CAMINO DE LA PASCUA

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febrero 08

 

No podemos menos, cuando caminamos en esta Cuaresma hacia la Pascua, que traer a las páginas de Miscelánea Calasanz la memoria de la piísima devoción del vía crucis, a cuya práctica benéfica exhortamos animosos.

De la antigüedad de este santo ejercicio, bien que no en el mismo modo en que hoy se practica, llega la noticia a través de san Jerónimo, así como de la monja Egeria en su Itinerarium ad loca sancta, donde relata cómo en Jerusalén, los fieles, bajo la presidencia de su obispo y los sacerdotes, recorrían los lugares que había santificado el Señor, en especial el camino del Calvario por toda la ciudad.

Cuál sea el provecho que de él pueda sacarse resulta claro a la sola vista de cómo lo han enriquecido con indulgencias los papas, entre quienes se cuentan Inocencio XI, Clemente XII, Benedicto XIII o Pío XI. En esto es diáfano el Enchiridion Indulgentiarum, de la Penitenciaría Apostólica, en el que se señala se concede indulgencia plenaria al fiel cristiano que pium exercitium Viae Crucis peregerit. Esto, por cada vez que se haga el vía crucis completo. Otras indulgencias trae, además, el padre Eduardo F. Regatillo, S.J., profesor de Derecho Canónico en la Universidad Pontificia de Comillas, en su tratado sobre Las indulgencias, Santander, Sal Terrae, 1947, pág. 67: b) Otra plenaria comulgando el mismo día en que se haga, o comulgando dentro de un mes después de haberle hecho diez veces. c) Diez años por cada estación, si por cualquiera causa razonable no se terminó el vía crucis”.

Mas no todo acaba aquí, que el fiel cristiano encontrará sobrados ejemplos de virtud en la meditación de los padecimientos del Divino Maestro que le animen a la imitación saludable. Y ¿cómo podía ser de otro modo si ya en la misma bendición de las cruces, al tiempo de aspergerlas, pide el sacerdote para que quienes ante ellas oren inveniant sanitatem animae, et corporis?

Probablemente, pues, pocas prácticas piadosas hay de tanto bien para el alma como esta del vía crucis. Cierto, la consideración de los sufrimientos del Señor y su santísima Madre, desde que ante el tribunal de Pilato es condenado a muerte infame hasta que las manos compasivas de José de Arimatea lo depositan en el sepulcro, constituye una rica y abundosa fuente en la que cobrar fuerzas con que seguir la senda estrecha que lleva a la salvación eterna.

¿Te atreverás ahora a dejar, pío lector, para más adelante ejercicio tan santo y de tanto beneficio? Seguro que no. Así lo espero.

Acerca del modo en que debe realizarse el vía crucis para que sean efectivas las indulgencias, te remito a cualquier devocionario. He tomado estas meditaciones del vía crucis de la obra del profesor de Sagrada Liturgia en la Universidad Pontificia de Comillas, padre Daniel Sola, S.I., Manual del seminarista, Santander, Sal Terrae, 1942, págs. 158 y ss.

 

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Primera estación

Jesús condenado a muerte

¿Lo ves, alma cristiana? Está el inicuo juez sentado en el tribunal, y a sus pies el Hijo de Dios, Juez de vivos y muertos, lleno de confusión, las manos atadas como un facineroso, oyendo la más injusta e ignominiosa sentencia. ¡Oh Jesús mío amantísimo! Cristo ante Pilato. Tintoretto¡Vos, autor de la vida, condenado a muerte! ¡Vos, la inocencia y santidad infinita, condenado a morir en un infame patíbulo, como el más insigne malhechor! ¡Ay! ¡qué amor tan grande el vuestro y qué ingratitud tan monstruosa la mía, pues os condeno de nuevo a la muerte cada día! ¿Y por qué? ¡Por un sucio deleite, por un mezquino interés, por un puntillo de honra, por un qué dirán! Perdonadme, dulcísimo Jesús mío, y, por esa inicua sentencia, no permitáis que yo sea un día condenado a la muerte eterna que merecían mis pecados.

 

Segunda estación

Jesús sale con la cruz a cuestas

¿Y queréis, inocentísimo Jesús mío, llevar Vos mismo, cual otro Isaac, el instrumento del suplicio? ¡Estáis exhausto de fuerzas! Vuestras espaldas y hombros están Jesús sale camino del Calvario. El Boscodoloridos y rasgados por los azotes! ¡La cruz es larga y pesada! ¡Y cuánto no acrecientan todavía su peso mis iniquidades y las de todo el mundo! Sin embargo, la aceptáis, y besándola la abrazáis y lleváis con inefable ternura por mi amor. ¿Y aborrecerás tú, pecador, la ligera cruz que Dios te envía? ¿Querrás tú ir al cielo por los deleites y regalos, yendo el inocentísimo Jesús por el dolorosísimo camino de la cruz? Reconozco mi engaño, Salvador mío; enviadme penas y tribulaciones, que estoy resuelto a sufrirlas con resignación y alegría por amor de un Dios, que tanto padeció por mí.

 

Tercera estación

Jesús cae por primera vez

No extraño, dulce Jesús mío, que sucumbáis rendido al enorme peso de la cruz. Lo que me pasma y hace llorar a los ángeles de paz es la bárbara fiereza con que os tratan esos sayones inhumanos. Si cae un vil jumento, se le tiene compasión, le ayudan a levantarse. Pero cae el Rey de los cielos y tierra, el que sostiene la admirable fábrica del Caída de Jesús camino del Calvario. Rafael Sanziouniverso, y, lejos de moverse a compasión, le insultan con horribles blasfemias, le maltratan y acocean con diabólico furor.

¿Y qué hacíais, en qué pensabais entonces, dulce Jesús mío? En ti pensaba, pecador, por ti sufría con infinita paciencia y alegría. Tú habías merecido los oprobios y tormentos más horribles, y yo, para librarte de ellos, he querido pasar por este espantoso suplicio. ¿No estás todavía satisfecho? ¿Quieres aún maltratarme con nuevas ofensas? Aquí me tienes; descarga tú también fieros golpes sobre mí. –No, Jesús mío, no; antes morir que volver a ofenderos.

 

Cuarta estación

Jesús encuentra a su Madre Santísima

¿Qué sentiste, oh angustiada Señora, al ver aquel trágico espectáculo? El pregonero publicando con lúgubre trompeta la sentencia fatal. Una multitud inmensa, que se agrupa profiriendo injurias y blasfemias contra Jesús. Los soldados y sayones en dos filas, y en medio de dos malhechores... ¡Ay! ¿Le conoces, oh Madre amantísima? ¿Ése es el más hermoso de los hijos de los hombres, la beldad de los cielos y alegría de los ángeles? ¿Aquel Hijo de Dios que con tanto regocijo diste a luz en Belén? ¡Ay! ¿Dónde están ahora los Reyes y Pastores que entonces le adoraban? ¿Qué se han hecho los espíritus celestiales, que entonaban entonces himnos de alabanza? ¡Ay! ¡Qué trocado está! ¡Sus ojos inundados de lágrimas y sangre! ¡Coronada de espinas su cabeza! ¡Todo Él hecho una llaga! ¡Oh María, afligida entre todas las mujeres! ¡Oh Madre, la más desolada de todas las madres! ¡Oh Hijo, maltratado sobre todos los hijos de Adán! ¡Oh Jesús! ¡Oh María! ¡Perdonad a este ingrato, a este pecador, a este monstruo, causa de tanta amargura!

 

Quinta estación

Jesús ayudado por el Cirineo

Temiendo los judíos no se les muera Jesús antes de llegar al Calvario, no por aliviarle, sino por el ansia que tenían de crucificarlo, buscan quien le ayude a llevar la cruz y no le encuentran. Había entonces en Jerusalén tantos millares de hombres, y sólo Simón Jesús ayudado por el Cireneo. TizianoCirineo acepta este favor, y aun por la fuerza.

¿Y así te desamparan, oh Jesús mío? ¿No fueron cinco mil los hombres que alimentaste con cinco panes en el desierto? ¿No son innumerables los ciegos, paralíticos y enfermos que sanaste? ¡Y nadie quiere llevar tu cruz! ¡Y ella, no obstante, nos predica la latitud de tu misericordia, la longitud de tu justicia, la sublimidad de tu poder y lo profundo de tu sabiduría infinita! ¡Oh misterio incomprensible! ¡Muchos admiran tus prodigios y tu doctrina; mas pocos gustan de padecer contigo! Teman, pues, los enemigos de la cruz, oyendo a Cristo que dice: El que no lleva mi cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo.

 

Sexta estación

La Verónica enjuga el rostro de Jesús

¡Qué valor el de esta piadosa mujer! Ve aquel rostro divino, a quien desean contemplar los ángeles, cubierto de polvo, afeado con salivas, denegrido con sangre; y, movida de compasión, quítase la toca, atropella por todo, y, acercándose al Salvador, le enjuga su rostro desfigurado. ¡Ay! ¡Cómo confunde esta mujer fuerte la cobardía de tantos cristianos, que por vano temor del qué dirán no se atreven a obrar bien! ¡Oh dichosa Verónica! ¡Y cómo premia el Señor tu denuedo, dejando su rostro santísimo estampado en tres pliegues de esa afortunada toca!

¿Quieres tú, cristiano, que Dios imprima en tu alma una perfecta imagen de tus virtudes? Huella, pues, generoso el respeto humano, como la Verónica: haz a menudo y con fervor el Viacrucis y no dudes que Jesús grabará en tu alma un fiel traslado de sus virtudes, y, viéndote el Eterno Padre semejante al divino modelo de los predestinados, te admitirá en el cielo.

 

Séptima estación

Jesús cae segunda vez

Jesús cae segunda vez con la cruz; nuevas injurias y golpes, nueva crueldad de parte de los judíos; nuevos dolores y tormentos, nuevos rasgos de amor de parte de Jesús. Parece que el infierno desahogaba contra él todo su furor... ¿Mas qué hará el Señor? ¿Dejará la empresa comenzada? ¿Hará como nosotros, que a una ligera contradicción, abandonamos el camino de la virtud? No; bien podrán decirle: Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz; por lo mismo que lo es, allí permanecerá hasta morir. –Y ¿cuándo, Señor, imitaré yo vuestra heroica constancia? ¡Ah! no siendo coronado sino el que, peleando legítimamente, persevere hasta el fin, ¿de qué me servirá abrazar la virtud y llevar la cruz solamente algún día? Cueste, pues, lo que cueste, quiero con vuestra gracia divina amaros y serviros hasta morir.

 

Octava estación

Jesús consuela a las mujeres

¡Qué caridad tan ardiente! Olvidando sus atrocísimos dolores, ¡sólo se acuerda de nuestras penas el amante Jesús! Hijas de Jerusalén, dice a las piadosas mujeres que le seguían llorando, no lloréis mi suerte; llorad más bien sobre vosotras y sobre vuestros hijos.

¿Pero puede haber objeto más digno de llanto que la pasión y muerte del Hijo de Dios? Sí, cristiano, hay cosa más digna de lágrimas y de lágrimas eternas, y es el pecado. Pues el pecado es la única causa de su pasión y muerte tan ignominiosa; él es el origen y el colmo de todos los males, el más terrible, el único mal, mal infinito de Dios y de la criatura. Y no obstante, ¡tú pecas con tanta facilidad! ¡Y recaes tan a menudo en el pecado! ¡Y pasas tranquilo días, meses, años y hasta la vida entera en el pecado!

 

Novena estación

Jesús cae tercera vez

¿Qué es esto, Jesús mío? Vos, resplandor de la gloria del Padre, consuelo de los mártires, hermosura y alegría del cielo: ¿Vos caído en tierra primera, segunda y tercera vez? ¿No sois Vos la fortaleza de Dios?

Y qué, hijo mío, ¿no has pecado tú más de dos o tres veces? ¿No recaes cada día Jesús camino del Calvario. El Boscoinnumerables veces en el pecado? ¿Por qué esa perpetua inconstancia en mi servicio? Hoy formas generosos propósitos, y mañana ya están olvidados: ahora me entregas el corazón, y un instante después ya no suspiras sino por pasatiempos y liviandades. ¡Ay! yo caigo segunda y tercera vez, para expiar tus continuas recaídas; caigo, para alzarte a ti de la tibieza; caigo, para que temerario no te expongas de nuevo al peligro de recaer en el pecado; caigo, en fin, para que no caigas tú jamás en el abismo del infierno. –Gracias, Dios mío, por tan inefable bondad; y por esta tan dolorosa caída, dadme fuerza, os suplico, para que me levante por fin del pecado y camine firma y constante en vuestro santo servicio.

 

Décima estación

Jesús despojado de sus vestiduras

Cuando te curan una herida, por fino que sea el lienzo que la envuelve y por mucho cuidado que tenga la más cariñosa madre, ¡qué dolor no sientes al despegarse la tela de la carne viva! ¿Cuál sería, pues, el tormento de Jesús al quitarle las vestiduras? Como había derramado tanta sangre, estaban pegadas a su cuerpo llagado; vienen los verdugos y las arrancan con tanta fiereza, que llevan tras sí la corona y hasta pedazos de carne, que se le habían pegado.

¿Y en qué pensabais, oh purísimo Jesús, al veros desnudo delante de tanta muchedumbre? –En ti pensaba, pecador; en los pecados impuros que sin escrúpulos cometes; por ellos ofrecía al eterno Padre esta confusión y suplicio tan atroz. Sabía cuánto te costaría deshacerte de aquel mal hábito, privarte de aquel placer, romper con aquella amistad criminal; por eso permití en mi cuerpo inocentísimo tan horrible carnicería. –¡Oh inmensa caridad la tuya! ¡Oh negra ingratitud la mía! Nunca más, Señor, renovar esas llagas con desenfrenada licencia, nunca más pecar.

 

Undécima estación

Jesús clavado en la cruz

¿Quién de nosotros tendría valor para sufrir que le atravesasen pies y manos con gruesos clavos? ¿Quién tendría ánimo para ver así atormentado a su mayor enemigo? Pues este atroz tormento padece Jesús por nuestro amor. Ya le tienden sobre el lecho del dolor; ya enclavan aquella mano omnipotente, que había formado los cielos y la tierra; ya brota un raudal de sangre; mas esto es poco. Encogido el cuerpo con el frío y los tormentos, no llegaban la otra mano ni los pies al agujero hecho de antemano en la cruz: los atan, pues, con cordeles y tiran con inhumana crueldad, desencajando de su lugar aquellos huesos santísimos. ¡Qué dolor! ¡qué tormento! Todo lo contemplaba su Madre amantísima; ningún alivio, ni una gota de agua puede dar a su Hijo: ¿y vive todavía? ¿Y no muero yo de dolor, siendo mis pecados la causa de tanto tormento?

 

Duodécima estación

Jesús muriendo en la cruz

Contempla, cristiano, a esos dos malhechores crucificados con el Señor. ¿Qué Jesús muriendo en la cruz. Giottomaldades no habría hecho el buen ladrón? Sin embargo, dice a Jesús: Acuérdate de mí cuando estuvieres en tu reino; y al instante oye: Hoy estarás conmigo en el paraíso. ¡Qué bondad la de Dios! ¡Cuán de pronto, pecador, recobrarías la amistad divina, si quisieres arrepentirte de veras! Pero si dejas tu conversión para la muerte, ¡ay! teme no te suceda lo que al mal ladrón. ¿Qué hombre tuvo jamás mejor ocasión para convertirse? Dios derramaba su sangre por él; tenía a los pies a la abogada de pecadores, María Santísima; a su lado estaba Jesucristo, el sacerdote más celoso del mundo, para ayudarle a bien morir; oye la exhortación de su compañero; ve toda la naturaleza estremecida, y, sin embargo, muere como ha vivido; continúa blasfemando y se condena eternamente. ¡Ah! no permitas, Jesús mío, que, sordo a tus inspiraciones divinas, deje yo mi conversión para la muerte.

 

Decimatercia estación

Jesús muerto en los brazos de su madre

¡Ay! ¿Adónde iré, oh afligida Madre mía? Tu Hijo ha muerto, y mis pecados son los verdugos que le enclavaron en cruz y le dieron muerte inhumana. ¡Ay infeliz de mí! ¡Yo he apagado la luz de tus ojos y acabado la alegría de tu corazón! Sí, yo desfiguré ese rostro La Piedad (detalle) de Ávalos. Valle de los Caídoshermosísimo; yo taladré esos pies y manos que sostienen el firmamento; yo traspasé esa augusta cabeza y abrí esas llagas; yo descoyunté y despedacé ese inocentísimo cuerpo que tienes en tus brazos. ¡Ay! reo de tan enorme deicidio, ¿adónde iré? ¿Dónde me ocultaré? Pero, por monstruosa que sea mi ingratitud, tú eres mi Madre y yo soy tu hijo. Jesús acaba de traspasar en mí los derechos que tenía a tu amor. Me arrojo, pues, en tus brazos con la más viva confianza. No me desprecies, oh dulce refugio de pecadores arrepentidos; mírame con ojos de bondad, y ampárame ahora y en el trance de la muerte.

 

Decimacuarta estación

Jesús puesto es el sepulcro

Contempla, alma cristiana, cómo José de Arimatea y Nicodemus, postrados a los pies de María, le piden el dulce objeto de sus caricias y, ungiéndole con preciosos aromas, le amortajan y ponen en un sepulcro nuevo de piedra. ¡Ay! ¡Cuál sería el dolor de la Virgen! Sin duda era grande como el mar su amargura, cuando vio a su Hijo ensangrentado, enclavando y expirando en un patíbulo infame; pero a lo menos le veía, tal Jesús colocado en el sepulcro. Caravaggiovez le abrazaba y lavaba con sus lágrimas. Mas ahora, oh angustiada Señora, una losa te priva de este último consuelo. ¡Oh sepulcro afortunado! ya que encierras el adorado cuerpo del Hijo y el purísimo corazón de la Madre, guarda también con esas prendas riquísimas el pobre corazón mío. Sea éste, Dios mío, el sepulcro donde descanséis; sean los puros afectos de mi alma los lienzos que os envuelvan y los aromas que os recreen. En fin, muera yo al mundo, a sus pompas y vanidades, para que viviendo según el espíritu de Jesús, resucite y triunfe glorioso con Él por siglos infinitos.. Amén.

 

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