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En otro lugar de este número
de Miscelánea Calasanz calificábamos el año de 1968 como “fatal”.
Ciertamente, no nos excedíamos un punto; como que ya en ese mismo año de
1968 el papa Pablo VI hablaba de autodemolición y señalaba cómo, en
vez de las jornadas soleadas para la Iglesia que se esperaban tras el
Concilio, “había
llegado un día de nubes, de tempestad, de sombra, de búsqueda e
incertidumbre”.
Pero dejemos la palabra a una pluma acreditada, que no somos nosotros
nadie para dar explicaciones. Y ninguna mejor que la del
profesor doctor fray Pedro Fernández Rodríguez, O.P., sacerdote desde
1963. Su reflexión en torno
al significado y trascendencia del 68, llevada a cabo cuando se cumplían
treinta años, que aquí presentamos al lector de nuestra revista, tiene un
alto valor y sigue, diez años después, vigente en muchos aspectos.
Los títulos y trabajos que
avalan al profesor salmanticense no son
pocos: doctor en Teología por la Universidad de Santo Tomás y licenciado en Filosofía
por la Universidad de Valencia; profesor en las
Facultades de Teología San Esteban (Salamanca) y San Dámaso (Madrid);
miembro del Departamento de Teología práctica; postulador de las Causas de
Canonización de los Siervos de Dios
Mons.
Luis María Martínez y María Angélica Álvarez Icaza; penitenciario
ordinario en la Basílica de Santa María la Mayor (Roma).
Sus libros más recientes son:
El sacramento de la Penitencia: teología del pecado y del perdón
(2000), A las fuentes de la sacramentología cristiana: la humanidad de
Cristo en la Iglesia (2004), Biografía de un hombre providencia:
Mons. Luis María Martínez (2005), Introducción a la liturgia:
conocer y celebrar (2005), Sacramento del orden: estudio teológico:
vida y santidad del sacerdote ordenado (2007).
El texto, que lleva el título
de “Memoria e historia, 1968-1998” y se presenta como editorial del
número, se hallará en la
revista Vida sobrenatural. Revista de teología mística, año 78,
septiembre-octubre 1998, n.º 599, Salamanca, San Esteban, 1998, págs. 321
y ss.
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La
conmemoración del 30 aniversario de la revolución de 1968, cuyas
consecuencias todavía estamos viviendo, nos invita a reflexionar sobre
aquel fenómeno cultural en orden a conocer mejor lo sucedido durante el
pontificado de Pablo VI. Para mí es una necesidad, pues es el
acontecimiento que ha marcado a mi generación, a la que pertenecen los
profesores y formadores del posconcilio, responsables de la ruptura
generacional entonces consumada, cuando se desplazó violentamente a
nuestros progenitores. En España se ha escrito poco sobre esta efemérides,
reflejo de la situación de postración cultural y religiosa en la que nos
hallamos, pero en Italia se ha escrito más, consecuencia también de una
mayor presencia cultural y religiosa de la Iglesia en la sociedad y de una
mayor organización social de los católicos en la vida pública, como
aparece en la defensa de la vida, de la familia y de la escuela cristiana.
Primero, advertir los hechos
A
finales de los años 60 y principios de los 70 nos encontramos con el
momento más conflictivo vivido por mi generación, donde lo más
sobresaliente fue la carencia de un verdadero discernimiento sobre lo que
estaba pasando y sobre sus consecuencias. He aquí algunos de los hechos
que han supuesto un cambio ideológico enorme en el pensamiento de muchos
católicos: el mayo francés del 68 con las barricadas en el barrio latino;
el impulso
asambleario de estudiantes y obreros; los miles de jóvenes
asesinados en la Plaza de las Tres Culturas en la Ciudad de México, cuyos
cuerpos fueron arrojados al golfo; el aplastamiento de la libertad por los
tanques rusos en Praga; la guerra del Vietnam; las campañas sociales en
los años setenta en pro de la banalización de la familia, de los padres y
del matrimonio con el divorcio y el aborto en Italia o los silencios
masivos antes estos fenómenos en España; la lectura marxista del
evangelio; el terrorismo gestado a veces en asociaciones y seminarios
católicos; la crisis de los seminarios y división de las comunidades; el
catecismo holandés; la desacralización de la liturgia (el abandono de la
confesión); los movimientos en contra del celibato y en pro del sacerdocio
de la mujer, el permisivismo moral en muchos consagrados, etc.
¿Por qué el deseado cambio
cultural del 68 terminó generando la utopía eclesial del posconcilio? Se
ha clasificado el 68 como una revolución sin programa de futuro, donde se
rechazaba la situación sin proponer nada a cambio. El triunfo del deseo
sobre la realidad en la revolución contracultural del 68 fue patente en
aquellas conocidas frases lúdicas e imaginativas: “todos
tienen derecho a todo”; “sed
realistas, pedid lo imposible”; “la
imaginación al poder”; “prohibido
prohibir”; “el
derecho al placer”; “tomad
vuestros deseos por realidad”,
etc. Tal vez lo que más caracterizó el momento fue un liberalismo
concretado en el triunfo del yo, como aparece en movimientos como el
hedonismo y el feminismo, etc., cuyo resultado fue un antagonismo radical
al sistema heredado, por ejemplo, a los valores morales transmitidos por
la tradición cristiana.
El Vaticano no fue capaz de
encauzar o al menos impedir que aquella revolución penetrara en la
Iglesia, originando lo que se ha llamado la descomposición del catolicismo
llevada a cabo por los católicos contestatarios. ¿No se pecó entonces de
optimismo ingenuo? La Encíclica Humanae Vitae (1968), los 69
discursos pronunciados por el papa
Montini sobre la contestación en la
Iglesia en sólo treinta meses, el anuncio gozoso del encuentro de las
reliquias de San Pedro en las criptas Vaticanas, el nuevo Credo del Pueblo
de Dios, etc. no fueron datos suficientes para desvirtuar la fuerza
devastadora del 68 en la Iglesia. En fin, hay momentos en los cuales no
basta hablar, es preciso actuar con firmeza y clarividencia. La sorpresa o
la admiración generosa, pero acrítica, ante la novedad del 68, fue la
tumba de muchos cristianos, seglares, religiosos y sacerdotes. Todo entra
en los planes providenciales de Dios, también lo sucedido en la Iglesia en
el inmediato posconcilio y con ello algo tiene que ver el tercer secreto
de la Virgen de Fátima.
Segundo, analizar los hechos
¿Qué
pasó para que jóvenes católicos de buena fe a los pocos meses fueron
dominados por la cultura marxista? Muchos católicos instrumentalizaron el
Concilio realizando una profunda autocrítica de la Iglesia. El único
vocabulario entonces existente para hacer oposición era el marxista y los
católicos se pusieron a estudiar el marxismo y comenzaron a articular su
sensibilidad por el cambio en un contexto ajeno a la tradición de la
Iglesia. Así nacieron las teologías de la liberación, en las cuales la
lucha política por el mejoramiento de las condiciones sociales
convirtieron en algo irrelevante el reino de Dios; así se comenzó a
valorar la solidariedad, mas se dejó de pensar en la caridad; se olvidó la
vida eterna y la salvación se transformó en mero compromiso mundano. El 68
para los católicos supuso la pérdida de su identidad cristiana, al olvidar
la dimensión litúrgica y transcendente de la fe. ¿Cuál fue la trampa? La
confusión entre fe y política, pensando que la política era el medio para
vivir la caridad y practicar la justicia, hizo que la política sustituyera
a la fe. El reino de Dios no se identifica sin más con la justicia
terrena, pues la salvación cristiana tiene algo no reducible al compromiso
humano. Este es el criterio para poder hablar de cristianismo y no de
gnosticismo.
El mito revolucionario del 68,
en el contexto de la lectura marxista de la historia, provocó la gran
utopía cristiana que llevó a un cristianismo sin Iglesia y a unos
cristianos sin fe. Curiosamente los promotores de esta revolución fueron
católicos en nombre de una realidad cristiana radical e inquieta; pero
¿quiénes fueron sus inspiradores? ¿Cómo llegó a la Iglesia este fenómeno
cultural que estamos describiendo? Hay que constatar que la Iglesia
entonces, recién terminado el Concilio, no atendió suficientemente a las
élites culturales dominadas entonces por el pensamiento marxista y
anticlerical. El pensamiento oficial de la inmediata Iglesia posconciliar,
cultivada por el diálogo y carente de una presencia compacta en la
cultura, sufrió las consecuencias nefastas del pensamiento
instrumentalizado del Che Guevara, Camilo Torres, Lorenzo Milani, Harvey
Cox, Thomas Merton, Helder Cámara, es decir, personas que transmitían el
sueño de una utopía. La lógica marxista terminó dominando el movimiento
del 68. Más tarde, y gracias a Dios, se descubrió la mentira, cuando se
produjo la caída del muro de Berlín en 1989 y se pudo conocer la
inevitable descomposición del marxismo, tal como aparece en el “Libro
Negro del Comunismo”.
Incluso, algunos han visto las
raíces católicas del 68 en el atormentado debate sobre la nueva teología
entre Henri de Lubac y Reginaldo Garrigou Lagrange en torno a la
distinción entre lo temporal y lo espiritual y sus consecuencias
socio-políticas. Libros famosos como El Humanismo Integral (1936)
de J. Maritain y Sobrenatural (1946) de H. de Lubac nos permiten
interpretar el fenómeno del 68 como una relectura del conflicto entre
gracia y naturaleza; este problema se acentuó en la Iglesia posconciliar
con la enorme influencia del pensamiento de Karl Rahner, con su reflexión
utópica sobre el existencial sobrenatural, que ha cambiado el sentido de
la presencia de la Iglesia en el mundo, llevando
la crisis a realidades
como las misiones, el sentido evangelizador del cristiano y la celebración
litúrgica. Quien quiera interpretar la realidad actual en la Iglesia
católica deberá acercarse al pensamiento de Rahner. ¿Acaso el problema
actual más grande en la Iglesia no es el relativismo ideológico como se
manifiesta, por ejemplo, en el diálogo interreligioso? Si todo es gracia,
si todas las religiones son buenas, si hay cristianos anónimos, entonces
¿para qué evangelizar? ¿para qué sacrificarse y rezar? ¿para qué entrar en
un convento? El 68 para la Iglesia fue utopía y subversión; su herencia
fue una sociedad huérfana.
Tercero, la vida nos enseña a
saber actuar
Es
verdad que hay un renacer no generalizado de valores como la familia y la
religión, y también se advierte como algo masivo en nuestro tiempo la
multiplicación de las ONG, la solidariedad o el voluntariado, que se
interpretan como una autodefensa de la sociedad en medio de tanta
fragmentación. Ahora bien, todos sabemos que estas realidades necesitan un
discernimiento, pues la familia es a veces un mero espacio protector para
muchos adultos incapaces de enfrentarse con la vida, el despertar
religioso es bastante ambiguo y la solidariedad, un valor humano
estupendo, nunca podrá caracterizar la misión de la Iglesia en este mundo.
¿Acaso no es triste advertir que la sociedad española hoy valora a la
Iglesia sobre todo por su presencia solidaria ante los necesitados?
El objetivo del 68 era lograr
el aggiornamento de la Iglesia en nombre de la aplicación del Concilio
Vaticano II, mas después de tres décadas, ¿qué es lo que queda de todo
esto? El triunfo del individuo como espontaneidad y juego; el impulso a
vivir el presente. Mas las palabras son piedras y cuando se radicalizan
aplastan. Después de 30 años nos encontramos con un buen deseo frustrado y
con el abandono masivo de la iglesia y con una sociedad muy radicalizada.
Es triste ver cómo las grandes órdenes religiosas están en su mayor parte
corrompidas por estas ideologías. ¿Por qué lo que se anunciaba como
primavera conciliar terminó en un invierno yermo, donde el primer efecto
fue la paradoja de la rebelión de los hijos contra sus padres? En realidad
lo que sucedió, después de aquel grito más de una vez escuchado “Concilio
traicionado”,
fue una instrumentalización del Concilio Vaticano II y la rendición a la
ideología marxista. La contestación católica pensó ser la vanguardia
cristiana, mientras la opción por los pobres en la forma iberoamericana,
una realidad compleja de crítica al poder y de los pobres como clase o
fuerza social, simplificó las cosas.
Cierto, los católicos hemos
madurado, pero a base de asumir las consecuencias de tantos pecados, tanta
violencia, tanta banalidad; las comunidades religiosas se renovarán, mas a
base de llevar sobre sus espaldas los efectos de agresividades acumuladas
durante años, que han destrozado tantas personas y fragmentado muchas
comunidades. Quizás lo más pesado de todo será cargar con la frustración
de haber querido experimentar el misterio de la gracia a bajo precio, y
haber confundido los nuevos cielos y la nueva tierra con un bienestar
social y personal terreno y mundano. Por ejemplo, el diálogo
católico-marxista consiguió que la cultura de un partido de izquierda se
convirtiera gracias al 68 en la cultura hegemónica de naciones otrora
católicas, como España e Italia.
Ahora bien, la generación del
68, que todavía permanecerá en el poder unos 10 años, pronto será
sustituida por esa nueva juventud que se está preparando ahora en algunos
movimientos eclesiales, seminarios y algunas congregaciones religiosas
nuevas, donde comienzan a salir ya los católicos influyentes del mañana,
que no estarán marcados por las cicatrices culturales del 68. La verdadera
primavera del Concilio no fue el 68, sino los frutos de los Movimientos
Eclesiales sembrados por el Espíritu Santo como un nuevo y permanente
Pentecostés en la Iglesia del inmediato posconcilio en orden a
contrarrestar las consecuencias nefastas de las lágrimas y las
frustraciones del desencanto posconciliar.
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