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Me parece, querido joven, verte forzar una
sonrisa entre irónica y desdeñosa a la vista del título que precede.
Ni me extraña ni me arredra. Y
te explico por qué.
En primer lugar, no me causa extrañeza porque
vivo en el mundo y lo veo, y te conozco. ¿Pues, acaso no encuentro, en
dondequiera que detengo la mirada, que está gobernado por el más
arbitrario relativismo y el más pestífero hedonismo? ¿Y la verdad puesta en
tela de juicio, la opinión levantada a los altares, la virtud escarnecida
y el placer divinizado? ¿De qué había de asombrarme, si ya el pontífice
León XIII advertía (encíclica Humanum genus, 1884) en su tiempo la
ruina en la salud pública prevista por sus antecesores, y temía
"grandemente para lo venidero", pues no podía menos que temer viendo cómo
a los naturalistas se les ocultaban "aun las verdades que se conocen por
la luz natural de la razón, como son la existencia de Dios, la
espiritualidad y la inmortalidad del alma"? Porque, cuando esto sucede, no
queda más principio y norma que la naturaleza corrompida por la culpa, con
lo que se legitiman y desencadenan cuantos vicios y malas pasiones asaltan
al hombre, lo que es considerar "lícito todo lo agradable". Los años,
lamentablemente, han sacado a León XIII profeta. Sus temores se han
cumplido: lo que
entonces no era más que intento, anhelo de los enemigos de la Iglesia y
del
hombre, se ha convertido en realidad; la negación de la verdad y la
búsqueda desesperada de placeres han ganado en extensión y en profundidad,
llegando a todo el cuerpo social y enraizándose en lo más hondo del ser
humano; con lo cual, no rige hoy la cabeza, sino el
vientre.
Y así, tú, que has llegado a
la luz
–¿será mejor decir a las tinieblas?–
en esta sociedad descompuesta, ventral, sacada de su quicio, desequilibrada; que,
en tu candidez, te has dejado deslumbrar por los fulgores de los dioses
vanos, la opinión y el placer
–que nunca tuvieron los
hombres tan buenos aliados para el engaño y tan mentirosos, que se presentan como
hermanos juramentados para prestarse socorro–,
te has convertido en enemigo de ti mismo. Y ni siquiera lo sabes. Por eso, cuando
te hablan de la pureza, asomas al rostro esa sonrisa; pues la mente
extraviada siempre está pronta a defender, auxiliar y encubrir las bajas
pasiones. ¿Sabes lo que es? Pues, ni más ni menos que el
cuadrúpedo que en ti vive te señorea.
Por otra parte, no me detiene
en mi intento porque nunca burlas ajenas fueron impedimento para salir
adelante con la virtud y el deber. Y, a decirte cuanto sigue estoy
obligado como católico, como educador y como padre. Y si nada de esto
fuera, igualmente me vería impelido a ello como hombre, que la virtud debe
el hombre buscarla para sí y transmitírsela a su prójimo, puesto que en
esto
–ya lo sabes–
no tenemos más que lo que damos. Y ahora tú eres mi prójimo, querido
amigo.
Por ello, aquí te llegan estas
palabras. Ten el coraje de leerlas. No son mías, sino del padre Hoornaert,
de la Compañía de Jesús. Acaso esa sonrisa muera en tus juveniles labios. Tal vez, joven amigo, tras la
lectura te sientas derrotado. ¡Bravo! ¡Bravo por ti
si en lo más íntimo sientes el desgarro del alma desordenada! ¡Bravo por
ti si de ti mismo sientes horror y hastío! ¡Bravo, pues aún es tiempo de
lucha! Prepárate para el combate, apresta tus armas, ¡la victoria te espera!
Tomo el texto del libro El
combate de la pureza, cuarta edición castellana, Santander, Sal Terrae,
1941, concretamente del capítulo "La derrota", págs. 173 y ss. He tenido también a la
vista la edición francesa, Le combat de la pureté, de
Desclée de Brouwer.
*
* * * * * *
¡La
derrota!
¡Palabra amarga!
¡Cómo abrasa los labios!
Por no conocerla luchan los pueblos años y más años.
Durante cuatro los pueblos de Europa han dado la sangre de sus venas y sus
mejores hijos para conservar su independencia.
Pues bien, el joven dominado por el vicio impuro ha perdido su
independencia.
¡Es la derrota!
¡Palabra amarga!
¡Cómo abrasa los labios!
[...]
[...] el vencido por el vicio tiene una derrota infamante y merecida.
Cosa dura es estar cautivo del enemigo.
También el vicio es una servidumbre.
No es tan raro que los esclavos del pecado impuro, llorando de impotencia
y de vergüenza, vengan a decirnos: "¡Oh, es tan terrible esta tiranía de
la costumbre! ¡Cómo nos tiene encadenados despóticamente". Pocos
carceleros guardan a sus cautivos tan estrechamente como el vicio guarda a
los suyos.
* * *
Pericles, hablando de los
jóvenes caídos en el combate, decía: "El año ha perdido su primavera".
¡Cuánto más verdad es esto en el sentido moral! Cuando la lujuria ha
llegado a anegar una raza, "el año ha perdido su primavera".
"El año ha perdido su
primavera..."
Esta especial tristeza he
procurado expresarla en el libro Caminos que suben (p. 195), y si
se me permite citarme a mí mismo, voy a recordar aquí una página en que se
oponen los jóvenes castos a los que no lo son.
¡Qué hermosos son los
primeros! O quam pulchra est casta generatio!
Examinad sus facultades una
por una:
La inteligencia: está
abierta y clara, experimentado el hombre en el yo superior una dilatación
proporcionada a la restricción impuesta al yo inferior.
La voluntad se templa
con la misma lucha, mediante el esfuerzo, que es para el carácter una
especie de peptonato de hierro. Se hace capaz de lograr una energía del
alto voltaje, de fuerte tensión.
La memoria es
generalmente fiel, de tal manera que muchas veces "una memoria feliz es
una señal... de la pureza". (Fonssagrives, Education de la pureté,
p. 76)
El corazón ha
conservado intactas sus reservas afectivas y esa frescura de sentimientos
que parece llenarle de fragancia. "El joven que ha conservado hasta los
veinte años su inocencia es... el más amante y el más amable de los
hombres". (J.J. Rousseau, Emilio, L. IV)
El cuerpo no es cosa
rara que se embellezca con ser casto. Es lógico: el espíritu afina la
cara: es "el obrero de su morada, dice Michelet. Ved cómo labra la figura
humana, en la cual está encerrado, cómo forma y deforma sus rasgos". Los
sentimientos íntimos de que rebosa se reflejan en la cara, y acaban por
ser la expresión normal, la "fisonomía".
Así, "la cara de un hombre
casto, tiene un no sé qué de radiante". (Balzac, Ursule Morouet, I)
Siendo el rostro el espejo del
alma, "el medio de embellecer nuestra fisonomía, en cuanto de nosotros
depende, es el embellecer nuestra alma" (Lavater). Ahora bien, "un rostro
hermoso es el más hermoso de los espectáculos". (La Bruyére)
"Es imposible ver un alma
virgen sobre un rostro puro sin sentirse movido de una simpatía junta con cariño
y respeto". (Lacordaire, 22e Conférence de Toulouse)
Tal es la primera generación.
Pero ¡ay dolor!, que hay otra.
Veo al joven corrompido,
malbaratando sus bellos años, como el insensato que voluntariamente
arrojara al río una de sus monedas de oro..
¡Ésta sí que es desgracia!
Volvamos al examen de cada
facultad:
La inteligencia.- Está,
por así decirlo, anublada, como si los vapores malsanos hubieran subido
del corazón a la cabeza. No exagera el filósofo Joubert: "En el preciso
momento en que un joven se enciende para la carne se apaga para la idea".
Platón, y mucho después de él
De Bonald, que se engañaban sin duda, pero al menos se engañaban
noblemente, definían al hombre: una inteligencia servida por órganos. El joven licencioso,
invirtiendo esta definición, no ve en el hombre más que órganos que hacen
servir la inteligencia en la busca de placeres.
Lacordaire, con expresión
atrevida, ha dicho que "el alma se materializa"; y Vinet, más atrevido
aún, ha dicho que "el alma del voluptuoso se convierte toda en carne".
Algunas veces "el alma, pasada
a los sentidos, acaba por caer en una especie de parálisis, que se asemeja
a la imbecilidad". (P. Janvier, Conf. de Notre-Dame, 1903)
Esta degeneración puede llegar
hasta lo sumo, como se nota en los siguientes textos: "Con la impureza
decae la aptitud para el trabajo, y viene la impotencia senil, aun en la
juventud". (Sertillanges, Nos vrais ennemis, página 223).
"La vida ha descendido de la
cabeza a los sentidos... El vicio embota el entendimiento, extingue el
gusto de las cosas del espíritu, hace al hombre inepto para el esfuerzo de
recogimiento y atención que supone el trato con los libros serios... No se
puede llevar de frente la vida de los sentidos y la vida del espíritu". (Guibert,
La pureté, págs. 45 y 98)
¿Habéis visto alguna vez un
águila en una jaula? La reina de los vientos entre aquellas barras, ¡qué
melancólica está! Más melancólica aún es la situación del alma cautiva en
su jaula carnal...
La voluntad.- Está
gravemente atacada en el joven que no es más que un concesionista.
Observad el círculo vicioso: porque ha cedido, la voluntad se ha
debilitado; porque la voluntad está debilitada, cede.
La memoria.- La memoria
sensible tiene un órgano: el cerebro. Pero los excesos del vicio,
sacudiendo el sistema nervioso, repercuten deplorablemente sobre el
cerebro, y consiguientemente sobre la memoria.
El corazón.- ¿El
corazón? ¡Pero si muchas veces el desgraciado no le tiene! "La impureza,
dice el profeta, quita el corazón". ¿El corazón? ¡Pero si el vicio
ha roído las fibras vivas! Nadie lo ha declarado con más
competencia que el apóstol de los jóvenes,
Lacordaire: "Muchos son los
jóvenes que voy viendo en mi vida, y digo que no he encontrado almas
amantes fuera de las almas que ignoran el mal, o luchan contra él".
"El libertinaje supone mucha
frialdad de alma". (Joubert)
"¡Cuán seco y cerrado se halla
el corazón agostado del joven libertino!" (Bourget, Etape)
¡Cuántas madres vienen a
lamentarse a nuestras porterías: "¡Mi hijo era tan cariñoso! ¡Era tan
bueno con sus hermanos y hermanas! ¡La mirada materna penetraba en sus
ojos, hasta el fondo, hasta el alma!, y ahora se diría que tiene un
terreno reservado, donde ni la madre, donde sobre todo la madre, no puede
penetrar. Mi hijo se ha vuelto duro y esquivo. ¿Qué tendrá?"
¿Que qué tiene, madre infeliz?
Tiene el gran mal de los jóvenes. La impureza es robadora de
corazones. Ya no le impresiona el hacer blanquear los cabellos del padre,
ni el hacer llorar a la madre, porque ya no les tiene cariño. El lirio de
los amores nobles no crece en el jardín en que una vegetación malsana
absorbe voraz la savia y los jugos.
Un egoísta semejante puede
llegar a no desear ni siquiera el matrimonio. Los placeres vergonzosos del
pecado solitario le bastan. Cuando un corrompido, aún mozo, se vuelve
viejo, no os engañéis; no es por motivo de un ideal superior, es porque
está completamente gastado, extenuado. Es un egocéntrico.
El joven vicioso no sólo ha
dejado de ser afectuoso, sino que a veces puede llegar a ser positivamente
cruel. Impureza y crueldad: estas dos formas del amor de la carne y de la
sangre se encuentran en los oscuros bajos fondos del animal humano. ¡Ley
de contigüidad! ¡Afinidades secretas! Se necesitan emociones bestiales
cada vez más fuertes, que lleguen hasta la sangre. En Roma, el circo,
donde se mataban los hombres, y las casas de mal vivir estaban muy
cercanos.
"El mismo instinto... en el
corazón del hombre, al vicio junta bien pronto la sangre. Todos los cultos
impuros han sido sanguinarios, sin excepción que yo sepa en la historia...
El hombre en todas las épocas es siempre el mismo en su fondo. Cuando le
falta Dios, en seguida, fatalmente, no queda en él más que el bruto. Corre
tras su placer, a través del vicio, y cae de bruces en el crimen... Un
magistrado encargado de juzgar la infancia criminal me decía cierto día:
He visto pasar por mi tribunal diecisiete mil culpables, jóvenes de uno y
otro sexo: robos, asesinatos, parricidios... Pero entre esos diecisiete
mil criminales no he encontrado uno solo hasta ahora que no haya comenzado
por las malas costumbres". (P. Eymieu, Païens)
Cuando la orgía es reina, el
crimen es rey.
El cuerpo.- "El vicio
conduce al hospital... y ¡por qué caminos!" (L. Veuillot)
La impureza es el pecado del
cuerpo; y muchas veces es castigado en el cuerpo. Ved ese joven marcado
con una estampilla significativa; se dirige, con el rostro mustio, con
grandes ojeras, a los sitios donde se pierde el honor y la salud. A veces
llega a verse herido de impotencia; hay peligro de agotamiento, como
precio de los excesos y de enfermedades especiales.
Ha comenzado con fiestas y
regocijos; termina por el cochecito de los atáxicos y por la chochez.
"Frecuentemente, el hombre maduro expía los pecados de la juventud".
(Doctor Good, Higiene y moral)
* * *
[...]
El vicio es
triste...
y por su misma naturaleza.
Véase por qué:
"El hombre vicioso pide al
placer que responda, no ya a la necesidad limitada de los órganos, como el
bruto, sino a la sed infinita de su corazón... Si da todo, es para
recibir todo; y así a medida que se entrega más a la pasión, le pide una
ración siempre creciente de placer, hasta lo infinito.
Pero, fatalmente, también, a
medida que la pasión se exaspera, da una ración cada vez menor... Porque,
si la idea ahonda cada vez más el abismo insondable de nuestro
corazón,
los órganos, al contrario, siendo materiales, están sujetos, como toda
materia, al límite, al límite y al desgaste. Se debilitan; su actividad se
va perdiendo, sobre todo, cuando el vicio los sobrecarga y los
desequilibra. El placer poco a poco se agota.
Y he aquí al vicioso cogido en
sus propios lazos. Su hambre aumenta, a medida
que disminuye su presa, y fatalmente crece siempre la distancia entre la
realidad y lo soñado. Y esta distancia sentida, la conciencia de la
diferencia entre la realidad y lo soñado... he ahí para el hombre la
medida de su tristeza". (Eymeieu, Païens)
El desmayo carnal no es la
dicha, sino la ilusión muy breve de la dicha.
La exaltación es tan rápida,
que el placer está menos en el relámpago de la misma satisfacción, de esa
epilepsia brevis, que en sus pródromos. Después, inmediatamente
después, viene el hastío, el pecado con sus consecuencias, que es
esencialmente enojoso y monótono.
El decaimiento es tan
evidente, que no puede uno ilusionarse a sus propios ojos. El desprecio de sí mismo es
tan franco, que se llega a exclamar como en la Atlántida el capitán
Saint-Avit cuando cedió a su pasión por Antinea: "No soy más que un ser
abdicado".
En fin, el remordimiento. "¿Y
no es más que esto? ¡Otra vez he cedido! ¡Se acabó! ¡Qué dicha perdida! Y
¿qué me queda ya? Una depresión física y moral; tal vez un embotamiento
sensual. ¡Siempre engañado, y siempre a lo mismo! Estoy descontento de los
demás, porque estoy descontento de mí. Todo contribuye al fastidio".
[...]
¡Inmensa concupiscencia
seguida de un inmenso disgusto! ¡Eterno incentivo, eterna desilusión!
El mañana del pecado es
melancólico, y lo prueban cientos de confesiones.
"La tristeza está en el fondo
del placer, como en la desembocadura de todos los ríos el agua amarga".
Gabriel d'Annunzio.
"Amar con un amor en que
dominan los sentidos, es siempre, siempre y siempre sufrir por falta de
hartura". Bourget.
[...]
El deleite culpable no es el
oro hermoso, macizo y fino de la dicha, sino la aleación, o tan sólo una
pepita pequeña que hay que comprar muy cara.
[...]
Pierre Loti, al contar la vida
depravada que llevaba en Estambul, añade: "He gustado un poco de todos los
goces. Me encuentro muy viejo, a pesar de mi mucha juventud física". Piere
Loti, Aziadé.
Cuántos, jóvenes aún, son ya
malhumorados, unos pequeños viejos. Adivinamos por qué.
En presencia de tantos
testimonios tan significativos sobre las pretendidas felicidades del vicio
se comprende la original humorada de lord Palmerston: "La vida sería
soportable sin los placeres".
* * *
Examinemos
el caso con cuidado; todos, todos van en busca de lo mismo, y el santo,
como el pecador, por caminos diferentes persiguen idéntico fin: la
felicidad. ¿Quién la encuentra?
La virtud es recompensada, no
sólo en la otra vida, lo cual es evidente, sino también aquí abajo logra
la paz que el mundo no puede dar ni quitar. El gozo santo es hermano de la
inocencia.
La defección es castigada, no
sólo en la otra vida, lo cual es evidente, sino también aquí abajo. El
pecado deja en la boca un dejo amargo de remordimientos.
Los que se hacen violencia son
los más cuerdos y los seguros de encontrar la paz. Jesucristo lo ha
predicho: el que quiere con una prudencia mal entendida salvar su interés,
lo pierde; el que lo pierde, en realidad lo gana. Es el juego divino del
ganapierde. En resumidas cuentas, Mgr. Baunard tiene razón: "No se
conserva sino lo que se ha dado", lo que se ha dado a Dios con
generosidad.
Después de una victoria ganada
sobre sí mismo, el alma se aligera. La marcha triunfal suena en el corazón
ensanchado.
Después de una orgía se tiene
la boca pegajosa, y no queda sino el fastidio de los placeres violentos,
de donde se sale como molido.
Si la virtud cuesta, es, sobre
todo, al principio. Triste entrada, hermosa salida.
Para el vicio, al contrario,
hermosa entrada, ruin salida. Entra en el alma por la puerta de la
dicha, sale por la de la tristeza.
Las rosas del vicio ocultan
mal la muerte
[...]
¡El vicio es
bajo!
Si ya no
se trata del mal cometido a solas, sino de relaciones culpables, es peor
aún, puesto que la infamia es doble
¡Amores ilícitos! ¡Amores de
cieno!
Los novelistas y los poetas
trabajan inútilmente por filtrarlos; siempre quedan amores
fangosos, que basta removerlos lo más mínimo para que el fondo del vaso,
nunca bien reposado, suba a la superficie.
Cuando se es joven, muy joven,
cándido, muy cándido, no se da uno cuenta bien de estas vulgaridades. Se
han leído escenas idealizadas por la Poesía, y ¿qué es lo que uno se
imagina?
¡Un sueño azul! La emoción de
declaraciones que ruborizan; los besos en la mejilla a la luz de la luna;
el paseo sentimental por el campo; aires de guitarra, a la manera de
Cirano por la noche, bajo el balcón de Roxana; algunas conjugaciones
nuevas (después de veinte siglos) del verbo amar; algunos versos para
cantar los labios parecidos a dos arcos rojos, y los dientes comparables a
perlas.
Bien se ve que todo esto es
algo así como un sentimiento lilial en un alma azul.
Sólo que, aun suponiendo que
se dé este inocente comienzo, el vicio no continuará largo tiempo contando
flores por el estilo. El amor culpable (de ése sólo es del que hablamos)
no pertenece a esta linda literatura.
Es la cosa más grosera que
existe.
[...]
* * *
Temo
abusar de las citas. Pero nada puede suplir la elocuencia de las
confesiones hechas por los profesionales de la vida desarreglada.
Excusadme que aduzca un pasaje, el último, que resume todo lo que llevamos
dicho en este capítulo de la "Derrota", y que es tanto más significativo,
cuanto que está tomado de un autor que se llama Saint-Beuve y de un libro
titulado Volupté.
"He conocido que la
voluptuosidad es el tránsito, la iniciación para otras pasiones bajas.
Ella me ha hecho concebir la embriaguez, la glotonería, porque las tardes
de ciertos días, cansado y no satisfecho, y, sobrio de ordinario, entraba
en los cafés y pedía algún licor fuerte" (p. 128).
[...]
"Cuando las almas cariñosas se
rebajan al placer, a un placer del que salen descontentas y tristes,
adquieren un endurecimiento profundo. Tienen que estar muy sobre sí para
no hacerse duras y crueles" (p. 278).
[...]
"En el voluptuoso no hay más
que semblante de compasión, lágrimas que están en la superficie. Sus ojos
se humedecen fácilmente antes del placer; centellean; creeríase que va a
amar de veras. Pero vedle en seguida de acabado el placer; cómo se cierra,
cómo se vuelve sombrío. al paso que el hombre casto tiene una alegría
inocente, al voluptuoso se le encuentra egoísta, desde que ha salido con
su deseo, esquivo, apagado, fugitivo" (p. 286).
[...]
"La voluptuosidad ha sido para
ti, muy temprano, un deseo brillante, una flor fresca, un racimo sabroso a
que aspiraban tus deseos. Tu juventud la ha cogido, y no ha quedado
satisfecha con ese fruto extraño. Sabes de antemano lo que vale, cuántas
decepciones amargas y pesares os trae cada vez. Se ha agarrado a vuestra
carne. Ahí está tu mal. Apresúrate, amigo mío, a desprenderte. Es
necesario y lo puedes, con sólo quererlo. Arráncate una vez, y te
admirarás de cómo es posible la curación. Yo mismo no he sido siempre el
que ahora ves... No te asustes. Soy yo, enfermo un poco curado, el que te
habla a ti, enfermo que desesperas" (pp. 133 y sig.).
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