Termina Luis Cernuda este
articulito que en este número 2 de Miscelánea Calasanz publicamos
"bruscamente". Y, como él concluye empezamos nosotros. Ya sabrá el lector
sacarle partido al texto. De ello estamos seguros.
Publicado originariamente "La
escuela de los adolescentes" en el Heraldo de Madrid el 5 de
noviembre de 1931, lo tomamos del tomo tercero de sus Obras completas,
Barcelona, RBA, 2007, págs. 37-39
*
* * * * * *
La persona que firma estas líneas no suele recibir
cartas con frecuencia. Le ha producido cierta sorpresa encontrarse con
una, de letras desconocida y procedente de una provincia cuyo nombre no
cree necesario mencionar. Una vez abierta, el nombre de su autor no pudo
proporcionarle luz alguna: se trataba de un desconocido. Y encuentra,
leída una y otra vez la carta indicada, que su contenido tal vez pueda
interesar a alguien; si es que alguien lee estas líneas, aunque ya no
tanto la respuesta a la misma. Pero tal vez la complete, y por eso se da
aquí también
No sé si le habrá interesado alguna vez un
desconocido, quiero decir un nombre tras el cual sólo suponemos una
determinada edad. Si se vive demasiado solo, ese interés puede ser
obstinado. Andamos, actuamos, pensamos por una persona que en definitiva
no conocemos. Esto me ha ocurrido con usted. ¿Por qué no escribirle, pues?
Tengo veinte años, una familia y ninguna libertad. Ya usted sabe... De un
lado, impulsos, fervores, deseos ardientes como sólo la juventud conoce;
de otro, limitaciones ignorantes, vacía
terquedad.
Estudio vagamente unas cosas que no me importan. ¿Por qué me ofrecerán
sólo lo que no puede interesarme? Sentiría tentación de creer que tal
falta de interés es culpa mía si no supiera que ésa es precisamente la
defensa de mi instinto frente a lo que quieren imponerle y que él no
reconoce como naturalmente suyo. ¡Hay, en cambio, tantas cosas que me
apasionan hasta la exasperación!... Y si continúo en aquello no es por
estupidez contagiada, sino tal vez por falta de energía; yo por lo menos
así lo creo. Encuentro en mí un fondo de indolencia contemplativa, y no
basta a sacarme de esta deliciosa inacción el deseo de estrechar en mis
brazos esa realidad más noble, pura y espiritual que sospecho detrás de
esa realidad visible. Aquélla me ha conquistado como suyo definitivamente
–mucho lo temo–. ¿Habré nacido
acaso para "escribir", es decir, para trazar sobre una blanca superficie
ciertas palabras que los demás no leerán? Sería terrible... Dígame, amigo
mío (permítame que le llame así), si cree que yo merezco la pena
verdaderamente.
Sería de desearle, incógnito amigo, un brusco cambio
exterior. Esto facilitaría muchas cosas para usted. Le alejaría de sí
mismo y luego se encontraría de pronto enriquecido y libertado, aunque
esta liberación no sea total; es casi imposible, al menos ahora. No
desespere; ese cambio sobrevendrá, confíe en ello. Hay un poder demoníaco,
no sé si ajeno o no a nosotros mismos, que actúa y dispone nuestro rumbo
con arreglo a un secreto destino. Y no tema: este rumbo tiene siempre una
sutil afinidad, más o menos exacta, con nuestro espíritu. Hay, claro es,
ironías terribles; pero dejémoslo ahora, ¿quiere? Ya lo aprenderá por sí
mismo, y hasta es posible que obtenga de aquéllas beneficio. Entonces la
ironía se transforma: comprendemos que el Mundo es amplio, mucho más
amplio y diverso de lo que los hombres pretenden. Por ahora tiene usted
soledad, y esto es tanto... Es un don que sólo se estima al perderlo.
Recuerdo que al tener yo esa edad que usted debe de tener ahora veía, al
levantar la mirada, escritas frente a mí, sobre la mesa, esas palabras de
Vinci (tan repetidas por gentes que no pueden "saberlas"): "Y si estás
solo serás todo tuyo". Palabras que escribió alguien terriblemente solo
durante toda su vida. Pero no quiero poner temblor en quien tal vez lo
rehuía: hay un pudor afectivo que pocos conocen. ¿Le sostendrá mientras
tanto la soledad? Así lo creo, y sobre todo su propia vida le ayudará.
Déjese ayudar por ella; confíe, crea en el tiempo. Pero confíe en usted,
nunca en los demás ni tampoco en mí; las ruinas son luego deplorables y se
asemeja uno a un superviviente en medio de los vestigios del terremoto.
No, no, amigo mío, no ponga su confianza en las personas: ahí están los
animales, las plantas, las piedras, las cosas maravillosas, tan puras
todas como la luz o las nubes, y que nunca decepcionan. Bien sé que esta
indicación es inútil: no se es joven impunemente. ¿Le serán más útiles los
excesos sentimentales, creer en una presencia, presencia que nosotros
mismos evocamos de la nada con el poder taumatúrgico del amor, y que
surge, al fin, radiante y amenazadora, ante nuestros ojos cegados? Mas,
¿qué palabras le digo? Yo mismo intentaba precipitarle. Discúlpeme, se lo
ruego. Me lo figuro como un delicioso animalillo, ardiente y salvaje... No
sé qué decirle más. Es difícil terminar unas líneas dirigidas a quien todo
parecía esperarlo de uno. Tal vez sea lo mejor terminar así: bruscamente.
|