LA ORACIÓN DE LAMENNAIS

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enero 07

 

Con la claridad que acostumbra, traza Menéndez Pelayo, en su Historia de las ideas estéticas en España, t. V, Santander, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1940, págs. 40-41, la personalidad y el fundamento de la filosofía de Lamennais en los términos que siguen: "Fue Lamennais (1782-1854), en el primero como en el segundo período de su vida filosófica y religiosa, un alma de fuego y de lava, un espíritu absoluto y extremoso, encarnizado y violento así en el amor como en el odio, propenso a la declamación y al énfasis, pero sincero en medio de la declamación más absurda. Tribuno católico o tribuno demagógico, fue la pasión del momento su inspiración y su musa, la invectiva su genio, la intolerancia su fuerza. Había mezclados en él un orador, un poeta, y también un filósofo, si bien los dos primeros rara vez dejaron al último levantar la voz. Enemigo acérrimo de la razón humana primero, pasó luego a adorar en ella con el mismo furor con que la había atacado; pero en el fondo nunca fue racionalista de la razón individual, sino de la razón colectiva. El gran error filosófico de su temporada católica, el tradicionalismo llevado a sus últimos límites, sirve, si bien se mira, para soldar las dos épocas, a primera vista tan desemejantes e irreconciliables, de su pensamiento. Lamennais había comenzado por asirse a la tabla del consentimiento común, y buscar en él la sanción de las más altas verdades, anulando los derechos de la conciencia individual en aras de cierta conciencia universal, formada por la tradición y el unánime sentir de los pueblos. De esta demagogia filosófica, predicada a nombre del principio de autoridad en el Ensayo sobre la Indiferencia, no era difícil el tránsito a otro género de demagogia, en cuanto la Iglesia rehusara aceptar la complicidad de semejante suicidio intelectual, de tan radical escepticismo, de tan absurda violación de las leyes del pensamiento. Y entonces Lamennais pasó sin transiciones, pero no sin lógica, a la doctrina que hace arrancar del sufragio de las muchedumbres la potestad y la razón, la verdad social y el orden jurídico. No bastan las condiciones del carácter de Lamennais, áspero, orgulloso y sombrío, para explicar su caída. Hubo en él una crisis moral, de que los Affaires de Rome dan testimonio; pero no hubiera bastado ella sola para lanzarle en un día desde el Ensayo hasta las Palabras de un Creyente, si en su pensamiento no hubiesen preexistido los gérmenes de una evolución que necesariamente había de cumplirse el día en que subiesen del corazón a la cabeza las nieblas de la pasión y del encono".

Así, nada nos extraña el extravío teológico que le lleva a separarse de la Iglesia, toda vez que, como afirma Jaime Balmes en su Filosofía elemental, capítulo LX de su "Historia", en que trata de este autor, "el sistema del consentimiento común lleva derechamente al escepticismo, y lejos de afirmar laFélicité Lamennais (1782-1854) religión la destruye". Empezando, pues, por ser un ardiente defensor de la Iglesia, acabó Lamennais en sus Discussions critiques por mostrar abierta enemistad al dogma católico.

Le cupo a Lamennais el dudoso honor de ser condenado por la Iglesia, lo que corrió a cargo de Gregorio XVI en su Encíclica Mirari vos, de 1832, sobre el indiferentismo, en que se condenan las teorías de la separación absoluta entre la Iglesia y el Estado, aunque no menciona explícitamente a nuestro filósofo; y, más adelante, en 1834, en la Encíclica Singulari nos del mismo Pontífice.

Es el libro Palabras de un creyente (Paroles d'un croyant, 1834) obra que predica la revolución universal. Está, pues, muy lejos de la doctrina de la Iglesia y justamente condenado. De él, el ya mencionado Gregorio XVI dijo que era "libro pequeño en volumen, enorme en perversidad". Y, en nota a pie de página, queda calificado de "infame" en el Denzinger. Con todo, no nos resistimos a traer a este número de Miscelánea Calasanz el texto que sigue, correspondiente al capítulo XXIII. Estamos convencidos de que, aunque vencido por la soberbia, Lamennais fue sincero consigo mismo.

Literariamente, el libro es excepcional, como de quien puede ser considerado como extraordinario poeta en prosa, el mejor que dio el país vecino en el siglo XVIII junto con Chateaubriand. No en vano traspasa Lamennais a estas páginas el estilo cuajado de sugestivas imágenes que había aprendido en la Biblia.

Ofrecemos a dos columnas el texto francés, que tomamos de Lamennais, Paroles d'un croyant seguido de Divers écrits pour le peuple, introduction par Alfhonse Séché, Paris, Nelson, s.a. (ca. 1920), y la versión española que hizo Larra, la cual hemos hallado digitalizada en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

 

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Seigneur, nous crions vers vous du fond de notre misère.

Comme les animaux qui manquent de pâture pour donner à leurs petits,

Nous crions vers vous, Seigneur.

Comme la brebis à qui on enlève son agneau,

Nous crions vers vous, Seigneur.

Comme la colombe que saisit le vautour,

Nous crions vers vous, Seigneur.

Comme la gazelle sous la griffe du tigre,

Nous crions vers vous, Seigneur.

Comme le taureau épuisé de fatigue et ensanglanté par l’aiguillon,

Nous crions vers vous, Seigneur.

Comme l’oiseau blessé que le chien poursuit,

Nous crions vers vous, Seigneur.

Comme l'hirondelle tombée de lassitude en traversant les mers, et se débattant sur la vague,

Nous crions vers vous, Seigneur.

Comme des voyageurs égarés dans un désert brûlant et sans eau,

Nous crions vers vous, Seigneur.

Comme des naufragés sur une côte stérile,

Nous crions vers vous, Seigneur.

Comme celui qui, à l’heure où la nuit se fait, rencontre près d’un cimetière un spectre hideux,

Nous crions vers vous, Seigneur.

Comme le père à qui l’on ravit le morceau de pain qu’il portait à ses enfants affamés,

Nous crions vers vous, Seigneur.

Comme le prisonnier que le puissant injuste a jeté dans un cachot humide et ténébreux,

Nous crions vers vous, Seigneur.

Comme l’esclave déchiré par le fouet du maître,

Nous crions vers vous, Seigneur.

Comme l’innocent qu’on mène au supplice,

Nous crions vers vous, Seigneur.

Comme le peuple d’Israël dans la terre de servitude,

Nous crions vers vous, Seigneur.

Comme les descendants de Jacob dont le roi d’Égypte faisait noyer dans le Nil les fils premiers-nés,

Nous crions vers vous, Seigneur.

Comme les douze tribus dont les oppresseurs augmentaient tous les jours les travaux, en retranchant chaque jour quelque chose de leur nourriture,

Nous crions vers vous, Seigneur.

Comme toutes les nations de la terre, avant qu’eût lui l’aurore de la délivrance,

Nous crions vers vous, Seigneur.

Comme le Christ sur la croix, lorsqu’il dit : Mon Père, mon Père, pourquoi m’avez-vous délaissé?

Nous crions vers vous, Seigneur.

O Père! vous n'avez point délaissé votre fils, votre Christ, si ce n'est en apparence et pour un moment; vous ne délaisserez point non plus jamais les frères du Christ. Son divin sang, qui les a rachetés de l'esclavage du Prince de ce monde, les rachètera aussi de l'esclavage des ministres du Prince de ce monde. Voyez leurs pieds et leurs mains percés, leur côté ouvert, leur tête couverte de plaies sanglants. Sous la terre que vous leur aviez donnée pour héritage, on leur a creusé un vaste sépulcre, et on les y a jetés pêle-mêle, et on en a scellé la pierre d'un sceau sur lequel on a, par moquerie, gravé votre saint nom. Et ainsi, Seigneur, ils sont là gisants; mais ils n'y seront pas éternellement. Encore trois jours, et le sceau sacrilège sera brisé, et la pierre sera brisée, et ceux qui dorment se réveilleront, et le règne du Christ, qui est en justice et charité, et paix et loie dans l'Esprit-Saint, commencera. Ainsi soit-il.
 

 

Señor, nosotros recurrimos a vos desde el abismo de nuestra miseria.

Como los animales, que no tienen que dar a sus pequeños,

Recurrimos a vos, Señor.

Como la oveja a quien robaron su cordero,

Recurrimos a vos, Señor.

Como la paloma sorprendida por el sacre,

Recurrimos a vos, Señor.

Como el gamo entre las garras del tigre,

Recurrimos a vos, Señor.

Como el toro vencido del cansancio y ensangrentado por el arpón,

Recurrimos a vos, Señor.

Como el pájaro herido y perseguido por el perro,

Recurrimos a vos, Señor,

Como la golondrina rendida a la fatiga al cruzar los mares, y palpitante sobre las olas,

Recurrimos a vos, Señor.

Como viajeros extraviados en un desierto abrasado y sin agua,

Recurrimos a vos, Señor.

Como  náufragos  en  playa estéril,

Recurrimos a vos, Señor.

Como aquel que, cerrada ya la noche, encuentra junto a un cementerio un espectro repugnante,

Recurrimos a vos, Señor.

Como el padre a quien le arrebatan el pedazo de pan que llevaba a sus hijos hambrientos,

Recurrimos a vos, Señor.

Como el preso, a quien injusto poderoso lanzó en calabozo húmedo y sombrío,

Recurrimos a vos, Señor.

Como el esclavo destrozado por el azote del amo,

Recurrimos a vos, Señor.

Como el inocente arrastrado al cadalso,

Recurrimos a vos, Señor.

Como el pueblo de Israel en la tierra de esclavitud,

Recurrimos a vos, Señor.

Como los descendientes de Jacob, cuyos primogénitos ahogaba el rey de Egipto en el Nilo.

Recurrimos a, vos, Señor.

Como las doce tribus, cuyo trabajo aumentaban diariamente sus opresores, cercenándoles a la vez el alimento,

Recurrimos a vos, Señor.

Como todas las naciones de la tierra, antes de que hubiese lucido la aurora de redención,

Recurrimos a vos, Señor.

Como el Cristo enclavado en la cruz, cuando dijo: Padre, Padre, ¿por qué me habéis abandonado?

Recurrimos a vos, Señor.

Señor, vos no habéis desamparado a vuestro hijo, a vuestro Cristo, sino en la apariencia y por breve espacio: tampoco desampararéis para siempre jamás a los hermanos del Cristo. Su divina sangre, que los ha rescatado de la esclavitud en que el príncipe de este mundo los tenía, los redimirá también de la esclavitud en que los tienen los ministros del príncipe de este mundo. Ved sus pies y sus manos taladradas, abierto su costado y cubierta su cabeza de sangrientas llagas. Dentro de la tierra misma que en herencia les dejaste, hanles ahondado un vasto sepulcro, donde los han arrojado confundidos, y han sellado la losa con un sello, en el cual, por sarcasmo, han osado grabar vuestro santo nombre. Y allí paran, Señor, yacientes, empero no para siempre. Tres días más, y romperase el sello sacrílego, y será la losa quebrantada, y los que duermen se despertarán, y el reino del Cristo, que es todo justicia y caridad, y paz y alegría en el Espíritu Santo, comenzará. Así sea.

 

miscelánea calasanz

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