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De los cuatro evangelistas, es
únicamente Lucas, el compañero de Pablo,
“el médico amado”, quien en el relato de la oración de
Jesús en Getsemaní incluye la noticia del sudor de sangre:
“Y su sudor vino a ser como gotas de sangre que caían sobre la tierra”(Lc
22: 44).
No es lugar éste para señalar
el problema crítico que presenta el texto lucano que nos ocupa, como es el
hecho de que falte en numeroso códices o que ni san Atanasio, ni san
Ambrosio, ni san Cirilo lo traten en sus comentarios, aunque ninguno de
los Padres lo rechaza, lo que se explica por restarles a los arrianos lo
que les servía para rebajar la divinidad de Cristo; ni es el momento para exponer la controversia acerca del sentido en que hay
que tomar la partícula como: si en el de semejanza
–tal hace
el dominico Manuel Tuya–, o bien como expresión de identidad
–así
el padre Leal, de la Compañía de Jesús, y el también dominico Reginald
Ginns–; ni
tampoco lo es de dar cuenta de la razón teológica del fenómeno, que Pío XI
explica como consecuencia de la visión sobrenatural de los pecados de los
hombres. Las cuestiones más graves las ha
resuelto la Comisión Bíblica, que afirma no se puede dudar de la canonicidad de los versículos 43 y 44, así como que son genuinamente de
Lucas.
Sólo queremos traer a estas páginas de Miscelánea Calasanz la
explicación médica de fenómeno tan inusual como es el sudor de sangre. Nos
servimos para ello de un trabajo ya antiguo del doctor Surbled. Para una
explicación reciente del fenómeno, contamos con la del doctor Pedro Gargantilla Madera, especialista en medicina
interna, autor
de libros tales como
Saber vivir con salud
(2006) en colaboración con Berta María Martín Cabrejas, Enfermedades de la
piel (2003), El dolor en la pintura (2004) o Enfermedades de los
reyes de España. Los Austrias: de la locura de Juana a la impotencia de
Carlos II el Hechizado (2005), Las enfermedades de los Borbones: de
la depresión de Felipe V a la cardiopatía de Alfonso XIII (2007), y de
más de un centenar de artículos de medicina y humanidades. Escribe
el doctor Gargantilla
–lo hace en la revista Semergen hoy,
Órgano de Difusión de la Sociedad Española de
Medicina Rural y Generalista, en el número correspondiente al mes
de mayo de 2004,
págs. 36 y ss.– un artículo bajo el título
“La muerte de Jesucristo desde un punto de vista médico”
en el que tras
la cita de Lucas, afirma:
“Esta descripción
concuerda con un proceso de hemohidrosis (sudar sangre), el cual puede ser
producido por trastornos de la coagulación o fragilidad a nivel de los
capilares de las glándulas sudoríparas, en relación con estrés emocional.
Es posible que esta última etiología fuera la responsable en este caso,
pues Jesús era consciente de que su muerte estaba próxima”.
Constituye el texto que sigue
el capítulo XXIII del libro III, undécima parte, de la obra del doctor
Jorge Surbled La moral en sus relaciones con la medicina y la higiene,
traducido de la 13.ª edición francesa por el Dr. Antonio de Soroa,
Barcelona, Sucesores de Juan Gili, 1937, págs. 613 y ss.
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* * * * * *
El
sudor de sangre, o hematohidrosis, es un raro fenómeno,
extraordinario, que consiste en el derrame más o menos abundante y
duradero de verdaderas gotas de sangre por los poros de la piel, y
particularmente por los de la cara. El único ejemplo auténtico e
indiscutible que de ello refiere la historia es el de Nuestro Señor
Jesucristo en el Monte de los Olivos. Torturado por la angustia, previendo
los últimos dolores del Sacrificio y la agonía del Calvario, el Redentor
del mundo, retirado a las miradas de sus discípulos, derramó un profuso
sudor de sangre. Et factus est sudor ejus, sicut guttae sanguinis
decurrentis in terram, nos dice san Lucas en su Evangelio (XXII, 44).
El derrame de sangre tuvo que ser copioso y abundante para inundar el
rostro y el cuerpo del Divino Maestro y gotear hasta la tierra.
El sudor de sangre del
Salvador, que parece de los más singulares y que se ha considerado como
milagroso, no es, sin duda, más que un fenómeno natural. Los antiguos
autores no dudaban en declararlo así: sus razones no se basaban siempre
sobre una ciencia fisiológica exacta, pero procedían al menos de un sentir
teológico bien fundado.
“Yo
digo
–declara Suárez– que, sin
milagro especial, Cristo Jesús sudó sangre, por la violencia de su
tristeza y por la agonía que sufrió en su oración... Ello puede
explicarse,
como lo hace Cayetano, por una razón natural y física. Puesto
que lo mismo que una emoción grande produce rápidamente sudor, así una
emoción intensa, si las fuentes del sudor se agotan, pueden hacer brotar
la sangre (?). El cuerpo de Cristo estaba débil y agotado; pudo por ello
suceder que, estando agotado el sudor, saliese sangre expulsada por la
violencia de la pena interior (?)”.
Otro maestro de la Compañía de
Jesús, Maldonado, no es menos terminante.
“Aun
cuando hay algunos que piensan
–dice– que el sudor de sangre
de Cristo fue un milagro, consideramos más bien que este sudor fue
natural. Aristóteles afirma que el hecho puede producirse
naturalmente, y que, de hecho, se produce; y la razón enseña, en efecto,
que, en los hombres de constitución excepcionalmente delicada, este
fenómeno puede tener lugar (!). ¿Por qué, así como vemos a ciertos hombres
que son presa súbitamente de una viva emoción cubrirse de sudores, Cristo,
cuyo cuerpo era tan delicado, no pudo naturalmente sudar sangre ante el
espectáculo del ignominioso suplicio que le esperaba?”.
El sabio benedictino Dom Calmet,
consagró toda una disertación al sudor de sangre de Jesucristo,
defendiendo en ella la opinión de Suárez y Maldonado.
“El sentir general de
los teólogos
–escribe– enseña que este sudor
de sangre fue natural, pero se derramó con mayor violencia y en mucha más
cantidad que lo que sucede de ordinario. Y de hecho abundan los
ejemplos (?) de un sudor de sangre que se produce sin milagro, bajo la
acción de un terror súbito”.
El gran pontífice Benedicto XIV
hace referencia a la tesis de Dom Calmet.
“Si alguno
–escribe– desea conocer
ejemplos de sudores de sangre y de lágrimas de sangre, que se hayan
derramado sin milagro alguno, puede leer su disertación,
verdaderamente erudita. Otros hechos son también referidos por Marcelo
Donat y Réjes, los cuales demostraron perfectamente que las lágrimas y
sudores de sangre se han producido naturalmente, no solamente
en los casos de enfermedad del cuerpo, sino también simplemente por la
tristeza y pena del espíritu. Puesto que los sudores y lágrimas de sangre
han podido naturalmente, en ciertos hombres, resultar de determinados
estados de violencia del alma, Cristo Jesús, bajo el peso de la aflicción,
bien pudo, sin milagro, derramar gotas de sangre que cayeran hasta
la tierra”.
Resulta de estos textos
autorizados que el sudor de sangre, incluso en Jesucristo, no es
necesariamente milagroso, y que está permitido buscar una causa
fisiológica que lo explique. Mas, hay que confesarlo, esta causa natural
no es conocida, es aún indeterminada, y la hematohidrosis sigue
siendo un fenómeno tan maravilloso como inexplicable. Aun cuando lo digan
nuestros más sabios teólogos, el terror y la aflicción no bastan a
producirla, ni tampoco nos explican los sudores de sangre; y lo demuestra
el que estas pasiones son comunes a todos los hombres y que el sudor de
sangre es absolutamente excepcional.
Dom Calmet afirma, es cierto,
que los ejemplos abundan; mas la ciencia es más exigente hoy día que en la
antigüedad y requiere hechos y pruebas. Lo que se refiere y lo que se
acepta confiadamente, son los relatos transmitidos de boca en boca de un
hecho más o menos observado, sin testimonios auténticos, sin comprobación
seria. Maldonado, por ejemplo, oyó referir de las mismas personas que lo
vieron o supieron, que unos dos años antes, en París, un hombre robusto y
de buen estado de salud, al oír pronunciar contra
él una sentencia de
muerte, se cubrió súbitamente de sudor de sangre, y esto le es suficiente
para apoyar su convicción. Las antiguas experiencias son en realidad muy
superficiales, muy poco detalladas, muy carentes de sentido crítico para
ser aceptadas actualmente y poderse tomar en consideración.
Los sudores de sangre parecen
ordinariamente inseparables de los estigmas sagrados, y la
hagiografía refiere muchos ejemplos de ello. ¿Son todos auténticos e
indiscutibles? Sería temerario el afirmarlo; mas la interpretación de
hechos comprobados no nos la dan los hechos que acabamos de indicar.
Estigmatizadas famosas, como
santa Catalina de Sena, santa Ludgarda, etc., tuvieron verdaderos sudores
de sangre, según refieren las historias de su época. Por lo general los
autores no tienen dificultad en considerar este hecho singular como
natural y atribuirlo a los ardores de la contemplación y la influencia de
la imaginación. Pero sus comprobaciones son muy someras y les falta
precisión. Una religiosa capuchina, Passidée Crogi, de Sena, nos dice el
P. Venturi,
“estaba tan profundamente ensimismada meditando en la abundancia con que
se derramaba la sangre de Nuestro Señor en cada estación de su Pasión, que
comenzó a inundarla por todo su cuerpo un sudor de modo tan violento y
abundante, que hasta en su color parecía ser más de sangre que de otra
cosa”. Ante un testimonio como éste cabe bien la duda y la precaución.
En muchos casos, el sudor de
sangre se notaba sólo en la cara. Aun admitiendo que no hubiese error
alguno sobre la cualidad del líquido, nada impide creer que la sangre
procediera de las heridas o llagas de los estigmas, y entonces el derrame
observado no merecería el nombre de sudor. Los estigmas, aun cuando raros,
están más comprobados que los sudores de sangre, y es probable que nuestra
hipótesis se aplique a más de un caso.
En los tiempos modernos, faltan
las observaciones científicas de los sudores de sangre, mientras que se
refieren casos de hemorragias ligeras por la piel. Recordemos solamente un
caso relativamente moderno y muy característico, debido al doctor Ferrand,
médico del hospital de san Esteban.
El sujeto que tenía los
estigmas no presentaba síntomas de púrpura ni de hemofilia. La
hemorragia tenía lugar por casi toda la superficie cutánea, pero en
cantidad muy pequeña, casi insignificante.
“Aparte de las regiones pilosas, como el cuero cabelludo y el pubis, hay
pocos puntos del cuerpo que no hayan dejado, en un momento dado, trasudar
algunas gotas de sangre”. Tuvo epistaxis, hematemesis, metrorragias. La
sangre salía especialmente por las conjuntivas, los pezones, la palma y
dorso de las manos, conductos auditivos externos, pómulos y nariz. Algunos
dolores sordos aparecían localizados, seguidos de pequeñas vesículas que
se rompían y daban lugar a una trasudación lenta y continua de sangre.
Estos detalles precisos
demuestran perfectamente que no se trataba en este caso de sudor de
sangre, sino de hemorragias por las vesículas cutáneas. La génesis de
tal hemorragia es exactamente la que se ha comprobado para los estigmas
sagrados y no debemos detenernos en ella. Pero no consideramos la
observación del doctor Ferrand, por muy interesante que sea, como tipo en
su clase y nos guardaremos de referir a ella todos los casos de
hematohidrosis.
El sudor de sangre es, en
realidad, la salida en cantidad apreciable de líquido hemático por los
innumerables orificios de los conductos sudoríparos que existen en la
superficie de la piel. Su mecanismo es, por lo menos, más fácil, pues no
se concibe que la hemorragia cutánea exija la formación previa de ampollas
y vesículas ni la rotura en múltiples puntos de la masa epidérmica, gruesa
y dura. En estas condiciones, el sudor de sangre debe de ser muy raro, y
pocos facultativos han tenido ocasión de comprobarlo. Pero es posible, y
los sabios están de acuerdo con los teólogos en declarar que tampoco
necesita una intervención sobrenatural.
No basta, sin embargo, admitir
desde el aspecto fisiológico el sudor de sangre, es preciso aún explicarlo
natural y científicamente; y aquí la labor resulta muy difícil. Se han
propuesto muchas hipótesis para explicar este singular fenómeno, mas
ninguna hasta el presente ha logrado reunir todas las condiciones de
unanimidad.
Para algunos, la hematohidrosis
podría ser de origen patológico. Su causa radicaría en un vicio
constitucional. Sería debida, lo mismo que los estigmas, a la hemofilia.
Pero es fácil ver que el efecto tampoco está en relación con la causa
supuesta.
La hemofilia es una
afección rara, y las hemorragias profusas, graves por que se manifiesta,
tienen siempre lugar sobre las mucosas más pequeñas y frágiles. Por eso el
hemofílico pierde abundante sangre por la nariz, boca, ojos, garganta,
estómago, etc., etc., pero nunca por la piel sana e intacta.
Ninguna razón permite
considerar como hemofílicos a individuos que experimentan sudores de
sangre. En el pasado, la comprobación era difícil y jamás podía hacerse,
pero en nuestros días las observaciones recogidas con cuidado,
particularmente en Francia por el doctor Ferrand, demuestran sin duda
alguna que los sudores de sangre se producen en sujetos exentos de
hemofilia.
Una opinión más extendida
atribuye los sudores de sangre a la imaginación. Que los antiguos,
como Suárez y otros, lo creyesen, nada tiene de extraño: poco conocedores
de la fisiología, aceptaron otras muchas hipótesis más singulares, más
inverosímiles, y que la ciencia ha juzgado ya. Pero el error se perpetúa,
y se encuentran en nuestros días no solamente filósofos, sino reputados
investigadores que atribuyen al hombre el poder mágico de crear el
sudor de sangre (así como los estigmas) por el solo esfuerzo de
una imaginación ardiente y concentrada.
¿Tiene algún fundamento esta
opinión? ¿Tiene algún valor científico? Ningún fisiólogo se atrevería a
afirmarlo; y sólo los profanos se atreverían a buscar e aproximaciones
forzadas y analogías aparentes entre los hechos observados y el sudor de
sangre. Sólo se recogen en el campo de la ciencia dos o tres experiencias,
más o menos observadas, de transpiración sanguinolenta aparecidas como
consecuencia de grandes emociones; pero debe deducirse que la imaginación
no basta para producir el sudor de sangre. Esta conclusión se impone tanto
más cuanto que en el terreno experimental, no se invoca más que un solo
hecho debido al doctor Bourru y Burot, referido en Congreso de Grenoble de
1885, y que está lejos de ser decisivo y de zanjar la cuestión.
La hemorragia cutánea muy
ligera (unas gotitas de sangre) que nuestros colegas de Rochefort llegaron
a producir por sugestión en un enfermo hipnotizado, fue evidentemente
provocada. El individuo era dermográfico, y la sangre no salió, a
la orden de los experimentadores, más que por los puntos precisamente
recorridos de antemano con el estilete romo. Sin el dermografismo del
enfermo, sin la acción mecánica del estilete, es
indudable que la
hemorragia no se hubiera producido: la imaginación no es causa suficiente.
Además la salida laboriosa de una cuantas gotas de sangre no constituye
sudor de sangre. En fin, es necesario atenerse a la siguiente regla, que
es muy prudente: Testis unus, testis nullus.
No encontrando en la ciencia
casos auténticos e indudables de sudor de sangre como la historia los
refiere, los autores materialistas y con ellos algunos espiritualistas
no han dudado en buscar una explicación en las analogías y han hecho el
siguiente razonamiento: si la imaginación puede producir una rubicundez,
una ampolla en la piel, también podrá producir una hemorragia. No nos
detendremos a demostrar lo absurdo de este razonamiento y veremos a
continuación si los hechos señalados tienen valor formal.
El primeo, debido a Focachon,
farmacéutico de Charmes, es referido del siguiente modo por el doctor
Beaunis:
“El 12 de mayo de 1885, hacia las once de la mañana, en Nancy, el señor
Focachon duerme a la señorita Elisa X..., le aplica en el hombro izquierdo
ocho sellos de correo a modo de vesicatorio, la despertó dos veces para
las comidas del mediodía y de la noche y la observó el resto del tiempo.
Por la noche, el señor Focachon le sugirió que no se despertase hasta las
siete de la mañana. Al día siguiente, por la mañana, hacia las ocho y
cuarto, nada la molestaba: se quitó el apósito; en una extensión de cuatro
por cinco centímetros la epidermis se veía, no levantada, sino más gruesa,
de color blanco amarillento; estaba rodeada de una zona rojiza intensa con
hinchazón de cerca de medio centímetro de anchura. El mismo día, a las
once y media, ofrecía el mismo aspecto que por la mañana”.
Esta experiencia de vesicación
imaginaria es curiosa y muy interesante, si se la supone sincera.
Desgraciadamente es única en la ciencia. Muchos sabios intentaron
repetirla con sujetos escogidos, realizándola sin resultado alguno. El
profesor Berheim, de Nancy, confesó él mismo, en 1891, no haber logrado
jamás determinar personalmente por sugestión, ni vesicación ni estigmas.
No se puede por lo tanto tomar como base fundamental el hecho
extraordinario del señor Focachon.
La observación referida por
Richet es muy conocida:
“Una madre joven se ocupaba en colocar en un armario porcelanas que tenía
en las manos: su pequeño jugaba por el suelo en el extremo opuesto de la
habitación, cerca de un hogar apagado; a fuerza de jugar forzando y
tocando en su mecanismo, el niño acabó por desenganchar la cadena, y la
trampa de la chimenea amenazaba caer sobre el cuello del niño que se
encontraba de rodillas, y en posición de guillotina, haciendo la trampa el
papel de cuchilla. En este instante, inmediatamente antes de caer la
trampa metálica, la madre se volvió. Comprendió súbitamente el peligro que
corría su pequeñuelo. Por la acción del susto "su sangre, según la
expresión consagrada, no dio más que una vuelta". Como esta mujer era muy
impresionable y nerviosa, se le formó en el momento un círculo eritematoso
y prominente alrededor del cuello, en el mismo sitio en que el niño iba a
ser lesionado. Esta impresión persistió con bastante intensidad y duración
hasta el punto de que pudo comprobarla un médico que acudió pasadas unas
horas”.
A este caso raro pueden
referirse otros muchos del mismo tipo. Unas veces se trata de una mujer
que ve, con la imaginación, la grave herida que va a hacer en el pie de un
niño una puerta de hierro bruscamente cerrada, y en cuyo tobillo se señala
inmediatamente un círculo rutilante (Hack Tuke); otras, es una doméstica
que, viendo sangrar a su señora, a la que tenía gran afecto, experimentó
en el pliegue del codo una sensación aguda seguida de equimosis en el
momento mismo en que el médico hundía la lanceta en el brazo de la
paciente (doctor Marmisse); otras, era un hombre que, creyendo ver un
espectro que le cogía, se emocionó de modo tan intenso que se produjo en
uno de sus pies gran hinchazón y rubicundez, y luego incluso supuración (Tissot).
Estos hechos diversos, a los
que se puede reprochar su falta de garantía, esperan aún su adecuada
explicación. No es solamente la acción de la imaginación lo que revelan,
sino la de una pasión llevada al paroxismo, al miedo. Mas una imaginación
ardiente, aun reforzada por una fuerte sensibilidad afectiva, es incapaz
de producir, si no enrojecimiento de la piel, al menos la más ligera
equimosis de ella: la experiencia diaria lo demuestra. Es preciso para
ello una predisposición orgánica especial cuya naturaleza ignoramos. El
dermografismo hay que descartarlo, pues sus extraños fenómenos
reclaman siempre una excitación mecánica externa.
Por lo demás, los
enrojecimientos, las equimosis, la vesicación misma de la piel no pueden
compararse con la ruptura de los capilares y la extravasación de sangre;
pues aquéllos jamás produjeron sudor de sangre. No es posible
establecer una paridad entre hechos tan diferentes y hay que confesar
nuestra ignorancia sobre las causas y naturaleza de la hematohidrosis.
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