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Con la claridad que acostumbra, traza Menéndez Pelayo, en su Historia
de las ideas estéticas en España, t. V, Santander, Consejo Superior de
Investigaciones Científicas, 1940, págs. 40-41, la personalidad y el
fundamento de la filosofía de Lamennais en los términos que siguen: "Fue
Lamennais (1782-1854), en el primero como en el segundo período de su vida
filosófica y religiosa, un alma de fuego y de lava, un espíritu absoluto y
extremoso, encarnizado y violento así en el amor como en el odio, propenso
a la declamación y al énfasis, pero sincero en medio de la declamación más
absurda. Tribuno católico o tribuno demagógico, fue la pasión del momento
su inspiración y su musa, la invectiva su genio, la intolerancia su
fuerza. Había mezclados en él un orador, un poeta, y también un filósofo,
si bien los dos primeros rara vez dejaron al último levantar la voz.
Enemigo acérrimo de la razón humana primero, pasó luego a adorar en ella
con el mismo furor con que la había atacado; pero en el fondo nunca fue
racionalista de la razón individual, sino de la razón colectiva. El gran
error filosófico de su temporada católica, el tradicionalismo llevado a
sus últimos límites, sirve, si bien se mira, para soldar las dos épocas, a
primera vista tan desemejantes e irreconciliables, de su pensamiento.
Lamennais había comenzado por asirse a la tabla del consentimiento
común, y buscar en él la sanción de las más altas verdades, anulando
los derechos de la conciencia individual en aras de cierta conciencia
universal, formada por la tradición y el unánime sentir de los pueblos. De
esta demagogia filosófica, predicada a nombre del principio de autoridad
en el Ensayo sobre la Indiferencia, no era difícil el tránsito a
otro género de demagogia, en cuanto la Iglesia rehusara aceptar la
complicidad de semejante suicidio intelectual, de tan radical
escepticismo, de tan absurda violación de las leyes del pensamiento. Y
entonces Lamennais pasó sin transiciones, pero no sin lógica, a la
doctrina que hace arrancar del sufragio de las muchedumbres la potestad y
la razón, la verdad social y el orden jurídico. No bastan las condiciones
del carácter de Lamennais, áspero, orgulloso y sombrío, para explicar su
caída. Hubo en él una crisis moral, de que los Affaires de Rome dan
testimonio; pero no hubiera bastado ella sola para lanzarle en un día
desde el Ensayo hasta las Palabras de un Creyente, si
en su pensamiento no hubiesen preexistido los gérmenes de una evolución
que necesariamente había de cumplirse el día en que subiesen del corazón a
la cabeza las nieblas de la pasión y del encono".
Así, nada nos extraña el extravío teológico que le lleva a separarse de la
Iglesia, toda vez que, como afirma Jaime Balmes en su Filosofía
elemental, capítulo LX de su "Historia", en que trata de este autor,
"el sistema del consentimiento común lleva derechamente al escepticismo, y
lejos de afirmar la
religión la destruye". Empezando, pues, por ser un ardiente defensor de la
Iglesia, acabó Lamennais en sus Discussions critiques por mostrar
abierta enemistad al dogma católico.
Le cupo a Lamennais el dudoso honor de ser condenado por la Iglesia, lo
que corrió a cargo de Gregorio XVI en su Encíclica Mirari vos, de
1832, sobre el indiferentismo, en que se condenan las teorías de la
separación absoluta entre la Iglesia y el Estado, aunque no menciona
explícitamente a nuestro filósofo; y, más adelante, en 1834, en la
Encíclica Singulari nos del mismo Pontífice.
Es el libro Palabras de un creyente (Paroles d'un croyant,
1834) obra que predica la revolución universal. Está, pues, muy lejos de
la doctrina de la Iglesia y justamente condenado. De él, el ya mencionado
Gregorio XVI dijo que era "libro pequeño en volumen, enorme en
perversidad". Y, en nota a pie de página, queda calificado de "infame" en
el Denzinger. Con todo, no nos resistimos a traer a este número de
Miscelánea Calasanz el texto que sigue, correspondiente al capítulo
XXIII. Estamos convencidos de que, aunque vencido por la soberbia,
Lamennais fue sincero consigo mismo.
Literariamente, el libro es excepcional, como de quien puede ser
considerado como extraordinario poeta en prosa, el mejor que dio el país
vecino en el siglo XVIII junto con Chateaubriand. No en vano traspasa
Lamennais a estas páginas el estilo cuajado de sugestivas imágenes que
había aprendido en la Biblia.
Ofrecemos a dos columnas el texto francés, que tomamos de Lamennais,
Paroles d'un croyant seguido de Divers écrits pour le peuple,
introduction par Alfhonse Séché, Paris, Nelson, s.a. (ca. 1920), y la
versión española que hizo Larra, la cual hemos hallado digitalizada en la
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
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Seigneur, nous crions vers vous du fond de notre misère.
Comme les animaux qui manquent de pâture pour donner à leurs petits,
Nous crions vers vous, Seigneur.
Comme la brebis à qui on enlève son agneau,
Nous crions vers vous, Seigneur.
Comme la colombe que saisit le vautour,
Nous crions vers vous, Seigneur.
Comme la gazelle sous la griffe du tigre,
Nous crions vers vous, Seigneur.
Comme le taureau épuisé de fatigue et ensanglanté par l’aiguillon,
Nous crions vers vous, Seigneur.
Comme l’oiseau blessé que le chien poursuit,
Nous crions vers vous, Seigneur.
Comme l'hirondelle tombée de lassitude en traversant les mers, et se
débattant sur la vague,
Nous crions vers vous, Seigneur.
Comme des voyageurs égarés dans un désert brûlant et sans eau,
Nous crions vers vous, Seigneur.
Comme des naufragés sur une côte stérile,
Nous crions vers vous, Seigneur.
Comme celui qui, à l’heure où la nuit se fait, rencontre près d’un
cimetière un spectre hideux,
Nous crions vers vous, Seigneur.
Comme le père à qui l’on ravit le morceau de pain qu’il portait à ses
enfants affamés,
Nous crions vers vous, Seigneur.
Comme le prisonnier que le puissant injuste a jeté dans un cachot humide
et ténébreux,
Nous crions vers vous, Seigneur.
Comme l’esclave déchiré par le fouet du maître,
Nous crions vers vous, Seigneur.
Comme l’innocent qu’on mène au supplice,
Nous crions vers vous, Seigneur.
Comme le peuple d’Israël dans la terre de servitude,
Nous crions vers vous, Seigneur.
Comme les descendants de Jacob dont le roi d’Égypte faisait noyer dans le
Nil les fils premiers-nés,
Nous crions vers vous, Seigneur.
Comme les douze tribus dont les oppresseurs augmentaient tous les jours
les travaux, en retranchant chaque jour quelque chose de leur nourriture,
Nous crions vers vous, Seigneur.
Comme toutes les nations de la terre, avant qu’eût lui l’aurore de la
délivrance,
Nous crions vers vous, Seigneur.
Comme le Christ sur la croix, lorsqu’il dit : Mon Père, mon Père, pourquoi
m’avez-vous délaissé?
Nous crions vers vous, Seigneur.
O Père! vous n'avez point délaissé votre fils, votre Christ, si ce n'est
en apparence et pour un moment; vous ne délaisserez point non plus jamais
les frères du Christ. Son divin sang, qui les a rachetés de l'esclavage du
Prince de ce monde, les rachètera aussi de l'esclavage des ministres du
Prince de ce monde. Voyez leurs pieds et leurs mains percés, leur côté
ouvert, leur tête couverte de plaies sanglants. Sous la terre que vous
leur aviez donnée pour héritage, on leur a creusé un vaste sépulcre, et on
les y a jetés pêle-mêle, et on en a scellé la pierre d'un sceau sur lequel
on a, par moquerie, gravé votre saint nom. Et ainsi, Seigneur, ils sont là
gisants; mais ils n'y seront pas éternellement. Encore trois jours, et le
sceau sacrilège sera brisé, et la pierre sera brisée, et ceux qui dorment
se réveilleront, et le règne du Christ, qui est en justice et charité, et
paix et loie dans l'Esprit-Saint, commencera. Ainsi soit-il.
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Señor,
nosotros recurrimos a vos desde el abismo de nuestra miseria.
Como
los animales, que no tienen que dar a sus pequeños,
Recurrimos a vos, Señor.
Como la
oveja a quien robaron su cordero,
Recurrimos a vos, Señor.
Como la
paloma sorprendida por el sacre,
Recurrimos a vos, Señor.
Como el
gamo entre las garras del tigre,
Recurrimos a vos, Señor.
Como el
toro vencido del cansancio y ensangrentado por el arpón,
Recurrimos a vos, Señor.
Como el
pájaro herido y perseguido por el perro,
Recurrimos a vos, Señor,
Como la
golondrina rendida a la fatiga al cruzar los mares, y palpitante sobre las
olas,
Recurrimos a vos, Señor.
Como
viajeros extraviados en un desierto abrasado y sin agua,
Recurrimos a vos, Señor.
Como
náufragos en playa estéril,
Recurrimos a vos, Señor.
Como
aquel que, cerrada ya la noche, encuentra junto a un cementerio un
espectro repugnante,
Recurrimos a vos, Señor.
Como el
padre a quien le arrebatan el pedazo de pan que llevaba a sus hijos
hambrientos,
Recurrimos a vos, Señor.
Como el
preso, a quien injusto poderoso lanzó en calabozo húmedo y sombrío,
Recurrimos a vos, Señor.
Como el
esclavo destrozado por el azote del amo,
Recurrimos a vos, Señor.
Como el
inocente arrastrado al cadalso,
Recurrimos a vos, Señor.
Como el
pueblo de Israel en la tierra de esclavitud,
Recurrimos a vos, Señor.
Como
los descendientes de Jacob, cuyos primogénitos ahogaba el rey de Egipto en
el Nilo.
Recurrimos a, vos, Señor.
Como
las doce tribus, cuyo trabajo aumentaban diariamente sus opresores,
cercenándoles a la vez el alimento,
Recurrimos a vos, Señor.
Como
todas las naciones de la tierra, antes de que hubiese lucido la aurora de
redención,
Recurrimos a vos, Señor.
Como el
Cristo enclavado en la cruz, cuando dijo: Padre, Padre, ¿por qué me habéis
abandonado?
Recurrimos a vos, Señor.
Señor,
vos no habéis desamparado a vuestro hijo, a vuestro Cristo, sino en la
apariencia y por breve espacio: tampoco desampararéis para siempre jamás a
los hermanos del Cristo. Su divina sangre, que los ha rescatado de la
esclavitud en que el príncipe de este mundo los tenía, los redimirá
también de la esclavitud en que los tienen los ministros del príncipe de
este mundo. Ved sus pies y sus manos taladradas, abierto su costado y
cubierta su cabeza de sangrientas llagas. Dentro de la tierra misma que en
herencia les dejaste, hanles ahondado un vasto sepulcro, donde los han
arrojado confundidos, y han sellado la losa con un sello, en el cual, por
sarcasmo, han osado grabar vuestro santo nombre. Y allí paran, Señor,
yacientes, empero no para siempre. Tres días más, y romperase el sello
sacrílego, y será la losa quebrantada, y los que duermen se despertarán, y
el reino del Cristo, que es todo justicia y caridad, y paz y alegría en el
Espíritu Santo, comenzará. Así sea. |