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Le llega hoy el turno, en este
paseo que desde Miscelánea Calasanz estamos dando a nuestros más
relevantes pintores que recoge el Libro de Oro ibero-americano, a
Murillo. Queda, para una última entrega, Goya. Si anteriormente hemos
contado con las firmas de Eugenio d'Ors,
Cossío o
Juan de la Encina, en esta ocasión es Rafael Doménech (1874-1929)
quien nos presta su pluma.
Fue Rafael Doménech Gallissá,
natural de Tivisa (Taragona), catedrático de Teoría e Historia del Arte en
la Escuela de Bellas Artes de Valencia y en la Escuela Superior de
Pintura, Escultura y Grabado de Madrid, cátedras que obtuvo por oposición
en 1898 y 1903, respectivamente. Uno de los historiadores del arte mejor
preparados y de mayor prestigio en aquellos tiempos, leyó su discurso de
ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de san Fernando, con el título “La
crítica de arte”,
en la recepción pública que tuvo lugar el 30 de noviembre de 1924.
Trabajador infatigable, dejó numerosos artículos de crítica artística en
periódicos y revistas, así como diversos libros.
Puede leerse el texto en el
mencionado Libro de Oro ibero-americano. Catálogo oficial y
monumental de la exposición de Sevilla, Santander, Unión
Ibero-Americana, imp. Aldus, s.a. (¿1929?), t. I, págs. 145 y ss.
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falsa posición de
la crítica
La
personalidad y el arte de Murillo se discuten apasionadamente desde hace
bastantes años.
La crítica y la
sentimentalidad estética del público culto se han colocado en un punto
falso para la apreciación de los caracteres del arte del pintor sevillano;
es el punto personalísimo de unos y otros, no es el del artista; se quiere
que éste posea aquellos elementos y cualidades que críticos y público
entienden que son los mejores, y cuando no los halla, o no tienen la
importancia deseada, se rebaja el valor del artista y el mérito de sus
obras. Hace bastantes años cometí ese pecado (apéndices a la traducción
castellana de "Apolo"); quienes tomaron por erróneos mis conceptos y
juicios sobre el pintor sevillano no se colocaron en un punto crítico más
justo que el mío.
biografía
Bartolomé
Esteban Murillo nació en Sevilla, el 1 de enero de 1618. Su vida, al igual
de la mayoría de los artistas, es pobre en episodios; corre sencilla como
la de cualquier hombre; hay que buscar lo que la distingue de los demás en
la ejecución de sus obras; es una vida de arte.
Murillo, apenas si salió de su
ciudad natal; un supuesto viaje a Madrid (desconozco que existan
documentos que lo prueben de un modo exacto) y su breve estancia en Cádiz,
poco antes de morir, son, quizá, los dos períodos de su vida que pasó
alejado de Sevilla; si realizó otros viajes hubieron de ser breves y
dentro de Andalucía.
Fue Murillo hombre de
acendrada religiosidad católica, tal vez, más que al modo
español, a las
cualidades del siglo XVII. Un hijo y dos hijas de Murillo pertenecieron a
la Iglesia.
El artista creó la Hermandad
de san Lucas. Al fundarse en Sevilla la Academia de Pintura, fue nombrado
director de ella, cargó que abandonó por culpa de Valdés Leal. Murillo
tuvo discípulos directos; quiero decir que se dedicó a la enseñanza del
arte.
Fue a Cádiz para pintar el
retablo mayor de la iglesia del convento de los Capuchinos; cuando
ejecutaba el cuadro del centro
–"Los desposorios de santa
Catalina"– cayó del andamio, y a consecuencia del mal producido falleció
poco después en Sevilla, en 1682, a los sesenta y cuatro años de edad.
años de aprendizaje
Huérfano
a los diez años, Murillo fue recogido por su tío el cirujano Lázaro, quien
lo puso bajo las enseñanzas artísticas del mediocre pintor Juan del
Castillo. En su taller aprendió lo que puede aprenderse en otro
cualquiera; mucho, cuando hay capacidad artística en el aprendiz; casi
nada, cuando aquélla falta; realmente, para los primeros pasos, estorban
los grandes artistas si se convierten en maestros.
Murillo no fue precoz; hasta
los veintisiete años, cuando pintó los lienzos para el convento de frailes
franciscanos de Sevilla (1645-1646), no se definieron los caracteres
personales artísticos del pintor, y esos cuadros habrán de servir siempre
como punto de partida para los estudios que se hagan sobre los orígenes
del arte de Murillo.
En los años de formación de
todo artista obran en él dos fuerzas: una, personalísima; otra, externa;
ésta es el ambiente espiritual de tiempo, raza y arte, y éste se concreta
en lo que damos en llamar influencias y enseñanzas; realmente, estas
últimas se confunden con las anteriores, y las más de las veces el artista
novel debe a otros, que no fueron sus maestros directos, un mayor caudal
de enseñanzas que a éstos. Así, Murillo, a través de Juan del Castillo,
aprendió de Roelas; aprendió a la vista de los cuadros de Ribera que pudo
conocer en Sevilla; se halló dentro de la corriente caravaggista andaluza
–Sánchez Cotán, Zurbarán, el mismo Velázquez, la contemplación de algún
cuadro de Honthorst– y Rubens y Van Dyck dejaron en el temperamento de
Murillo gérmenes valiosos de arte. En la formación del pintor sevillano,
creo que no es aventurado incluir a Rembrandt; cuadro suyo no es probable
que viese uno solo, pero sí aguafuertes, y si en la paleta de Murillo no
creo que pueda descubrirse elemento alguno del cromatismo de Rembrandt,
fácilmente se
perciben en los cuadros del pintor sevillano soluciones de
composición luminosa cuyo origen debe buscarse en el artista holandés.
Las obras de Ribera, aquellas
de Velázquez que pudo contemplar Murillo –diecinueve años más joven que el
autor de "Las hilanderas"– y las de Zurbarán, le dieron una orientación
técnica bien definida; aprendió la preponderancia de una forma justa,
sólida, bien analizada y transcrita con firmeza y hasta con durezas y
sequedades que desaparecieron en Ribera y Velázquez y muy poco en Zurbarán.
Pero Murillo no supo sacar todo el partido debido a esas enseñanzas. Un
tanto tardío se desarrolló luego en él una gran facilidad, y con una
paleta cada vez más rica, brillante y seductora, la forma, en manos de
Murillo, no llegó a un alto grado de perfección.
El viaje del pintor sevillano a
Madrid tiene grandes probabilidades de haberse realizado: era preciso que
la corte le atrajera, no sólo por los esplendores de ser la capital de
España, sino por ser un rico tesoro de arte pictórico. Antes de 1646 no
realizó ese viaje, por declaraciones del artista, pero sí después de
pintar la serie de cuadros para los franciscanos de Sevilla. Murillo, si
realizó ese viaje, fue, como el primero de Velázquez a Italia, en edad
juvenil madura, definido ya su temperamento y en condiciones, por lo
tanto, para saber ver las obras ajenas con ojos propios y experimentados,
y saber seleccionar aquellas enseñanzas de las que pudiera sacar gran
provecho para orientarse mejor en su arte y nutrirse de saber técnico. La
cronología de los cuadros de Murillo no es aún completa y bien depurada;
el día en que esto se consiga, será posible, con un análisis bien detenido
de sus cuadros, llegar a definir de un modo terminante, no sólo la
realidad de ese viaje, sino el complemento de su aprendizaje en la corte,
como se ha podido hacer con Durero y sus viajes a Italia.
En esos años de aprendizaje,
Murillo orientose como un sintetizador del arte español producido antes de
los tres primeros decenios del siglo XVII. Murillo, que tiene bastantes
semejanzas con Rafael Santi (aun cuando le separen también grandes
diferencias), fue, como el pintor italiano, un sintetizador. Cuatro causas
hicieron esto posible en ambos: el haber nacido en años finales de una
gran modalidad de estilo, el ser temperamentos fáciles, de sensibilidad
refinada y abierta a todas las comprensiones pictóricas realizadas antes
del pleno desarrollo de su personalidad.
el contenido del arte de murillo
La religiosidad
y el realismo son los elementos fundamentales de su arte y los primeros
que se perciben al contemplar sus obras.
Su religiosidad fue católica y
fervorosa, contemplativa y lírica. Quiso ascender a francas idealizaciones
y le faltaron las fuerzas comprensivas de lo simbólico. Partió de la
Virgen burguesa, sencilla, ingenua, llena de bondad, fuertemente plantada
en la tierra, como
flor de hogar, para llegar a las Purísimas con una
idealización sólo externa y en las que la vida se amengua cuanto más se
separan del tipo inicial. Pero la Virgen burguesa y la Purísima en su
nimbo de luz dorada conservan siempre el encanto de la gracia y de la
dulzura; nada se ha producido igual en el arte español. Si fuera posible
el crear un segundo Fray Angélico, más cercano al mundo que el monje de
Fiesole, que hubiese vivido los encantos y las tristezas del hogar, más
impregnado de la religiosidad aparatosa del siglo XVII que de la íntima
conventual del siglo XV, ese segundo Fray Angélico hubiera sido hermano
espiritual de Murillo y el arte de los dos hubiera tenido un contenido
casi idéntico.
El concepto de realismo es
vago; se debe definir en toda escuela, época y artista. Murillo presenta
la nota típica realista española, que difiere mucho de la holandesa. Los
temas del arte de Murillo son casi siempre religiosos, y otros –"El hijo
pródigo", "La mujer de Putifar"– deben ser considerados, en su creación,
con un propósito inicial religioso, aunque luego estén tratados
francamente como pintura de género. Como tal pintura de género se
desarrolla el arte religioso de Murillo; es nota genuina de la pintura
española; pero en Velázquez y en Murillo toma un tinte burgués muy
acentuado, diferenciándose de Zurbarán, y antes en Ribalta y Ribera.
Las diferencias que existen
entre Murillo y Velázquez se refieren al modo como actúa el realismo con
una lógica externa en el desarrollo del tema religioso. Tomemos algunos
ejemplos: "Cristo en casa de Marta y María", obra de Velázquez; en primer
término está Marta reducida a la modesta condición de una mujer del pueblo
que prepara la comida: a la característica de la pintura de género se une
la de bodegón. Al fondo de la estancia y en un plano más elevado, Cristo
aparece sentado en un sillón, y a sus pies se halla María; nada hay que
fácilmente nos haga ver que se trata del pasaje evangélico, pero sí nos
llama la atención la aparente incongruencia del tema que se desarrolla en
el primer plano y la del otro que se representa en lugar bastante alejado;
precisamente la colocación de ambos temas acentúa, de un modo enérgico, no
sólo el contenido burgués de la composición, sino su fuerte realismo como
pintura de género. Opongámosle un cuadro de Murillo, "El milagro de san
Diego", conocido con el título de "La cocina de los Ángeles"; la figura en
éxtasis del santo y el grupo de los dos ángeles colocados en el centro del
lienzo son dos notas que, al primer golpe de vista, elevan mucho la
sentimentalidad realista propia de una pintura de género; el grupo de la
derecha desentona de ese otro del centro, pues el realismo de escena, las
calidades materiales, fuertemente anotadas, el fondo conventual y la
aparición del fraile se imponen a la indumentaria y caracterización
externa de los ángeles. En esta obra de Murillo se aminora el realismo
enérgico de un cuadro de género, y en la de Velázquez se acentúa mucho.
Esa aminoración del realismo se
funda, más que en el propósito de dar importancia a los caracteres
externos religiosos (así aparece en "La coronación de la Virgen", obra de
Velázquez), en el lirismo y la gracia que puso Murillo en casi todos los
cuadros y que al final de su vida acentuó, quizás con exagerado resultado.
Esa gracia y ese lirismo (y
también ciertas cualidades técnicas) ponen a Murillo en relación bastante
estrecha con Correggio; genéricamente hallamos en ambos gracia, dulzura y
lirismo; pero, específicamente, esas cualidades actúan de modo diferente
en el pintor parmesano y en el de Sevilla; en el primero obra la
tonalidad, elevada grandilocuente y correctamente bella del Renacimiento
italiano del siglo XVI, más pagano que religioso; en Murillo actúa el
realismo severo, seco las más de las veces, la austeridad religiosa, la
visión grande y sencilla de la pintura española, como elemento tradicional
fuertemente sentido.
Hay en Murillo una falta de
sentimentalidad dramática que queda ampliamente compensada por una ternura
inefable, no sólo en niños y Vírgenes, sino en santos; tal
ocurre en el
maravilloso cuadro del Museo de Sevilla, "San Francisco abrazando a Cristo
en la Cruz". La figura noble y llena de ternura infinita del Señor y la
contemplación extática del santo fraile de Asís constituyen uno de los
cuadros de emotividad más íntima y elevada de la pintura española. Basta
oponer esta obra a la de Francisco Ribalta que representa el mismo tema
(Museo de Valencia) para llegar a la rápida comprensión de la falta de
dramatismo íntimo en Murillo (el externo es mera teatralidad).
A esa falta de dramatismo
acompaña, en la obra del pintor sevillano, la falta de monumentalidad tan
propia del arte pictórico español. Sólo en contadas obras llega Murillo a
conseguirla; sirvan de ejemplo las imágenes de san Leandro y san
Buenaventura, en Sevilla.
Otra cualidad de contenido en
el arte de Murillo es lo narrativo; sale al paso continuamente en sus
obras; unas veces envuelve todo el tema (en el hermosísimo cuadro de
"Rebeca y Eliezer" y en el magistral medio punto de la "Creación de santa
María la Mayor"), en otras se da lo narrativo como una nota breve y que es
una deliciosa
acentuación del cuadro (lado izquierdo del lienzo "Isaac y
Jacob", en el Museo del Ermitaño, de Leningrado).
Hay en la obra de Murillo una
franca tendencia a lo popular, representada en los temas. Pero, con ser
importante esa manifestación de lo popular, lo es más aquella que afecta a
la sentimentalidad de la mayoría de sus obras. En su tiempo, hoy, y creo
que siempre, Murillo será el pintor típicamente popular de España. ¿Por
qué? Creo preciso comenzar por decir que otro alguno ha sido más
genuinamente pintor y dotado de una técnica más compleja (quizás esta
afirmación escandalice a muchas personas); esas dos cualidades casi
siempre actúan como vallas que se oponen a la franca comprensión del
público popular, que emotivamente está al margen de los elementos
artísticos de un cuadro; pero Murillo tuvo el don de esconder a la mirada
popular su técnica y las cualidades genuinamente pictóricas de sus
cuadros, o, lo que tal vez sea más exacto, impregnarlas de seducción
emotiva para todas las miradas. ¿Cuál es el contenido de la obra de
Murillo que tan hondamente penetra en los sentimientos populares? Para el
alma popular ingenua, la nota más emotiva es la infantil, aparte de la
dramática; así, el dramatismo de la imaginería religiosa de Montañés y la
encantadora de los niños y Purísima de Murillo no han tenido rival en los
favores populares de España. La creación del tipo de Purísima por Murillo
fue la nota, quizás, más feliz suya; tuvo el raro talento y la fina
sensibilidad de encarnarla en el cuerpo que se defina como mujer, pero en
la máxima esbeltez de la juventud y con el rostro aniñado, riquísimo en
ingenuidades y purezas; nada igual se ha hecho en la pintura religiosa
europea. A Rafael, para llegar a este momento del paso de la niñez a la
juventud en sus maravillosas Madonas, le faltó poderse aislar de la
grandilocuencia pagana del Renacimiento, sumirse en la sencillez del alma
popular y convertir los sentimientos toscos de ésta en arte refinadísimo.
A esas cualidades del arte de
Murillo se une otra: la belleza, tal como puede entenderla nuestro gran
público. Los públicos elevados, cultos y que constituyen una minoría
pequeña en cada país, por encima de las fronteras nacionales se dan la
mano, y si no se identifican en toda la gama de la emotividad estética,
tienen largas y frecuentes semejanzas. El público grande de cada país
marca, rotundamente, las cualidades de la emoción estética de él, y una
barrera emotiva es más aisladora que la material geográfica o la política.
Los sentimientos de belleza en Alemania, Países Bajos, Francia, Italia y
España son del todo diferentes. Murillo encontró el tipo español bien
definido: corrección en los cuerpos (cercano al ideal italiano), severidad
en el porte, dulzura de líneas en el rostro y siempre estilizaciones
realistas, es decir, de un desarrollo artístico de las formas, mediante
una lógica externa de ellas.
Por desgracia para el arte de
Murillo, éste no supo detenerse en el punto justo: fue más allá y encontró
en ese pecado una condenación, quizás severa, del público culto del tiempo
presente. Además, si en otro aspecto fue para su arte un bien el haber
trabajado en la segunda mitad del siglo XVII, para su relación con el gran
público fue un mal, pues le llevó, bastantes veces, a la frivolidad
sentimental religiosa del rococó.
Fue Murillo un temperamento
tardío; antes lo he expuesto. Pero cuando halló la orientación personal,
en él desarrollose una gran facilidad de ejecución. Fueron numerosos los
encargos y pudo cumplirlos todos; esto dio motivo para una labor dilatada,
muy numerosa. Aun en los temas repetidos, siempre dio una nota original.
Sin embargo, su fecundidad no fue tan potente como la de un Rembrandt o la
de un Goya. Con frecuencia
no
revelan sus obras una honda penetración psicológica de los personajes, y
en las composiciones hay figuras que, en este aspecto, desempeñan el papel
de relleno o de simple y externo episodio, hasta impertinente para la
grandiosidad del hecho que se realiza; tal ocurre con el cardenal que está
junto al Papa en el medio punto de la "Fundación de santa María la Mayor".
Si esa facilidad le llevó a realizar una obra vasta, pero poco profunda,
también hizo que no llegara a plantearse hondos problemas pictóricos.
las formas de representación
Comenzó,
como sus contemporáneos, con una forma seca, ruda, bien analizada. Buscó
en la técnica caravaggista de los contrastes de claroscuro un modo de
acentuar la corporeidad y de hacer clara la distribución de masas
plásticas en el cuadro, mediante un reparto de luminosidades bien
definidas. Pero se detuvo pronto en ese camino y no llegó a un pleno
dominio de la forma, como lo consiguieron Ribera y Velázquez. Con poco
esfuerzo pudo llegar a una buena construcción de la formas, pero no
trabajó para conseguir una elevada perfección de ella.
Se habló mucho en tiempos
pasados del estilo vaporoso de Murillo, cuando la crítica era
superficialmente literaria y desprovista de conocimientos técnicos. Ese
problema no está aún resuelto; contemplamos los cuadros de una época de
Murillo en los que la forma se diluye en el ambiente, no en "sfumatos" al
modo antiguo, sino gracias a problemas complejos de técnica pictórica. A
la vez se desarrolla en la obra de Murillo una policromía que de los tonos
terrosos, secos y oscuros a otros brillantes, transparentes, luminosos y
ricos de matizaciones; también acude a nuestro recuerdo el nombre de
Correggio, más que en la evolución, en el resultado de sus pinturas
murales de Parma; ese recuerdo debemos extenderlo al de los pintores
luministas al aire libre de los tiempos modernos.
Murillo, esencialmente pintor,
y colocada su producción principal en la segunda mitad del siglo XVII,
supo apoderarse del problema de ambiente atmosférico, y no sólo pasar de
una paleta de coloraciones locales a una rica policromía de tonos, sino
hacer jugar la luz sobre la forma y el color en una compenetración
maravillosa... pero peligrosa. Así, la forma plástica quedaba representada
en imágenes ópticas muy ambientadas, y tan pronto como la luz ocupaba un
plano importante en el cuadro, la forma plástica de diluía en el ambiente
atmosférico muy luminoso. Rembrandt, en primer lugar, y Velázquez y Van
Ostade supieron mantener, en circunstancias iguales, una forma plástica,
enérgica y sólida; tiempos después, Goya llega, en su pequeño cuadro "El
hospital de pestíferos", a las consecuencias máximas en la pintura de
interior, y sabe valorar la solidez de la forma, aun en el grupo que se
halla a contraluz mayor. Pero, para conseguir esos resultados, a Murillo
le faltó un pleno dominio de la forma, como lo tuvieron los maestros antes
citados, o no haber llegado a tan grandes intensidades luminosas,
ampliamente extendidas en el cuadro. Quien más parentesco tiene con
Murillo es Goya; recuérdese la figura de la mujer del patricio romano en
el medio punto de la "Fundación de santa María la Mayor".
Pero contribuyó al resultado
antes expuesto la tendencia a las soluciones de la pintura rococó, que se
encuentra tan rica y admirablemente iniciada en Murillo, como antes en el Correggio, y la gracia y dulzura que envuelven los temas de los lienzos de
Murillo impregnan también la forma plástica, cromática y luminosa de sus
cuadros, y otra vez pasó el límite justo en que hubiera podido detenerse
para ser una representación más genuina de la pintura española y, por
añadidura, de la propia del siglo XVII.
Fue Murillo un artista devoto
del paisaje; éste aparece en sus cuadros, unas veces como fondo decorativo
y otras como escenario temático de sus asuntos; siempre amplio,
grandilocuente y sencillo.
Pocos retratos se conservan
pintados por Murillo. En ellos aparecen fuertemente acentuadas las notas
españolas de severidad enérgica, casi seca, y profunda anotación
psicológica. El único que tiene una modalidad elegante a lo Van Dyck es el
retrato de Caballero, hoy en Montreal.
Los avances a límites lejanos y
la fecundidad no profunda son cualidades tan típicamente personales de
Murillo, como su gracia, su lirismo, sus dotes narrativas, su religiosidad
burguesa, sus empeños en elevarse sobre el realismo y caer en él ("Santa
Isabel de Hungría curando a los enfermos"), y su canto el más noble, más
efusivo y más bello a los niños que haya producido el arte después de
aquel sublime que entonó Lucas della Robbia. Y así, Murillo es un astro de
primera magnitud en la pintura española y su luz refulgente brilla de un
modo poderoso entre los astros de la pintura europea.
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