LA MEDICINA ANTE EL SUDOR DE SANGRE

_____________________________________________________

febrero 08

 

De los cuatro evangelistas, es únicamente Lucas, el compañero de Pablo, el médico amado, quien en el relato de la oración de Jesús en Getsemaní incluye la noticia del sudor de sangre: Y su sudor vino a ser como gotas de sangre que caían sobre la tierra”(Lc 22: 44).

No es lugar éste para señalar el problema crítico que presenta el texto lucano que nos ocupa, como es el hecho de que falte en numeroso códices o que ni san Atanasio, ni san Ambrosio, ni san Cirilo lo traten en sus comentarios, aunque ninguno de los Padres lo rechaza, lo que se explica por restarles a los arrianos lo que les servía para rebajar la divinidad de Cristo; ni es el momento para exponer la controversia acerca del sentido en que hay que tomar la partícula como: si en el de semejanza tal hace el dominico Manuel Tuya, o bien como expresión de identidad así el padre Leal, de la Compañía de Jesús, y el también dominico Reginald Ginns; ni tampoco lo es de dar cuenta de la razón teológica del fenómeno, que Pío XI explica como consecuencia de la visión sobrenatural de los pecados de los hombres. Las cuestiones más graves las ha resuelto la Comisión Bíblica, que afirma no se puede dudar de la canonicidad de los versículos 43 y 44, así como que son genuinamente de Lucas.

Sólo queremos traer a estas páginas de Miscelánea Calasanz la explicación médica de fenómeno tan inusual como es el sudor de sangre. Nos servimos para ello de un trabajo ya antiguo del doctor Surbled. Para una explicación reciente del fenómeno, contamos con la del doctor Pedro Gargantilla Madera, especialista en medicina interna, autor de libros tales como Saber vivir con salud (2006) en colaboración con Berta María Martín Cabrejas, Enfermedades de la piel (2003), El dolor en la pintura (2004) o Enfermedades de los reyes de España. Los Austrias: de la locura de Juana a la impotencia de Carlos II el Hechizado (2005),  Las enfermedades de los Borbones: de la depresión de Felipe V a la cardiopatía de Alfonso XIII (2007), y de más de  un centenar de artículos de medicina y humanidades. Escribe el doctor Gargantilla –lo hace en la revista  Semergen hoy, Órgano de Difusión de la Sociedad Española de Medicina Rural y Generalista, en el número correspondiente al mes de mayo de 2004, págs. 36 y ss. un artículo bajo el título La muerte de Jesucristo desde un punto de vista médico en el que tras la cita de Lucas, afirma: Esta descripción concuerda con un proceso de hemohidrosis (sudar sangre), el cual puede ser producido por trastornos de la coagulación o fragilidad a nivel de los capilares de las glándulas sudoríparas, en relación con estrés emocional. Es posible que esta última etiología fuera la responsable en este caso, pues Jesús era consciente de que su muerte estaba próxima.

Constituye el texto que sigue el capítulo XXIII del libro III, undécima parte, de la obra del doctor Jorge Surbled La moral en sus relaciones con la medicina y la higiene, traducido de la 13.ª edición francesa por el Dr. Antonio de Soroa, Barcelona, Sucesores de Juan Gili, 1937, págs. 613 y ss.

 

*  *  *  *  *  *  *

 

El sudor de sangre, o hematohidrosis, es un raro fenómeno, extraordinario, que consiste en el derrame más o menos abundante y duradero de verdaderas gotas de sangre por los poros de la piel, y particularmente por los de la cara. El único ejemplo auténtico e indiscutible que de ello refiere la historia es el de Nuestro Señor Jesucristo en el Monte de los Olivos. Torturado por la angustia, previendo los últimos dolores del Sacrificio y la agonía del Calvario, el Redentor del mundo, retirado a las miradas de sus discípulos, derramó un profuso sudor de sangre. Et factus est sudor ejus, sicut guttae sanguinis decurrentis in terram, nos dice san Lucas en su Evangelio (XXII, 44). El derrame de sangre tuvo que ser copioso y abundante para inundar el rostro y el cuerpo del Divino Maestro y gotear hasta la tierra.

El sudor de sangre del Salvador, que parece de los más singulares y que se ha considerado como milagroso, no es, sin duda, más que un fenómeno natural. Los antiguos autores no dudaban en declararlo así: sus razones no se basaban siempre sobre una ciencia fisiológica exacta, pero procedían al menos de un sentir teológico bien fundado.

“Yo digo –declara Suárez– que, sin milagro especial, Cristo Jesús sudó sangre, por la violencia de su tristeza y por la agonía que sufrió en su oración... Ello puede explicarse, La oración del huerto. Juan van Eyckcomo lo hace Cayetano, por una razón natural y física. Puesto que lo mismo que una emoción grande produce rápidamente sudor, así una emoción intensa, si las fuentes del sudor se agotan, pueden hacer brotar la sangre (?). El cuerpo de Cristo estaba débil y agotado; pudo por ello suceder que, estando agotado el sudor, saliese sangre expulsada por la violencia de la pena interior (?)”.

Otro maestro de la Compañía de Jesús, Maldonado, no es menos terminante.

“Aun cuando hay algunos que piensan –dice– que el sudor de sangre de Cristo fue un milagro, consideramos más bien que este sudor fue natural. Aristóteles afirma que el hecho puede producirse naturalmente, y que, de hecho, se produce; y la razón enseña, en efecto, que, en los hombres de constitución excepcionalmente delicada, este fenómeno puede tener lugar (!). ¿Por qué, así como vemos a ciertos hombres que son presa súbitamente de una viva emoción cubrirse de sudores, Cristo, cuyo cuerpo era tan delicado, no pudo naturalmente sudar sangre ante el espectáculo del ignominioso suplicio que le esperaba?”.

El sabio benedictino Dom Calmet, consagró toda una disertación al sudor de sangre de Jesucristo, defendiendo en ella la opinión de Suárez y Maldonado. El sentir general de los teólogos –escribe– enseña que este sudor de sangre fue natural, pero se derramó con mayor violencia y en mucha más cantidad que lo que sucede de ordinario. Y de hecho abundan los ejemplos (?) de un sudor de sangre que se produce sin milagro, bajo la acción de un terror súbito”.

El gran pontífice Benedicto XIV hace referencia a la tesis de Dom Calmet. “Si alguno –escribe– desea conocer ejemplos de sudores de sangre y de lágrimas de sangre, que se hayan derramado sin milagro alguno, puede leer su disertación, verdaderamente erudita. Otros hechos son también referidos por Marcelo Donat y Réjes, los cuales demostraron perfectamente que las lágrimas y sudores de sangre se han producido naturalmente, no solamente en los casos de enfermedad del cuerpo, sino también simplemente por la tristeza y pena del espíritu. Puesto que los sudores y lágrimas de sangre han podido naturalmente, en ciertos hombres, resultar de determinados estados de violencia del alma, Cristo Jesús, bajo el peso de la aflicción, bien pudo, sin milagro, derramar gotas de sangre que cayeran hasta la tierra”.

Resulta de estos textos autorizados que el sudor de sangre, incluso en Jesucristo, no es necesariamente milagroso, y que está permitido buscar una causa fisiológica que lo explique. Mas, hay que confesarlo, esta causa natural no es conocida, es aún indeterminada, y la hematohidrosis sigue siendo un fenómeno tan maravilloso como inexplicable. Aun cuando lo digan nuestros más sabios teólogos, el terror y la aflicción no bastan a producirla, ni tampoco nos explican los sudores de sangre; y lo demuestra el que estas pasiones son comunes a todos los hombres y que el sudor de sangre es absolutamente excepcional.

Dom Calmet afirma, es cierto, que los ejemplos abundan; mas la ciencia es más exigente hoy día que en la antigüedad y requiere hechos y pruebas. Lo que se refiere y lo que se acepta confiadamente, son los relatos transmitidos de boca en boca de un hecho más o menos observado, sin testimonios auténticos, sin comprobación seria. Maldonado, por ejemplo, oyó referir de las mismas personas que lo vieron o supieron, que unos dos años antes, en París, un hombre robusto y de buen estado de salud, al oír pronunciar contra La oración del huerto. Mantegnaél una sentencia de muerte, se cubrió súbitamente de sudor de sangre, y esto le es suficiente para apoyar su convicción. Las antiguas experiencias son en realidad muy superficiales, muy poco detalladas, muy carentes de sentido crítico para ser aceptadas actualmente y poderse tomar en consideración.

Los sudores de sangre parecen ordinariamente inseparables de los estigmas sagrados, y la hagiografía refiere muchos ejemplos de ello. ¿Son todos auténticos e indiscutibles? Sería temerario el afirmarlo; mas la interpretación de hechos comprobados no nos la dan los hechos que acabamos de indicar.

Estigmatizadas famosas, como santa Catalina de Sena, santa Ludgarda, etc., tuvieron verdaderos sudores de sangre, según refieren las historias de su época. Por lo general los autores no tienen dificultad en considerar este hecho singular como natural y atribuirlo a los ardores de la contemplación y la influencia de la imaginación. Pero sus comprobaciones son muy someras y les falta precisión. Una religiosa capuchina, Passidée Crogi, de Sena, nos dice el P. Venturi, “estaba tan profundamente ensimismada meditando en la abundancia con que se derramaba la sangre de Nuestro Señor en cada estación de su Pasión, que comenzó a inundarla por todo su cuerpo un sudor de modo tan violento y abundante, que hasta en su color parecía ser más de sangre que de otra cosa”. Ante un testimonio como éste cabe bien la duda y la precaución.

En muchos casos, el sudor de sangre se notaba sólo en la cara. Aun admitiendo que no hubiese error alguno sobre la cualidad del líquido, nada impide creer que la sangre procediera de las heridas o llagas de los estigmas, y entonces el derrame observado no merecería el nombre de sudor. Los estigmas, aun cuando raros, están más comprobados que los sudores de sangre, y es probable que nuestra hipótesis se aplique a más de un caso.

En los tiempos modernos, faltan las observaciones científicas de los sudores de sangre, mientras que se refieren casos de hemorragias ligeras por la piel. Recordemos solamente un caso relativamente moderno y muy característico, debido al doctor Ferrand, médico del hospital de san Esteban.

El sujeto que tenía los estigmas no presentaba síntomas de púrpura ni de hemofilia. La hemorragia tenía lugar por casi toda la superficie cutánea, pero en cantidad muy pequeña, casi insignificante. “Aparte de las regiones pilosas, como el cuero cabelludo y el pubis, hay pocos puntos del cuerpo que no hayan dejado, en un momento dado, trasudar algunas gotas de sangre”. Tuvo epistaxis, hematemesis, metrorragias. La sangre salía especialmente por las conjuntivas, los pezones, la palma y dorso de las manos, conductos auditivos externos, pómulos y nariz. Algunos dolores sordos aparecían localizados, seguidos de pequeñas vesículas que se rompían y daban lugar a una trasudación lenta y continua de sangre.

Estos detalles precisos demuestran perfectamente que no se trataba en este caso de sudor de sangre, sino de hemorragias por las vesículas cutáneas. La génesis de tal hemorragia es exactamente la que se ha comprobado para los estigmas sagrados y no debemos detenernos en ella. Pero no consideramos la observación del doctor Ferrand, por muy interesante que sea, como tipo en su clase y nos guardaremos de referir a ella todos los casos de hematohidrosis.

El sudor de sangre es, en realidad, la salida en cantidad apreciable de líquido hemático por los innumerables orificios de los conductos sudoríparos que existen en la superficie de la piel. Su mecanismo es, por lo menos, más fácil, pues no se concibe que la hemorragia cutánea exija la formación previa de ampollas y vesículas ni la rotura en múltiples puntos de la masa epidérmica, gruesa y dura. En estas condiciones, el sudor de sangre debe de ser muy raro, y pocos facultativos han tenido ocasión de comprobarlo. Pero es posible, y los sabios están de acuerdo con los teólogos en declarar que tampoco necesita una intervención sobrenatural.

No basta, sin embargo, admitir desde el aspecto fisiológico el sudor de sangre, es preciso aún explicarlo natural y científicamente; y aquí la labor resulta muy difícil. Se han propuesto muchas hipótesis para explicar este singular fenómeno, mas ninguna hasta el presente ha logrado reunir todas las condiciones de unanimidad.

Para algunos, la hematohidrosis podría ser de origen patológico. Su causa radicaría en un vicio constitucional. Sería debida, lo mismo que los estigmas, a la hemofilia. Pero es fácil ver que el efecto tampoco está en relación con la causa supuesta.

La hemofilia es una afección rara, y las hemorragias profusas, graves por que se manifiesta, tienen siempre lugar sobre las mucosas más pequeñas y frágiles. Por eso el hemofílico pierde abundante sangre por la nariz, boca, ojos, garganta, estómago, etc., etc., pero nunca por la piel sana e intacta.

Ninguna razón permite considerar como hemofílicos a individuos que experimentan sudores de sangre. En el pasado, la comprobación era difícil y jamás podía hacerse, pero en nuestros días las observaciones recogidas con cuidado, particularmente en Francia por el doctor Ferrand, demuestran sin duda alguna que los sudores de sangre se producen en sujetos exentos de hemofilia.

Una opinión más extendida atribuye los sudores de sangre a la imaginación. Que los antiguos, como Suárez y otros, lo creyesen, nada tiene de extraño: poco conocedores de la fisiología, aceptaron otras muchas hipótesis más singulares, más inverosímiles, y que la ciencia ha juzgado ya. Pero el error se perpetúa, y se encuentran en nuestros días no solamente filósofos, sino reputados investigadores que atribuyen al hombre el poder mágico de crear el sudor de sangre (así como los estigmas) por el solo esfuerzo de una imaginación ardiente y concentrada.

¿Tiene algún fundamento esta opinión? ¿Tiene algún valor científico? Ningún fisiólogo se atrevería a afirmarlo; y sólo los profanos se atreverían a buscar e aproximaciones forzadas y analogías aparentes entre los hechos observados y el sudor de sangre. Sólo se recogen en el campo de la ciencia dos o tres experiencias, más o menos observadas, de transpiración sanguinolenta aparecidas como consecuencia de grandes emociones; pero debe deducirse que la imaginación no basta para producir el sudor de sangre. Esta conclusión se impone tanto más cuanto que en el terreno experimental, no se invoca más que un solo hecho debido al doctor Bourru y Burot, referido en Congreso de Grenoble de 1885, y que está lejos de ser decisivo y de zanjar la cuestión.

La hemorragia cutánea muy ligera (unas gotitas de sangre) que nuestros colegas de Rochefort llegaron a producir por sugestión en un enfermo hipnotizado, fue evidentemente provocada. El individuo era dermográfico, y la sangre no salió, a la orden de los experimentadores, más que por los puntos precisamente recorridos de antemano con el estilete romo. Sin el dermografismo del enfermo, sin la acción mecánica del estilete, es La oración del huerto. Maestro de Xátiva. Retablo mayor de la iglesia de san Félixindudable que la hemorragia no se hubiera producido: la imaginación no es causa suficiente. Además la salida laboriosa de una cuantas gotas de sangre no constituye sudor de sangre. En fin, es necesario atenerse a la siguiente regla, que es muy prudente: Testis unus, testis nullus.

No encontrando en la ciencia casos auténticos e indudables de sudor de sangre como la historia los refiere, los autores materialistas y con ellos algunos espiritualistas no han dudado en buscar una explicación en las analogías y han hecho el siguiente razonamiento: si la imaginación puede producir una rubicundez, una ampolla en la piel, también podrá producir una hemorragia. No nos detendremos a demostrar lo absurdo de este razonamiento y veremos a continuación si los hechos señalados tienen valor formal.

El primeo, debido a Focachon, farmacéutico de Charmes, es referido del siguiente modo por el doctor Beaunis: “El 12 de mayo de 1885, hacia las once de la mañana, en Nancy, el señor Focachon duerme a la señorita Elisa X..., le aplica en el hombro izquierdo ocho sellos de correo a modo de vesicatorio, la despertó dos veces para las comidas del mediodía y de la noche y la observó el resto del tiempo. Por la noche, el señor Focachon le sugirió que no se despertase hasta las siete de la mañana. Al día siguiente, por la mañana, hacia las ocho y cuarto, nada la molestaba: se quitó el apósito; en una extensión de cuatro por cinco centímetros la epidermis se veía, no levantada, sino más gruesa, de color blanco amarillento; estaba rodeada de una zona rojiza intensa con hinchazón de cerca de medio centímetro de anchura. El mismo día, a las once y media, ofrecía el mismo aspecto que por la mañana”.

Esta experiencia de vesicación imaginaria es curiosa y muy interesante, si se la supone sincera. Desgraciadamente es única en la ciencia. Muchos sabios intentaron repetirla con sujetos escogidos, realizándola sin resultado alguno. El profesor Berheim, de Nancy, confesó él mismo, en 1891, no haber logrado jamás determinar personalmente por sugestión, ni vesicación ni estigmas. No se puede por lo tanto tomar como base fundamental el hecho extraordinario del señor Focachon.

La observación referida por Richet es muy conocida: “Una madre joven se ocupaba en colocar en un armario porcelanas que tenía en las manos: su pequeño jugaba por el suelo en el extremo opuesto de la habitación, cerca de un hogar apagado; a fuerza de jugar forzando y tocando en su mecanismo, el niño acabó por desenganchar la cadena, y la trampa de la chimenea amenazaba caer sobre el cuello del niño que se encontraba de rodillas, y en posición de guillotina, haciendo la trampa el papel de cuchilla. En este instante, inmediatamente antes de caer la trampa metálica, la madre se volvió. Comprendió súbitamente el peligro que corría su pequeñuelo. Por la acción del susto "su sangre, según la expresión consagrada, no dio más que una vuelta". Como esta mujer era muy La oración del huerto. Nicolás Correaimpresionable y nerviosa, se le formó en el momento un círculo eritematoso y prominente alrededor del cuello, en el mismo sitio en que el niño iba a ser lesionado. Esta impresión persistió con bastante intensidad y duración hasta el punto de que pudo comprobarla un médico que acudió pasadas unas horas”.

A este caso raro pueden referirse otros muchos del mismo tipo. Unas veces se trata de una mujer que ve, con la imaginación, la grave herida que va a hacer en el pie de un niño una puerta de hierro bruscamente cerrada, y en cuyo tobillo se señala inmediatamente un círculo rutilante (Hack Tuke); otras, es una doméstica que, viendo sangrar a su señora, a la que tenía gran afecto, experimentó en el pliegue del codo una sensación aguda seguida de equimosis en el momento mismo en que el médico hundía la lanceta en el brazo de la paciente (doctor Marmisse); otras, era un hombre que, creyendo ver un espectro que le cogía, se emocionó de modo tan intenso que se produjo en uno de sus pies gran hinchazón y rubicundez, y luego incluso supuración (Tissot).

Estos hechos diversos, a los que se puede reprochar su falta de garantía, esperan aún su adecuada explicación. No es solamente la acción de la imaginación lo que revelan, sino la de una pasión llevada al paroxismo, al miedo. Mas una imaginación ardiente, aun reforzada por una fuerte sensibilidad afectiva, es incapaz de producir, si no enrojecimiento de la piel, al menos la más ligera equimosis de ella: la experiencia diaria lo demuestra. Es preciso para ello una predisposición orgánica especial cuya naturaleza ignoramos. El dermografismo hay que descartarlo, pues sus extraños fenómenos reclaman siempre una excitación mecánica externa.

Por lo demás, los enrojecimientos, las equimosis, la vesicación misma de la piel no pueden compararse con la ruptura de los capilares y la extravasación de sangre; pues aquéllos jamás produjeron sudor de sangre. No es posible establecer una paridad entre hechos tan diferentes y hay que confesar nuestra ignorancia sobre las causas y naturaleza de la hematohidrosis.

 

miscelánea calasanz

revista electrónica al servicio de la educación

colegio calasanz. padres escolapios. santander

si deseas colaborar con nosotros puedes enviar tus trabajos

si, a la vista del contenido de estas páginas, cualquiera se sintiera ultrajado en sus derechos, le rogamos nos lo haga saber a fin de que tal contenido sea excluido