PREDICAR EN EL DESIERTO

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febrero 08

 

¿No te ha sucedido a ti también en ocasiones, compañero, hermano? Sabes, sabes que sí. Es inútil. Todos estos... ¿para qué? Mejor... ¡Bah! Que inventen ellos. O que no inventen. ¿A mí qué? ¿No lo dijo ya otro? Pues, yo también: que lo intenten los demás. ¿O no? Total... ¡Ya está bien! Pues, ¿qué? ¡Pfff...! Dar coces contra el aguijón, pedir peras al olmo, echar margaritas a puercos, pedir cotufas en el golfo, predicar en el desierto: un... una... ¡bah! hacer castillos en el aire, ¡maldita sea!

Te entiendo bien. Es el desaliento, el bajón que nace de considerar todo tu esfuerzo infructuoso, de no ver el provecho de tus trabajos, de juzgar estériles tus desvelos. Inmenso dolor de parto infecundo.

¿Te acuerdas? Entonces todo se te hizo tiniebla y abandonaste. Sin embargo, te quedaba una brasa de esperanza. ¿No habría de ser tanto afán de ninguna utilidad? ¿Quién te lo aseguraba? No. De ninguna manera. Quedaría tu voz vagando en el aire infinito y algún oído, algún día, la recogería. No importaba cuándo. Otros segarían y trillarían y aventarían y verían sus trojes colmadas, sí; pero a ti te quedaba la siembra. Sí, eso era, tú sembrarías, derramarías la semilla de tu corazón, por siempre. Y de la brasa se elevaron columnas de fuego en relumbrantes llamaradas. Y, alegre, emocionado, henchido de entusiasmo, con encendida pasión volviste a tu tarea, tu surtidor de vida: predicar, predicar aunque fuera en desierto.

Por esto, porque una vez ya te levantaste, porque no todo está perdido, para dar ánimos a tu esperanza y, a tu pasión, bríos, te ofrezco hoy este texto de Ana de Gómez Mayorga que titula Predicar en el desierto”. Que te resulte provechoso.

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Ana Valverde de Gómez Mayorga nació y murió en la ciudad de México (1878-1954). En la misma ciudad realizó los estudios primarios y obtuvo la graduación como maestra de instrucción primaria. Tras años de docencia, obtuvo la cátedra de Lengua española en la escuela normal para profesoras, donde había cursado sus estudios. En Boston, por comisión del Gobierno mexicano, estudió el sistema educativo y bibliotecario. Se dedicó a la cultura de la mujer. En su calidad de educadora, escribió varios libros de texto y colaboró en revistas pedagógicas y literarias. Entre sus obras se encuentran: Tres ensayos (1941), Entreabriendo la puerta (1946), El divino mendigo (1949), Un mundo mejor (1950) y Primeras y últimas rosas (versos, 1962). Disfrutó de extendida fama en el continente americano, más especialmente en Argentina, hasta ser comparada con la chilena Gabriela Mistral, maestra también como ella.

El texto se hallará en la revista Desde las sombras. Periódico mensual Órgano de la "Asociación Ignacio Trigueros", México, tomo XXIV, núm 11, pág, 125, correspondiente al mes de noviembre de 1946.

 

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Por encima de la incomprensión del mundo ambiente debe estar nuestra fe. Por encima de la aparente inutilidad de nuestro esfuerzo, de la aparente ineficacia de nuestra labor, debe sobreponerse nuestra voluntad.

Si en la tiniebla que nos rodea no encendemos nuestra luz ¿para cuándo ha de servirnos? No hemos de encenderla pretendiendo opacar con ella la brillante luz del sol.

Nuestra lámpara trata, naturalmente, de agujerear la sombra, de rasgar la oscuridad y si no debe servir para reemplazar a la luz del día, sí debe servir para guiar nuestros pasos durante la noche.

Nuestros ojos se irán habituando al escaso resplandor y hemos de reconocer, en lo que nos rodea, aquello que pueda sernos familiar y hemos de conocer todo cuanto no hayamos visto jamás. Acaso nuestra luz, encendida precisamente en el seno de la tiniebla, nos permita inducir para llegar a deducir; acaso también nos favorezca para intuir y tal vez para adivinar.

Pero, si, porque nuestra luz es débil, parpadeante e indecisa, preferimos apagarla y pasarnos sin ella; si, porque alumbra escasamente, preferimos extinguirla; si, porque no podemos alumbrar con nuestra linterna sorda nuestra ruta como la cegadora luz del mediodía, determinamos ir a oscuras por un sendero intransitado, desconocido, lleno, quizá, de peligros, nos condenamos de antemano a un fracaso seguro.

Asimismo si, porque no contamos con la comprensión de todos aquellos a quienes nos dirigimos; si tenemos en cuenta su pereza, su egoísmo, su conveniencia y comodidad, renunciamos a enseñarlos, a iluminarlos, a guiarlos –apagando nuestra lámpara– caeremos en grave, trascendental error.

A nuestra vez nos estamos aconsejando por el egoísmo y por la comodidad. No queremos enseñar porque nos pagamos de los resultados y porque –impacientes– queremos ver que fructifica hoy la semilla que sembramos ayer.

Nos descorazonamos porque nadie escucha, porque nadie comprende, porque no pueden o no quieren comprender.

Afligidos, cansados, desalentados decimos: “es inútil, es predicar en el desierto”. Pero, precisamente ahí está; ahí debe estar la meta de nuestra vida: predicar en el desierto, predicar sin esperanza de los resultados, predicar con la sola ayuda de nuestra fe. Predicar aunque sepamos que no hay oídos que nos escuchen; aun cuando ningún ser humano esté cerca de nosotros.

Predicar con tal ardor, con tal convicción, con tal fuego y entusiasmo que los ecos respondan a nuestra palabra, que las soledades se pueblen, que las arenas fulguren más caldeadas aún con nuestro fuego, que con el fuego abrasador del sol.

Predicar de tal modo, con tal ímpetu avasallador e incontenible que de la árida llanura, del movible mar de arena, un día surja un turbión de almas evocadas por nuestra necesidad, atraídas por nuestro deseo de ser escuchados, solicitadas por la vehemencia de nuestro anhelo y ¡quién sabe! acaso esas almas arrebatadas por nuestra palabra, vencidas por nuestra elocuencia, derretidas por el ígneo foco de nuestra fe, acaben por tomar parte en nuestro ensueño, hacer suya nuestra quimera, enarbolando en alto –muy en alto– la bandera de nuestro ideal.

 

miscelánea calasanz

revista electrónica al servicio de la educación

colegio calasanz. padres escolapios. santander

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