experimentar un cambio de fortuna. Así que no está ya en nuestras manos, sino en las tuyas, o bien aceptar la rendición de la ciudad, si concedes condiciones mesuradas, o consentir que perezca totalmente en la lucha". Avaro habló de esta manera, y Escipión, que conocía la situación interna de la ciudad a través de los prisioneros, se limitó a decir que debían ponerse en sus manos junto con sus armas y entregarle la ciudad. Cuando les fue comunicada esta respuesta, los numantinos, que ya de siempre tenían un espíritu salvaje debido a su absoluta libertad y a su falta de costumbre de recibir órdenes de nadie, en aquella ocasión aún más enojados por las desgracias y tras haber sufrido una mutación radical en su carácter, dieron muerte a Avaro y a los cinco embajadores que le habían acompañado, como portadores de malas nuevas y porque pensaban que, tal vez, habían negociado con Escipión su seguridad personal.

No mucho después, al faltarles la totalidad de las cosas comestibles, sin trigo, sin ganados, sin yerba, comenzaron a lamer pieles cocidas, como hacen algunos en situaciones extremas de guerra. Cuando también les faltaron las pieles, comieron carne humana cocida, en primer lugar la de aquellos que habían muerto, troceada en las cocinas; después, Vaso en que se ve representada una monomachia, obtenido en las ruinas de Numancia. Museo Numantino (Soria)menospreciaron a los que estaban enfermos y los más fuertes causaron violencia a los más débiles. Ningún tipo de miseria estuvo ausente. Se volvieron salvajes de espíritu a causa de los alimentos y semejantes a las fieras, en sus cuerpos, a causa del hambre, de la peste, del cabello largo y del tiempo transcurrido. Al encontrarse en una situación tal, se entregaron a Escipión. Éste les ordenó que en ese mismo día llevaran sus armas al lugar que había designado y que al día siguiente acudieran a otro lugar. Ellos, en cambio, dejaron transcurrir el día, pues acordaron que muchos gozaban aún de libertad y querían poner fin a sus vidas. Por consiguiente, solicitaron un día para disponerse a morir. [...]

En primer lugar se dieron muerte aquellos que lo deseaban, cada uno de una forma. Los restantes acudieron al tercer día al lugar convenido, espectáculo terrible y prodigioso, sus cuerpos estaban sucios, llenos de porquería, con las uñas crecidas, cubiertos de vello y despedían un olor fétido; las ropas que colgaban de ellos estaban igualmente mugrientas y no menos malolientes. Por estas razones aparecieron ante sus enemigos dignos de compasión, pero temibles en su mirada, pues aún mostraban en sus rostros la cólera, el dolor, la fatiga y la conciencia de haberse devorado los unos a los otros.

 

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Al comienzo de la primavera, Escipión atacó Birsa y el puerto de Cotón. Asdrúbal prendió fuego durante la noche a una parte de este lugar que tenía forma cuadrangular, pero Lelio, esperando aún que Escipión atacaría y mientras los cartagineses estaban vueltos hacia aquella parte, subió sin que le viesen hacia el otro lado de Cotón que tiene forma de círculo. Se alzó un grito como de victoria y los cartagineses se llenaron de miedo, en tanto que los romanos forzaron la subida desde todos los lados con desprecio, tendiendo sobre los espacios vacíos maderas, máquinas y planchas, sin que los guardianes ofrecieran resistencia al estar debilitados sus cuerpos por el hambre y sus ánimos abatidos. Después de apoderarse del muro de Cotón, Escipión tomó la plaza pública que estaba próxima y, al no poder hacer ya nada más, pues era el atardecer, pasó la noche allí en armas con todas sus tropas. Al llegar el día, llamó a otros cuatro mil soldados de refresco. Éstos penetraron en el santuario de Apolo, cuya estatua estaba cubierta de oro y su santuario, rodeado de oro batido de mil talentos de peso, y lo saquearon golpeándolo con sus espadas, sin obedecer a sus oficiales, hasta que se lo hubieron repartido entre ellos, y después, volvieron a su trabajo.

[...] Todo estaba lleno de gemidos, lamentos, gritos y de toda clase de quejidos de agonía, al morir unos en combate cuerpo a cuerpo, otros arrojados desde los tejados Ruinas de Cartagocontra el suelo, todavía vivos, y algunos cayendo sobre las puntas de otras armas o sobre las lanzas o las espadas. Nadie consiguió quemar ninguna casa a causa de los que estaban sobre los tejados, hasta que Escipión llegó a Birsa. Entonces prendió fuego a las tres callejuelas a la vez y ordenó a otros que mantuvieran expedito el camino de material quemado, a fin de que el ejército atacara moviéndose con facilidad.

A continuación, se sucedieron otras escenas de terror. El fuego devoraba y se llevaba todo a su paso, y los soldados no derrumbaban los edificios poco a poco, sino que los echaban abajo todos juntos. Por ello, el ruido era mucho mayor y, junto con las piedras, caían también en el medio los cadáveres amontonados. Otros estaban todavía vivos, en especial ancianos, niños y mujeres que se habían ocultado en los rincones más profundos de las casas, algunos heridos y otros más o menos quemados dejando escapar terribles gritos. Otros, arrastrados desde una altura tan grande con las piedras, maderas y fuego, sufrieron, al caer, toda suerte de horrores, llenos de fracturas y despedazados. Y ni siquiera esto supuso el final de sus desgracias. En efecto, los encargados de la limpieza de las calles, al remover los escombros con hachas, machetes y picas, a fin de dejarlas transitables para las fuerzas de ataque, golpeaban unos con las hachas y machetes y otros con la punta de las picas a los muertos y a los que todavía estaban vivos en los huecos del suelo, apartándolos como a la madera y las piedras y dándoles la vuelta con el hierro, y el hombre servía de relleno de los fosos. Algunos fueron arrojados de cabeza, y sus piernas, sobresaliendo del suelo, se agitaban con convulsiones durante mucho tiempo. Otros cayeron de pie con la cabeza por encima del nivel del suelo y los caballos, al pasar sobre ellos, les destrozaban la cara o el encéfalo, no por voluntad de sus jinetes, sino a causa de su prisa, puesto que tampoco los que limpiaban las calles hacían todo esto voluntariamente. Sin embargo, el esfuerzo de la guerra, la gloria de la victoria cercana, la premura del ejército, los ruidos confusos de heraldos y trompeteros, los tribunos y centuriones, al moverse de un lado para otro y atacar, volvían a todos frenéticos y despreocupados, a causa de su afán, por aquello que veían.

[...] Sin embargo, los desertores romanos, unos novecientos, perdidas las esperanzas de salvación se refugiaron en el templo de Esculapio con Asdrúbal, su mujer y sus dos hijos varones. Allí se defendieron durante mucho tiempo y con facilidad, aunque eran poco numerosos, por tratarse de un recinto elevado y con escarpas, al que en época de paz se subía por medio de sesenta escalones. Al fin, vencidos por el hambre, la falta de sueño, el miedo, la fatiga y la proximidad de la muerte, abandonaron el recinto y corrieron a la capilla y al tejado.

Entretanto, Asdrúbal escapó en secreto a Escipión con ramas de suplicante. Escipión Plano de Cartagole mandó sentarse a sus pies y lo mostró a los desertores. Y ellos, al verlo, pidieron silencio y, cuando lo hubo, cubrieron a Asdrúbal de todo tipo de insultos, prendieron fuego al templo y se consumieron en él. Se dice que la esposa de Asdrúbal, colocada ante los ojos de Escipión cuando el fuego la iluminaba, se arregló como pudo en medio de una situación tan desastrosa y, colocándose junto a sus dos hijos, dijo, para que Escipión pudiera oírla: "No existe contra ti motivo de venganza de parte de los dioses, romano, puesto que ejerciste el derecho de guerra, pero sobre ese Asdrúbal que se ha convertido en traidor de su patria, de sus templos, de mí y de mis hijos, ojalá que los dioses se tomen la venganza y tú junto con ellos". A continuación, volviéndose hacia Asdrúbal, dijo: "Oh tú, el más miserable, traidor y afeminado de entre los hombres, a mí y a mis hijos nos sepultará este fuego, pero tú, el caudillo de la gran Cartago, ¿a qué triunfo servirás de ornato?, ¿qué castigo no recibirás de ese a cuyos pies estás sentado?". Después de escupirle tales reproches degolló a sus hijos y se arrojó con ellos al fuego.

[...] Escipión, una vez destruida Cartago, concedió a su ejército un número de días para que lo devastara todo a excepción del oro, la plata y las ofrendas de los templos. [...] El resto del botín lo vendió y, ceñido con el cinturón de los sacrificios, él mismo quemó las armas, máquinas y naves inservibles como una ofrenda a Marte y Minerva, según la costumbre de su país.

[...] El senado envió a diez de sus miembros más notables para que dispusieran los asuntos de África junto con Escipión de forma conveniente para Roma. Éstos decretaron que Escipión arrasara lo que quedara aún en pie de Cartago y prohibieron que nadie la habitara.

 

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