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¿No te ha sucedido a ti
también en ocasiones, compañero, hermano? Sabes, sabes que sí. Es inútil. Todos
estos... ¿para qué? Mejor... ¡Bah! Que inventen ellos. O que no inventen.
¿A mí qué? ¿No lo dijo ya otro? Pues, yo también: que lo intenten los
demás. ¿O no? Total... ¡Ya está bien! Pues, ¿qué? ¡Pfff...! Dar coces
contra el aguijón, pedir peras al olmo, echar margaritas a puercos, pedir
cotufas en el golfo, predicar en el desierto: un... una... ¡bah! hacer
castillos en el aire, ¡maldita sea!
Te entiendo bien. Es el
desaliento, el bajón que nace de considerar todo tu esfuerzo infructuoso,
de no ver el provecho de tus trabajos, de juzgar estériles tus desvelos.
Inmenso dolor de parto infecundo.
¿Te acuerdas? Entonces
todo se te hizo tiniebla y abandonaste. Sin embargo, te quedaba una brasa de
esperanza. ¿No habría de ser tanto afán de ninguna utilidad? ¿Quién te lo aseguraba?
No. De ninguna manera. Quedaría tu voz vagando en el aire infinito y algún oído, algún día, la
recogería. No importaba cuándo. Otros segarían y trillarían y aventarían y
verían sus trojes colmadas, sí; pero a ti te
quedaba la siembra. Sí, eso era, tú sembrarías, derramarías la semilla de
tu corazón, por
siempre. Y de la brasa se elevaron columnas de fuego en relumbrantes
llamaradas. Y, alegre, emocionado, henchido de entusiasmo, con encendida
pasión volviste a tu tarea, tu surtidor de vida: predicar, predicar aunque
fuera en desierto.
Por esto, porque una vez ya te
levantaste, porque no todo está
perdido, para dar ánimos a tu esperanza y, a tu pasión, bríos, te ofrezco
hoy este texto de Ana de Gómez Mayorga que titula “Predicar
en el desierto”.
Que te resulte provechoso.
* *
Ana Valverde de Gómez Mayorga
nació y murió en la ciudad de México (1878-1954). En la misma ciudad
realizó los estudios primarios y obtuvo la graduación como maestra de
instrucción primaria. Tras años de docencia, obtuvo la cátedra de Lengua
española en la escuela normal para profesoras, donde había cursado sus
estudios. En Boston, por comisión del Gobierno mexicano, estudió el
sistema educativo y bibliotecario. Se dedicó a la cultura de la
mujer. En su calidad de educadora, escribió varios libros de texto y
colaboró en revistas pedagógicas y literarias. Entre sus obras se
encuentran: Tres ensayos (1941), Entreabriendo la puerta
(1946), El divino mendigo (1949), Un mundo mejor (1950) y
Primeras y últimas rosas (versos, 1962). Disfrutó de extendida fama en
el continente americano, más especialmente en Argentina, hasta ser
comparada con la chilena Gabriela Mistral, maestra también como ella.
El texto se hallará en la
revista Desde las sombras. Periódico mensual Órgano de la
"Asociación Ignacio Trigueros", México, tomo XXIV, núm 11, pág,
125,
correspondiente al mes de noviembre de 1946.
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* * * * * *
Por
encima de la incomprensión del mundo ambiente debe estar nuestra fe. Por
encima de la aparente inutilidad de nuestro esfuerzo, de la aparente
ineficacia de nuestra labor, debe sobreponerse nuestra voluntad.
Si en la tiniebla que nos
rodea no encendemos nuestra luz ¿para cuándo ha de servirnos? No hemos de
encenderla pretendiendo opacar con ella la brillante luz del sol.
Nuestra lámpara trata,
naturalmente, de agujerear la sombra, de rasgar la oscuridad y si no debe
servir para reemplazar a la luz del día, sí debe servir para guiar
nuestros pasos durante la noche.
Nuestros ojos se irán
habituando al escaso resplandor y hemos de reconocer, en lo que nos rodea,
aquello que pueda sernos familiar y hemos de conocer todo cuanto no
hayamos visto jamás. Acaso nuestra luz, encendida precisamente en el seno
de la tiniebla, nos permita inducir para llegar a deducir; acaso también
nos favorezca para intuir y tal vez para adivinar.
Pero, si, porque nuestra luz
es débil, parpadeante e indecisa, preferimos apagarla y pasarnos sin ella;
si, porque alumbra escasamente, preferimos extinguirla; si, porque no
podemos alumbrar con nuestra linterna sorda nuestra ruta como la cegadora
luz del mediodía, determinamos ir a oscuras por un sendero intransitado,
desconocido, lleno, quizá, de peligros, nos condenamos de antemano a un
fracaso seguro.
Asimismo si, porque no
contamos con la comprensión de todos aquellos a quienes nos dirigimos; si
tenemos en cuenta su pereza, su egoísmo, su conveniencia y comodidad,
renunciamos a enseñarlos, a iluminarlos, a guiarlos
–apagando nuestra lámpara–
caeremos en grave, trascendental error.
A nuestra vez nos estamos
aconsejando por el egoísmo y por la comodidad. No queremos enseñar porque
nos pagamos de los resultados y porque –impacientes– queremos ver que
fructifica hoy la semilla que sembramos ayer.
Nos descorazonamos porque nadie
escucha, porque nadie comprende, porque no pueden o no quieren comprender.
Afligidos, cansados,
desalentados decimos: “es
inútil, es predicar en el desierto”.
Pero,
precisamente ahí está; ahí debe estar la meta de nuestra vida: predicar en
el desierto, predicar sin esperanza de los resultados, predicar con la
sola ayuda de nuestra fe. Predicar aunque sepamos que no hay oídos que nos
escuchen; aun cuando ningún ser humano esté cerca de nosotros.
Predicar con tal ardor, con tal
convicción, con tal fuego y entusiasmo que los ecos respondan a nuestra
palabra, que las soledades se pueblen, que las arenas fulguren más
caldeadas aún con nuestro fuego, que con el fuego abrasador del sol.
Predicar de tal modo, con tal
ímpetu avasallador e incontenible que de la árida llanura, del movible mar
de arena, un día surja un turbión de almas evocadas por nuestra necesidad,
atraídas por nuestro deseo de ser escuchados, solicitadas por la
vehemencia de nuestro anhelo y ¡quién sabe! acaso esas almas arrebatadas
por nuestra palabra, vencidas por nuestra elocuencia, derretidas por el
ígneo foco de nuestra fe, acaben por tomar parte en nuestro ensueño, hacer
suya nuestra quimera, enarbolando en alto –muy en alto– la bandera de
nuestro ideal.
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