LA ESCUELA DE LOS ADOLESCENTES

_____________________________________________________

enero 07

 

Termina Luis Cernuda este articulito que en este número 2 de Miscelánea Calasanz publicamos "bruscamente". Y, como él concluye empezamos nosotros. Ya sabrá el lector sacarle partido al texto. De ello estamos seguros.

Publicado originariamente "La escuela de los adolescentes" en el Heraldo de Madrid el 5 de noviembre de 1931, lo tomamos del tomo tercero de sus Obras completas, Barcelona, RBA, 2007, págs. 37-39

 

*  *  *  *  *  *  *

 

La persona que firma estas líneas no suele recibir cartas con frecuencia. Le ha producido cierta sorpresa encontrarse con una, de letras desconocida y procedente de una provincia cuyo nombre no cree necesario mencionar. Una vez abierta, el nombre de su autor no pudo proporcionarle luz alguna: se trataba de un desconocido. Y encuentra, leída una y otra vez la carta indicada, que su contenido tal vez pueda interesar a alguien; si es que alguien lee estas líneas, aunque ya no tanto la respuesta a la misma. Pero tal vez la complete, y por eso se da aquí también

 

No sé si le habrá interesado alguna vez un desconocido, quiero decir un nombre tras el cual sólo suponemos una determinada edad. Si se vive demasiado solo, ese interés puede ser obstinado. Andamos, actuamos, pensamos por una persona que en definitiva no conocemos. Esto me ha ocurrido con usted. ¿Por qué no escribirle, pues? Tengo veinte años, una familia y ninguna libertad. Ya usted sabe... De un lado, impulsos, fervores, deseos ardientes como sólo la juventud conoce; de otro, limitaciones ignorantes, vacía Luis Cernuda (1902-1963)terquedad. Estudio vagamente unas cosas que no me importan. ¿Por qué me ofrecerán sólo lo que no puede interesarme? Sentiría tentación de creer que tal falta de interés es culpa mía si no supiera que ésa es precisamente la defensa de mi instinto frente a lo que quieren imponerle y que él no reconoce como naturalmente suyo. ¡Hay, en cambio, tantas cosas que me apasionan hasta la exasperación!... Y si continúo en aquello no es por estupidez contagiada, sino tal vez por falta de energía; yo por lo menos así lo creo. Encuentro en mí un fondo de indolencia contemplativa, y no basta a sacarme de esta deliciosa inacción el deseo de estrechar en mis brazos esa realidad más noble, pura y espiritual que sospecho detrás de esa realidad visible. Aquélla me ha conquistado como suyo definitivamente –mucho lo temo–. ¿Habré nacido acaso para "escribir", es decir, para trazar sobre una blanca superficie ciertas palabras que los demás no leerán? Sería terrible... Dígame, amigo mío (permítame que le llame así), si cree que yo merezco la pena verdaderamente.

Sería de desearle, incógnito amigo, un brusco cambio exterior. Esto facilitaría muchas cosas para usted. Le alejaría de sí mismo y luego se encontraría de pronto enriquecido y libertado, aunque esta liberación no sea total; es casi imposible, al menos ahora. No desespere; ese cambio sobrevendrá, confíe en ello. Hay un poder demoníaco, no sé si ajeno o no a nosotros mismos, que actúa y dispone nuestro rumbo con arreglo a un secreto destino. Y no tema: este rumbo tiene siempre una sutil afinidad, más o menos exacta, con nuestro espíritu. Hay, claro es, ironías terribles; pero dejémoslo ahora, ¿quiere? Ya lo aprenderá por sí mismo, y hasta es posible que obtenga de aquéllas beneficio. Entonces la ironía se transforma: comprendemos que el Mundo es amplio, mucho más amplio y diverso de lo que los hombres pretenden. Por ahora tiene usted soledad, y esto es tanto... Es un don que sólo se estima al perderlo. Recuerdo que al tener yo esa edad que usted debe de tener ahora veía, al levantar la mirada, escritas frente a mí, sobre la mesa, esas palabras de Vinci (tan repetidas por gentes que no pueden "saberlas"): "Y si estás solo serás todo tuyo". Palabras que escribió alguien terriblemente solo durante toda su vida. Pero no quiero poner temblor en quien tal vez lo rehuía: hay un pudor afectivo que pocos conocen. ¿Le sostendrá mientras tanto la soledad? Así lo creo, y sobre todo su propia vida le ayudará. Déjese ayudar por ella; confíe, crea en el tiempo. Pero confíe en usted, nunca en los demás ni tampoco en mí; las ruinas son luego deplorables y se asemeja uno a un superviviente en medio de los vestigios del terremoto. No, no, amigo mío, no ponga su confianza en las personas: ahí están los animales, las plantas, las piedras, las cosas maravillosas, tan puras todas como la luz o las nubes, y que nunca decepcionan. Bien sé que esta indicación es inútil: no se es joven impunemente. ¿Le serán más útiles los excesos sentimentales, creer en una presencia, presencia que nosotros mismos evocamos de la nada con el poder taumatúrgico del amor, y que surge, al fin, radiante y amenazadora, ante nuestros ojos cegados? Mas, ¿qué palabras le digo? Yo mismo intentaba precipitarle. Discúlpeme, se lo ruego. Me lo figuro como un delicioso animalillo, ardiente y salvaje... No sé qué decirle más. Es difícil terminar unas líneas dirigidas a quien todo parecía esperarlo de uno. Tal vez sea lo mejor terminar así: bruscamente.

 

miscelánea calasanz

revista electrónica al servicio de la educación

colegio calasanz. padres escolapios. santander

si deseas colaborar con nosotros puedes enviar tus trabajos

si, a la vista del contenido de estas páginas, cualquiera se sintiera ultrajado en sus derechos, le rogamos nos lo haga saber a fin de que tal contenido sea excluido