|
No podemos menos, cuando
caminamos en esta Cuaresma hacia la Pascua, que traer a las páginas de
Miscelánea Calasanz la memoria de la piísima devoción del vía crucis,
a cuya práctica benéfica exhortamos animosos.
De la antigüedad de este santo
ejercicio, bien que no en el mismo modo en que hoy se practica, llega la noticia a través de san Jerónimo,
así como de la monja Egeria
en su Itinerarium ad loca sancta, donde relata cómo en Jerusalén,
los fieles, bajo la presidencia de su obispo y los sacerdotes, recorrían
los lugares que había santificado el Señor, en especial el camino del
Calvario por toda la ciudad.
Cuál sea el provecho que de él
pueda sacarse resulta claro a la sola vista de cómo lo han enriquecido con
indulgencias los papas, entre quienes se cuentan Inocencio XI, Clemente
XII, Benedicto XIII o Pío XI. En esto es diáfano el Enchiridion
Indulgentiarum, de la Penitenciaría Apostólica, en el que se señala se
concede indulgencia plenaria al fiel cristiano que “pium
exercitium Viae Crucis peregerit”.
Esto, por cada vez que se haga el vía crucis completo. Otras indulgencias
trae, además, el padre Eduardo F. Regatillo, S.J., profesor de Derecho
Canónico en la Universidad Pontificia de Comillas, en su tratado sobre
Las indulgencias, Santander, Sal Terrae, 1947, pág. 67: “b)
Otra plenaria comulgando el mismo día en que se haga, o comulgando
dentro de un mes después de haberle hecho diez veces. c) Diez años
por cada estación, si por cualquiera causa razonable no se terminó el vía
crucis”.
Mas no todo acaba aquí, que el fiel cristiano encontrará sobrados ejemplos de virtud en
la meditación de los padecimientos del Divino Maestro que le animen a la
imitación saludable. Y ¿cómo podía ser de otro modo si ya en la misma
bendición de las cruces, al tiempo de aspergerlas, pide el sacerdote para
que quienes ante ellas oren “inveniant
sanitatem animae, et corporis”?
Probablemente, pues, pocas prácticas
piadosas hay de tanto bien para el alma como esta del vía crucis. Cierto,
la
consideración de los sufrimientos del Señor y su santísima Madre, desde
que ante el tribunal de Pilato es condenado a muerte infame hasta que las
manos compasivas de José de Arimatea lo depositan en el sepulcro,
constituye una rica y abundosa fuente en la que cobrar fuerzas con que
seguir la senda estrecha que lleva a la salvación eterna.
¿Te atreverás ahora a dejar,
pío lector, para más adelante ejercicio tan santo y de tanto beneficio?
Seguro que no. Así lo espero.
Acerca del modo en que debe
realizarse el vía crucis para que sean efectivas las indulgencias, te
remito a cualquier devocionario. He tomado estas meditaciones
del vía crucis de la obra del profesor de Sagrada Liturgia en la
Universidad Pontificia de Comillas, padre Daniel Sola, S.I., Manual del
seminarista, Santander, Sal Terrae, 1942, págs. 158 y ss.
*
* * * * * *
Primera estación
Jesús condenado a muerte
¿Lo ves,
alma cristiana? Está el inicuo juez sentado en el tribunal, y a sus pies
el Hijo de Dios, Juez de vivos y muertos, lleno de confusión, las manos
atadas como un facineroso, oyendo la más injusta e ignominiosa sentencia.
¡Oh Jesús mío amantísimo!
¡Vos, autor de la vida, condenado a muerte!
¡Vos, la inocencia y santidad infinita, condenado a morir en un infame
patíbulo, como el más insigne malhechor! ¡Ay! ¡qué amor tan grande el
vuestro y qué ingratitud tan monstruosa la mía, pues os condeno de nuevo a
la muerte cada día! ¿Y por qué? ¡Por un sucio deleite, por un mezquino
interés, por un puntillo de honra, por un qué dirán! Perdonadme,
dulcísimo Jesús mío, y, por esa inicua sentencia, no permitáis que yo sea
un día condenado a la muerte eterna que merecían mis pecados.
Segunda estación
Jesús sale con la cruz a
cuestas
¿Y
queréis, inocentísimo Jesús mío, llevar Vos mismo, cual otro Isaac, el
instrumento del suplicio? ¡Estáis exhausto de fuerzas! Vuestras espaldas y
hombros están
doloridos y rasgados por los azotes! ¡La cruz es larga y
pesada! ¡Y cuánto no acrecientan todavía su peso mis iniquidades y las de
todo el mundo! Sin embargo, la aceptáis, y besándola la abrazáis y lleváis
con inefable ternura por mi amor. ¿Y aborrecerás tú, pecador, la ligera
cruz que Dios te envía? ¿Querrás tú ir al cielo por los deleites y
regalos, yendo el inocentísimo Jesús por el dolorosísimo camino de la
cruz? Reconozco mi engaño, Salvador mío; enviadme penas y tribulaciones,
que estoy resuelto a sufrirlas con resignación y alegría por amor de un
Dios, que tanto padeció por mí.
Tercera estación
Jesús cae por primera vez
No
extraño, dulce Jesús mío, que sucumbáis rendido al enorme peso de la cruz.
Lo que me pasma y hace llorar a los ángeles de paz es la bárbara fiereza
con que os tratan esos sayones inhumanos. Si cae un vil jumento, se le
tiene compasión, le ayudan a levantarse. Pero cae el Rey de los cielos y
tierra, el que sostiene la admirable fábrica del
universo, y, lejos de
moverse a compasión, le insultan con horribles blasfemias, le maltratan y
acocean con diabólico furor.
¿Y qué hacíais, en qué
pensabais entonces, dulce Jesús mío? En ti pensaba, pecador, por ti sufría
con infinita paciencia y alegría. Tú habías merecido los oprobios y
tormentos más horribles, y yo, para librarte de ellos, he querido pasar
por este espantoso suplicio. ¿No estás todavía satisfecho? ¿Quieres aún
maltratarme con nuevas ofensas? Aquí me tienes; descarga tú también fieros
golpes sobre mí.
–No, Jesús mío, no; antes morir
que volver a ofenderos.
Cuarta
estación
Jesús encuentra a su Madre Santísima
¿Qué sentiste, oh angustiada Señora, al ver aquel trágico espectáculo? El
pregonero publicando con lúgubre trompeta la sentencia fatal. Una multitud
inmensa, que se agrupa profiriendo injurias y blasfemias contra Jesús. Los
soldados y sayones en dos filas, y en medio de dos malhechores... ¡Ay! ¿Le
conoces, oh Madre amantísima? ¿Ése es el más hermoso de los hijos de los
hombres, la beldad de los cielos y alegría de los ángeles? ¿Aquel Hijo de
Dios que con tanto regocijo diste a luz en Belén? ¡Ay! ¿Dónde están ahora
los Reyes y Pastores que entonces le adoraban? ¿Qué se han hecho los
espíritus celestiales, que entonaban entonces himnos de alabanza? ¡Ay!
¡Qué trocado está! ¡Sus ojos inundados de lágrimas y sangre! ¡Coronada de
espinas su cabeza! ¡Todo Él hecho una llaga! ¡Oh María, afligida entre
todas las mujeres! ¡Oh Madre, la más desolada de todas las madres! ¡Oh Hijo, maltratado sobre todos los hijos de Adán! ¡Oh Jesús! ¡Oh María!
¡Perdonad a este ingrato, a este pecador, a este monstruo, causa de tanta
amargura!
Quinta
estación
Jesús ayudado por el Cirineo
Temiendo los judíos no se les muera Jesús antes de
llegar al Calvario, no por aliviarle, sino por el ansia que tenían de
crucificarlo, buscan quien le ayude a llevar la cruz y no le encuentran.
Había entonces en Jerusalén tantos millares de hombres, y sólo Simón
Cirineo acepta este favor, y aun por la fuerza.
¿Y así te desamparan, oh Jesús mío? ¿No fueron cinco mil los hombres que
alimentaste con cinco panes en el desierto? ¿No son innumerables los
ciegos, paralíticos y enfermos que sanaste? ¡Y nadie quiere llevar tu
cruz! ¡Y ella, no obstante, nos predica la latitud de tu misericordia, la
longitud de tu justicia, la sublimidad de tu poder y lo profundo de tu
sabiduría infinita! ¡Oh misterio incomprensible! ¡Muchos admiran tus
prodigios y tu doctrina; mas pocos gustan de padecer contigo! Teman, pues,
los enemigos de la cruz, oyendo a Cristo que dice: El que no lleva mi cruz
y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo.
Sexta
estación
La Verónica enjuga el rostro de Jesús
¡Qué valor el de esta piadosa mujer! Ve aquel rostro
divino, a quien desean contemplar los ángeles, cubierto de polvo, afeado
con salivas, denegrido con sangre; y, movida de compasión, quítase la
toca, atropella por todo, y, acercándose al Salvador, le enjuga su rostro
desfigurado. ¡Ay! ¡Cómo confunde esta mujer fuerte la cobardía de tantos
cristianos, que por vano temor del qué dirán no se atreven a obrar
bien! ¡Oh dichosa Verónica! ¡Y cómo premia el Señor tu denuedo, dejando su
rostro santísimo estampado en tres pliegues de esa afortunada toca!
¿Quieres tú, cristiano, que Dios imprima en tu alma una perfecta imagen de
tus virtudes? Huella, pues, generoso el respeto humano, como la Verónica:
haz a menudo y con fervor el Viacrucis y no dudes que Jesús grabará en tu
alma un fiel traslado de sus virtudes, y, viéndote el Eterno Padre
semejante al divino modelo de los predestinados, te admitirá en el cielo.
Séptima estación
Jesús cae segunda vez
Jesús cae segunda vez con la cruz; nuevas injurias y
golpes, nueva crueldad de parte de los judíos; nuevos dolores y tormentos,
nuevos rasgos de amor de parte de Jesús. Parece que el infierno desahogaba
contra él todo su furor... ¿Mas qué hará el Señor? ¿Dejará la empresa
comenzada? ¿Hará como nosotros, que a una ligera contradicción,
abandonamos el camino de la virtud? No; bien podrán decirle: Si eres Hijo
de Dios, baja de la cruz; por lo mismo que lo es, allí permanecerá hasta
morir.
–Y ¿cuándo, Señor, imitaré yo
vuestra heroica constancia? ¡Ah! no siendo coronado sino el que, peleando
legítimamente, persevere hasta el fin, ¿de qué me servirá abrazar la
virtud y llevar la cruz solamente algún día? Cueste, pues, lo que cueste,
quiero con vuestra gracia divina amaros y serviros hasta morir.
Octava
estación
Jesús consuela a las mujeres
¡Qué caridad tan ardiente! Olvidando sus atrocísimos
dolores, ¡sólo se acuerda de nuestras penas el amante Jesús! Hijas de
Jerusalén, dice a las piadosas mujeres que le seguían llorando, no lloréis
mi suerte; llorad más bien sobre vosotras y sobre vuestros hijos.
¿Pero puede haber objeto más digno de llanto que la pasión y muerte del
Hijo de Dios? Sí, cristiano, hay cosa más digna de lágrimas y de lágrimas
eternas, y es el pecado. Pues el pecado es la única causa de su pasión y
muerte tan ignominiosa; él es el origen y el colmo de todos los males, el
más terrible, el único mal, mal infinito de Dios y de la criatura. Y no
obstante, ¡tú pecas con tanta facilidad! ¡Y recaes tan a menudo en el
pecado! ¡Y pasas tranquilo días, meses, años y hasta la vida entera en el
pecado!
Novena
estación
Jesús cae tercera vez
¿Qué es esto, Jesús mío? Vos, resplandor de la
gloria del Padre, consuelo de los mártires, hermosura y alegría del cielo:
¿Vos caído en tierra primera, segunda y tercera vez? ¿No sois Vos la
fortaleza de Dios?
Y
qué, hijo mío, ¿no has pecado tú más de dos o tres veces? ¿No recaes cada
día
innumerables veces en el pecado? ¿Por qué esa perpetua inconstancia en
mi servicio? Hoy formas generosos propósitos, y mañana ya están olvidados:
ahora me entregas el corazón, y un instante después ya no suspiras sino
por pasatiempos y liviandades. ¡Ay! yo caigo segunda y tercera vez, para
expiar tus continuas recaídas; caigo, para alzarte a ti de la tibieza;
caigo, para que temerario no te expongas de nuevo al peligro de recaer en
el pecado; caigo, en fin, para que no caigas tú jamás en el abismo del
infierno.
–Gracias, Dios mío, por tan
inefable bondad; y por esta tan dolorosa caída, dadme fuerza, os suplico,
para que me levante por fin del pecado y camine firma y constante en
vuestro santo servicio.
Décima
estación
Jesús despojado de sus vestiduras
Cuando te curan una herida, por fino que sea el
lienzo que la envuelve y por mucho cuidado que tenga la más cariñosa
madre, ¡qué dolor no sientes al despegarse la tela de la carne viva! ¿Cuál
sería, pues, el tormento de Jesús al quitarle las vestiduras? Como había
derramado tanta sangre, estaban pegadas a su cuerpo llagado; vienen los
verdugos y las arrancan con tanta fiereza, que llevan tras sí la corona y
hasta pedazos de carne, que se le habían pegado.
¿Y en qué pensabais, oh purísimo Jesús, al veros desnudo delante de tanta
muchedumbre?
–En ti pensaba, pecador; en los
pecados impuros que sin escrúpulos cometes; por ellos ofrecía al eterno
Padre esta confusión y suplicio tan atroz. Sabía cuánto te costaría
deshacerte de aquel mal hábito, privarte de aquel placer, romper con
aquella amistad criminal; por eso permití en mi cuerpo inocentísimo tan
horrible carnicería. –¡Oh inmensa caridad la tuya! ¡Oh negra ingratitud la
mía! Nunca más, Señor, renovar esas llagas con desenfrenada licencia,
nunca más pecar.
Undécima estación
Jesús clavado en la cruz
¿Quién de nosotros tendría valor para sufrir que le
atravesasen pies y manos con gruesos clavos? ¿Quién tendría ánimo para ver
así atormentado a su mayor enemigo? Pues este atroz tormento padece Jesús
por nuestro amor. Ya le tienden sobre el lecho del dolor; ya enclavan
aquella mano omnipotente, que había formado los cielos y la tierra; ya
brota un raudal de sangre; mas esto es poco. Encogido el cuerpo con el
frío y los tormentos, no llegaban la otra mano ni los pies al agujero
hecho de antemano en la cruz: los atan, pues, con cordeles y tiran con
inhumana crueldad, desencajando de su lugar aquellos huesos santísimos.
¡Qué dolor! ¡qué tormento! Todo lo contemplaba su Madre amantísima; ningún
alivio, ni una gota de agua puede dar a su Hijo: ¿y vive todavía? ¿Y no
muero yo de dolor, siendo mis pecados la causa de tanto tormento?
Duodécima estación
Jesús muriendo en la cruz
Contempla, cristiano, a esos dos malhechores
crucificados con el Señor. ¿Qué
maldades no habría hecho el buen ladrón?
Sin embargo, dice a Jesús: Acuérdate de mí cuando estuvieres en tu reino;
y al instante oye: Hoy estarás conmigo en el paraíso. ¡Qué bondad la de
Dios! ¡Cuán de pronto, pecador, recobrarías la amistad divina, si
quisieres arrepentirte de veras! Pero si dejas tu conversión para la
muerte, ¡ay! teme no te suceda lo que al mal ladrón. ¿Qué hombre tuvo
jamás mejor ocasión para convertirse? Dios derramaba su sangre por él;
tenía a los pies a la abogada de pecadores, María Santísima; a su lado
estaba Jesucristo, el sacerdote más celoso del mundo, para ayudarle a bien
morir; oye la exhortación de su compañero; ve toda la naturaleza
estremecida, y, sin embargo, muere como ha vivido; continúa blasfemando y
se condena eternamente. ¡Ah! no permitas, Jesús mío, que, sordo a tus
inspiraciones divinas, deje yo mi conversión para la muerte.
Decimatercia estación
Jesús muerto en los brazos de su madre
¡Ay! ¿Adónde iré, oh afligida Madre mía? Tu Hijo ha muerto, y mis pecados
son los verdugos que le enclavaron en cruz y le dieron muerte inhumana.
¡Ay infeliz de mí! ¡Yo he apagado la luz de tus ojos y acabado la alegría
de tu corazón! Sí, yo desfiguré ese rostro
hermosísimo; yo taladré esos
pies y manos que sostienen el firmamento; yo traspasé esa augusta cabeza y
abrí esas llagas; yo descoyunté y despedacé ese inocentísimo cuerpo que
tienes en tus brazos. ¡Ay! reo de tan enorme deicidio, ¿adónde iré? ¿Dónde
me ocultaré? Pero, por monstruosa que sea mi ingratitud, tú eres mi Madre
y yo soy tu hijo. Jesús acaba de traspasar en mí los derechos que tenía a
tu amor. Me arrojo, pues, en tus brazos con la más viva confianza. No me
desprecies, oh dulce refugio de pecadores arrepentidos; mírame con ojos de
bondad, y ampárame ahora y en el trance de la muerte.
Decimacuarta estación
Jesús puesto es el sepulcro
Contempla, alma cristiana, cómo José de Arimatea y
Nicodemus, postrados a los pies de María, le piden el dulce objeto de sus
caricias y, ungiéndole con preciosos aromas, le amortajan y ponen en un
sepulcro nuevo de piedra. ¡Ay! ¡Cuál sería el dolor de la Virgen! Sin duda
era grande como el mar su amargura, cuando vio a su Hijo ensangrentado,
enclavando y expirando en un patíbulo infame; pero a lo menos le veía, tal
vez le abrazaba y lavaba con sus lágrimas. Mas ahora, oh angustiada
Señora, una losa te priva de este último consuelo. ¡Oh sepulcro
afortunado! ya que encierras el adorado cuerpo del Hijo y el purísimo
corazón de la Madre, guarda también con esas prendas riquísimas el pobre
corazón mío. Sea éste, Dios mío, el sepulcro donde descanséis; sean los
puros afectos de mi alma los lienzos que os envuelvan y los aromas que os
recreen. En fin, muera yo al mundo, a sus pompas y vanidades, para que
viviendo según el espíritu de Jesús, resucite y triunfe glorioso con Él
por siglos infinitos.. Amén.
|