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Traemos aquí en extracto un
artículo del pedagogo reformista e historiador del arte Manuel Bartolomé
Cossío sobre la figura del Greco
–el "soñador", el "loco"–, en quien el autor era verdadero
especialista (díganlo, si no, sus numerosos trabajos sobre este pintor).
Damos, así, inicio a una serie de ensayos sobre la pintura española
firmados por distintos autores y que están recogidos en el libro del que
tomamos éste.
La razón es bien simple:
desterrada casi de nuestro sistema educativo la enseñanza del arte, no le
queda más al alumno curioso que acudir a los libros. Y estas páginas
quieren facilitarle la labor. Estos artículos analizan con brevedad y
hondura, y desde la personal visión de sus autores, la obra de los genios
de nuestra pintura, verdadero patrimonio espiritual español con el que se
enriquece la humanidad y que en modo alguno puede ignorar el joven
estudiante, pues son expresión artística del modo de sentir nuestras
gentes que nos precedieron.
Podrá hallarse el texto
íntegro en el Libro de Oro ibero-americano. Catálogo oficial y
monumental de la exposición de Sevilla, Santander, Unión
Ibero-Americana, imp. Aldus, s.a. (¿1929?), t. I, págs. 129 y ss.
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Además de Velázquez, cuyo alto valor tiene otro
sentido, dos grandes e indiscutibles aportaciones pictóricas debe a España
el mundo del arte en la edad moderna: Goya y el Greco. Porque son el
fermento más vivo y más próximo que el pasado ofrece para todas las
inquietudes y aventuras que caracterizan, en sus distintas fases, a la era
pictórica que, desde mitad del siglo XIX, viene llamándose ampliamente
modernismo. Si la pintura moderna respeta y admira a todos los grandes que
en la historia han sido, pero como valores estáticos, conclusos, en
cambio, contempla al Greco y a Goya como fuerzas actuales, como gérmenes y
manaderos dinámicos. Y de ambos pudiera decirse, por lo que hace a su
influjo en el arte contemporáneo, lo que Dante dijo de Cimabue y Giotto:
antes fue Goya, ahora "il grido" es el Greco. Ningún otro pintor del
pasado continúa "viviendo" como él en nuestros días. Ningún otro tampoco
tiene en la historia y en la crítica un cata de nacimiento más reciente.
¿Por qué en la actualidad vive el Greco? Este interrogante es el punto de
partida más inmediato y ostensible para darse cuenta de los caracteres
esenciales de su obra.
[...] Nada se sabe con certeza
de su primera educación cretense, ni de su trabajo entre los venecianos;
pero, mediante el examen de sus obras, la crítica más moderna, ahondando
en el, ya notado por muchos, carácter bizantino de sus cuadros ha puesto
de relieve que tuvo que aprender a pintar desde niño en la escuela griega
de Creta, por entonces floreciente; que a Venecia iría hacia 1560, como
entonces lo hacían tantos otros pintores griegos del tiempo, cuyas obras
nos son conocidas; que no en Venecia, sino en Bassano y en el taller de
los Da Ponte fue donde debió trabajar largo tiempo y aprender su nueva
técnica occidental; que, ya diestro en ella, pasaría a Venecia, donde, tal
vez, estuviera, aunque poco tiempo, en el taller de Tiziano; que, tanto en
éste como en el de Bassano, debió trabajar, según era de ley,
anónimamente, en obras que se atribuían los maestros y acomodándose por
completo a su estilo; pero también, en horas libres, hubo de producir a su
propia manera; y que, de todos los venecianos, el que más influjo libre
ejerció sobre él fue Tintoretto. De Venecia a Roma la crítica se aventura
a señalar en la obra del Greco influjos de las localidades por donde éste
pasara. En Roma no era ya la época de los grandes y numerosos artistas;
dominaba el manierismo y el barroco naciente, y éste deja también
perdurable huella en el Greco. Había pasado de Tiziano a Miguel Ángel. Él
sabía ya pintar mejor que los romanos de entonces; pero aquí
probablemente, no en Venecia, adquiere su saber de arquitectura y de
escultura. Aquí pintaría como segundo y con otros en obras colectivas;
pero aquí pintó también obras particulares; aquí tuvo tal vez, y por
primera vez, estudio propio, ya que con seguridad documental tuvo un
discípulo: Lattantio Bonastri. Por aquel mismo documento se sabe que,
habiendo dicho, cuando se trataba de vestir las figuras desnudas del
Juicio final, de Miguel Ángel, que "si se destruyese toda la obra, él la
volvería a hacer con honestidad y decencia y no inferior a aquélla en
cuanto a pintura, se escandalizaron todos los pintores y aficionados y
tuvo que marcharse a España". Por cálculos documentados se piensa
que su estancia en Roma no llegó a dos años. Noticia exacta de él no
vuelve a tenerse hasta 1577, en Toledo. [...]
En Toledo, la primera noticia
de él es la firma y fecha de 1577 en la Asunción de Santo Domingo
el Antiguo, así como el recibo, que firma en la misma fecha, de
cuatrocientos reales, a cuenta del Expolio para la Catedral. Allí
vivió desde entonces, y para Toledo y sus cercanías, Madrid, Escorial,
Illescas..., pintó sus grandes obras. [...]
Las breves noticias de sus
contemporáneos dejan la impresión de un hombre extraordinario y original,
con la aguda conciencia de su valer y soberbio amor propio, que ya mostró
con el motivo de su huida de Roma. Así, el P. Sigüenza y los laudatorios
sonetos de Góngora y Paravicino, los dos poetas que, por analogía
artística, más le comprendieron y admiraron. Fue el primero en defender
por sí mismo la exención de tributo del arte de la pintura contra el
alcabalero de Illescas, y obtuvo sentencia favorable. "En todo fue
singular como en pintura" (Pacheco). "De extravagante condición". "Ganó
muchos ducados, mas los gastaba en demasiada ostentación de su casa, hasta
tener músicos asalariados para cuando comía gozar de toda delicia" (Jusepe
Martínez). El testamento y el inventario de bienes completan estos
juicios. [...] La biblioteca del Greco confirma la idea que de su persona
dan los contemporáneos. Obras griegas: Homero, Eurípides, Jenofonte,
Aristóteles, Demóstenes, Isócrates, Esopo, Hipócrates, Luciano,
Plutarco... el Viejo y el Nuevo testamento, los Santos Padres. Obras
italianas: Petrarca, Ariosto, Patrizzi, el neoplatónico de su época. Las
fuentes de su formación espiritual son, por tanto, las más puras del
Renacimiento. Un Tratado de la pintura. En arquitectura: Vitrubio,
en latín y en italiano, varios Vignola, Serlio, Alberti, Paladio, un
Escurial estampado, de Juan de Herrera... Los en romance, pocos y sin
importancia. Con un hermano más viejo, Manusso; un criado y colaborador
italiano, Francisco Preboste, y una vieja criada, María Gómez, el Greco,
achacoso de los últimos días, hace la impresión de un solitario. [...]
Las obras auténticas del Greco
en su época cretense e italiana son todavía escasas y eran atribuidas, a
pesar de la firma, a otros autores. La crítica se esfuerza con justicia en
devolvérselas, en clasificarlas en venecianas y romanas, y en hallar otras
nuevas, que deben ser muchas, pues no es posible sin ello que comenzase a
pintar en España a los treinta y cinco años de edad con tan gran maestría.
Algunas de las más reconocidas son: Curación del ciego (Museos de
Dresde y Parma); Anunciación (Museo, Viena); Expulsión de los
mercaderes (Cook, Richmond); Retrato de Clovio; Muchacho
soplando a un tizón (Museo, Nápoles); Retrato de Vicentio Anastagi
(Museo Metropolitano, Nueva York); Expulsión de los mercaderes
(Museo, Minneapolis), donde se retrata con sus maestros: Tiziano, Miguel
Ángel y Clovio. La Expulsión de los mercaderes (Metropolitano,
Nueva York) representa la afirmación de la personalidad del artista en
todas sus cualidades, sirve de enlace, por el modo de tratar el asunto,
entre sus épocas italiana y española, y es uno de los ejemplares más
espléndidos. Entre tanto como pintó en España destacan cuatro obras que no
debe olvidar nadie que aspire a conocer al Greco. Tres de ellas quedan en
su sitio todavía. La primera en el tiempo fue la Asunción (Art
Institut, Chicago), fechada en 1577; ocupaba en Toledo el centro del
retablo de Santo Domingo el Antiguo, del cual y de sus esculturas dio
también los dibujos el Greco y pintó los demás cuadros. [...] Alternativa
de italianismo y nuevo ambiente. El pintor ha alcanzado todo el dominio y
el valor de su arte. En 1579 entrega a la Catedral el Expolio
(Sacristía), la segunda de sus grandes obras. Composición dramática, donde
aparecen más claramente en armonía la herencia bizantina, la técnica
veneciana y los factores de su proceso español: concentración del asunto,
intimismo, actualidad acentuada, gama fría, anticipaciones de los
problemas de luz y colorido. En 1580 ya le había encargado Felipe II el
San Mauricio (Escorial, Salas capitulares), tercera de sus grandes
obras, y del cual el P. Sigüenza, en 1605, dice: "no le contentó a Su
Majestad (no es mucho) porque contenta a pocos, aunque dicen es de mucho
arte y que su autor sabe mucho y se ven cosas excelentes de su mano". En
estas palabras se ve claramente la relación del Greco con su público,
idéntica a la de todos los artistas como él "disonantes". Admirado sólo de
una minoría, que lo va imponiendo por su mérito; desconocido éste por la
mayoría, que sólo vive de lo consagrado. Aplicó al San Mauricio
todo su arte, esperando que le abriera las puertas del Escorial; pero el
rey no quiso ponerlo en el altar para que fue encargado. El fracaso
procede del violento contraste entre el asunto heroico y el nuevo extraño
modo de tratarlo; del pronunciado acento de caracteres, actitudes, desnudo
y ropaje; de la frialdad de color y de la plenitud de luz lunar al aire
libre. Representa mejor que ningún otro la crisis pictórica del Greco.
El entierro del conde de Orgaz (Toledo, Santo Tomé) es la cuarta obra,
la más significativa entre todas y de mayor alcance, así como la página
más sustancial y penetrante de la pintura española. Sorprende por la
conjunción de intimidad mística, exaltado idealismo, ambiente local,
acento dinámico y sobriedad de frías entonaciones. El argumento es una
leyenda mística, netamente española
y toledana. D. Gonzalo Ruiz de Toledo,
señor de Orgaz, fue un varón piadoso, devoto de san Agustín y san Esteban,
los cuales, cuando iba a ser enterrado en aquel mismo Santo Tomé, que él
reedificara, bajan del cielo y, con asombro de la clerecía y de los
caballeros y monjes asistentes, lo llevan al sepulcro. Un escritor de
aquellos días dice que están "allí retratados muy al vivo muchos insignes
varones de nuestro tiempo". El cura de la parroquia lo encargó en 1586.
Refleja esta pintura es espíritu de la raza, la tristeza y la dignidad
regionales y representa, como el Quijote, que en aquellos mismos
lugares y en aquel mismo tiempo se fraguaba, la protesta contra todo falso
y vulgar manierismo, y es el retorno a la inagotable poesía de la realidad
de la vida diaria, pero a través del ensueño.
Forman los jalones del período
posterior al Entierro: el altar de Talavera la Vieja, 1591 (Coronación
de la Virgen, San Pedro, San Andrés); los del Colegio de doña María de
Aragón, en Madrid, 1596 (Bautismo, Museo del Prado) Anunciación
(Villanueva y Geltrú) los de la Capilla de san José, en Toledo, 1597 (San
José, Coronación de la Virgen) [...]. Se acentúa el idealismo
familiar, y la tendencia a pocas y grandes figuras; la técnica se hace más
fácil y espontánea, el colorido más argentino, medias tintas fundidas,
grises finos y carminosos. El penetrante San Ildefonso, de
Illescas, cierra espléndidamente esta fase. A ella corresponden como
admirables ejemplares, y tan sólo por citar algunos: el San Pedro y
el San Eugenio (Escorial, Sacristía), así como el Sueño de
Felipe II (Salas Capitulares) y el retrato de más pompa del Greco: el
del Inquisidor Niño de Guevara (Metropolitano, Nueva York).
La última época del Greco se
caracteriza por la "exaltación" de todas sus cualidades. El puro dinamismo
le obsesiona. Comienza en Toledo, con el San Bernardino, 1603
(Museo del Greco), y acaba con el Bautismo (Hospital de Tavera),
que dejó sin terminar. La Asunción (Toledo, San Vicente) es, tal
vez, su obra más perfecta de este tiempo. A él corresponden, en Toledo, la
Concepción (San Román); la Adoración de pastores, 1612
(Santo Domingo el Antiguo: ático del retablo); el Apostolado, los
Retrato y la Vista de Toledo (museo del Greco) y el
Retrato de Tavera (Hospital), así como la Pentecostés (Museo,
Prado), el originalísimo Laoconte (E. Fischer, Charlottenburg) y el
famoso retrato de Paravicino, 1609 (Museo, Boston). Cítanse sólo
como muestra entre la abundantísima y excelente producción del artista.
En la serie de San
Franciscos, cuya especialidad en España le atribuyó la fama, y en la
de retratos, como pintor de almas, puede seguirse la evolución de su arte.
El caballero de la mano en el pecho es de la primera época; el
Desconocido, de la segunda, y ¿El licenciado Zeballos? del
último tiempo (Museo del Prado). Se anticipó al "paisaje" sin figura
(Metropolitano, Nueva York). Fue arquitecto y escultor en madera, "dio
espíritu al leño" (Góngora): retablos, figuras en el Santo Domingo el
Antiguo, Toledo, y el de Illescas; grupo de La Virgen poniendo la
casulla a san Ildefonso (Toledo, Sacristía). De sus dibujos, muy pocos
se conocen. Astor grabó sus cuadros. Sus discípulos Jorge Manuel, Maino,
Tristán... no supieron heredarle. Velázquez recogió de él calladamente más
de lo que parece. Su extraño arte y su carácter engendraron la leyenda
erudita del cambio de estilo por no confundirse con Tiziano, y la vulgar
de su locura, que hoy renace con aire científico. Unos hablan de paranoia;
otro, de astigmatismo.
Pero el mismo Greco dijo –desde
hace poco se sabe– la frase clara y justa, la que hacía falta,
anticipándose a destruir con ella esos vanos intentos de interpretar su
arte. Contestando a reparos sobre el canon de proporciones de altura que
daba al retablo y a la capilla de Oballe, en San Vicente, de Toledo, de
nadie más que de él puede ser esta frase: "no enana, que es lo peor que
puede tener cualquier género de forma". El Greco veía, pues, normal; sabía
a conciencia que sus figuras eran largas, y pintaba como pintaba por
herencias acumuladas y por principios estéticos. Y hay que añadir todavía,
para ser precisos: por nativa sensibilidad de su espíritu. Otro de los
últimos hallazgos eruditos pone en claro este punto. Clovio cuente que
"visita al Greco para salir a dar una vuelta por la ciudad con un tiempo
hermosísimo, sol primaveral, delicioso, que llenaba de alegría la ciudad
con aire de fiesta. Me quedé estupefacto –dice– cuando al entrar en su
taller vi corridas todas las cortinas tan completamente que apenas se
podían distinguir las cosas, y a él sentado en una silla, sin trabajar ni
dormir. No quiso salir conmigo, porque la luz del día turbaba su luz
interior".
El Greco no dormía, soñaba, era
un "soñador", y lo que aspiraba a pintar no eran las
cosas reales que dan los sentidos, sino los "ensueños". Así y sólo así
puede explicarse su arte. Y en este extremo radica, sobre todo, la razón
fundamental de por qué "vive" intensamente como fuerza inspiradora en
nuestros días. Síntesis perfecta de orientalismo y occidentalismo;
herencia de pura expresión espiritual, intimismo y cánones bizantinos;
técnica y colorido venecianos, obsesión del color, gama fría, ciánica;
corporeidad y dinamismo romanos; dignidad, acritud, exaltación, misticismo
castellanos. "Castilla fue con él benigna, porque le hizo libre". Su arte
quedará como el esfuerzo más genial y logrado para transmitir al lienzo lo
puro dinámico, el frenesí espiritual, el movimiento. En este sentido es el
Greco un barroco. Simboliza el triunfo de la individualidad. Profeta de
todo renacimiento idealista. sólo épocas inquietas y soñadoras son las
propicias, no ya para comprenderle y perdonarle, sino para admirarle y
pretender seguirle "plenamente": al verdadero Greco, al "soñador", al
"loco".
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