MEMORIA E HISTORIA, 1968-1998

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febrero 08

 

En otro lugar de este número de Miscelánea Calasanz calificábamos el año de 1968 como fatal. Ciertamente, no nos excedíamos un punto; como que ya en ese mismo año de 1968 el papa Pablo VI hablaba de autodemolición y señalaba cómo, en vez de las jornadas soleadas para la Iglesia que se esperaban tras el Concilio, había llegado un día de nubes, de tempestad, de sombra, de búsqueda e incertidumbre. Pero dejemos la palabra a una pluma acreditada, que no somos nosotros nadie para dar explicaciones. Y ninguna mejor que la del profesor doctor fray Pedro Fernández Rodríguez, O.P., sacerdote desde 1963. Su reflexión en torno al significado y trascendencia del 68, llevada a cabo cuando se cumplían treinta años, que aquí presentamos al lector de nuestra revista, tiene un alto valor y sigue, diez años después, vigente en muchos aspectos.

Los títulos y trabajos que avalan al profesor salmanticense no son pocos: doctor en Teología por la Universidad de Santo Tomás y licenciado en Filosofía por la Universidad de Valencia; profesor en las Facultades de Teología San Esteban (Salamanca) y San Dámaso (Madrid); miembro del Departamento de Teología práctica; postulador de las Causas de Canonización de los Siervos de Dios Fray Pedro Fernández Rodríguez, O.P.Mons. Luis María Martínez y María Angélica Álvarez Icaza; penitenciario ordinario en la Basílica de Santa María la Mayor (Roma).

Sus libros más recientes son: El sacramento de la Penitencia: teología del pecado y del perdón (2000), A las fuentes de la sacramentología cristiana: la humanidad de Cristo en la Iglesia (2004), Biografía de un hombre providencia: Mons. Luis María Martínez (2005), Introducción a la liturgia: conocer y celebrar (2005), Sacramento del orden: estudio teológico: vida y santidad del sacerdote ordenado (2007).

El texto, que lleva el título de Memoria e historia, 1968-1998 y se presenta como editorial del número, se hallará en la revista Vida sobrenatural. Revista de teología mística, año 78, septiembre-octubre 1998, n.º 599, Salamanca, San Esteban, 1998, págs. 321 y ss.

 

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La conmemoración del 30 aniversario de la revolución de 1968, cuyas consecuencias todavía estamos viviendo, nos invita a reflexionar sobre aquel fenómeno cultural en orden a conocer mejor lo sucedido durante el pontificado de Pablo VI. Para mí es una necesidad, pues es el acontecimiento que ha marcado a mi generación, a la que pertenecen los profesores y formadores del posconcilio, responsables de la ruptura generacional entonces consumada, cuando se desplazó violentamente a nuestros progenitores. En España se ha escrito poco sobre esta efemérides, reflejo de la situación de postración cultural y religiosa en la que nos hallamos, pero en Italia se ha escrito más, consecuencia también de una mayor presencia cultural y religiosa de la Iglesia en la sociedad y de una mayor organización social de los católicos en la vida pública, como aparece en la defensa de la vida, de la familia y de la escuela cristiana.

Primero, advertir los hechos

A finales de los años 60 y principios de los 70 nos encontramos con el momento más conflictivo vivido por mi generación, donde lo más sobresaliente fue la carencia de un verdadero discernimiento sobre lo que estaba pasando y sobre sus consecuencias. He aquí algunos de los hechos que han supuesto un cambio ideológico enorme en el pensamiento de muchos católicos: el mayo francés del 68 con las barricadas en el barrio latino; el impulso Tanque militar ante una protesta estudiantil. México, octubre 1968asambleario de estudiantes y obreros; los miles de jóvenes asesinados en la Plaza de las Tres Culturas en la Ciudad de México, cuyos cuerpos fueron arrojados al golfo; el aplastamiento de la libertad por los tanques rusos en Praga; la guerra del Vietnam; las campañas sociales en los años setenta en pro de la banalización de la familia, de los padres y del matrimonio con el divorcio y el aborto en Italia o los silencios masivos antes estos fenómenos en España; la lectura marxista del evangelio; el terrorismo gestado a veces en asociaciones y seminarios católicos; la crisis de los seminarios y división de las comunidades; el catecismo holandés; la desacralización de la liturgia (el abandono de la confesión); los movimientos en contra del celibato y en pro del sacerdocio de la mujer, el permisivismo moral en muchos consagrados, etc.

¿Por qué el deseado cambio cultural del 68 terminó generando la utopía eclesial del posconcilio? Se ha clasificado el 68 como una revolución sin programa de futuro, donde se rechazaba la situación sin proponer nada a cambio. El triunfo del deseo sobre la realidad en la revolución contracultural del 68 fue patente en aquellas conocidas frases lúdicas e imaginativas: todos tienen derecho a todo; sed realistas, pedid lo imposible; la imaginación al poder; prohibido prohibir; el derecho al placer; tomad vuestros deseos por realidad, etc. Tal vez lo que más caracterizó el momento fue un liberalismo concretado en el triunfo del yo, como aparece en movimientos como el hedonismo y el feminismo, etc., cuyo resultado fue un antagonismo radical al sistema heredado, por ejemplo, a los valores morales transmitidos por la tradición cristiana.

El Vaticano no fue capaz de encauzar o al menos impedir que aquella revolución penetrara en la Iglesia, originando lo que se ha llamado la descomposición del catolicismo llevada a cabo por los católicos contestatarios. ¿No se pecó entonces de optimismo ingenuo? La Encíclica Humanae Vitae (1968), los 69 discursos pronunciados por el papa Pablo VI (1963-1978), quien ya echó de ver que no florecía la esperada primavera en la IglesiaMontini sobre la contestación en la Iglesia en sólo treinta meses, el anuncio gozoso del encuentro de las reliquias de San Pedro en las criptas Vaticanas, el nuevo Credo del Pueblo de Dios, etc. no fueron datos suficientes para desvirtuar la fuerza devastadora del 68 en la Iglesia. En fin, hay momentos en los cuales no basta hablar, es preciso actuar con firmeza y clarividencia. La sorpresa o la admiración generosa, pero acrítica, ante la novedad del 68, fue la tumba de muchos cristianos, seglares, religiosos y sacerdotes. Todo entra en los planes providenciales de Dios, también lo sucedido en la Iglesia en el inmediato posconcilio y con ello algo tiene que ver el tercer secreto de la Virgen de Fátima.

Segundo, analizar los hechos

¿Qué pasó para que jóvenes católicos de buena fe a los pocos meses fueron dominados por la cultura marxista? Muchos católicos instrumentalizaron el Concilio realizando una profunda autocrítica de la Iglesia. El único vocabulario entonces existente para hacer oposición era el marxista y los católicos se pusieron a estudiar el marxismo y comenzaron a articular su sensibilidad por el cambio en un contexto ajeno a la tradición de la Iglesia. Así nacieron las teologías de la liberación, en las cuales la lucha política por el mejoramiento de las condiciones sociales convirtieron en algo irrelevante el reino de Dios; así se comenzó a valorar la solidariedad, mas se dejó de pensar en la caridad; se olvidó la vida eterna y la salvación se transformó en mero compromiso mundano. El 68 para los católicos supuso la pérdida de su identidad cristiana, al olvidar la dimensión litúrgica y transcendente de la fe. ¿Cuál fue la trampa? La confusión entre fe y política, pensando que la política era el medio para vivir la caridad y practicar la justicia, hizo que la política sustituyera a la fe. El reino de Dios no se identifica sin más con la justicia terrena, pues la salvación cristiana tiene algo no reducible al compromiso humano. Este es el criterio para poder hablar de cristianismo y no de gnosticismo.

El mito revolucionario del 68, en el contexto de la lectura marxista de la historia, provocó la gran utopía cristiana que llevó a un cristianismo sin Iglesia y a unos cristianos sin fe. Curiosamente los promotores de esta revolución fueron católicos en nombre de una realidad cristiana radical e inquieta; pero ¿quiénes fueron sus inspiradores? ¿Cómo llegó a la Iglesia este fenómeno cultural que estamos describiendo? Hay que constatar que la Iglesia entonces, recién terminado el Concilio, no atendió suficientemente a las élites culturales dominadas entonces por el pensamiento marxista y anticlerical. El pensamiento oficial de la inmediata Iglesia posconciliar, cultivada por el diálogo y carente de una presencia compacta en la cultura, sufrió las consecuencias nefastas del pensamiento instrumentalizado del Che Guevara, Camilo Torres, Lorenzo Milani, Harvey Cox, Thomas Merton, Helder Cámara, es decir, personas que transmitían el sueño de una utopía. La lógica marxista terminó dominando el movimiento del 68. Más tarde, y gracias a Dios, se descubrió la mentira, cuando se produjo la caída del muro de Berlín en 1989 y se pudo conocer la inevitable descomposición del marxismo, tal como aparece en el Libro Negro del Comunismo.

Incluso, algunos han visto las raíces católicas del 68 en el atormentado debate sobre la nueva teología entre Henri de Lubac y Reginaldo Garrigou Lagrange en torno a la distinción entre lo temporal y lo espiritual y sus consecuencias socio-políticas. Libros famosos como El Humanismo Integral (1936) de J. Maritain y Sobrenatural (1946) de H. de Lubac nos permiten interpretar el fenómeno del 68 como una relectura del conflicto entre gracia y naturaleza; este problema se acentuó en la Iglesia posconciliar con la enorme influencia del pensamiento de Karl Rahner, con su reflexión utópica sobre el existencial sobrenatural, que ha cambiado el sentido de la presencia de la Iglesia en el mundo, llevando El influyente teólogo jesuita Karl Rahner (1904-1984)la crisis a realidades como las misiones, el sentido evangelizador del cristiano y la celebración litúrgica. Quien quiera interpretar la realidad actual en la Iglesia católica deberá acercarse al pensamiento de Rahner. ¿Acaso el problema actual más grande en la Iglesia no es el relativismo ideológico como se manifiesta, por ejemplo, en el diálogo interreligioso? Si todo es gracia, si todas las religiones son buenas, si hay cristianos anónimos, entonces ¿para qué evangelizar? ¿para qué sacrificarse y rezar? ¿para qué entrar en un convento? El 68 para la Iglesia fue utopía y subversión; su herencia fue una sociedad huérfana.

Tercero, la vida nos enseña a saber actuar

Es verdad que hay un renacer no generalizado de valores como la familia y la religión, y también se advierte como algo masivo en nuestro tiempo la multiplicación de las ONG, la solidariedad o el voluntariado, que se interpretan como una autodefensa de la sociedad en medio de tanta fragmentación. Ahora bien, todos sabemos que estas realidades necesitan un discernimiento, pues la familia es a veces un mero espacio protector para muchos adultos incapaces de enfrentarse con la vida, el despertar religioso es bastante ambiguo y la solidariedad, un valor humano estupendo, nunca podrá caracterizar la misión de la Iglesia en este mundo. ¿Acaso no es triste advertir que la sociedad española hoy valora a la Iglesia sobre todo por su presencia solidaria ante los necesitados?

El objetivo del 68 era lograr el aggiornamento de la Iglesia en nombre de la aplicación del Concilio Vaticano II, mas después de tres décadas, ¿qué es lo que queda de todo esto? El triunfo del individuo como espontaneidad y juego; el impulso a vivir el presente. Mas las palabras son piedras y cuando se radicalizan aplastan. Después de 30 años nos encontramos con un buen deseo frustrado y con el abandono masivo de la iglesia y con una sociedad muy radicalizada. Es triste ver cómo las grandes órdenes religiosas están en su mayor parte corrompidas por estas ideologías. ¿Por qué lo que se anunciaba como primavera conciliar terminó en un invierno yermo, donde el primer efecto fue la paradoja de la rebelión de los hijos contra sus padres? En realidad lo que sucedió, después de aquel grito más de una vez escuchado Concilio traicionado, fue una instrumentalización del Concilio Vaticano II y la rendición a la ideología marxista. La contestación católica pensó ser la vanguardia cristiana, mientras la opción por los pobres en la forma iberoamericana, una realidad compleja de crítica al poder y de los pobres como clase o fuerza social, simplificó las cosas.

Cierto, los católicos hemos madurado, pero a base de asumir las consecuencias de tantos pecados, tanta violencia, tanta banalidad; las comunidades religiosas se renovarán, mas a base de llevar sobre sus espaldas los efectos de agresividades acumuladas durante años, que han destrozado tantas personas y fragmentado muchas comunidades. Quizás lo más pesado de todo será cargar con la frustración de haber querido experimentar el misterio de la gracia a bajo precio, y haber confundido los nuevos cielos y la nueva tierra con un bienestar social y personal terreno y mundano. Por ejemplo, el diálogo católico-marxista consiguió que la cultura de un partido de izquierda se convirtiera gracias al 68 en la cultura hegemónica de naciones otrora católicas, como España e Italia.

Ahora bien, la generación del 68, que todavía permanecerá en el poder unos 10 años, pronto será sustituida por esa nueva juventud que se está preparando ahora en algunos movimientos eclesiales, seminarios y algunas congregaciones religiosas nuevas, donde comienzan a salir ya los católicos influyentes del mañana, que no estarán marcados por las cicatrices culturales del 68. La verdadera primavera del Concilio no fue el 68, sino los frutos de los Movimientos Eclesiales sembrados por el Espíritu Santo como un nuevo y permanente Pentecostés en la Iglesia del inmediato posconcilio en orden a contrarrestar las consecuencias nefastas de las lágrimas y las frustraciones del desencanto posconciliar.

 

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